¡Tomatazos no, por favor! xD

Me conformo con abucheos, y algún que otro insultito XD Siento mucho mis cuatro meses de demora, se me pasaron volando D: Entre todas las escusas que podría poner, me decido por no enrollarme más y poner el siguiente capítulo de este ya olvidado fic xD

He creado una advertencia general, así no me tengo que complicar más la vida:

Advertencia: Algunos capítulos de este fic pueden contener sangre, violencia y lenguaje soez, aunque no la mayoría.

Destinos cruzados.

En el capítulo anterior…

Tras observar a la dama unos instantes, Link apoyó la espalda con los brazos cruzados sobre la pared situada frente a la Zelda de la mujer y esperó mientras luchaba por no dormirse.

Zelda estuvo contemplando el cielo durante bastantes minutos, plenamente consciente de lo que hacía su compañero, hasta que finalmente volvió la vista hacia él muy despacio.

Lo encontró con los ojos entrecerrados y la mirada desenfocada, y casi al momento supo que estaba muerto de cansancio.

Las titilantes estrellas recuperaron toda la atención de su inteligente mirada azul y esperó. Esperó a que, por un milagro divino, su compañero se quedase profundamente dormido.

Capítulo 6. El Sheikah.

La princesa se volvió lentamente. Tal como esperaba, encontró al muchacho rubio en el suelo, con la espalda apoyada contra la pared y la cabeza entre sus rodillas.

Durante más de tres horas había estado escuchando el suave deslizar de la capa oscura del asesino que acompañaba a su lenta caída. Su mirada desenfocada, ya oculta bajo sus párpados delicadamente cerrados, llevaba perdida en el paraíso de los sueños desde que habían alcanzado el calabozo.

Caminó hacia el joven rubio con calma. Sabía que cualquier ruido podía despertarlo y no tenía ningún interés en hacerlo y acabar en las garras del vil Ganondorf o sus secuaces. Cuando alcanzó las rejas, extendió sus enguantadas manos hacia el durmiente Link y musitó unas palabras arcanas sin hacer sonido alguno.

En aquellos momentos agradecía con todo su corazón tener algo de sangre mágica en sus venas y haber podido ser enseñada por la mejor de todas las maestras: una sheikah ya muerta muy fiel a la corona, Impa.

El hechizo silencioso hizo su efecto al momento y, aunque no hubo cambio visible alguno en el cuerpo del hombre, sí lo hubo en la profundidad de su sueño.

Ya que estaba profundamente dormido, Zelda se permitió el lujo de suspirar. Observó su figura recortada por la capa y se sorprendió al adivinar que era un muchacho de rasgos delicados a pesar de ser un peligroso asesino. Sus dedos eran largos y finos y a la princesa le recordaron a los de su maestro de música, una eminencia en todos los instrumentos que conocía, especialmente en el piano.

Dejando aquello atrás, Zelda sujetó los barrotes de la celda situados enfrente de ella y se concentró por segunda vez en la noche, ignorando la punzada de dolor que se extendió y amplificó en su cabeza a medida que el calor procedente de sus palmas aumentaba.

El metal oxidado se fundió bajo la presión de sus incandescentes dedos y una salida improvisada no tardó en estar acabada.

Salió de la celda en completo silencio, sin dejarse llevar por sus deseos de salir corriendo de aquella prisión, y se forzó a caminar cuidadosamente hacia las escaleras.

Echó un último vistazo al joven, que dormía profundamente por culpa de su hechizo sedante, y no pudo evitar sentir compasión por él, pues sabía que el castigo que recibiría por fallar en su misión de vigilancia sería terrible.

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Andaba a paso rápido, recorriendo aquel jardín descuidado con la misma velocidad y cautela que si estuviera en llamas.

