¡Aquí vuelvo! Lamento muchísimo la tardanza, y no, no me he tomado vacaciones. Es que me quitaron el ordenador por suspender un maldito examen de matemáticas y hasta ahora no he podido actualizar (llevo con el cap hecho muchísimo tiempo xD).

Espero que os guste, aquí se desvela algo más, aunque reservo mis comentarios para el final del cap.

Disfruten de la lectura.

Advertencia: este capítulo no contiene sangre, solo muchas descripciones. Ya no volveré a colocar más avisos, supongo que todo ha quedado claro en los otros cinco caps xD.

Destinos cruzados.

En el capítulo anterior…

Link trató de simular que no había sentido nada, y observó a sus compañeros, captando en sus miradas que tenían pensado quedarse un poco más en el castillo para disfrutar de la merecida recompensa.

El joven echó un vistazo a Kai antes de marcharse de la sala y notó que el rostro del muchacho se encontraba contraído en una mueca de dolor y que se sujetaba con fuerza la cabeza empleando ambas manos. Parecía tratar de contener los gemidos de sufrimiento causados por lo que fuera que le estuviese sucediendo.

Por suerte, nadie le prestaba atención, y Link tenía que llevar a la princesa de Hyrule junto a Ganondorf, por lo que se limitó a abandonar el cuarto sin pensar más en el mago y centrándose en lo que ahora se le avecinaba

Capítulo 5. Encarcelada.

Hay ocasiones en las que el dolor alcanza el clímax y no se puede soportar; momentos en los que sientes que la muerte es una solución mucho más deseable que seguir aguantando el sufrimiento; momentos en los que imploras que alguien acabe con tu vida.

Eso era justamente lo que Kai estaba experimentando en ese momento. Todo había ido bien hasta que las manos de Link y Zelda habían hecho contacto. En ese mismo instante, notó una levísima punzada en la cabeza, como el picotazo de una abeja, que luego fue aumentando de intensidad paulatinamente hasta abarcar todo su interior.

Su vista se le había nublado, sus rodillas apenas si lograban sostenerle, pero aun así fue trastabillando hasta la puerta más cercana y salió de la habitación que instantes antes Zelda y Link habían abandonado.

Sentía como si se estuviese corroyendo por dentro. Su cráneo iba a explotar, y justo cuando creía que no iba a poder más, las piernas le fallaron y cayó al suelo de rodillas.

Sus ojos ambarinos se cerraron con fuerza. Le escocían como si les hubiesen vertido algún producto tóxico.

Abrió la boca para gritar, pero una nueva oleada de dolor le contuvo. Sabía que si sus compañeros asesinos le encontraban en ese estado ninguno dudaría en asesinarlo, y una parte de él aún quería vivir.

Se golpeó con fuerza la cabeza contra la pared una y otra vez, luchando por sacar aquel dolor insoportable de su interior, pero solo consiguió acentuarlo aún más. La sangre le corría por la frente, se había mordido los labios con tanta fuerza que ahora también tenía la boca con el desagradable sabor del líquido que corría por sus entrañas.

Se estaba muriendo y aún no sabía por qué.

Justo cuando optó por la opción de soltar un chillido, la consciencia sucumbió ante la insistente sacudida del dolor y Kai chocó violentamente contra el suelo, inconsciente pero aun sufriendo.

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Los pasos de la pareja resonaban en las vacías paredes del castillo. Parecía que ni siquiera la mullida alfombra era capaz de silenciarlos.

Bajo la capucha que ahora cubría su rostro, Link caminaba en absoluta calma y quietud, siempre atento a los movimientos de la princesa cautiva, que avanzaba con la cabeza muy alta. Aunque a Link aquello no lo engañaba; podía sentir la tristeza que embargaba los ojos de la dama cada vez que un cadáver aparecía en su campo de visión.

Atravesaron el portón principal y siguieron avanzando hasta la salida, pero repentinamente el asesino se detuvo, y Zelda, en contra de lo que esperaba, le imitó.

Link se acercó a uno de los cuerpos inertes y agarró la capa más limpia que pudo encontrar, para luego arrancarla con brusquedad.

