¡Qué emoción! :')

Cien reviews… si me lo contasen no me lo creía :DD

Muchísimas gracias, mis queridos lectores, tanto los que comentan como los que solo leen, porque sois la parte más importante después de la escritura de esta historia. Sin vosotros, no habría fic que leer, porque sin lectores no hay ánimos para escribir. Es todo un ciclo… y me gustaría agradeceros por estar ahí :')

Este capítulo va para vosotros, disfrutadlo ;)

Advertencia: Algunos capítulos de este fic pueden contener sangre, violencia y lenguaje soez, aunque no la mayoría.

Destinos cruzados.

En el capítulo anterior…

Danilo caminó hacia una yegua completamente negra que le esperaba a la salida del rancho. No se detuvo ni en mirar aquel lugar que tantas veces había visitado. No volvió la cabeza para observar las altas vallas de madera terminadas en una afilada punta que amurallaban todo el lugar, ni las diferentes casas que había allí dentro, tampoco miró a los animales, tan variado como hermosos, que vagaban libremente por el lugar.

Simplemente se acercó a su yegua, le palmeó el musculoso cuello que poseía y esbozó una sonrisa forzada.

-Tenemos que ir a la Ciudadela, Terrón, me temo que todo se va a complicar desde ahora –murmuró dulcemente.

Colocó un pie en el estribo de un impulso se subió a horcajas sobre la montura, que no opuso la más mínima resistencia. Pronto, ambos, jinete y caballo, se había perdido ya en el horizonte.

Capítulo 7. ¿Compañeros?

El asesino, con la espalda fuertemente recargada contra la pared de madera, se puso en pie de forma penosa. Aguantó los quejidos que luchaban por escaparse de sus labios cuando se recargó un poco en pierna izquierda. No dio oportunidad a que le volviera a fallar y se apresuró a sujetarse en la pared.

Apretó con fuerza los dientes, vio a Sheik ponerse en pie y acercarse a él. La daga refulgió en su mano libre mucho antes de que el Sheikah hubiera dado dos pasos en su dirección.

-Ni te me acerques –jadeó, su voz difícil de comprender pues apenas si había separado la mandíbula inferior de la superior.

El otro se detuvo, obediente, pero la preocupación en su mirada no desaparecía.

¿Había dicho preocupación? Y una mierda, ese lo que quiere es matarme, pensó Link. Se aventuró a dar un par de pasos lejos de la pared. Por fortuna la pócima le había restaurado algunas de sus fuerzas, por lo que pudo mantener un paso más o menos estable.

Arriba, sobre sus cabezas, las nubes oscuras que avecinaban tormenta comenzaron a hacer jirones el claro tono azul que antes había tenido el cielo.

-Sígueme –siseó sin volver el rostro.

Sheik hizo lo que le ordenaba el rubio en silencio. Ambos se colocaron las capuchas, ocultando sus rostros de miradas indeseadas.

El asesino guió a su compañero por las callejuelas tortuosas y angostas de la Ciudadela. Para su sorpresa, el Sheikah parecía empaparse de todo lo que veía. En su mirada brillaba el entusiasmo, como si nunca antes hubiera visto aquella ciudad.

No dijo nada y dejó disfrutar a su indeseado recién conocido hasta que llegaron al destino que Ganondorf le había impuesto esa misma mañana: acabar con uno de los humanos rebeldes que se habían negado a abandonar Hyrule.

Si le preguntasen al asesino, él habría contestado que expulsar a una persona del país en el que había nacido en contra de su voluntad era inhumano y cruel, que todas las razas eran iguales, sin importar su tamaño, color o forma. Que lo único que él había deseado conseguir matando al rey era encontrar una paz que no había hallado todavía, por alguna extraña razón. Pero no le habían preguntado, así que solo le quedaba empuñar sus dagas, entrar en la casa de ese miserable humano y rajarle la garganta lo antes posible para estar de vuelta antes del toque de queda impuesto por Ganondorf.

Y eso fue justamente lo que hizo. Con unos rápidos y habilidosos movimientos, las ganzúas le abrieron las puertas de una casa pequeña, destartalada. La pintura clara se había perdido entre las numerosas pintadas insultantes que los vecinos Hylianos habían escrito sobre ella.

Sheik le siguió, todavía en silencio. Observaba y aprendía, como se esperaba de un buen aprendiz.

