Sí, señores, me tomó su tiempo xD
Ufff para el verano no tengo excusa (falta de inspiración, de ganas o de tiempo, elija usted la opción que desee, por favor xD), pero ahora que ya he empezado el curso debo decir que estoy dándolo todo para ir bien preparada para el año que viene la Universidad.
Por suerte he tenido tiempo de acabar este capítulo y me mantengo en lo prometido: capítulos más largos, este de unas 7000 no sé cuántas palabras xP
Está cargadito de contenidos. Algunas cosas las entenderéis, otras las explicaré en capítulos posteriores, quién sabe xP
Ahora sí, disculpen la demora y disfruten del capítulo :D
Este capítulo va dedicado a mis queridos lectores: Zeldangelink, The Impossible Girl of Souffle, arcangel91, Guest, Ai-chan Wayland, Angie ZF, Lex, Ryuunoko, , Yahab, Kaarlaa18 y Shimmy Tsu (que es demasiado vaga para comentar pero aun así lee xD)
Destinos Cruzados.
Danilo corría rápido, sí, pero la bestia tenía cuatro patas y una voluntad de hierro. De pronto se detuvo para sorpresa de Link y volvió la testa hacia el jadeante moreno.
Permitió que le palmease el cuello tenso y que pasase una de sus manos por entre sus ojos mientras murmuraba palabras a su oído. La yegua parecía tranquila, arrullada por las palabras de Dan, aunque mantuvo sus enormes y profundos ojos negros clavados en Link.
El rubio tuvo la inquietante sensación de que estaban hablando de él y no podía hacer nada para remediarlo.
Lejos, recargados contra la entrada de madera, Malon y Sheik contemplaban el espectáculo.
-No te pongas tan contento, Sheik –dijo, viendo el brillo eufórico que iluminaba los ojos rojos de su compañero. Se miró las uñas con desgana antes de proseguir-. Epona nunca ha sido una yegua fácil.
Capítulo 13. El Bosque.
Link se acercó a paso dudoso a Dan y su cuadrúpeda compañera.
Los ojos oscuros del animal seguían clavados en el asesino como si no quisiera perder detalle de todos y cada uno de sus movimientos.
Dan retrocedió los pasos que un enmudecido Link avanzó, dejando un poco de privacidad para ambos.
El rubio posó la mano en la testa de la yegua y la acarició con calma y cuidado en sentido descendente. Disfrutó de la cálida sensación del pelaje del animal contra sus palmas. Su caricia fue bajando despacio hasta llegar al hocico, donde el pelaje desaparecía y la piel se tornaba suave y negruzca. Detuvo su marcha justo sobre los orificios nasales y dejó escapar una sonrisa divertida al sentir una nube de aire caliente escapar de ellos con cada nueva expiración.
Aquella yegua era una buena bestia, pero no tuvo tiempo para disfrutarla porque antes de poder deslizar su mano hasta el musculoso cuello una voz aguda lo interrumpió:
-Olvídate. Demasiado para ti.
Era Ingo, que había atravesado todo el cerco interno del rancho solo para fastidiar a un muchacho mudo de la emoción.
-Seguro que podemos llegar a un trato –Dan adoptó su tono más sugerente y se acercó con pasos felinos y confiados al ranchero. Le pasó un brazo por los hombros que fue apartado de un manotazo al instante.
-Llegaste a mi rancho muerto de hambre hace unas semanas, ¿se puede saber qué tienes?
El aludido fingió estar ligeramente ofendido. Se revolvió el pelo con una mano y le dedicó una radiante sonrisa antes de responder.
-Un cuerpo de infarto.
-¡¿Qué?!
-Nada, hombre, era una broma, no pongas esa cara de horror.
-A tres metros de mí –gruñó mientras echaba a correr hacia Link, quien contemplaba la escena con las cejas arqueadas y la mano aún sobre la yegua.
-¿Qué quieres por ella? –preguntó el asesino una vez estuvo el granjero frente a él.
Dan se rascó la nuca sin saber qué más hacer. Malon y Sheik se alejaron de la puerta y caminaron hacia los hombres y el animal.
-¿Qué estarías dispuesto a dar por ella? Epona es el mejor corcel del rancho, sin contar con nuestros sementales.
Link se mordió el labio. No sabía qué responder. Por no tener no tenían ni provisiones.
Él llevaba algunas rupias en los bolsillos de su capa pero una yegua como aquella estaba muy lejos de su alcance.
En lugar de contestar se contentó con disfrutar del tacto del animal. Epona se llamaba. Un nombre precioso, pensó pasando los dedos por las crines blancas para desenredarlas. Se pasaría la vida mimándola si se lo permitieran.
Una lástima que la vida no sea perfecta.
Ingo ya iba a decir algo irritante y desagradable cuando otra voz lo interrumpió:
-¡Una carrera! –gritó de pronto Malon, y sus palabras es escucharon en todo el rancho y a cinco kilómetros más a la redonda.
Link apartó los ojos de Epona y miró a la pelirroja que se aproximaba arrastrando a Sheik consigo.
Ingo también volvió la vista hacia su sobrina. Menudas ideas estúpidas surcaban su cabeza adolescente.
-Vamos, tito Ingo, no me mires así. Si me gana se llevará a Epona y sus arreos, pero si pierde me concederá la mano de Sheik en matrimonio. ¿No te parece genial?
