¡Lo siento tanto! Sé que prometí actualizar en el Renegade, pero ya llevaba medio capítulo cuando me vino la ventolera de seguir con este y… ejem, ejem… lo terminé en dos días xD
No os preocupéis, tarde o temprano actualizaré en el otro ._."
HDT: se agradece tanto la explicación de los que es dalalai y tu comentario, espero otro review loco de tu parte x)
Shia Azakami: me alegro que comprendas lo que te dije, ¿por qué no te creas una cuenta aquí? Así podrías hablar con los autores locos de este sitio xD Y sí, Link tiene su lado honorable… Y lo de Zelda, ya verás, ya verás ;)
Y ahora sí, os dejo con este capítulo, poco revelador pero sí con acción absenta de sangre ^^
Advertencia: Todavía no, queridos, el siguiente derramamiento de sangre será en el próximo capítulo xD
Destinos cruzados.
En el capítulo anterior…
Una vez hecho todo esto, el asesino salió de la casa, donde aún discutían sus otros dos compañeros, y se caló la capucha hasta el fondo, ocultando de nuevo su apuesto rostro y volviendo a meterse totalmente en el rol de asesino, con un nuevo destino en mente…
El castillo de Hyrule.
Capítulo 3: Peligrosa campaña en solitario.
Las nubes juguetonas habían desaparecido del cielo totalmente, y la Luna se lucía con todo su esplendor, acompañada por centenares de titilantes estrellas que le restaban algo de protagonismo.
Era una noche fría, pero estaban en invierno, no se podía esperar otra cosa.
Aún con los gritos de su superior resonando en su cabeza, el embozado asesino caminaba por las calles a paso rápido, elástico y seguro.
Sus andares felinos eran tan atrayentes que en ocasiones varios de sus rivales se le habían quedado mirando, preguntándose cómo podrían llegar a tener una soltura como la suya. Y ni que decir tiene que su forma de moverse le servía para encandilar a las damas, privilegio del que no se quejaba.
La imponente figura del castillo de Hyrule se perfilaba en la negrura de la noche, una leve bruma recientemente aparecida se deslizaba por las calles, dándoles un toque siniestro.
El castillo era el lugar donde el rey y su hija, la princesa Zelda, vivían, junto con los sirvientes que se encargaban de hacerles la existencia mucho más sencilla.
Un leve pero constante escozor en los ojos llevaba molestando al asesino desde que había asumido el hecho de que, una vez más, aquella noche la pasaría en vela. Llevaba más de tres días sin descansar. Sus misiones ocupaban todo su tiempo, y el sueño le pasaba factura con cada vez más fuerza.
No podría aguantar despierto dos noches más, pero no había problema, para el día siguiente todo habría terminado, y se concedería un buen descanso.
Deslizó el dedo índice y el pulgar de su mano derecha sobre sus párpados durante unos instantes, luchando por despejarse, y se prometió que aquella sería su última vez en vela durante una buena temporada. De todas formas, aunque no hubiera hecho aquella promesa, su cuerpo sucumbiría al cansancio, se conocía demasiado bien como para no saberlo.
Pero por ahora confiaba plenamente en sí mismo. Sabía perfectamente que su cuerpo se desperezaría en cuanto la adrenalina de su siguiente misión entrara por sus venas.
Esa noche haría una inspección al castillo. Debería ser fácil, solo entrar, estudiar el perímetro y salir. Nada más.
Aquella pauta no la seguía ningún otro asesino, el resto de su grupo se limitaba a lanzarse a la misión tal cual, pero él no era tan imprudente; conocer el terreno traía inherentes unas ventajas que podrían suponer la diferencia entre la vida y la muerte.
El castillo de Hyrule se situaba en una gran explanada a las afueras de la ciudadela, y si se sorteaba, siguiendo el camino hacia el horizonte, darías de lleno con villa Kakariko tras unos días de marcha.
La gran infraestructura estaba completamente construida a base de piedras blancas macizas, prácticamente indestructibles, y, por supuesto, impenetrables en el caso de emplear flechas u otras armas arrojadizas. Lo más imponente del lugar eran las tres torres que se elevaban hasta rozar las mismísimas nubes con su acabado en aguja. La más alta de todas, aquella en la que se encontraban los aposentos del rey, había acaparado más de cincuenta años de construcción intensiva.