Observaba, aprendía y esperaba al momento oportuno para acabar conmigo, se dijo Link. Su mirada azul se deslizó por la austera decoración del único cuarto que parecía componer esa casucha: una mesa, una cama sin colchón y un barreño repleto de agua. ¿Quién podía vivir en tan malas condiciones?

Fue entonces cuando vio salir a esa persona, a ese auténtico superviviente, que en ese momento no era más que un hombre adulto entrado en años, de facciones afiladas y mejillas hundidas. Unos ojos perdidos en el mar de la miseria, mechones largos, desgreñados. Un cuerpo pequeño, agarrotado y tembloroso. Eso definitivamente no era lo que Link se esperaba.

No podía ser cierto.

Aun así avanzó hacia él, dagas en manos, presto para terminar aquello cuanto antes. No le iba a ser agradable acabar con alguien que no tenía posibilidades de defenderse, pero era su trabajo.

Él recibía órdenes y las ejecutaba. No había más.

El hombre no dijo nada cuando le vio acercarse, sino que cayó de rodillas, implorando por su vida en silencio.

Sheik vio las orejas redondeadas (innegablemente humanas) que yacían semiocultas por el pelo oscuro y se le revolvió el estómago. Tenía un amigo con sus mismas orejas que podría estar en esa misma situación. Quiso detener a Link cuando le vio alzar la daga, pero no pudo hacerlo. Esos ojos marrones tan perdidos, húmedos y legañosos la tenían atrapada. Porque había algo extraño en ellos. Algo que no cuadraba con esa situación.

Abrió la boca para gritar, advertir a Link de un peligro inminente, pero su voz fue silenciada por el sonido de la madera al quebrarse bruscamente. Un cuerpo grande y fornido calzado con unas botas de piel de ante rompió las tablas del techo en miles de astillas que cayeron sobre Link con todo su peso.

El asesino vio el derrumbe unos instantes antes de que sucediera, y habría podido esquivarlo si su pierna herida no le hubiera fallado.

Las tablas lo sepultaron violentamente y acabó cayendo al suelo hecho un ovillo. El recién llegado era un joven varios palmos más alto que el rubio, moreno de ojos negros. Esgrimía una sonrisa casi tan afilada como la espada que cargaba con una sola mano. El otro hombre paupérrimo sonrió alegremente. Justo a tiempo, le oyó Sheik decir.

Link, ahogado bajo el peso de la madera, tosió con fuerza. De su herida abierta comenzó a manar la sangre que empapó sus pantalones. Vio por el rabillo del único ojo que podía abrir el brillo de la espada del desconocido, que se alzaba sobre su cabeza.

Demonios, pensó, creo que aquí me quedo.

Fue entonces cuando algo dentro del Sheikah se activó, y saltó sobre el hombre. Con un hábil movimiento golpeó el plano de la espada para desviarla de su trayectoria hacia la cabeza del rubio y después le asestó un puñetazo en el estómago tan fuerte que hizo al guerrero doblarse sobre sí mismo. Esto lo aprovechó para asestarle un buen golpe con su mano colocada en horizontal en la nuca, cayendo el moreno al suelo, inconsciente.

Se acuclilló junto a Link, apartó las tablas con rapidez, sin importarle que algunas astillas se clavasen en sus dedos.

Cuando sintió que el peso sobre su cuerpo disminuía lo suficiente, Link se incorporó ligeramente, echó mano de la única daga que tenía a su alcance y se la lanzó al humano que permanecía en pie, que corría hacia el Sheikah armado con un cuchillo de cocina.

La hoja aguda y fina de la daga atravesó su frente con suavidad, como si fuera mantequilla, y el cuerpo inerte se derrumbó al lado del otro, que sí respiraba.

Ninguno de los dos supo si los suspiros aliviados que embargaron la atmósfera cuando la amenaza desapareció eran de Link o de Sheik, pero la verdad es que tampoco les importaba demasiado.

El rubio cerró los ojos con fuerza al sentir una nueva descarga de dolor. Parecía que la presión de las tablas sobre su cuerpo había reabierto la herida, anulando así los efectos de la poción que se había tomado antes.

Luchó por levantarse y perder esa posición tumbada. Notaba la mirada del Sheikah sentado a su lado, casi podía oler su genuina preocupación. Y eso le repugnaba.