El pobre sheikah se atragantó con su propia saliva y comenzó a toser. Dan disfrutaba del espectáculo unos pasos más atrás sin decir palabra. No esperaba que una mentirijilla como aquella pudiera haber provocado tantas ilusiones en el corazón de Malon. Suspiró…
Con lo sencillo que sería montarse en la yegua y salir pitando del rancho…
-Me parece bien –intervino Talon, quien había llegado hasta ellos jadeante.
A Ingo tampoco le parecía muy mala idea. El rubio era un novato, se le notaba en la mirada, y Malon era una amazona diestra. Le vencería sin problemas y por fin dejaría de dar la vara con el asunto de que quería un marido. Un plan perfecto.
Accedió con un seco asentimiento y se mesó el bigote.
-Iré a prepararlo todo –murmuró ya alejándose.
A todo esto Link no había dicho ni una palabra.
No empezaba a comprender lo que sucedía a su alrededor y solo la piel ardiente de Epona le recordaba que no estaba en un sueño.
-No creo que sea buena idea… -comenzó a decir en voz baja, pero otra más alta y vivaracha sofocó su triste intento:
-Genial. Le parece genial. Y Sheik tampoco creo que tenga ningún problema, ¿verdad, amigo? –Dan había vuelto a acercarse y guiñó un ojo cómplice a su amigo de las vendas.
No, desde luego que tenía muchos problemas, muchísimos. Demasiados. Pero conocía aquella mirada traviesa muy bien y, una vez más, decidió confiar en todo lo que prometía.
Así que el sheikah asintió sin estar del todo convencido. Dio su consentimiento a pesar de todo lo que aquello podría acarrear.
Lo siguiente que el atónito Link, quien no había accedido en ningún momento, supo fue que estaba encima de la yegua de sus sueños sobre una cómoda silla de montar recubierta de piel de borrego blanca con unas riendas de cuero en las manos al lado de una seria Malon que se erigía sobre un bravo macho negro como la noche. Sus pupilas brillaban con determinación, parecía concentrada en hacer algo. La mano de Sheik estaba en juego, a fin de cuentas.
Tragó saliva. Era lo mejor que se le ocurría hacer en aquel momento. La única forma plausible de intentar deshacer el nudo que le atenazaba la garganta.
Malon lanzó un beso húmedo en dirección a Sheik y le dedicó un coqueto saludo a pesar de su visible incomodidad.
Link solo agarró más fuerte las riendas y apretó las piernas con todas sus fuerzas.
Ingo comenzó a gritar la cuenta atrás.
Tres… contuvo la respiración, el mundo se detuvo a su alrededor…
Dos… solo estaban Epona y él, nadie más…
Uno… todo a su alrededor parecía dar vueltas... y, de pronto, Malon salió disparada como una bala oscura.
Pero Epona no esperó a que su atontado jinete reaccionara. Rompió en un galope desenfrenado una milésima de segundo después.
Aunque para todos los presentes la yegua parecía estar luchando por adelantar al otro caballo, en realidad Epona solo galopaba en pos de su libertad. Peleaba con todas sus energías para ser libre de una buena vez y poder recorrer las amplias praderas de Hyrule que siempre había visto desde el interior de su prisión. Una infinidad de campo interrumpida por los barrotes de madera que la separaban de ella.
Así que ahora que se le había presentado la oportunidad de ir por aquellos lugares no la dejaría escapar.
Link también luchaba, sí, pero en su caso para mantenerse con vida. Aferró la silla con toda la fuerza de sus dedos y apretó los dientes para no morderse la lengua.
Cada nueva zancada del caballo le hacía sentir al borde de la caída, pero a la vez despertaba un cosquilleo agradable en su estómago. Una sensación de estar casi volando mientras escuchaba la respiración profunda de la yegua bajo sus piernas apretadas.
Galopar no era tan malo después de todo.
Cuando ya iban por la tercera y última vuelta, el semental negro a unos pasos por detrás de ellos, Link tenía la suficiente seguridad para separar la agarrotada mano de la silla de montar y levantar la vista del suelo. Allí descubrió seis pares de ojos que los contemplaban expectantes junto a la meta. Ingo, Talon y Sheik, quien aprovechó el momento para dedicarle una mirada suplicante en la que un claro "Si pierdes te decapito" se podía lee. ¿Y dónde estaban los iris verdes de Danilo?
No tuvo mucho tiempo para pensarlo porque Epona dio un acelerón final y pronto desaparecieron de su campo visual. Ya se ocuparía de él más tarde.
El animal ya jadeaba y su piel empapada de sudor empapaba los pantalones de Link, el cuerpo ardiente y los músculos férreos contra sus piernas ya temblorosas de tanta fuerza empleada.
Contra todo pronóstico el novato y su yegua desesperada lograron vencer a la jinete experta y su brava montura.
Malon había bajado del animal con grandes lagrimones cayéndole de los ojos, fue a darle unas forzadas felicitaciones a Link y arrastró los pies de vuelta al lado de Sheik.
El sheikah había tocado la felicidad con la punta de los dedos durante unos segundos. Le dolían las lágrimas de la muchacha, sí, pero más le habría dolido a él tener que quedarse en aquel rancho siendo su esposo. Así que brincó, saltó y gritó eufórico hasta que el poderoso chasquido metálico de una puerta al cerrarse lo hizo callar.
Una boca afilada coronada de un abundante bigote bien mesado se torció en un gesto de auténtico disgusto al otro lado de la verja metálica que separaba el círculo interno donde pastaban los caballos y el externo del resto del rancho.
-No voy a perder dinero por la torpeza de mi sobrina, tenedlo claro.
Y aquellas palabras sonaron como una sentencia a cadena perpetua para Link, Sheik y Epona.