El castillo se encontraba totalmente rodeado por unas murallas de considerable altura. Poseían diversos puestos de vigilancia donde los arqueros se apostaban por parejas, para hacer las jornadas de trabajo más amenas.
Una vez atravesadas las murallas, según lo que Link tenía entendido, un hermoso jardín servía de aperitivo antes de que el imponente primer plato, el propio castillo de Hyrule, fuese posible de alcanzar.
Los ojos semiocultos de Link escrutaron los lejanos puestos de guardia de los vigías, y pronto encontró uno que cumplía sus requisitos: uno de los guardias se encontraba profundamente dormido mientras que el otro casi seguía su camino.
Oculto y protegido por las sombras de la noche, el asesino se deslizó hasta estar más o menos cerca del puesto de guardia, y extrajo de su capa la cuerda atada al gancho que había cogido de su habitación. Luego, con un par de hábiles y practicadas vueltas, lo lanzó con fuerza hacia la parte superior de la muralla, convencido de que encontraría algún punto prominente en el suelo donde el gancho pudiera sujetarse.
El sonido del metal chocando contra la piedra se oyó como el de un mosquito en plena noche, y el asesino maldijo por lo bajo. Ciertamente no se le había ocurrido pensar en el ruido que podría haber provocado con aquel método de asalto.
Arriba, en el puesto de guardia elegido, Link comenzó a escuchar un sonido, seguramente los adormilados guardias se estaban despertando.
Sin pararse a comprobar la efectividad del gancho, el rubio cogió carrerilla y se lanzó contra la pared de un salto, para luego comenzar a trepar usando la cuerda como guía de la manera más rápida y sigilosa que era capaz. Afortunadamente, el gancho había encontrado un buen punto de anclaje, y se mantenía firmemente sujeto en el borde sobresaliente que había justo en el límite de la muralla.
Antes de que el leve murmullo que antes había escuchado proveniente de los guardas se convirtiese en una conversación más sonora y notoria, Link alcanzó el puesto donde los vigías comenzaban a notar algo extraño.
Uno de ellos, el que había estado más despierto desde que el asesino llegó, tomó su espada envainada, pero antes de que tuviese tiempo para hacer nada más, Link ya había saltado sobre él y le golpeó con fuerza en la cabeza, dejándole inconsciente.
Acto seguido se volvió hacia el segundo, que se disponía a soltar el grito más alto, agudo y sonoro de toda su vida, y, una vez más, haciendo gala de su impresionante rapidez, el joven usó el cuerpo del guardia que acababa de noquear como proyectil y los setenta kilos de peso se encargaron de silenciar su voz. Después, Link se acuclilló junto al aterrado hombre que lo observaba desde el suelo, cogió su cabeza y la golpeó secamente contra la piedra maciza de la muralla, haciendo que ambos guardas quedaran en silencio durante las próximas dos horas más o menos.
El muchacho se reincorporó ileso y apenas cansado. La lucha había durado menos de tres minutos, y por suerte había conseguido no llamar la atención de más hombres.
Lentamente, Link sujetó del brazo el cuerpo del hombre que previamente había arrojado y lo arrastró hasta el lugar donde, antes de la pelea, había hecho su correspondiente guardia. Al menos eso confundiría a los dos soldados y creerían que solo había sido un sueño.
Link suspiró. Todo habría sido mucho más fácil y rápido con el filo de su daga como silenciador, pero debía evitar a toda costa el derramamiento de sangre. Si lo hacía, si mataba a alguien, la vigilancia se duplicaría y la misión que tenían pensado efectuar al día siguiente se pondría en peligro.
Se acercó al límite de la muralla por el que había subido y agarró el gancho, enrollándolo cuidadosamente y guardando el útil objeto en su capa una vez más.
Luego echó un último vistazo a los hombres que acababa de derrumbar y suspiró, ligeramente frustrado: ahora tendría un contador descendente de una hora y media si quería salir antes de que los guardias despertasen y comenzaran a divagar sobre lo que podría haber sucedido.
Aún perdido en sus pensamientos, Link caminó hacia el otro punto de la muralla y saltó al vacío, para aterrizar ágilmente sobre el suelo sin hacer el más mínimo ruido.
Nada más poner pie en la tierra, el asesino se agazapó sobre el bien cuidado césped y avanzó muy lentamente hasta llegar junto a unos arbustos que le ocultarían de las miradas escrutadoras de los otros guardias.