Volvió junto a la princesa y se la tendió sin decir palabra.

Ante la mirada de Zelda, que mezclaba una profunda pero bien disimulada rabia y un deje interrogante, el rubio habló, aunque no lo hizo en un tono muy agradable.

-Póngase la capa, oculte su rostro y no haga ningún movimiento extraño –explicó de forma fría y distante mientras que introducía su mano izquierda en su propia capa-. Ya se ha derramado demasiada sangre por esta noche, no me haga sentenciar más vidas inocentes –su daga refulgió bajo la tenue luz lunar reforzando sus palabras.

Zelda se limitó a callar y observar a su acompañante. Tuvo que contenerse para no espetarle al asesino que ya se había hecho una idea de lo que podría conllevar un intento de huida por su parte. No era estúpida, pero sus modales de la realeza le impedían echárselo en cara.

Cogió la capa con cuidado de no tocar al chaval cuyo nombre desconocía y se la puso, para acto seguido ocultar sus facciones delicadas y femeninas bajo la oscuridad y protección de la capucha.

Prosiguieron su camino a un paso mucho más lento pero constante. Ahora Zelda encabezaba la marcha con Link peligrosamente cercano a su espalda, presto a sujetar e impedir la huida de la que en un futuro podría haber sido su monarca.

Aún era temprano, y aunque la luna ya indicase que el tiempo de estar fuera se terminaba, los habitantes de la Ciudadela paseaban por las calles, algunos sin rumbo y otros con un lugar en mente.

Perdidos en sus propios pensamientos y preocupaciones, nadie se fijó en la pareja encapuchada que atravesaba las calles entre el resto de la población, porque no eran más que eso, simples ciudadanos que iban a un destino.

De pronto el monótono cuchicheo de las personas se vio alterado. Nadie prestó atención a aquello, pero para Link sonó como una nota discordante en la más bella de las melodías: la risa de un niño.

El joven rubio era especialmente sensible a ese sonido, le hacía recordar su pasado, aquellas tardes de su vida en las que había sido feliz. Los paseos con su padre, las tardes de juegos en la granja, las bromas que su madre le solía gastar… En todos esos pequeños retazos de su vida siempre aparecía una risa como aquella; una risa que ya nunca volvería a escapar de sus labios sellados.

El emisor de la peculiar carcajada era un pequeño de apenas diez años. Sus despeinados cabellos morenos se desparramaban en su rostro y lo cubrían a partes desiguales. Vestía únicamente una camisa marrón que había sido remendada con hilos de diferentes colores y que le llegaba hasta las rodillas. Sus pies descalzos ya estaban adaptados al contacto con la fría piedra, por lo que apenas si la sentían. Su cuerpo excesivamente delgado y la vestimenta que portaba lo señalaban como un muchacho pobre, sin apenas que llevarse a la boca, pero que aún conservaba la vivacidad y la alegría características de su edad. Lo más peculiar de su aspecto era la banda negra que cubría sus ojos e impedía ver el color de estos. Estaba claro que tras la tela el chico veía sin problemas.

El chiquillo correteaba alegremente por las calles persiguiendo a un escurridizo ratón, su mirada clavada en el suelo por el cual huía su diminuta y veloz víctima no percibió la figura imponente y semi-oculta de Link, y se chocó de lleno contra él.

El niño rebotó al contacto con el otro cuerpo y cayó al suelo con un fuerte golpe en el trasero, mientras que el rubio ni siquiera se inmutó, pero al ver al zagal caído, se apresuró a acuclillarse junto a él. Con una sola mano Link lo levantó y empleó la otra para apartar algo del polvo adherido a la camisa del pequeño.

El moreno se limitó a observar al desconocido, cuyo rostro permanecía oculto, con una mezcla de temor y curiosidad; su madre le había dicho que no hablase con extraños, y menos con unos tan raros como aquel contra el que acababa de chocar, así que lo mejor sería alejarse de él cuando antes.

Tras echar un nuevo vistazo al menudo cuerpo del niño, Link introdujo la mano que previamente había usado para limpiar el polvo en la capa.