Danilo seguía sin aparecer, aunque nadie parecía darse cuenta.
Un silencio incómodo se extendió entre los que permanecían dentro de la improvisada prisión circular. Ingo había faltado a su promesa, Talon no sabía qué decir y Malon trataba de asimilar todo lo que había sucedido. Lo único que parecía evidente en aquel momento era que el chico del que estaba enamorado estaba atrapado con ella.
Eso no sonaba del todo mal, ¿verdad?
Se acercó a él dando saltitos de felicidad. La sorpresa reemplazada por alegría, el fuego de la esperanza prendido de nuevo en sus ojos.
-Sheiiiik –exclamó con los brazos extendidos lista para darle un gran abrazo cuando llegase a su lado.
Pero el desafortunado sheikah no estaba tan contento. Tragó saliva y apretó los párpados fuertemente, preparándose para lo que estaba a punto de suceder. No estaba listo para tener hijos…
Por suerte aquel no era el día en el que Sheik perdería su virginidad, porque Epona, la mejor yegua de todo Hyrule, poco dispuesta a quedarse dentro del rancho en el que había nacido, tenía otras intenciones.
Empezó a galopar ante las miradas atónitas de los presentes. Dio una veloz vuelta alrededor del círculo externo como si estuviera corriendo otra carrera contra un rival invisible y después pasó al lado de Sheik como una exhalación.
De alguna forma Link comprendió que ese gesto era una especie de prueba. Con Epona no valía solo con mantenerse encima de ella, había que demostrar que uno era digno de montarla.
Enseñarle que el asesino luchaba por ayudar a sus amigos en apuros para así poder ganarse el corazón de uno nuevo. El salvaje corazón del corcel más rápido del rancho. Era un intercambio justo.
Así que extendió la mano en el momento oportuno, aferró el brazo del sheikah y lo llevó consigo en la alocada marcha a pesar del crujido que dieron sus huesos ante el repentino gesto.
Sheik soltó un grito de sorpresa pero no tardó en comprender la situación. Malon se había quedado clavada en el suelo y los miraba boquiabierta. Suspiró aliviado. Se sentó detrás de Link y lo abrazó por la cintura para no caerse.
Hundió el rostro en su cuello y respiró hondo. El olor a sudor llegó a su nariz, pero no se le hizo demasiado incómodo. En el fondo estaba a gusto, ahí enterrado con los ojos bien cerrados y los brazos alrededor de una persona que lo mantendría seguro. No era tan malo descansar por unos instantes, aliviar el peso que cargaban sus hombros aunque fuera por unos segundos, ¿verdad?
Epona se dirigió a raudo galope hacia las altas murallas que delimitaban el rancho.
Link cerró los ojos, prefería no ver lo que iba a suceder.
Sheik ya los tenía cerrados.
Y, antes de que alguno de los dos se diera cuenta, la valerosa yegua ya había saltado sobre aquello que la encerraba y había caído sobre sus cuatro patas sin mayor problema, sin más testimonio de su heroico acto que el cosquilleo que bailó en los estómagos de sus jinetes.
Una vez abiertos los ojos, ambos volvieron el rostro. Atrás quedaban los tres granjeros, quienes seguro se habían quedado observando patidifusos y boquiabiertos lo que acababa de suceder. Atrás quedaba el encierro de Epona y la violación del espacio personal del sheikah.
Bueno, y también la comida deliciosa, claro.
Se quedaron clavados en el sitio como si el mundo se hubiera detenido. Sheik aún abrazado y Link con la mirada perdida en la nada mientras sentía la respiración caliente de su amigo en el cuello y los resoplidos de la bestia entre sus piernas.
Hasta que un carraspeo molesto los sacó a todos de su burbuja.
-Vamos, vamos, que se nos hace de noche, tortolitos.
Frente a ellos se encontraba un sonriente Danilo a pie con las riendas de su yegua y las de Sheik.
El sheikah desmontó de un saltó y se acercó a su montura con paso apresurado y la mirada clavada en el suelo, avergonzado. Se había dejado llevar más de la cuenta.
Dan montó y en menos de un minuto retomaron la marcha sin volver la vista.
Sheik no pudo evitar percatarse de que las alforjas estaban repletas de alimentos que antes no tenían. Y tampoco se le escapó la sonrisita divertida que torcía los labios de su compañero de ojos verdes.
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-¡No me puedo creer lo que acaba de pasar! ¡¿Qué yegua es capaz de saltar tanto?!
Esos y otros gritos iba soltando Ingo de camino a la casa con las manos levantadas hacia el cielo. Criticó ya de paso todo lo que se le cruzaba por delante y siguió despotricando cuando finalmente se encerró en su cuarto con un sonoro portazo. No salió hasta la mañana siguiente, y Malon habría jurado que tenía los ojos rojos.
Por su parte, la granjera y su padre, más tranquilos, encontraron una pequeña notita clavada en la barra con un tenedor.
Talon se la tendió a su hija puesto que no sabía leer.
He cogido un par de cosillas, Talon, algún día te las pagaré.
Malon, otro viaje será, no pierdas la esperanza.
No necesitaban firma para saber de quién se trataba. Se limitaron a sonreír y volver a sus asuntos, a la monotonía de sus vidas en aquel afamado rancho.
Regresaron a la rutina a la espera del regreso de algo que prendiera una nueva chispa.
Por lo pronto tendrían que apañárselas para reponer todo aquello que Danilo había tomado.