Él era un asesino. Un adulto hecho y derecho capaz de valerse por sí mismo. Habría podido asesinar a ambos humanos sin la ayuda del recién llegado.

¿Acaso se podía ser más orgulloso?

Sheik llevó la mano derecha vendada a la pierna herida, un aura blanca y pura rodeó sus dedos ocultos bajo la clara tela que los envolvía. Los ojos se Link se abrieron desmesuradamente. Aquello era magia de curación, magia blanca que pocos Hylians y otras razas mágicas eran capaces de emplear.

Apartó la mano bienintencionada de su compañero de un manotazo. Gruñó como un perro rabioso.

-No me toques.

Sheik le observó, entre sorprendido e insultado por su actitud. Le vio llevarse la mano a la capa y extraer de ella uno de los finos frascos de cristal repletos de tan codiciada Pócima Azul. Colocándose el botecito en la boca, se tragó su contenido sin perder de vista las pupilas rojas de Sheik.

-No necesito ayuda de nadie –jadeó cuando trató de ponerse en pie. Seguramente no lo conseguiría sin el apoyo de una pared.

Volvió a tumbarse sobre las tablas partidas, experimentando ya el dolor punzante de las numerosas astillas que yacían clavadas en su piel.

Fue entonces cuando sintió unos dedos muy cerca de su cuerpo, su tacto, vedado por las ásperas y usadas vendas que los cubrían, se le antojaba cálido, desconocido. Con sorpresa, notó que el Sheikah pellizcaba un poco su pálida piel para ir extrayendo una a una las astillas que se habían quedado prendidas a su capa o, como era el caso, a su cuerpo.

Aquella fue la primera vez en diez años que Link se dejó hacer en silencio. El dolor hacía que la cabeza le diese vueltas y sentía una punzante molestia en su mano izquierda. Desde que había rozado la mano de la princesa una semana atrás no había dejado se experimentar ese extraño cosquilleo, que parecía quererle indicar que algo luchaba por salir a la luz a través de su piel, como un barril de madera lo haría si fuese arrojado bruscamente a la mar.

Por suerte había tomado la precaución de cubrirse ambas manos con unos guantes de cuero sin dedos y así evitar sospechas. Lo que le faltaba era que, siendo zurdo, su mano predilecta empezara a fallarle también.

Sheik trabajaba en silencio y con tanta eficiencia que pronto Link se vio liberado de las astillas que tanto le importunaban. Después le tendió una mano en un ofrecimiento callado, un pacto sin palabras de una coexistencia pacífica que ambos habían dudado poder tener en un principio.

Y Link la aceptó sin decir palabra. En sus pocos años había adquirido la sabiduría suficiente para saber cuándo necesitaba ayuda y cuándo no. En ese momento el Sheikah le brindaba una protección que él necesitaba, mientras que el asesino le transmitiría todos los conocimientos que había adquirido a lo largo de los años. Le enseñaría a matar.

Pero eso no cambiaba el hecho de que el rubio seguía desconfiando. ¿Cómo fiarse de alguien que tarde o temprano comprenderá que debe matarle para ganarse un cuarto en la casa de madera de los asesinos?

Podían tratar de fingir una amistad que no existía, tal vez un cierto toque de compañerismo jovial, unas sonrisas eventuales, incluso podrían salir a tomar algo. Mas Link no deseaba ni iba a mentir. No jugaría a ser el amigo del Sheikah que tenía enfrente.

De un suave tirón Sheik le levantó. Tuvo suerte de que la pócima hubiese restaurado algo su salud, sino habría vuelto a caer. Caminaron a paso lento por las calles, dejando atrás una choza destartalada en la que un humano yacía muerto y otro aún respiraba. A fin de cuentas, Link se dijo, su trabajo era matar a ese humano, no al que había caído del techo. Nada de muertes innecesarias.

Cuando llegaron al caserón, del cielo encapotado ya caían las suaves gotas de lluvia con una intensidad considerable. Las vendas empapadas se adherían al cuerpo fibroso del Sheikah en una incómoda sensación de agobio.

Link se despidió del muchacho con un gesto de la mano y entró en la casa, dejando a Sheik en el umbral, solo y empapado.