Un temblor sacudió el cuerpo de la princesa que lo acompañaba. ¿Tan sanguinario y cruel era el asesino que la acompañaba que incluso iba a matar a un niño cuyo único error había sido el de encontrarse con la persona equivocada en el momento equivocado?

Durante unos momentos barajó la opción de intentar detenerle, pero finalmente dimitió. Tal vez así solo conseguiría morir después del crío, y entonces sí que no habría oportunidad para Hyrule.

Incluso el chico se encogió un poco del miedo, pero la intriga que su joven corazón palpitante experimentaba venció sus reservas y su mirada atenta brilló de pura sorpresa cuando el desconocido encapuchado extrajo un pequeño cristal de un muy leve color violáceo a través del cual se podían ver los dedos del rubio. Eran cincuenta rupias, y el niño, a pesar de no haber visto tanto dinero junto nunca antes en su vida, pudo sentir que era un objeto realmente raro e importante, y más para su necesitada familia.

Cuando Link recogió la mano derecha del moreno y depositó sobre su palma la rupia morada, el chico no pudo hacer otra cosa más que abrir los ojos como platos. El frío del cristal endurecido era confortable en sus callosas manos, y la bella y valiosa pieza contrastaba con su piel oscura.

Link comprendió la sorpresa del niño, pero se limitó a revolver su pelo con dulzura.

-Para ti –susurró con suavidad y dulzura mientras que despeinaba al zagal. Después de unos segundos, el asesino se reincorporó-. Anda, llévaselo a tu madre ya, seguro que ella sabrá qué hacer con lo que te he dado.

La deslumbrante sonrisa del moreno logró demoler sus férreas barreras mentales durante unos segundos, pero el efecto desapareció tan pronto como el chico se hubo alejado de su campo de visión con la rupia entre sus manos.

Una rápida mirada de reojo a la princesa le bastó para notar la sorpresa marcada en sus facciones. Lo cierto es que Zelda se había quedado de piedra cuando vio el cristal violeta emerger de la capa y ser entregado al crío, no se lo esperaba de parte de un asesino.

Tal vez, y solo tal vez, aquel desconocido no era tan insensible y cruel como quería aparentar.

Link leyó todos los pensamientos que circulaban por la mente de la princesa con solo estudiar su rostro y al momento supo que debía eliminarlos. Él no era débil. Era un asesino, un luchador, un superviviente.

-Muévase –le espetó dando un leve empujón por la espalda a Zelda, que obedeció sin demora. Tenía demasiadas cosas en mente como para tener en cuenta lo irrespetuoso que era su captor.

Prosiguieron su camino sin más interrupciones, y pronto llegaron a la disimulada casa en la que dormían los asesinos y Ganondorf.

Atravesaron el porche, y al oír el silbido de la flecha rasgando el aire, Link empujó a la princesa al interior del lugar u cerró la puerta tras de sí.

Su suspiro aliviado fue lo único que se escuchó en la atmósfera de tenso silencio. Por fin podía estar algo tranquilo, y ahora que finalmente la adrenalina abandonaba sus venas, sentía el adormecimiento del sueño haciendo mella en él. Mas no se dejó amedrentar, seguro de que una vez que Ganondorf obtuviese aquello que había estado buscando, le dejaría tranquilo para resolver sus asuntos.

Subieron a la primera planta y, tras tocar levemente a la puerta, el rubio giró el picaporte y entró.

Un escalofrío recorrió la columna vertebral de Zelda cuando vio al imponente gerudo pelirrojo sentado en la silla situada en el otro extremo del cuarto.

Una gran y perversa sonrisa se dibujó en el rostro del hombre al contemplar el éxito de la misión que les había encomendado a sus aprendices. Lo cierto era que no las tenía todas consigo cuando ordenó que realizaran aquel cometido, pero él no perdía nada; si ganaban y, por ende, asesinaban al rey, él se apoderaría del trono, pero si ellos perdían, Ganondorf seguiría teniendo el favor y la confianza del monarca, y sus ineficaces asesinos serían ahorcados o decapitados por intento de golpe de Estado.

Aunque Zelda era la auténtica joya de la corona, el rey en una partida de ajedrez. Ella conocía muchos secretos que Ganondorf necesitaba saber para cumplir sus planes.