-Ese chiquillo no me trae más que disgustos… -farfulló Talon malhumorado, pero sus ojos brillaban con alegría. El niño al que había visto crecer por fin parecía haber emprendido el viaje de su vida.
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El bosque Kokiri estaba cada día más cerca.
Ninguno había manifestado el sentimiento sobrecogedor que encogía sus corazones, pero había una extraña emoción en el aire. Una nota de más que vibraba juguetona entre las hojas de los crecientes árboles que los rodeaban.
Habían pasado de una pradera llana a las lindes de un bosque milenario donde las copas se alzaban muy lejos de su alcance.
Se sentían diminutos cabalgando entre los gruesos troncos recubiertos de musgo.
Todo rebosaba vida allá donde mirasen. Y sin embargo aún no habían visto a ningún gran animal.
Tal vez hacían demasiado ruido, tal vez todavía se encontraban demasiado lejos del verdadero corazón del bosque. O tal vez las pobres bestias estaban ocupadas con sus propios asuntos.
Dejando aquellas suposiciones de lado, la realidad les mostraba unas alforjas casi vacías y unos estómagos que no dejaban de rugir.
La travesía había sido algo más larga de lo que habían previsto y llevaban demasiado tiempo sin comer todo lo que les pedía el cuerpo.
Danilo estaba a cada día más pálido, más delgado y menos parlanchín. Asentía, negaba y en ocasiones esbozaba alguna sonrisa distraída cuando una ardilla saltaba por encima de sus cabezas. Él mismo, por su propia voluntad, había decidido dejar de tomar su ración doble a favor de un par de días más con algo que llevarse a la boca y ahora pagaba las consecuencias.
Si se descuidaban un repentino mareo podría tirarle de la silla, aunque aquello todavía no había pasado. Debían estar siempre alertas.
Link tampoco estaba muy contento. Todos los árboles le parecían iguales. Si no fuera por las palabras tranquilizantes de Sheik habría pensado que estaban dando vueltas en círculos.
El follaje iba haciéndose más y más espeso conforme seguían avanzando. Llegó el punto en el que la luz del sol se tornó verdosa por no llegar de otro sitio que no fuera a través de las hojas.
El asesino tenía la sensación de estar ahogándose allí dentro.
Ese sentimiento de libertad había desaparecido.
Algo en aquel bosque lo oprimía, lo hostigaba. Lo ahorcaba despacio una soga invisible, se ahogaba en sus propios malos presentimientos.
No dijo nada, pero sabía que sus compañeros sentían lo mismo.
Desmontaron cuando la luz verde comenzó a hacerse más débil y prepararon un fuego alrededor del que se sentaron.
Danilo se hizo un ovillo en una esquina y hundió la cabeza entre las rodillas. Temblaba. Ni siquiera hizo el intento de probar bocado cuando Sheik le tendió un mendrugo de pan no del todo convencido.
-Hay… alguien… -susurró sin mucho convencimiento con una voz pastosa que apenas lograba atravesar las prendas.
Sheik y Link compartieron una mirada inquieta.
Ellos también sentían algo extraño. Como si decenas de personas tuvieran toda su atención clavada en ellos. Era incómodo.
El asesino tragó sus propios pensamientos negativos que le fueron rasgando la garganta en el descenso y carraspeó antes de hablar para asegurarse de que su voz no le traicionara:
-¿Qué tal si…?
En ese instante una rama se partió por entre las copas.
Dan levantó la cabeza de golpe y se apresuró a echar mano de su arco.
Pero no tuvo tiempo de alcanzarlo, un silbido rasgó el silencio y un dardo emplumado se clavó en su brazo. Soltó un grito de dolor y sorpresa y se apresuró a arrancarlo.
Otro siguió al primero y dio de lleno en su pierna encogida. Un nuevo aullido y un tercer proyectil. Todo en cuestión de tan pocos segundos que hasta aquel instante el Sheikah no reaccionó y salió corriendo hacia su compañero, pero dos dardos lo detuvieron. Cayó de bruces en el suelo, los ojos bien abiertos y pero el cuerpo inmóvil.
Link no se movió.
Sabía qué hacer en aquellos momentos. Conservó la calma a pesar de que su corazón latía desbocado.
Una diminuta figura aterrizó a pocos pasos de él desde las alturas.
Ante él apareció lo que aparentaba ser un niño de ocho o nueve años. Apenas le llegaba a la cintura.
Era un muchachito delgado de revuelta cabellera anaranjada y ojos azules. Las pecas salpicaban su rostro pálido, sus labios finos torcidos en un gesto de aprensión absoluto y colgando de su cinturón una cerbatana que medía casi más que él mismo. Lo contempló sin perder la expresión agria y luego separó los labios.
Unos sonidos desconocidos escaparon de ellos. Parecían el canto de un ave más que un lenguaje concreto. Una melodía placentera, no unas palabras que seguramente serían desagradables.
Link parpadeó y se lo quedó mirando con cara de besugo. No entendía ni una palabra de aquel dulce gorjeo.
El desconocido se acercó unos pasos más a él. Sus pequeños pies protegidos por unas botas verdes no hacían ruido al avanzar. Sabía dónde pisar para no ser escuchado. Aquel crío conocía el bosque.
Repitió su dialecto-canción dos veces más, hasta perder la paciencia. Escupió a los pies de Link y después se echó a reír, entonando unas palabras con voz seca.
El asesino seguía sin decir nada. Habría podido acabar con aquel pequeñajo de un solo golpe pero sabía que arriba, instalados en las copas de los árboles, había muchos más como él que lo asesinarían si hacía el mínimo intento. Ya tendría ocasión de hacerle tragar sus cancioncillas y salivazos.