Poco más que recortarse contra la pared de madera pudo hacer el joven. De todas formas no iba a poder dormir, ya solo le quedaba implorar a las diosas por no coger una pulmonía.

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Tras llegar a su habitación, Link se permitió deshacerse en un suspiro cansado. Demasiadas cosas llevaban pasadas en tan poco tiempo. Se cambió las vendas sin hacer sonido alguno, con una meticulosidad casi enfermiza, y luego se tiró sobre las tablas duras y el viejo colchón de mala calidad que componían su lecho.

Las manos en la nuca, la mirada perdida en el techo, tan franca y a la vez misteriosa. Su mirada; la mirada de alguien que jamás si ha elegido quién ser.

Recordó en silencio el ascenso implacable de Ganondorf al poder. Le había valido unas simples palabras a los ciudadanos, prometiéndoles vengar la muerte de sus antiguos reyes, para ocupar él aquel trono que tanto codiciaba. A fin de cuentas, el Gerudo era la persona más cercana al rey, ¿por qué no iba a ocupar su lugar?

La desaparición de la princesa fue, evidentemente, omitida. Todos muertos, había proclamado Ganondorf, mientras por lo bajo ordenaba a sus asesinos acabar con la única persona que aún podía arrebatarle el trono.

Hasta el momento no la habían encontrado, mas Ganondorf no se había quedado quieto y había comenzado a ejercer el poder infinito que como rey de Hyrule ahora poseía. Expulsó a todos los humanos bajo el sorprendente consentimiento de la mayoría del pueblo hylian. Por lo visto aquel argumento de que los humanos estaban corroyendo la pureza de tan sagrada raza habían calado en las mentes desesperadas de la población. Después bloqueó la entrada y salida de Hyrule a toda criatura que no poseyera un permiso especial, se recluyeron a los Hylians en la Ciudadela para evitar que se mezclasen con otro tipo de sangre y se pasó a una exhaustiva redada en busca de los humanos restantes y los rebeldes que aclamaban por otro gobernante. Cazar y matar, le había repetido una y otra vez el Gerudo en los últimos días.

-Cazar y matar –susurró al aire. Su voz se perdió en el silencio del cuarto, ahogada por la propia soledad que lo invadía.

Link cerró los ojos despacio. Había sido un día demasiado largo. Fuera los truenos tronaban y un par de rayos partieron con su esplendoroso brillo dorado las oscuras nubes.

Se avecinaba una larga semana de tormentas primaverales.

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Cinco días, pensó el Sheikah. Se incorporó del frío y húmedo suelo del jardín. Sentía las extremidades agarrotadas y un punzante dolor en el cuello. Otra noche más que había dormido con una mala postura.

El cielo seguía nublado, a pesar de que ya habían pasado cinco jornadas desde que Sheik durmió por primera vez a la intemperie, y lloviznaba con suavidad.

Entró en la cabaña justo a tiempo para dar con Link, que caminaba con un paso bastante más estable, se notaba su mejora. Sheik le sonrió, sonrisa que por supuesto no fue correspondida, pero tampoco lo tomó en cuenta. Ya se había acostumbrado a los desplantes del rubio y sabía que aunque no lo dijera en voz alta, apreciaba su ayuda. Y es que el Sheikah había pasado los últimos cuatro días acabando con los rebeldes y humanos él mismo, obligando a Link a quedarse en la retaguardia con la burda excusa de que "tenía que aprender el oficio", cuando en realidad solo deseaba que se moviera lo menos posible para acelerar la curación.

Subieron las escaleras con rapidez, recibieron la siguiente misión de Ganondorf, quien dirigía miradas fulminantes a su antiguo alumno, consciente de la visible recuperación que estaba teniendo y del fracaso de su plan, y abandonaron la casa.

-Un grupo –murmuró Sheik, anonadado. Dejó escapar un silbido de fascinación-. ¿De veras Ganondorf pretende que acabemos con seis rebeldes sanos por nosotros mismos?

Link le echó un breve vistazo, después miró a su izquierda.

El muchacho de ojos rojos, que había aprendido a leer el lenguaje corporal de su compañero, siguió su mirada y fue a dar con un arco de madera. No era demasiado grande, su calidad dejaba mucho que desear y el pelo de cola de caballo que componía la cuerda se veía desgastado. En la aljaba los emplumados coloridos teñidos con pinturas rojas resaltaban tanto por su escasez como por su pésimo estado. Las puntas romas de las flechas daban la impresión de que de no ser bien colocadas y lanzadas a una velocidad grande, no se clavarían en su objetivo.