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Poco a poco comenzó a recobrar la consciencia. Ahora del intenso dolor solo quedaba un leve zumbido, nada comparado con lo que antes había experimentado.

Kai se llevó la mano derecha a la cabeza y la deslizó sobre sus cabellos castaños mientras que soltaba el suspiro más profundo de toda su vida. Se puso en pie de forma lenta, procurando no perder el equilibrio, pero su objetivo fracasó cuando escuchó una voz femenina proveniente del interior de su cráneo.

Tu misión ha dado comienzo, Elegido. Ven.

El joven mago sacudió la cabeza, pero aquellas palabras resonaron en su mente como si estuviesen en una cueva.

Ven.

Antes de que pudiera barajar la opción de gritar o pedir auxilio, Kai se encontró a sí mismo caminando hacia la ventana más cercana. No quería hacerlo, pero su cuerpo no respondía.

La voz de la desconocida proseguía hablándole de forma suave pero autoritaria.

Kai llegó junto a la ventana y se miró en el cristal, casi esperando no verse, sino hallar el reflejo de algún tipo de monstruo. Tenía que ser un sueño. O si no, ¿qué le estaba pasando?

Estaba claro que en su reflejo no estarían las respuestas, y el cristal le devolvió su propia imagen, igual que siempre solo que con una pequeña herida en la frente.

Sus temores se acrecentaron aún más cuando, al observarse atentamente, descubrió que sus iris ambarinos ahora mostraban tres diminutas esferas alrededor de la pupila, una roja, otra verde y la última azul, que se disponían en un triángulo cuya base eran los círculos verde y azul y la zona superior el rojo.

Era extraño, y lo más raro de todo era que la forma se asemejaba a la llamada Trifuerza de la que tanto había leído.

Una vez más perdió el control de su cuerpo y sus manos abrieron la ventana.

El mago se subió al poyete y observó el vacío que se extendía bajo sus pies. La luna se alzaba en todo su esplendor y las estrellas disipaban un poco la oscuridad, gracias a lo cual la Ciudadela se hacía visible ante sus ojos preocupados.

Kai tragó saliva, a sabiendas de que si saltaba y obedecía a la persistente voz de su cabeza, pronto su vida vería un doloroso y aplastante fin. El viento obedecía a sus deseos, pero Kai no confiaba en que, con su cuerpo extrañamente controlado por una fuerza desconocida, pudiese ser capaz de formular correctamente el hechizo de levitación.

Aun así, el joven de veinticinco años saltó; se dejó caer y cerró los ojos de puro terror al ver que sus labios no respondían ante su deseo de recitar la letanía mágica. Supo que había llegado su hora, pero lo que no se esperó fue que el viento mismo, sin haberlo invocado siquiera, lo alzó en el aire y lo elevó hacia la luna.

Mientras, una nueva frase se escuchó en su cabeza: Bien hecho, Elegido.

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El interrogatorio había sido rápido y frustrante para Ganondorf.

Zelda no tenía pensado dejar escapar ni una palabra reveladora de sus labios rojizos, y eso complicaba las cosas.

La ubicación de la Ocarina del Tiempo, único objeto que le permitía tener acceso al Reino Sagrado sin necesidad de tener la Trifuerza al completo, era ignoto.

Todo el reino de Hyrule sabía que la princesa Zelda portaba una imagen de la Trifuerza de la Sabiduría en su mano derecha, que ocultaba constantemente con guantes de seda, y Ganondorf estaba dispuesto a arrebatársela por la fuerza si la dama no colaboraba.

-Bájala a las mazmorras, mañana me ocuparé de ella –ordenó de forma fría a Link, sin siquiera mirarle.

El asesino rubio, que había permanecido en una de las sombrías esquinas de la habitación cabeceando, se incorporó al instante y se puso tenso. Profundas ojeras surcaban su rostro, y su mirada velada confirmaba que el chaval estaba más dormido que despierto.

Con todo y con eso, los pasos felinos de Link lo llevaron junto a la princesa. La cogió del brazo con suavidad, no por delicadeza, sino porque su atención estaba puesta en el gerudo que los observaba.