Las ropas ajustadas del recién llegado se ceñían a su cuerpo a la perfección, enmarcando unos músculos notables y un delgado cuerpo masculino. La tela azul marino alternaba los tonos oscuros, que se encontraban en los brazos, el torso y la mitad inferior de las piernas, con otros más claros, y un símbolo rojo como la sangre se hallaba plasmado en su pecho. Era un ojo con tres triángulos sobre él que dejaba escapar una lágrima. Más de una mirada se había clavado en aquella imagen, que era el símbolo de los Sheikah, así que había optado por ocultarla a la vista con una capa ancha. La oscuridad de la capucha ocultaba un rostro de facciones afiladas, algo femeninas, y una mirada carmesí directa, penetrante, sabia. Los mechones rubios salpicaban su frente, pálida como toda su piel. Unas vendas yacían enrolladas alrededor de su pecho, antebrazos, algunos dedos e incluso cubrían la parte inferior de su faz, impidiendo así ver su boca y parte de su nariz. En su cabeza llevaba una especie de turbante compuesto a base de vendas envueltas alrededor de su cráneo.

Si alguien lo hubiera visto caminar, no habría sabido si los pasos del Sheikah eran silenciados por la hierba que descansaba bajo sus pies o por su habilidad innata. La cuestión era que al llegar al porche de la casa de apariencia tranquila y normal, el silbido de la flecha no lo cogió desprevenido y, agachándose ágilmente, la esquivó sin problemas. Se puso en pie, dejando escapar un suspiro de relajación, y abrió la puerta.

Su corazón estaba encogido de puro terror, pues no sabía qué o quién le esperaba tras el umbral. Tuvo la suerte de encontrarse con un piso inferior vacío, mas se escuchaban voces apagadas por la madera que provenían de arriba.

Caminó hacia los pies de la escalera y entonces, en contra de lo que esperaba, se encontró con la mirada de tres pares de ojos que lo observaban, curiosos, desde el piso de arriba.

Una mujer pelirroja esbozó una sonrisa confiada, dejó caer provocativamente un pie sobre el primer escalón y se apoyó en la pared, asegurándose de quedar en una postura que exhibiera sus pechos exuberantes y la delicadeza de otras curvas femeninas.

-Hola, guapo, me temo que te has equivocado de lugar –ronroneó.

El Sheikah tragó saliva, intimidado, se dispuso a retroceder cuando recordó por qué estaba allí. Necesitaba hablar con Ganondorf. Estar con él. Sino, Hyrule estaría condenado.

-No lo creo, joven dama –respondió galante, inclinando suavemente la cabeza en señal de saludo a los otros dos hombres.

Uno de ellos, un chico moreno, lo estudiaba con desprecio y le enseñaba los dientes en ocasiones.

Se creerá un perro, se dijo el recién llegado. Evitó mirar más a ese muchacho porque le daba nauseas ver los hilillos de saliva que dejaba a la vista al apartar los labios de su blanca dentadura.

El otro joven sí le llamó más la atención. Mantenía una postura erguida forzada y su cuerpo tendía a inclinarse hacia la derecha, como si estuviera apoyando todo su peso en una pierna. Sheik lo reconoció, pero trató de disimularlo. Aquellos fríos ojos azules eran muy difíciles de olvidar.

Comenzó a subir las escaleras ante la atenta mirada de los tres muchachos. Cuando pasó junto a ella, la pelirroja deslizó sus uñas pintadas de escarlata por las vendas que cubrían su pecho, arañándolas superficialmente. Un escalofrío le recorrió la columna al sentir las afiladas uñas de la mujer pasar tan cerca de su piel. Aceleró el paso para dejarla atrás cuanto antes. No se molestó ni en mirar al hombre moreno y centró su vista en aquel asesino al que había identificado como Link. Se observaron. Dos témpanos de hielo lo habrían hecho con más calidez.

Sheik entró en la habitación que atravesó una semana atrás con su forma verdadera. Halló la figura de Ganondorf, recostada en su trono almohadillado, imponente y fría. Lo que esperaba.

Ante la aparición de tan extraño joven, el Gerudo se reincorporó, miró con una intensidad que solo frenaba su fachada de hombre arrogante.

Ninguno habló hasta que Sheik comprendió que Ganondorf no abriría la boca si él no decía nada.

-Soy Sheik, de la antigua tribu de los Sheikah –se presentó, su voz monótona rasgó la silenciosa pompa que había crecido a su alrededor-, y vengo a unirme a vuestro gremio.

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Ese desconocido le había traído malas vibraciones desde que lo había visto atravesar la puerta. Tenía los ojos rojos… Antinaturalmente rojos.