-Esto nos será de ayuda –ambos estudiaron unos segundos más el estado del arma, unos segundos más tarde Link se vio obligado a añadir casi en un suspiro:-. O eso espero.

Y Sheik rezó en silencio porque su joven acompañante tuviera razón.

Al paso vivo que llevaban solo tardaron unos minutos en alcanzar el callejón que Ganondorf les había encomendado. Era una callejuela estrecha, poco iluminada y carente de balcones. Los barrios bajos de la Ciudadela eran poco frecuentados y estaban prácticamente vacíos.

Una sonrisa macabra se dibujó en el rostro afilado y pálido de Link. Sin ventanas los enemigos carecían de la ventaja estratégica que estas proporcionaban, y en una zona tan angosta como aquella la huida era casi imposible. Solo debían esperar a que los enemigos entraran en escena.

-Salid de donde quiera que estéis, hijos de perra, y dad la cara –clamó el asesino rubio, quitándose la capucha que ocultaba su cara al resto del mundo.

Sheik le miró atemorizado. Nunca antes había visto al rubio entregar la posibilidad de un ataque por sorpresa a los enemigos con tanta facilidad.

Tal y como Link esperaba, de las sombras surgieron los sonidos graves de unas carcajadas fuertes. Los pasos que las siguieron eran abundantes y correspondían a las seis personas mencionadas previamente por su superior.

Las tres pares de figuras de figuras surgieron de las sombras y se dejaron alumbrar por la mortecina luz de un titilante candil, cuya trémula vela aún se atrevía a arrojar algo de luz sobre los desafortunados habitantes de aquellos barrios.

Los dientes amarillentos de los que serían futuras víctimas de sus cuchillos desprendían un brillo desagradable a la luz de la vela, se percató el Sheikah. Las miradas asesinas eran abundantes y provenían de ambos bandos.

-Acabemos esto rápido –dijo uno de los seis, un muchacho alto, espigado y de alborotados cabellos negros. Se pasó la lengua por los labios, ansioso.

El resto asintió, y Sheik ya iba adoptando una pose de combate cuando la voz baja y áspera de Link lo sacó de su estado de concentración.

-Toma esto –le tendió el arco y el carcaj con su mano derecha, la izquierda ya portaba una de sus dagas-. Cúbreme las espaldas.

Esas palabras dejaron al Sheikah patidifuso. ¿Acaso no era esa una muestra de confianza por parte de su gélido compañero? ¿No acababa Link de, básicamente, cederle su propia vida?

Ni siquiera pudo asentir, pues se había quedado paralizado en el sitio.

El rubio caminó hacia los seis jóvenes que habían tratado ya en dos ocasiones de matar a Ganondorf mediante flechazos fallidos desde las sombras.

-¿Por qué estás aquí? –preguntó uno de ellos.

-¿Acaso no es obvio? –respondió él con otra pregunta.

-No hay nada en este mundo que no se pueda solucionar hablando.

Link sonrió. Irónico hecho que entonces todos tuvieran ya espadas en sus manos. Si deseaban una solución pacífica (que él no les podía conceder, pues ya le habían asignado matarlos), no deberían amenazarle con armas de ningún tipo.

Antes de que ninguno de ellos pudiera hacer nada, la primera cuchilla voló y fue a atravesar la garganta del chico que había propuesto una solución calmada. Este se aferró el cuello en un desesperado intento de retener la sangre en su interior. Cayó el suelo. Pronto el resto del grupo saltó sobre el asesino como un grupo de bestias salvajes.

Link bloqueó la estocada certera del primer joven con su daba derecha y se asestó un fuerte puñetazo en la mandíbula que le hizo caer. Acto seguido se agachó, esquivando así otro golpe que fue a atravesar el pecho de uno de los chicos.

Ya solo quedan tres, pensó alegremente Link. Pan comido.

Pero lo que no se esperaba fue que, aun agachado y sin tiempo para incorporarse, el muchacho caído en el suelo con la mandíbula inferior desencajada le asestase una patada en la espinilla. Esta vez fue él quien se derrumbó de rodillas, aunque rodó con rapidez para evitar un golpe justo en la cabeza.