-Señor, creo que lo mejor sería… -repuso Link con voz neutra, pero se detuvo cuando Ganondorf lo fulminó con la mirada.

-Cierra la boca y muévete, he dicho –le espetó sin más.

El gerudo salió del cuarto con grandes zancadas y Link trastabilló al dar el primer paso, aunque se rehízo antes de que Zelda pudiera percatarse de su somnoliento estado.

La princesa no puso objeciones cuando el asesino la empujó hacia el piso inferior. Estudió atentamente la puerta corrediza situada al fondo de la primera planta que daba a unas escaleras de caracol. El cuarto estaba totalmente oscuro a excepción de la luz moribunda de una antorcha sujeta a la pared.

Cuando descendieron el último escalón, un molesto olor a humedad golpeó de lleno a Zelda y una mueca de desagrado apareció en su rostro pálido.

Link no se inmutó, y si lo había hecho lo disimuló muy bien, y llevó a su cautiva hacia la única celda que tenían en aquel lugar.

El sótano lo usaban a modo de sala de torturas, donde en contadas ocasiones encerraban a todos aquellos que sabían más de lo adecuado y los hacían cantar… o cesaban su canto para siempre.

Si hubiera estado un poco más espabilado, una nimia chispa de piedad podría haberse encendido en su interior, pero en ese momento no estaba para preocuparse por cualquier otra persona que no fuera él. Y también debía asegurarse de que sus pasos no lo traicionaban.

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La puerta se cerró con un chirrido metálico prolongado y el chasquido seco del candado al cerrarse resonó en las paredes huecas del lugar como una sentencia de muerte a los oídos de Zelda.

El cuarto era frío, las paredes y el suelo de piedra maciza, lo que descartaba la opción de cavar desde un principio. Asida a la pared por unos enganches de hierro, una cama endeble sin colchón ni sábana soportaba el peso de sí misma y luchaba fieramente por no caer. En el lugar ni siquiera había un sitio donde hacer sus necesidades, así que Zelda supuso que la prisión no estaba diseñada para permanecer mucho tiempo en ella. Los que entraban, salían en menos de uno o dos días.

Una pequeña rendija cuadrangular permitía el paso de un intangible haz de luz lunar, y gracias a ello su celda tenía una iluminación pálida y débil. La ventana era tan diminuta y estaba situada a una altura tan elevada que Zelda no lograría tocarla ni subiéndose sobre su cama y saltando sobre ella.

Tras observar a la dama unos instantes, Link apoyó la espalda con los brazos cruzados sobre la pared situada frente a la Zelda de la mujer y esperó mientras luchaba por no dormirse.

Zelda estuvo contemplando el cielo durante bastantes minutos, plenamente consciente de lo que hacía su compañero, hasta que finalmente volvió la vista hacia él muy despacio.

Lo encontró con los ojos entrecerrados y la mirada desenfocada, y casi al momento supo que estaba muerto de cansancio.

Las titilantes estrellas recuperaron toda la atención de su inteligente mirada azul y esperó. Esperó a que, por un milagro divino, su compañero se quedase profundamente dormido.

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Muy lejos de allí; de hecho, mucho más lejos de lo que le gustaría, una sombra se deslizó sobre los árboles a una velocidad pasmosa.

La figura recortada bajo los haces de luz lunar era claramente masculina. La cabellera del grácil joven le alcanzaba hasta los hombros y se agitaba violentamente debido a su precipitada carrera.

El arco que el chico portada le golpeaba la espalda cada vez que saltaba sobre alguna raíz, y las flechas guardadas en el carcaj se agitaban de un lado a otro provocando un sonido constante que no ayudaba en nada al hombre.

Su cuerpo volaba sobre las raíces y se agachaba bajo las ramas más cercanas al suelo. Su marcha ininterrumpida habría dejado sin aliento a cualquier otro corredor de sus características.

Sus ojos verdes brillaban como los de un gato y le permitían ver en la oscuridad con su misma facilidad.

Aquel no era un humano normal, pero a pesar de todo aquello, la criatura que lo perseguía era una rival más que digna de infundirle temor.