De pronto el enano levantó la cabeza y gritó algo.
Segundos después otra figura cayó de las alturas junto al primer niño.
Era una muchachita igual de pequeña con el cabello verde intenso recogido en dos divertidos e infantiles moños. Su vestido corto también verde sujeto por un cinturón negro dejaba al descubierto sus largas y finas piernas.
La chica se llevó la mano a los labios. A Link le pareció que le reprochaba algo a su compañero antes de volver un rostro sonrojado hacia él.
-¿N-no entiende…? M-mido sabe –señaló con un dedo inquieto al niño del cabello naranja-. No querer… no… no…
Aquel niño de pelo naranja que parecía responder al nombre de Mido chasqueó la lengua.
Le murmuró algo a su compañera, que muy colorada retrocedió un poco.
-Tú –su estatura podía ser minúscula, pero aquel crío le sostenía la mirada como todo un adulto-. Extraño. Fuera. Mi Bosque.
Link abrió la boca. No encontraba palabras. No tenía ni idea de que aquellos seres comprendían su idioma. Cuando lo hablaban tenían un acento encantador, muy melodioso y atrayente, casi como el aura del bosque. Hizo su mejor intento para no perderse en su forma de hablar y centrarse en lo que querían decir.
Sin apartar la vista de él señaló con el pulgar hacia Danilo, quien, recargado contra el tronco de un árbol, yacía en trance con los ojos entreabiertos sin ver nada en absoluto. Parecía estar en coma.
-Peligro. Él también. Fuera.
¿Peligro?
¿Cómo podía un adolescente desnutrido y atontado suponer algún peligro para un grupo de criaturas que fluían por el bosque como el agua en los ríos?
Al menos había encontrado una forma de escapar que no implicase recibir un dardo en alguna parte de su cuerpo.
-¿Y él? –murmuró con voz quebrada refiriéndose al sheikah tumbado en el suelo. Todo su interior estaba congelado, pero lograba mantenerse firme.
La experiencia hace maravillas.
-Se queda. Útil. Vosotros, fuera.
Fue tajante, y con aquellas palabras se acercó a Sheik y se lo echó al hombro como si fuera un saco de patatas. Le dedicó una última mirada de asco antes de darse la vuelta.
Ahí estaba el problema del plan. La razón por la que las posibilidades de llevarse un dardo en Nayru sabe dónde se habían duplicado.
Pero claro, tampoco iba a achantarse por un enano que apenas se levantaba cuatro palmos del suelo.
-Oye… -comenzó, no del todo seguro de cómo continuar. Dio un paso inseguro hacia el chiquillo y extendió una mano hacia él, sin saber qué más hacer.
Mido volvió unos centímetros el rostro, lo justo para mirarle por encima del hombro con desdén.
Después ladró una palabra en su idioma críptico, escuchó un silbido por encima de su cabeza y el mundo alrededor de Link se echó una siesta a su lado durante las tres horas siguientes.
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Lo siguiente que supo fue que su sueño fue interrumpido por los zarandeos de unas nerviosas manos huesudas.
Le tomó varios segundos separar los párpados y otros tantos enfocar la vista en los ojos color verde intenso de un muchacho demacrado. Otro esfuerzo mental más y recordó que se trataba de Danilo, su compañero de viaje, y el resto de memorias acudieron en un ininterrumpido desfile como si las hubiera llamado.
-¿Dónde está Sheik? –preguntó el arquero sin aliento. Le recordaba a un niño pequeño que ha perdido su juguete preferido, a un perro que aúlla nervioso cuando no encuentra a su amo.
Al embotado cerebro de Link le tomó unos pocos parpadeos extras el apartar las últimas telarañas que ralentizaban su funcionamiento. Pero, una vez limpiado, se puso en pie presto cual resorte.
-¡Se lo han llevado!
Dan lo contempló con los ojos abiertos como platos y una expresión incrédula en el rostro.
-¡¿QUÉ?!
Y su gritó sacudió incluso las copas más elevadas a veinte metros a la redonda.
-Esos kokiris hijos de… -volvió el rostro hacia el asesino tan rápida y bruscamente que a Link le pareció que iba a partírselo- ¿Recuerdas qué dirección tomaron?
Una sacudida de cabeza y el moreno estaba de vuelta en el suelo abrazándose las rodillas y tratando de respirar a un ritmo estable para no sufrir un ataque de ansiedad.
Al rubio le hubiera encantado poder animarlo de alguna forma. Echaba en falta el gesto despreocupado que siempre solía adornar sus facciones pronunciadas.
Ahora de esa sonrisa juvenil solo quedaban los recuerdos.
Y eso era lo peor que les podía suceder. Si el que siempre sonríe deja de hacerlo es que las cosas van bastante mal.
Pero Link no tenía ni la más mínima idea de qué hacer.
Todos los tramos de aquel bosque infernal le resultaban iguales, así que sugerir un camino guiándose de su instinto solo les serviría para empeorar la situación.
Se acercó a Epona, que cabeceaba todavía algo nerviosa por la repentina aparición de los niños del bosque, y acarició su testa sin saber qué otra cosa hacer.
-Si tuviéramos un perro tal vez podríamos rastrearla… -susurró, no del todo convencido, luchando por concentrarse solo en el pelaje suave de su montura para evitar derrumbarse.
En ese instante el rostro hundido de Dan emergió de entre sus rodillas, la familiar sonrisa torciendo sus labios una vez más.