El silbido de una flecha cortando el aire resonó en el callejón, y un cuerpo más, situado justo tras Link, cayó derribado como un tronco seco.

Otra flecha más acabó con la vida del chico herido.

Dos, se dijeron al unísono ambos asesinos, aunque ninguno sabía que el otro había pensado igual.

Solo quedaban el moreno, que se desenvolvía con su espada como un auténtico profesional, y otro chico pelirrojo pequeño y habilidoso, que saltaba y brincaba para evitar ataques con la misma rapidez que asestaba fuertes golpes. Sheik disparó una nueva flecha que no dio en el blanco, pues la trayectoria se vio alterada por la mala calidad de las plumas. Maldijo entre dientes y preparó otra, apuntó en silencio.

Mientras, Link ya se había incorporado y se enfrentaba a los tajos del chico moreno con una de sus dagas, hasta que por fin logró valerse de su mayor altura y fuerza para hacerle perder el equilibrio y caer. Clavó el arma hasta la empuñadura en el pecho del jadeante joven, ante la mirada de sus ojos desencajados, que lucían orgullosos a pesar de su situación desventajosa. Habría sido un buen muchacho de no haberse metido con quien no debía.

El pelirrojo saltarín cayó cuando por fin Sheik logró acertarle con la última flecha que coloreaba de rojo el carcaj marrón.

Se miraron entre sí. Las gotas de lluvia empezaron a precipitarse desde el cielo poblado de negras nubes, empapando a los asesinos. Porque ahora hasta Sheik era eso. Un asesino.

Se movieron rápido de vuelta al hogar, y cuando llegaron la lluvia era tan abundante que caía casi en vertical. Las gotas ya les habían calado hasta los huesos.

Link abrió la puerta del caserón, dejando a Sheik atrás, quien ya se disponía a dormir una vez más bajo la lluvia, pero entonces dudó. Se detuvo.

Y ambos voltearon en rostro para mirarse. Uno sorprendido por la inusual parada de su compañero y el otro sin saber muy bien por qué se había detenido.

-Ven.

Una sola palabra. Seca, helada. Tres letras pronunciadas sin suavidad ni cuidado. Simplemente una orden no disimulada cuyo cumplimiento Sheik podía elegir si realizar o no.

Caminó sin decir palabra hacia el rubio, que sostenía la puerta entre sus dedos agarrotados por el frío y la humedad. Pasó a su lado y ambos entraron en la habitación del rubio.

Y Sheik, aunque durmió en el suelo y no osó decir ni una palabra, agradeció en silencio el gesto altruista de su compañero. Aunque Link ni siquiera podía comprender aún por qué lo había llevado a cabo.

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Un encapuchado a caballo calado hasta la punta de sus botas de piel cabalgó a paso rápido y ligero por la pradera de Hyrule. Las marcadas ojeras que ya eran visibles senderos negros bajo sus centelleantes ojos verdes indicaban largas noches en vela. Por suerte la capucha ocultaba tanto su mirada juvenil como sus cabellos negros y las orejas redondeadas de humano que poseía.

El carcaj que colgaba a su espalda le golpeaba una y otra vez en un dolor amortiguado por la constancia de este. Su arco cruzaba su pecho.

La yegua oscura resoplaba de cansancio. Había recorrido toda la distancia entre el Rancho Lon Lon y la Ciudadela en solo cinco noches durante las que apenas si habían dormido. Sus cuerpos estaban al límite. Danilo solo se había detenido para cazar en contadas ocasiones y el rugir de su estómago insaciable los había acompañado casi tanto como la persistente lluvia que les azotaba.

-Mierda –gruñó al ver un solitario guarda apostado junto al puente que permitía la entrada única a la Ciudadela.

Aminoró el paso del corcel y se caló la capucha un poco más. Pero el guardia, que poseía una llamativa panza redondeada y unos ojos, que aunque apagados y marrones, eran perspicaces, lo obligó a detenerse.

-Lo siento, señor, pero para entrar en la Ciudadela ha de mostrar su rostro y darme su identidad. Órdenes del rey Ganondorf.

Un escalofrío recorrió su columna al escuchar el título de rey atribuido a otra persona que no fuera Nohansen, pero se contuvo.