Link echó un vistazo al jardín, que era un lugar realmente bello: la hierba, corta y de una altura inferior a la suela de sus botas, estaba húmeda debido a la reciente bruma que se deslizaba sobre el suelo, algunos árboles, todos perfectamente podados y con un aspecto más que saludable, se mostraban imponentes en comparación con las pequeñas plantas que se encontraban adheridas a su tronco. La vista del encapuchado se centró especialmente en un enorme olmo cuyas ramas más crecidas pasaban sobre la misma muralla, aquella era una segunda salida que no se le escaparía de las manos.
Una vez hubo estudiado el perímetro, Link entrecerró los ojos, que se convirtieron en dos pequeñas rendijas de un color azul cielo, y fijó su atención en los hombres que vigilaban el portón secundario del castillo, que era casi tan grande como el primero.
Si no había calculado mal, un próximo cambio de guardia se iba a llevar a cabo, por lo que tendría su oportunidad de entrar, y para salir solo necesitaba aprovechar cualquier despiste, por ínfimo que fuera.
Tal como había planeado el diestro asesino, los dos soldados se alejaron de la entrada unos diez minutos después, sonrientes y felices por haber acabado una vez más su jornada de trabajo sin ningún percance.
Con una velocidad y sigilo solo equiparable a una brisa primaveral, Link se deslizó sobre el césped y alcanzó el portón cuando los dos soldados se perdían en el brumoso horizonte. Consciente de la falta de tiempo, el asesino se apresuró a empujar la puerta de madera revestida de hierro con filigranas de plata.
En menos de un minuto ya hubo un nuevo visitante en el castillo.
Una vez hubo entrado en el lugar, Link recolocó la puerta tal y como estaba antes de su llegada, para evitar sospechas, y se dio la vuelta, comenzando a recorrer los extensos pasillos y memorizando cada una de sus partes.
El lugar tenía una combinación entre lujoso y austero que inquietaba bastante al Gato Negro, ya que carecía de lugares en los que esconderse por la falta de mobiliario. El suelo estaba protegido por una mullida e interminable alfombra roja con bordados de oro, y las paredes, pintadas totalmente de un ceremonial blanco, se encontraban adornadas con eventuales cuadros que poseían dibujos nada relacionados entre sí, como un cuenco de frutas o una escena de una batalla antigua. Cada aproximadamente treinta pasos había una pequeña mesa cuadrada sobre la cual reposaba un florero, tanto de cristal como de porcelana, en cuyo interior lucían, hermosas y florecidas, flores de todos los tamaños y colores.
Lo que sí que había en el castillo eran habitaciones, cada veintena de pasos una nueva puerta de madera destacaba entre la hegemonía del blanco impoluto, cosa que representaba tanto una ventaja como un gran inconveniente para el joven, puesto que dispondría de más lugares donde esconderse, pero, a su vez, habría un peligro mayor de que alguien abandonase un cuarto de repente y se percatase de su presencia.
El sonido de unos pasos disparó todas las alarmas interiores que el asesino pudiera tener, y con la mirada recorrió el lugar para intentar localizar un lugar donde esconderse, pero lo más parecido a un refugio era la mesita de madera situada unos pasos, opción que descartó casi al instante.
El ruido se fue haciendo cada vez más cercano, los andares eran demasiado sueltos y livianos para pertenecer a un hombre, por lo que Link dedujo que se trataba de una sirvienta del castillo. Su mirada, en la cual ya se reflejaba un ligero brillo de exasperación, se centró en una de las puertas más cercanas. Era su única posibilidad, debía arriesgarse.
Como una exhalación, la espalda de Link se fundió con la pared y se deslizó apoyado en ella hacia la puerta, para colocar, muy lentamente, la mano sobre el pomo, y luego comenzar a girarlo.
Una mujer rubia de larga melena y ojos almendrados caminó alegremente por el pasillo, con un buen amasijo de sábanas sujetas bajo el brazo izquierdo. Los movimientos sinuosos de sus caderas podrían hasta rozar el erotismo, pero la chica los realizaba de forma involuntaria. Su mirada tenía un brillo audaz e inteligente, parecía de aquellas personas que lo cogen todo a la primera.
Los pasos de la sirvienta la llevaron hasta la puerta en la que segundos antes había entrado Link, luego, con un rápido y experimentado movimiento, la abrió y utilizó el trasero para mantenerla abierta mientras luchaba por pasas dentro con todas las mantas sin que ninguna cayera al suelo.