-¡Así se habla, demonios! –se incorporó y se acercó al rubio que lo contemplaba atónito. Menudo cambio. Le puso una mano en el hombro y lo apretó con fuerza.- Pase lo que pase, no te asustes, ¿entendido?
Tal vez era porque estaba algo atontado últimamente o porque de verdad la gente le hablaba de una forma que no se podía entender, la cuestión era que Link lo miró con una cara de perfecto pazguato.
Dan se echó a reír como única respuesta y se quitó la capa.
-Anda, coge la ropa que te voy a ir pasando, porfa.
Dicho esto, y sin esperar contestación, se encaminó en dirección a la espesura que los rodeaba, quitándose por el camino la camiseta y los pantalones.
El asesino recogió las prendas del suelo aunque no sabía por qué, y no recuperó el habla hasta que la silueta de su compañero se hubo perdido entre la vegetación.
-¿Vas a restregarte en un árbol o qué, larguirucho?
Unas risas familiares escaparon de un arbusto y la ropa interior usada del moreno fue a aterrizar justo en su cara
-¡¿Pero qué…?!
Se apartó el pedazo de tela de un tirón y lo lanzó de vuelta a donde había venido con una mueca de asco absoluta.
-Te arrancaré las pelot… -rugió mientras avanzaba con largas zancadas hacia la zona de aterrizaje y despegue de la prenda.
Pero tuvo la mala suerte de que cuando él llegaba una bestia enorme salió, sacudiendo la cabeza para librarse del follaje atrapado en su pelo.
Era un enorme lobo de un metro y medio cubierto de espeso pelaje gris. Las enormes zarpas del animal se hundían en la tierra y dejaban profundos surcos alargados, y sus patas almohadilladas parecían capaces de partirlo en dos si así lo deseaba. El abrigo de piel oscuro que lo cubría reflejaba la luz danzarina que desprendían las llamas de una forma acogedora que despertaba el imprudente deseo de achucharlo, pero sus fauces entreabiertas dejaban entrever los afilados colmillos del animal. Densos hilos de saliva se escapaban de su boca e iban a caer en el suelo. Una lengua rápida, rosada e intrépida salía de vez en cuando y realizaba un fugaz viaje al húmedo hocico negro del animal para mantenerlo siempre mojado y fresco.
Link no tenía saliva que tragar cuando unos grandes ojos verdes le devolvieron la mirada. Eran profundos y complejos. Demasiado complejos para una simple bestia crecida de un bosque encantado.
El lobo no lucía asustado ni acechante, tampoco hambriento, aunque estaba más delgado de lo normal. Un sendero de costillas recorrían su lomo y los marcados huesos de sus caderas estropeaban una figura en un pasado estilizada.
Las yeguas tampoco parecían asustadas, pero Link, el asesino sin piedad del corazón de hielo, el afamado gato negro, sentía que iba a desmayarse en cualquier momento.
-Danilo… -fue lo único que se le ocurrió en aquel instante.
Su compañero, el arquero con el que había corrido en ropa interior unos días antes, el mismo que se había metido en los arbustos de los que justo había salido el lobo… Danilo, alguien a quien en algún momento podría llamar amigo… ¿estaba vivo siquiera?
El animal se sentó sobre sus ancas y sacó una larga lengua, que resbaló por uno de los laterales de su hocico, como si fuera un cachorro en un cuerpo desproporcionado. La cola estirada se sacudió ligeramente, en señal de comprensión.
Las rodillas de Link le fallaron y cayó con él al suelo, "para hacerle compañía".
Se mantuvieron en la misma posición unos largos minutos hasta que la bestia pareció cansarse y se incorporó de nuevo.
Estiró el cuello con las fauces entreabiertas hacia el rubio y este cerró los ojos, esperando su final.
Devorado por un lobo gigante. Hay que joderse…
Esos fueron sus últimos y soeces pensamientos, o eso creyó él hasta que una rasposa lengua recorrió su rostro desde la barbilla hasta el cabello, dejándoselo levantado como si fuera laca en forma de una cresta un tanto extravagante.
El aliento cálido lo golpeó de lleno pero no sufrió ningún daño más allá de aquel y una idea se infló con este como si se tratase de un globo.
El lobo se retiró y lo contempló con la cabeza algo ladeada. Sus ojos le querían decir algo que su garganta no sabía poner en palabras.
Pero tampoco hacía falta. Link no era tan corto.
-¿Dan… Danilo… eres tú? –susurró con voz queda.
No supo por qué, pero era la única teoría con sentido que se formaba en su cabeza en ese instante.
Era eso o que había consumido alguna seta alucinógena sin darse cuenta y todo aquel asunto del lobo gigante sentado sobre sus cuartos traseros mirándolo atentamente con sus profundos ojos verdes era solo una alucinación. Y claro, Danilo solo se estaba entreteniendo más de la cuenta con sus cosas y no había podido sacarlo de su trance aún.
Por suerte no tuvo que dudar mucho de su salud mental, pues la bestia no tardó en propinarle un segundo lametón en toda la cara.
-Para ya… es asqueroso… tío –gruñó mientras luchaba por apartarse de la mejor manera posible la capa pegajosa que cubría su piel con una expresión de desagrado digna de enmarcar.
El animal respondió a sus palabras frunciendo sus labios de una forma que podría haber sido considerada una sonrisa lupina si se le echaba algo de imaginación. Desgraciadamente Link no pudo corresponderla, pues estaba demasiado ocupado contemplando el par de colmillos de quince centímetros que aquella bestia poseía e iba mostrando como quien enseña un caballo que se acaba de comprar.