Era evidente que se trataba de un Sheikah, lo que convertía su presencia el algo aún más inquietante, pues ahora aquellos aguerridos guerreros habitaban en el Pueblo Kakariko. Quedaba apenas una centena de ellos en todo el planeta y se habían refugiado en un mismo lugar para evitar la extinción y la mezcla de sangre con otras razas, que acabaría llevando a la tortuosa desaparición de tan mística raza.

Y para colmo había llegado a la casa con total seguridad. No había sucumbido a la flecha certera de la entrada ni parecía perdido al invadir un hogar que en teoría nunca antes había pisado.

-¿Crees que será amigo de Kai? -le preguntó la pelirroja. Por primera vez empleaba un tono que no era provocativo con él.

Poco le interesaba a él quién demonios fuera ese desconocido. Ya tenía bastante con lo suyo. Al igual que un genio acude cuando se frota una lámpara, una repentina oleada de dolor le sacudió. Perdió el pequeño apoyo que le ofrecía su pierna izquierda, que se le doblo bruscamente, y tuvo que sujetarse a la barandilla de las escaleras para no caer. Soltó un gemido agudo, de dolor, pero se apresuró a morderse el labio y a contener las lágrimas. No iba a ser débil delante de sus compañeros.

Cuando les dirigió una mirada con su vista nublada, no supo decir cuál de las dos sonrisas le era más cruel y divertida. Al menos se alegró de que su penosa posición resultara divertida para alguien.

Su mano zurda, protegida por un guante sin dedos de cuero resistente, se aferró aún más a la baranda y tiró de todo su peso en un intento de reincorporarse. Abajo, en su pierna izquierda, sintió la tela de las prendas adherirse a su piel, empapada.

Maldijo por lo bajo. La herida se había vuelto a abrir.

Pudo erguirse de una manera más o menos decente y empezó a bajar hacia el piso inferior. Lejos de las miradas burlonas de sus compañeros; lejos del Sheikah de los ojos rojos y de su aureola de misterio; lejos de la sonora voz de Ganondorf, el hombre que inspiraba sus pesadillas.

Tan lejos como su pierna herida le pudiera llevar…

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… Que tampoco era mucho, pero sí suficiente.

Recargó su espalda en la madera que componía la pared derecha de la casa cuadrangular. Se deslizó despacio, muy despacio, por las tablas hasta que su trasero dio con la hierba fresca del suelo. Estiró su pierna sangrante y dobló la rodilla de la otra, apoyó la cabeza contra la pared, dejando escapar un suspiro cansado y dolido.

Cerró los ojos. Su mano derecha se introdujo en su capa y tanteó los innumerables bolsillos ocultos de esta hasta que halló lo que buscaba: un frasquito repleto de un líquido azul claro. Observó la cara medicina que sostenía entre sus dedos índice y pulgar. Era sorprendente como ese líquido de apariencia tan simple eran tan valioso. Sus fondos monetarios disminuían tan milagrosamente como aumentaban los abrigos de piel de la hechicera a la que se lo compraba. Lo que no podía negar era su efectividad. En teoría, la Poción Azul poseía la capacidad de curar las heridas con una velocidad vertiginosa, pero las pociones no eran milagrosas como se decía en las leyendas y necesitaban calma y reposo para funcionar plenamente.

Considerando que Ganondorf obligaba a Link a seguir activo en su trabajo de asesino, aniquilando ahora a pequeños rebeldes que se oponían al reciente liderazgo del Gerudo, el rubio nunca tenía la oportunidad de descansar y lograr que la poción hiciera efecto por completo. Además, cualquier tipo de bálsamo conocido sólo curaba y cicatrizaba los daños externos, pues la herida interna era más complicada y tardaba más tiempo, aunque también acababa sanando gracias a los efectos curativos.

Link llevaba en un tratamiento de cuatro Pociones Azules diarias desde que Ganondorf le había herido por su negligencia en la vigilancia de la princesa de Hyrule.

-Ya se podría pudrir esa maldita ramera desagradecida –gruñó entre dientes de una manera un tanto ininteligible, pues lo hizo mientras destapaba el frasco de la pócima.