La joven nunca pudo cumplir ese cometido, porque, en cuanto que hubo cerrado la puerta tras de sí, se topó de lleno con un encapuchado bastante más alta que ella. Abrió la boca para gritar, pero Link, habituado ya a silenciar a los demás, agarró a la joven de un brazo, la atrajo hacia su cuerpo y con un veloz movimiento le colocó una de sus dagas en el cuello de la sirvienta, que se quedó petrificada al instante.
-Saldrás viva si guardas silencio –le advirtió en voz baja, agravando en exceso su voz para así evitar que fuera del castillo la mujer pudiera reconocerlo.
Ella tragó saliva. No tenía muchas más opciones, deseaba vivir por encima de todo. Asintió muy lentamente para asegurarse de que su captor no lo interpretase como una amenaza.
Link la soltó unos momentos después, pero no se separó de su daga ni por un instante, no se fiaba de la mujer. Introdujo su mano derecha en la capa bajo la atenta y asustada mirada de la sirvienta.
-Esto por tu silencio –dijo secamente, extrayendo una bolsita marrón en la que las rupias verdes tintineaban de manera más que tentadora.
Un brillo avaricioso reemplazó al temor en los ojos de la dama, que prácticamente se abalanzó sobre él para quitarle el objeto.
Una vez hubo dejado a la mujer con el dinero tan feliz y entretenida como un gato lo hubiera estado con su ovillo de lana, Link salió del cuarto cautelosamente y de nuevo avanzó por los pasillos.
Ya no podría estar muy lejos de la sala principal, aunque el lugar permanecía igual de vacío y silencioso que un cementerio en mitad de la noche.
Finalmente, sus esfuerzos se vieron recompensados cuando a lo lejos pude discernir una gran puerta de madera de roble pesada y cara. Estaba entornada, y de ella emanaba un haz de luz muy potente en comparación con la oscuridad del resto del pasillo.
Justo cuando iba a llegar hasta lo que él suponía que era la sala del trono, un chillido agudo y femenino rasgó en pedazos la quietud del lugar, y al instante un ruido de alarma se propagó por el castillo y los estrepitosos pasos de tanto guardias como sirvientes inundaron el lugar.
-Maldición –gruñó por lo bajo el asesino, echando a correr a toda velocidad en dirección contraria al ajetreo, es decir, hacia el camino que él acababa de recorrer.
Poco le importaba ya ser sigiloso cuando la mujer a la que había sobornado delataba su presencia. Definitivamente, la próxima vez mataría a sus testigos, al menos los muertos no hablan.
Cuando pasó junto a la habitación donde antes se había escondido, pudo ver a la sirvienta rubia cuyo silencio había comprado. Sus miradas se cruzaron durante unos instantes, las de ambos estaban bañadas en veneno, él por la traición y ella por el hombre que se había atrevido a amenazarla con un arma.
Pronto hubo pasado por el lado de ella, y la perdió de vista en cuanto que giró una esquina, mas ahí no se acababan los problemas, pues de lejos también se escuchaba el sonido metálico de las armaduras de los guardias.
Estaba acorralado, y lo sabía.
Si lo cogían, acabaría muerto, pero lo peor era que si lograba escapar pero lo veían, el mismo Ganondorf se encargaría de acabar con su vida.
Con una fuerza que solo la desesperación puede dar, el joven embistió contra la primera habitación que tuvo a su alcance, con la intención de esconderse en ella.
Si por un arrebato de la suerte la puerta hubiera estado cerrada, posiblemente el joven se habría dislocado el hombro derecho, habría caído al suelo y en menos de unos minutos hubiera tenido a toda la guardia real sobre él, pero por la bendita diosa de la fortuna, la puerta de madera cedió con un chasquido sonoro y el joven dio con los huesos en el suelo secamente, mas ese no era el momento de lamentaciones y se puso en pie, cerró la puerta con brutalidad y apoyó su espalda contra ella, jadeando in extremis mientras que luchaba por regularizar su respiración.
-¿Lo habéis encontrado? –escuchó que decían unas voces.
La respuesta debió ser un gesto negativo, pues pronto volvió a hablar la misma voz grave y excesivamente masculina, perteneciente con casi total seguridad al jefe de la brigada:
-Seguid buscando, habitación por habitación si es necesario.