Era una imagen tan intimidante que se olvidó de cómo respirar hasta que Danilo echó la cabeza hacia atrás de forma que la punta de su negro hocico estuvo erguida cual tronco y clavó la mirada en las copas de los árboles, sus sensibles orejas torcidas en dirección a algo que el asesino ni siquiera había percibido.
Poco después una rama se partió por la zona a la que las orejas de Dan se habían dirigido y llegó a sus oídos una voz cantarina que parecía haber proferido una maldición en su lenguaje arcaico.
Lo siguiente que el atento rubio notó fue el movimiento de las fosas nasales de su compañero, no perdió detalle al ver su hocico encogerse y agrandarse con cada movimiento de la respiración, el profundo sonido de unos enormes pulmones llenándose del elemento vital y liberándolo de nuevo unos segundos más tarde. El olfateo de un lobo salvaje.
Y Link comprendió.
-¿Vas a rastrear a Sheik? –había afirmado más que preguntado, pero aun así la bestia devolvió su cabeza a una posición normal y se lamió el hocico, de pronto entusiasmada.
Su larga cola peluda se sacudía de izquierda a derecha con vaivenes rítmicos, pausados, lejos del agitar de cola de un perro doméstico pero con el mismo significado. Las amplias patas se hundieron en la tierra del bosque cuando empezó a abrirse camino hacia la derecha.
Link captó el silencioso mensaje y decidió seguirle, recogiendo antes el arco y las flechas de Dan y las ropas que le había lanzado a la cara cuando se desnudaba. También decidió dejar a las yeguas a su libre albedrío.
Si algo había aprendido en todos aquellos días era que las monturas iban juntas a donde fuera. Se sentían más seguras las tres, y ninguna se marchaba sin la otra. Así que mientras Terrón, la yegua de Dan, que se había autoproclamado líder de la reducida manada, no se moviera, las otras tampoco lo harían. Y si algo había que saber de Danilo era que él y su caballo nunca se separaban.
Atravesaron la espesura y surcaron el mar de árboles a un ritmo rápido marcado por los eventuales tropiezos del lobo, que parecía debilitarse a cada segundo.
La boca cada vez más abierta y una larga lengua colgando de la que se deslizaban hilos blanquecinos de saliva. No era una imagen muy agradable, pero la mera contemplación de la bestia merecía la pena.
Todo fuera por tener la ocasión de ver aquellos andares rítmicos, los músculos tensos, de acero, rebosantes de vida y prestos para la acción en cualquier instante. Esas patas que avanzaban con movimientos fluidos, flexibles y suaves, y el delicado baile de todo el cuerpo huesudo.
Podía ser una bestia famélica, sí, pero seguía siendo un animal salvaje, indómito.
Un ser único, violento y respetable como pocos.
Y la naturaleza siempre ha sido peligrosamente hermosa.
Link no dejó de maravillarse durante la marcha. Jamás había tenido la ocasión de ver un lobo tan de cerca, y menos uno de dimensiones tan colosales. Era un auténtico espectáculo.
Estuvo tentado de acariciar su pelaje de aspecto esponjoso, hundir los dedos en los mullidos pelos y después su propia cabeza, enterrarla por completo en aquel acogedor abrigo que se veía tan cálido. Envolver su nerviosismo en el calor ajeno y evaporarlo sin apartarse del animal que lo protegería si era necesario.
Un pensamiento infantil, dulce. Un pensamiento que no lo llevaría a nada, pues sabía que intentar hacerlo realidad sería humillante para el humano que habitaba en el interior del lobo.
Se mordió el labio y trató de centrarse en el camino que recorrían a tan enérgico ritmo.
El musgo y la tierra se hundían bajo sus botas de piel desgastadas, el frescor húmedo del anochecer se adhería a su piel como una garrapata. El tiempo parecía haberse detenido a su alrededor. Las hileras desordenadas de árboles se sucedían, unos más altos, otros menos, las suntuosas copas se abrían sobre sus cabezas, les cubrían de la mirada escrutadora del firmamento y los hacían sentir encerrados. Los cautivos liberados en un bosque sin fin, esos eran ellos.
Cuando levantó la vista de sus pies se encontró con que las protectoras hileras de vegetación que los franqueaban habían desaparecido. En su lugar, un llano se extendía durante media centena de metros, salpicado por algún que otro árbol que, esplendoroso, lucía su milenaria silueta en soledad.
Casas marrones comunicadas por primitivos senderos de tierra salpicaban la planicie esmeralda con su forma rígida, sintética. En la cima de los escasos árboles situados dentro del llano se levantaban también casitas rústicas que más parecían el hogar de un pájaro carpintero que de unos seres racionales hechos y derechos.
El aire que los envolvía pesaba en sus pulmones, como si el tinte oscuro que lo bañaba se pegase en el interior de los pulmones y les dificultase seguir respirando, como si cada inspiración no les trajera otra cosa que no fuera una embargante sensación de sosiego, de calma absoluta que los adormecía.
Aquel lugar estancado en el tiempo los estaba convirtiendo en fósiles vivientes aunque no fueran conscientes de ello.
Tan ensimismados estaban que no volvieron a la realidad hasta que una cerbatana pasó silbando a centímetros de la cabeza de Danilo.
El lobo dio un brinco sorprendido y profirió un agudo aullido de sorpresa, que no de dolor.
Otro dardo siguió al primero, el atacante desconocido y el poblado aparentemente desierto, pero Dan no se quedó quieto esperando a que le sucediera lo mismo dos veces.