La pantera negra corría sobre el suelo del bosque como una exhalación, una flecha negra que busca un objetivo al que alcanzar. Las pupilas ambarinas y relucientes del felino se habían quedado clavadas en el muchacho desde que este entró en su territorio. Tenía hambre, y no lo iba a dejar escapar.

Si bien el chico era endiabladamente veloz, poco podían hacer sus dos piernas contra las musculosas patas del animal que le perseguía, así que recurrió a otra técnica suicida que tal vez le podría valer.

Examinó con rapidez cada uno de los árboles que pasaban a su lado durante su carrera hasta que encontró uno dentro de sus posibilidades. Alzó la mano derecha y se aferró a la rama de madera con todas sus fuerzas.

Sintió un tirón tan potente que lo dejó sin aliento durante unos instantes, aunque supo que había detenido su precipitada marcha exitosamente y se alzó sobre la rama sin más demora.

Una tras otra, la copa del enorme árbol se fue haciendo más cercana.

No podía respirar con normalidad y sus jadeos eran tan audibles en el bosque como el zumbido de una mosca en una biblioteca. La pantera no necesitaba más que aquello para guiarse, y, aunque un poco sorprendida por la repentina desaparición del joven, tan pronto como comprendió su plan se lanzó sobre el tronco del árbol sin dudarlo, dejando salir sus afiladas zarpas.

La corteza crujía bajo su paso, y el chico era consciente de que lo seguían. Subió la última rama y preparó el arco. Colocó una flecha en su sitio y tensó la cuerda.

La flecha se clavó en el tronco a unos centímetros de la cabeza del enorme felino, consiguiendo detener su marcha durante unos breves momentos.

El hombre maldijo por lo bajo y supo que ya no tenía otra salida. Saltó desde la rama al vacío, y aprovechó el roce de las hojas para frenar ligeramente su caída.

El golpe fue brusco y sacó todo el aire de su interior. Se puso en pie tambaleándose.

El mundo le daba vueltas y le dolía terriblemente todo su cuerpo.

En la copa del árbol, la pantera comenzaba un descenso algo más lento que su subida, así que el hombre pudo aprovechar para huir con todas sus fuerzas.

Ya tendría tiempo para desmayarse sobre el follaje unos kilómetros más adelante.

Levantó la mirada hacia el cielo. La luna llena brillaba en su pleno esplendor. Los gruñidos de la pantera sonaban terriblemente cerca una vez más, así que llegó a una conclusión que no le gustó demasiado.

Pronto, una nueva y enorme criatura de ojos verdes recorría el bosque a toda la velocidad que sus cuatro fuertes y largas patas le permitían.

El lobo gigante llegó a un claro del bosque y aulló a la luna con todas sus fuerzas.

Continuará…

Bueno, espero que hayáis disfrutado de este capítulo.

Como veis, aquí ya se presentan las tres ramas más básicas de este fic, que serán tres historias contadas desde la perspectiva de mis personajes más "principales". El muchacho de los ojos verdes, que solo conoce Ruby, Kai, mi adorado mago, y Link, nuestro sex simbol particular peligroso asesino xD.

Me gustaría preguntaros, lectores, si os gusta esta idea o si preferís una historia contada solo desde la perspectiva de Link. Yo había pensado crear un par de personajes más que cobran una mayor importancia que el típico segundón hecho para ocupar espacio, creo que es una idea que ayudará al fic y le dará aún mayor profundidad y belleza, pero ya me contaréis qué opináis.

Ahora me gustaría agradecer a los reviews que he recibido, que son muy, muy importantes para mí: Zilia K, Shia Azakami, Shimmy Tsu, Flora Athena, Cafekko-Maya-chan, Zelinktotal99, Princess Aaramath, Emilia L. Cortes, Generala, Angie ZF, Gatt-chan, Xungo, TheDivaP77, Ncy-Z y Arcangel91.

De nuevo me disculpo por la tardanza, y aviso que mi próxima actualización será en el fic de Pokémon o bien un one-shot que tengo medio planeado titulado "La biblioteca de los licores", con el ZeLink de mis amores XD

Si no contesto a los comentarios, es porque aún tengo algún problema que otro con mis padres y el ordenador.

¡Saludos y abrazos!

Atte: Magua.