Los pasos se perdieron en la distancia una vez más, y Link soltó un profundo suspiro. La adrenalina había disparado sus pulsaciones, aunque ya comenzaba a calmarse. Por muy asesino experimentado que fuera, la paliza de los guardias se la habría llevado igual.
Ahora tocaba la parte más difícil: salir sin ser visto.
Abrió la puerta del cuarto lentamente y tan solo un resquicio, asomó la cabeza, agitándola hacia ambos lados para asegurarse de que no había nadie a la vista, y luego abandonó la seguridad del cuarto para ir con la espalda firmemente apoyada contra la pared y la mano derecha presta para girar cualquier pomo y dejarle vía libre al cuarto más cercano.
El resto del camino se sucedió sin más inconvenientes, y pronto tuvo el gran portón frente a sí, aunque algo lo separaba de su libertad: los dos nuevos soldados, despiertos, armados y alertas. Tenía todas las de perder.
Su mente buscó desesperadamente cualquier plan, y, ante el hecho de que no se le ocurría nada, extrajo de su capa una rupia verde que siempre guardaba en casos de emergencia y se ocultó lo mejor que pudo tras una la mesita más cercana a la puerta.
El tintineo de la moneda de cristal endurecido chocando contra el suelo resonó por los pasillos silenciosos provocando un sonido tan llamativo como el de un grito de oferta de un mercenario.
Las cabezas de los hombres se volvieron hacia la moneda, y, debido a sus bajos sueldos como meros guardias, lo último que se les ocurrió cuestionarse fue cómo habría conseguido llegar la rupia hasta allí, por lo que echaron a correr hacia la moneda, que se encontraba casi en el otro punto del pasillo.
Una vez los hombres estuvieron de espaldas, Link salió por patas del castillo, aunque se cuidó de no tirar el florero en su precipitado avance.
La muralla no habría supuesto un gran problema si las recientes marchas de los guardias, instigadas por el grito anterior de la sirvienta, no estuvieran recorriendo el lugar meticulosamente.
Sin dudarlo, el asesino se dirigió directamente hacia el enorme olmo que antes había fichado como posible salida de emergencia y con un ágil movimiento se encaramó a la primera rama, después a una segunda y así sucesivamente, su rostro se hallaba protegido de los roces de las hojas gracias a la capucha, pero aún así era molesto.
Cuando hubo alcanzado la copa del árbol, Link caminó sobre la última endeble rama, aquella que comunicaba el jardín interior con la muralla, como si estuviera paseando en mitad de la calle y saltó sobre los pétreos muros tan pronto como los tuvo a su alcance.
Cuál no fue su sorpresa cuando, aún enfrascado en asegurarse de que nadie lo había visto, escuchó unos aplausos lentos, en señal de burla.
Al momento se volvió hacia el sonido, las dagas prácticamente habían volado hasta sus manos, pero sus músculos se relajaron muy levemente cuando su mirada se tropezó con la ácida sonrisa de Jasmine.
-Casi te cogen, gatito con suerte –ronroneó la dama, avanzando un paso hacia su compañero asesino.
El movimiento sugerente de sus caderas nunca le había gustado a Link, y menos si este iba acompañado con la sonrisa que en ese momento la joven lucía con despreocupación.
Tal como esperaba, tras Jasmine estaban Mike y Toni, siempre a la sombra de la peligrosa asesina, pero un nuevo acompañante se había añadido a la marcha: Rock, un maestro en el arte del camuflaje y la mímica.
Aquel era un muchacho alto y robusto, de unos veintisiete años poco contrastables con su juvenil cuerpo. Poseía una espesa mata de cabello negro que le alcanzaba hasta los hombros. La melena, que no había sido vista bien peinada nunca, estaba desgreñada y los mechones azabaches cubrían partes del moreno rostro del chaval. Sus ojos grises eran apagados y carentes de vida, pero cuando llegaba el momento de camuflarse podían llegar a simular el brillo de absoluta felicidad digno de una niña a la que conceden todos sus caprichos. Vestía una camisa de lino muy holgada que se agitaba con el gélido viento hibernal, pero si bien Rock tenía frío, no lo dejaba traslucir. Unos pantalones de seda caros y negros, al igual que la camisa, junto con unos zapatos oscuros le concedían una absoluta semejanza con las sombras de la brumosa noche que estaba acaeciendo.