En esta ocasión clavó las zarpas en el suelo para afianzarse bien y saltó un par de metros, las patas delanteras extendidas hacia el horizonte y las traseras recogidas, a la espera del regreso al suelo firme. Nada más poner pata en tierra, rompió en una carrera desenfrenada, las orejas aplastadas contra el cráneo, los labios fruncidos dejando al descubierto sus agudos dientes y los ojos verdes entornados, buscando incesantes el motivo de su situación de peligro.
Pero los lobos no saben trepar árboles, y daba la casualidad de que los Kokiri eran hábiles como monos, y pronto no solo empezó a agotarse, sino que atrajo la atención de la mayoría de portadores de cerbatanas.
El rubio habría intentado ayudarlo, pero tenía sus propios asuntos.
Ante él, Mido, el enano pelirrojo que había escupido a sus pies, lo miraba con sus finos labios torcidos en una mueca de disgusto.
-Aquí. Por qué. Fuera. Avisar.
Puso los brazos en jarras. Iba desarmado y el lobo gigante correteando por los alrededores tenía a todos sus compañeros ocupados.
Era una oportunidad de oro que no pensaba aprovechar.
Algo en el gesto del niño había cambiado.
-Venimos a por Sheik –contestó el rubio tras carraspear para asegurarse de que su voz salía tan firme y fría como quería que fuese.
El otro no lucía en absoluto sorprendido.
-Ya. ¿Ayudar él a llegar? –inquirió, señalando con un diminuto y regordete pulgar a la figura fugaz de Danilo.
Asintió en respuesta.
-¿No miedo de él? Monstruo. Persona. Bestia, ¿entender?
Link tragó saliva. Por supuesto que entendía. Y tenía miles de preguntas distintas para su compañero, pero necesitaba el momento oportuno para formularlas.
Por ahora le valía saber que no suponía ningún peligro y que le había ayudado. Ya habría tiempo para levantar sospechas conspiradoras.
-No me preocupa demasiado en estos momentos –ser sincero y cortar por lo sano siempre era mejor que perderse en un laberinto de patrañas. Se lamió los labios resecos y vio por encima del hombro del Kokiri como su joven amigo daba pasos cada vez más erráticos, luciendo ya varios dardos a lo largo de su lomo como un penacho de plumas. Le dolía solo imaginarlo -. Por favor, dile a los tuyos que se detengan, no es peligroso.
Mido volvió el rostro y contempló la desigual contienda en la que uno solo huía y los otros se limitaban a atacar tranquilamente.
-No preocupar. Dentro de poco regresar a forma humana. Míos parar entonces.
Dicho esto se rascó la cabeza descuidado, sin preocuparse hacer el mínimo caso al enemigo en potencia que tenía enfrente.
Tal como había dicho, de pronto el enorme lobo cayó de bruces al suelo por vigésima vez pero no volvió a levantarse.
La transformación fue muda como las miradas de aquellos que la contemplaban.
El pelaje gris fue reduciéndose poco a poco hasta desaparecer en lo que se tornó la piel tostada de Danilo, la anatomía animal fue lentamente volviéndose humana. No hubo crujidos de huesos desagradables ni agudos gritos de dolor, solo un suave brillo que provenía de una zona indeterminada de su pecho y la pausada metamorfosis.
Medio minuto después un Dan desnudo yacía tumbado bocabajo sobre la hierba con una fila de seis dardos emplumados coronando su espalda sudada.
-Menos mal que has traído su ropa –cantó una voz masculina a su espalda. Unos brazos lo abrazaron por la espalda y le robaron las prendas que sujetaba con una mano paralizada. El hombre lo rodeó, posando sus dedos vendados sobre la barbilla de Link y cerrándola con un chasquido húmedo-. Estoy harto de verlo desnudo, te lo digo en serio.
Y con estas palabras, un Sheik ileso y elegante como de costumbre le dio la espalda y se dirigió a paso confiado hacia el Danilo durmiente.
Link escuchó unas suaves risitas a su derecha.
-Tu llegada no ha sido una sorpresa. Solo queríamos ponerte a prueba. Tenemos grandes planes para ti, Link, Héroe del Tiempo –anunció Mido de forma cantarina y alegre, y le guiñó juguetón un ojo antes de echar a correr hacia el hombre de las vendas.
Y Link no pudo más que parpadear.
Con lo bien que estaba él asesinando por encargo…
Continuará…
Y bueno hasta aquí quería llegar.
Iba a meter bastantes más cosas pero si lo hubiera hecho esto no habría sido una actualización, sino una tortura, y la habría publicado cuando ya tuviera canas, así que mejor me lo quito ya de encima xD
Sinceramente, es así como me gusta imaginarme a los Kokiri, como niños pequeños que viven como salvajes en los bosques, que se mueven por ellos con soltura absoluta y van armados con cerbatanas y lanzas de madera. Por otra parte, me encantan los lobos. Los amo, en serio. Y me encantaría poder plasmar algo de sus movimientos perfectos en mis historias, he ahí la razón de que haga descripciones tan detalladas de ellos. Son animales magníficos 3
Que nadie se preocupe si quedó algo confundido con este capítulo, todo lo bueno se viene en el próximo xP
Trataré de actualizar lo antes posible, pero no me comprometo a fechas para no tener luego que cargar con la culpa (trataré de que sea al menos una actualización al mes, o eso digo siempre u.ú).
Cuídense, queridos lectores, tengan un tiempo genial y sonrían cada día :D
Atte, Magua.