Bebió en contenido de un tragó y pronto sintió una nueva sensación de consuelo allá por donde el líquido iba. Sus músculos agarrotados por el dolor se relajaron considerablemente, pero no fue hasta que se sintió con fuerzas una vez más que Link apartó la cabeza de las tablas y examinó la herida.

El flujo de sangre se había detenido y no estaba infectada, como estuvo los primeros días, cuando sufrió una terrible fiebre. Sacó la tanda de vendas de reserva que siempre llevaba encima y las fue enrollando con calma alrededor de la pierna, habiendo ya retirado las otras ensangrentadas.

Escuchó unos pasos a su izquierda y se volvió. El Sheikah lo miraba atentamente, los brazos en jarras y el rubio ceño fruncido.

-¿Qué miras? –preguntó de una forma no muy agradable Link, sin prestar más atención al desconocido y volviendo con el vendaje.

-Eso no tiene buena pinta –dijo con suavidad.

Se acuclilló a su lado. Link le dejó hacer. Estaba herido, exhausto y anímicamente hundido. Era un blanco fácil.

-Qué interesante.

-¿No podrías ser más agradable? –exclamó el Sheikah, furibundo. No había soportado a ese asesino sin modales desde que lo conoció allá, en el Castillo.

Link no contestó.

El Sheikah bufó y haciendo acopio de una paciencia que solo los Sheikah conocían, habló de nuevo:

-Soy Sheik, y veo que este encuentro no es placentero para ninguno de nosotros. Soy tu nuevo compañero.

Aquellas palabras sí sacaron al asesino de su ensimismamiento. Levantó la cabeza de golpe, un movimiento tan brusco que su cuello chasqueó. Ignoró el dolor mientras en sus ojos una chispa de miedo se prendió.

Los compañeros eran una forma disimulada de sentenciar a muerte a uno de los dos. Un duelo furtivo, sigiloso, secreto, un enfrentamiento que consistía en el meticuloso estudio del otro hasta conocer su punto débil. Y después atacarlo sin piedad, lo que los llevaría a un innegable ascenso, a la suplantación del puesto de su antigua pareja.

Los novatos deseaban reemplazar a los que estaban por encima de ellos porque Ganondorf no les concedía privilegios. Los nuevos tenían que ocupar el lugar de los viejos si querían una habitación, un plato de comida tres veces al día, un trato respetable. Aquella era una forma frívola de desquitarse de los débiles. Simplemente un día uno de los dos no regresaba a la casa de asesinos.

Así que Ganondorf se ha cansado de verme agonizar y quiere atravesar el pescuezo del herido, ¿no?, se dijo Link, sintiendo en su pecho la opresión generada por el nerviosismo.

-Soy Link… Y sí, este nulo placer es mutuo.

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La puerta de la taberna se abrió repentinamente, con tanta brusquedad que se golpeó contra la pared y un violento ruido hizo volver la cabeza a todos los clientes.

Una figura humana que apenas se lograba perfilar entre la oscuridad de la noche se hallaba de pie junto al umbral, con las manos apoyadas en los marcos de la puerta. Un relámpago rasgó el cielo nocturno y el consecuente trueno ensordecedor asustó a más de un ciudadano. La luz amarillenta del rayo había alumbrado durante unos segundos el cuerpo del recién llegado. Lo suficiente para que sus orejas de humano redondeadas fueran perceptibles para la aguda vista de los hylians.

-¡Un humano! –exclamó un hombre moreno. Sus ojos negros como el carbón se fijaron tanto en el desconocido que parecían desear matarlo allí mismo.

Los murmullos que habían comenzado con suavidad ante la llegada escalofriante del chico fueron aumentando de volumen y vulgaridad hasta el punto de ser gritos.

El joven era moreno y tenía unos apagados ojos verdes, perdidos en la contemplación de algo que solo él veía. Vestía unas calzas oscuras y una camisa de lino de un tono azul claro desgarrada.