-Has corrido un gran riego, Gato, si te hubieran visto yo mismo me habría encargado de atravesarte con mis cuchillas y de lanzar tu cadáver sobre los guardias para acallar sus sospechas –dijo a modo de saludo Rock con total tranquilidad, apartándose un mechón negro de los ojos.
-Y yo no le habría detenido –apostilló Mike. Una sonrisa de odio elevó levemente la comisura de sus labios, pero se transformó en una mueca de enfado cuando Link pasó de largo y se dirigió al otro extremo de la muralla, donde saltó tranquilamente al suelo sin molestarse en decir palabra.
La mano Mike se alzó hacia Toni y le arrebató sin ninguna delicadeza el arco y una de las flechas del carcaj. Colocó el proyectil en posición y tensó la cuerda torpemente, apenas si había manejado arcos en su vida, pero merecía la pena intentar herir al prepotente asesino rubio. De pronto una cálida y seca mano femenina lo detuvo, y la mirada sorprendida de Mike se posó en una pícara sonrisa de la pelirroja.
-Déjalo –susurró con voz melosa mientras que alzaba su otra mano y acariciaba el rostro de su acompañante lentamente, provocándolo-. Algún día recibirá su merecido.
Rock asintió severamente ante las palabras de la mujer y recuperó el arco de las manos petrificadas de Mike, que en ese momento tenía todos sus sentidos ofuscados por las caricias de aquella dama a la que le había entregado su corazón.
-Toma –le tendió el objeto a Toni y, una vez que el chico lo hubo cogido, se volvió hacia los demás-. Nosotros también nos vamos antes de que estos pardillos condenados nos descubran.
Su tono de voz era firme e indiscutible, y sus ojos grises brillaron con decisión conforme hablaba. Adoraba ser el líder de un grupo, y no le importaba cuál ni cómo llegase a serlo.
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Link llegó a su habitación una media hora después de lo sucedido con el resto del grupo, y nada más traspasar el umbral de su cuarto se quitó la capa y la depositó en el suelo suavemente.
El asesino iba vestido con un sayo de tela liviano y de un color verde que había sido desgastado hasta el extremo con el paso de los años. Debajo portaba una cota de maya increíblemente segura a pesar de su pequeño tamaño y su ínfimo grosor, la armadura había sido potenciada con magia a cambio de una buena suma de rupias en una de sus últimas misiones. Sus pantalones eran de un color blanco tirando a crema y mostraban algunas manchas de polvo, aunque ninguna de sangre, porque las procuraba evitar ya que sabía lo mucho que luego le costaba quitarlas de sus prendas. Las botas de caña alta que le alcanzaban hasta las rodillas eran de cuero curtido y con el paso de los años se habían ido volviendo cada vez más flexibles y prácticas, silenciosas como ningunas pero lo suficientemente costosas como para dejar sin rupias al asesino durante una larga semana.
El ardor y la pesadez de sus párpados se iban haciendo más notables con el paso de los minutos, y como el efecto de la adrenalina había desaparecido ya, mucho le costaba mantenerse en pie.
Cayó sobre la cama como lo habría hecho un tronco talado sobre el suelo y cerró los ojos, abandonándose al sueño durante las siguientes –e insuficientes- horas.
Al día siguiente le esperaría una larga y exhaustiva jornada de peligroso trabajo en el castillo.
Continuará…
¿Qué tal? Espero que el capítulo no haya decepcionado a nadie, pero es que no puedo poner a Link como un gran asesino que se lanza a la aventura sin saber qué hacer antes, y la campaña en el castillo se me alargó más de lo que me esperaba, al menos espero que no haya quedado muy aburrida XD
El siguiente capítulo ya sí que tendrá la llegada al castillo y un asesinato importante por parte de nuestro amado asesino rubio, no digo más xD
Ahora me gustaría agradecer a todos los que comentan y leen, que son mi inspiración divina: Emilia L. Cortez (¿cambio de Nick? :P), Rachel Mary, Xungo, Princess Aaramath, Shia Azakami, HDT, Zilia K, Cafekko-Maya-chan, Shimmy Tsuy Zelinktotal99.
¡Gracias también a los anónimos que leen y no comentan! ;)
Bueno, tengo poco más que decir, solo advierto que durante esta semana no podré conectarme más (por eso actualicé hoy y no esperé a acabar lo otro) porque tengo exámenes de física y biología. ¡Malditas sustancias covalentes, os odio! XD
Cuídense, queridos, dejen review si gustan y esquiven los postes en voleibol :D
Atte: Magua.