-No puedo. Le ruego que me disculpe –fingió una voz bastante más grave de la que poseía y palmeó el cuello de su yegua, que comenzaba a agitarse y a sacudir la testa. Las cadenas del bocado de agitaron en un tintinear agradable.

-No podrá pasar si no cumple esos requisitos, buen señor –insistió el guardia, bostezando aburrido. Hacía tiempo que no trabajaba de noche y el sonido del agua le provocaba una sensación de sopor que solo era mitigada por el frescor de las gotas de lluvia.

De su cinturón Danilo desprendió una bolsa de tamaño mediano. Las rupias de cristal que yacían en su interior produjeron un sonido que sonó a gloria para los oídos avariciosos del guardia.

Dan extrajo de la bolsa tantas rupias naranjas y plateadas como le entraban en la palma de su mano y se las tendió al soldado.

-Estoy de incógnito, diligente guardián –dijo, su voz sonó agradable y melosa, recordaba al canto de una sirena que atrae a sus víctimas a la muerte. Los ojos del soldado brillaron, ávidos de las fantasías que podría cumplir con la cantidad que ese hombre le tendía.

Las tomó con rapidez y se las guardó en la escarcela que tenía en su cinturón, después apartó la mirada de Danilo, ignorando lo huesudas y demacradas que eran sus manos para una persona tan joven como él.

-No he visto nada.

Dan asintió, espoleó a la yegua suavemente y atravesó el puente bajo los sonidos sordos de los cascos chocando contra la madera. Esbozó una queda sonrisa. Siempre era tan fácil embaucar a los guardias con el brillo de las monedas, ya fueran las rupias que en Hyrule usaban o los doblones que empleaban en el lugar de que él provenía.

Se internó en la Ciudadela silenciosa, que parecía acogerle entre sus brazos, tan mojados y muertos como esa lluvia que empapaba su camisa.

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Con dos días más apuntados en el contador de sus vidas, Sheik y Link despertaron casi a la vez. Ambos permanecieron en silencio mirando el techo. No había palabras que decir y el Sheikah sabía de sobra lo poco que le gustaba a su compañero decir palabra si no era extremadamente necesario.

Se incorporó del suelo de madera. Al menos ahí dentro dormía bajo un techo, con una seguridad fingida pero a fin de cuentas reconfortante. Link también se puso en pie, no había rastro de su pasada herida más allá de la fina cicatriz que recorría su muslo izquierdo, y se dirigieron al piso superior, donde Ganondorf les esperaba.

Durante esos últimos días el Gerudo había permanecido más tiempo del normal en la casa de los asesinos, dejando los lujos del palacio a un lado.

Sonrió a la pareja que caminaba hacia él, y antes de que tuvieran tiempo de inclinarse ante él, habló:

-Hace dos días uno de mis soldados gastó muchas más rupias de las que debería poseer, y después de haber sido sometido a métodos de confesión que más de uno no consideraría ortodoxos, nos ha confesado que un encapuchado entró en la Ciudadela esa noche –su tono seguía siendo monótono, y de no haber estado involucrado en la conversación, Sheik habría jurado que Ganondorf podría estar perfectamente hablando del tiempo en vez de conversar acerca de un posible rival. Tomó aire antes de dar la orden que ambos ya esperaban-. Matadlo.

Continuará…

Hasta ahí llegamos xD

Veis que he dado un grandísimo paso en el fic xP

Las cosas ya empezarán a tomar sentido para Link, Zelda y Danilo, aunque no parece que será de una forma muy pacífica xD

Por cierto, es evidente que este fic es un UA en el que se mantendrán nombres y escenarios de Hyrule, además de que trataré de cuidar las personalidades de los personajes para que se parezcan al juego, aunque algunas serán radicalmente diferentes xD Ya iréis descubriendo los cambios que he hecho tanto en el mapa de Hyrule como en sus habitantes xD

Gracias una vez más a todos por comentar y leer: Zelinktotal99, Shimmy Tsu, Zilia K, zoldyckgirl404, P.Y.Z.K, Angie ZF, Shia Azakami, Ariasu Akane, Rachel Mary, Generala, Princess Aaramath, Emilia L. Cortez y Edward Elric.

Cuídense mucho, mi próxima actualización será casi seguro "El Viajante", así que allí nos veremos xP

Atte, Magua.