Aquella misma camisa de lino era la que impedía ver que tras esta un desfile de costillas se marcaba en el pecho del muchacho. Sus mejillas hundidas y su rostro demacrado eran escalofriantes, pero no más que contemplar el resto de su huesudo cuerpo, apenas expuesto por las ropas que llevaba. Una escarcela de piel pendía del cinturón, y una correa de la que colgaba un carcaj medio vacío cruzaba su pecho desde su cadera izquierda hasta su hombro derecho. Un arco que era media más que la mitad de su tronco superior le colgaba de la espalda también.

El tabernero no perdió de vista al recién llegado conforme caminaba hacia él, seguro de sus movimientos. El resto de la clientela abucheaba e insultaba a gritos al joven moreno, que ni siquiera parecía estar muy consciente de lo que sucedía a su alrededor.

-Dan, ¿estás bien? –susurró Talon, el dueño de la taberna y Rancho Lon Lon. Apoyó su mano húmeda del trapo que previamente había utilizado para secar las jarras de bebida en el hombro de su joven amigo y apenas pudo reprimir una exclamación de sorpresa. Estaba en los huesos.

-Co… comida –logró decir él, sin aliento ni fuerzas.

Las rodillas le flaquearon y habría caído al suelo si Talon no lo hubiera sujetado con sus firmes brazos, resistentes de los años de trabajo en la granja.

El griterío aumentó aún más si era posible cuando la gente vio como el tabernero arrastraba al humano al interior del bar y lo dejaba recostado contra la barra.

-Todos fuera –ordenó Talon. Su voz y postura eran firmes, pero la voluntad de su clientela no se quedaba atrás.

-¡Pero es humano! –repitieron los más valientes-. ¡A la hoguera con ellos!

-Nadie se va a ir a la hoguera, y menos en este bar. Todos fuera –el rostro de Talon no varió de emoción siquiera cuando varios de los allí presentes, incluso clientes antiguos suyos, escupieron en el suelo de madera al marcharse.

-Ganondorf vendrá, tenlo claro –escuchó que uno gruñía.

-No le temo a Ganondorf ni a sus órdenes de búsqueda. Si dejo a este chico en la calle la ira de mi hija será mil veces peor que la suya.

Nadie se atrevió a refutar aquello. De todos era conocido el humor de aquella joven hyliana con aspecto dulce. Si se enfadaba, Malon era violenta, celosa y vengativa. Temible, en pocas palabras.

Solo una vez que todos hubieron abandonado la sala, Talon se internó en la cocina y salió momentos después con un humeante tazón de sopa entre sus gruesos dedos y una jarra de cerveza en la mano libre.

Los ojos verdes de Dan chispearon de felicidad al ver lo que le ofrecían y se lanzó a por la cerveza con deseo. Ni se lamió la espuma que cubría de un blanco níveo sus labios sonrosados antes de pasarse a la sopa.

Si hubiera cobrado todo lo que el joven se comió aquella noche, Talon no habría tenido que volver a abrir la taberna en un año.

Ya iba por la tercera tanda de carne con tomate y la octava de cerveza cuando ese toque saludable reapareció en su mirada. Aquella juvenil sonrisa que encandilaba hasta a la más insensible de las damas se dibujaba en su rostro entre plato y plato.

Y Talon siguió yendo y viniendo hasta que perdió la cuenta de los platos que se había podido tomar.

-¿Es normal comer tanto? –exclamó el pobre tabernero, cansado ya de ir y venir.

El joven asintió con vehemencia.

-Sabes que mi cuerpo consume mucha más energía de lo normal.

Lo vio engullir de un bocado casi media pata de su mejor cordero y suspiró.

-Tú eres el que no es humano –susurró, hundiendo sus hombros con resignación.

Al terminar la comida, un saciado Dan se masajeaba el estómago lleno mientras que con la otra mano sujetaba una manzana roja con gotas de agua deslizándose por la piel de tan jugosa fruta.

-¿Qué haces aquí, Danilo? –preguntó Talon de pronto, mirándole a los ojos con intensidad-. Creía que todos os habíais ido.

Él mordió su manzana tranquilamente antes de contestar que no tenía ni idea de qué demonios de estaba hablando el granjero.

-¿No sabes que Ganondorf ha impuesto una ley de expulsión radical de humanos? –el joven dejó la fruta despacio, abrió la boca en desmesura y Talon pudo ver los trozos verdosos de manzana que aún no se había tragado.-. Se os considera una plaga.

Dan tragó en silencio, consciente de su falta de modales anterior. Una cuestión le inquietaba.

-¿Cómo permitió el rey tal estupidez, Talon?

El granjero le observó, entre sorprendido y desconfiado, como si temiera que Danilo se estuviera burlando de él o algo parecido.

-¿Es que has estado en un bosque todo este tiempo, chico? –exclamó llevando las manos al cielo, que era el techo de su acogedora taberna. Dan sonrió. Eso era exactamente lo que había pasado. Talon ignoró la sonrisa y siguió hablando-. El rey de Hyrule y su hija fueron asesinados hará una semana y media ya. Ganondorf ocupó su lugar alegando que él era el más cercano a la familia real y por lo tanto el indicado para ocupar su lugar. Hyrule está destrozado, nadie se opuso a su opinión y ahora ha bloqueado los accesos a fuera de Hyrule y está deportando a los humanos que vivan en los alrededores.

Dan, que había ido palideciendo cada vez más conforme el relato de Talon era dicho, sintió un mareo repentino, su estómago se encogió y las náuseas de invadieron. La princesa de Hyrule. Zelda… Zelda estaba muerta.

Apretó tanto la mano que sujetaba su manzana que esta acabó comprimiéndose un poco y dejando escapar más de su dulce jugo, que se deslizó por la palma del muchacho y cayó al suelo.

Talon le miró sin saber qué decir, simplemente contempló sus nudillos blancos y lo vio levantarse con brusquedad.

-Tengo que irme –fue lo único que dijo antes de cerrar la puerta tras de sí y marcharse tan repentinamente como había llegado.

Al abandonar la calidez del local un ligero temblor le invadió. La lluvia torrencial empapaba y adhería sus caras prendas a su piel y hacía que sus botas de ante se hundieran en el barro. Una mueca deformó su rostro, atractivo a pesar de su delgadez. Ya tenía hambre otra vez. Había pasado demasiado tiempo cambiando a pesar de conocer los riesgos y en pocos días no había tenido fuerzas ni para cazar algo.

Danilo caminó hacia una yegua completamente negra que le esperaba a la salida del rancho. No se detuvo ni en mirar aquel lugar que tantas veces había visitado. No volvió la cabeza para observar las altas vallas de madera terminadas en una afilada punta que amurallaban todo el lugar, ni las diferentes casas que había allí dentro, tampoco miró a los animales, tan variado como hermosos, que vagaban libremente por el lugar.

Simplemente se acercó a su yegua, le palmeó el musculoso cuello que poseía y esbozó una sonrisa forzada.

-Tenemos que ir a la Ciudadela, Terrón, me temo que todo se va a complicar desde ahora –murmuró dulcemente.

Colocó un pie en el estribo de un impulso se subió a horcajas sobre la montura, que no opuso la más mínima resistencia. Pronto, ambos, jinete y caballo, se había perdido ya en el horizonte.

Continuará…

Hasta aquí llegamos xP

Como veis, he empleado a Danilo, el personaje que puse en los bosques en el capítulo anterior, para quien no lo recuerde xD, para explicar la situación actual de Hyrule, que es algo así como una dictadura en ciernes.

¿Qué planeará Zelda haciéndose pasar por Sheik? Eso estaba claro que Sheik era ella xD Y tenemos a un Link herido… A un Danilo que parece muy amigo de la princesa y que la cree muerta… jojojo, las cosas empiezan a moverse xD

Agradezco mucho los reviews recibidos, porque son lo más importante de este fic: Zelintotal99, arcangel91, Shimmy Tsu, , Shia Azakami, Ariasu Akane, Emilia L. Cortez, Icarian Wings, Flora Athena, MoniArmstrong88, Angie ZF, Sam, Lau, Gatt-chan, Link77 y Edward Elric.

Gracias de verdad, aunque supongo que ya ni la mitad leerá esta historia, efímera fue la fama xD

De todas formas os dedico esto a todos vosotros, por leer, por esperar… por todo ;)

Un saludo, actualizaré cuanto antes ^^

Atte, Magua.