Ya sé, ya sé, no tengo excusa para mi tardanza… Tenía pensado actualizar en navidad pero no trabajé tanto como esperaba, y al final ahora por fin termino este capítulo tan laaaaaaaaaaaaaago y duro. No tengo mucho más que decir, todo irá abajo :D

Disfruten de la lectura, nada sería más de mi agrado xP

Este capítulo va dedicado a todos mis queridísimos lectores: Zeldangelink, Yahab, Zeilyinn, Shimmy Tsu, The Impossible Girl of Souffle, Avatar Keira, ÁngelVC, Kisara11 y Angie ZF.

Destinos Cruzados.

En el capítulo anterior…

Link escuchó unas suaves risitas a su derecha.

-Tu llegada no ha sido una sorpresa. Solo queríamos ponerte a prueba. Tenemos grandes planes para ti, Link, Héroe del Tiempo –anunció Mido de forma cantarina y alegre, y le guiñó juguetón un ojo antes de echar a correr hacia el hombre de las vendas.

Y Link no pudo más que parpadear.

Con lo a gusto que estaba él asesinando por encargo…

Capítulo 14. El Bosque Perdido.

Tragar rajaba su garganta en dos. Respirar era como ser atravesado por mil agujas a la vez. Su cabeza pesaba, se hundía en la almohada sobre la que descansaba, y sus párpados parecían sellados. A lo que creía que era su izquierda un suave aroma familiar acariciaba su nariz. Le recordaba a la sopa que su abuela le preparaba de pequeño. Se sentía vacío, envuelto en aquella oscuridad absoluta. Intentó mover los dedos de su mano, aunque fuera solo para comprobar que seguía vivo y aquello no era un sueño de su alma perdida, pero su cuerpo no respondía.

El delicioso olor seguía ahí, rogándole, implorando un poco de su atención. Su estómago rugiente sin duda se la concedería, de tener autonomía. Logró entreabrir los párpados tras realizar uno de los mayores esfuerzos de su vida, pero pronto los volvió a cerrar, cegado por la luz que lo rodeaba. Los aullidos de su estómago se intensificaron cuando una brisa arrastró las espirales de vapor que, como nubes de tormenta, estaban cargadas del olor de la sopa. Mantuvo su segura oscuridad hasta que el hambre le apremió de verdad. Volvió a abrir los ojos, esta vez incluso más despacio, dejando tiempo a sus pupilas para adaptarse.

Su cuello crujió cuando lo ladeó en dirección a la comida. Sobre una graciosa mesita de madera de roble encontró una bandeja sobre la que descansaba un cuenco rebosante de sopa y un plato con un par de trozos de pollo. Luchó por alcanzar el alimento, pero su interior daba vueltas y sentía que cada centímetro de su piel sufría un intenso dolor, como un músculo que se estira demasiado y luego no logra volver a su estado inicial.

En lugar de martirizarse, estudió sus alrededores para distraer su hambrienta barriga. Se encontraba en un cuarto pequeño, espartano, con hojas alargadas en lugar de cortinas cubriendo las ventanas, una puerta de madera que yacía entornada, un armario diminuto y un tapiz de piel de conejo que colgaba de una de las paredes. Nada más moraba dentro de aquella sala, salvo la cama de blando colchón sobre la que se encontraba.

Danilo podría intentar distraerse todo lo que quisiera contemplando el aire teñido de verde que lo envolvía como una segunda manta, pero su estómago no estaba para juegos. Un nuevo rugido y Dan regresaba a su fútil intento de alcanzar la bandeja salvadora. Por fin su brazo entumecido respondía a sus órdenes y, aunque a cámara lenta, asió el asa del cuenco. Llevó el líquido de superficie humeante y oleaginosa hasta sus secos labios y tragó con ansia, sin importarle el fuego que abrasó su desprotegida garganta. Se bebió toda la sopa en cuestión de segundos, sintiendo como la fuerza regresaba a la carcasa vacía que era su cuerpo.

Se disponía a hacerse con el pollo cuando toda su energía lo abandonó de pronto. Su interior se retorció, de repente el líquido que había tragado segundos antes ascendiendo por su garganta, la desagradable bilis quemando su boca.

Dan se tumbó de lado y apenas logró devolver todo lo que había engullido fuera de la cama antes de caer inconsciente una vez más.

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Despertó un rato después. Alguien había limpiado la vomitiva sensación de la bilis en su lengua y el charco que él mismo había dejado a los pies de la cama. Lo agradeció infinitamente.

Su cuerpo ya no era una tabla inerte, por lo que pudo hacerse rápidamente con la tacita que de nuevo descansaba sobre la mesa. En esta ocasión contempló la superficie bailar, sacudida por su irregular y tembloroso pulso, y bebió la sopa con calma, saboreando los pequeños trozos de pollo picados y las verduras que habían sido molidas para que no tuviera ni que masticar. Tuvo que contener las ganas de llorar que lo embargaron. No bebía una sopa tan deliciosa desde las que preparaba su abuela, fallecida años atrás.

Una vez terminada, sintió una terrible picazón en los ojos. El sueño lo reclamó de nuevo, pero lo llevó consigo con mayor consideración que las ocasiones anterior.

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-No creas que voy a pasar por aquí. Aprecio demasiado mi vida, enano verde.

Con aquellas cortantes palabras, Link se aferró a las cuerdas de madera desgastadas que franqueaban el puente colgante fabricado a base de tablas de madera unidas con sogas. Al otro lado de este, el pelirrojo aludido lo miró con desprecio y chasqueó la lengua.

-Pasa de una maldita vez si no quieres que vuelva y arrastre tu heroico trasero hasta aquí.

A continuación, un duelo de miradas. Muy encarnizado, si no fuera porque la situación rallaba lo cómico. Dos jóvenes sobre unas plataformas en las cimas de los árboles discutiendo acerca de si cruzar o no un puente que se sacudía con cada brizna de viento pero que era capaz de mantener a más de tres humanos de peso medio.

Muchos metros abajo, en la segura tierra firme, Sheik ayudaba a los kokiris a preparar el festín que realizarían aquella noche. Link cerró los ojos mientras suspiraba. Ojalá se hubiera quedado a echarles una mano en lugar de insistir en visitar el pueblo de aquellas curiosas criaturas.

Con la punta de su bota se aseguró de que la primera de las tablas no cedía bajo su peso y aventuró un primer e inseguro paso. Sus manos no se separaron de las barandillas ásperas conforme avanzaba. El siguiente movimiento fue igual de cauteloso, lento y exasperante para el kokiri que el primero. Para el asesino, mantenerse con vida era primordial.

-Mi abuela cruzaría antes con su destartalado andador –resopló Mido, los brazos cruzados sobre el pecho, aunque no podía ocultar la sonrisa divertida que se dibujaba en su rostro. Hylians y sus estúpidas costumbres desconfiadas-. Vamos, vamos, así no acabaremos nunca.

-Muérete –gruñó el rubio mientras daba un nuevo paso.

El avance fue lento y tortuoso, pero una vez hubo alcanzado el otro lado Link enderezó su barbilla en un triste intento de mantener algo de su despedazado orgullo.

-¡Bien, creía que seguiríamos aquí hasta el fin de los días! –comenzó a aplaudir en un intento de ridiculizar a su acompañante.

-No sabes cuántas ganas me están entrando de empujarte ahora mismo, Mido. No te haces ni una idea.

El brillo en sus ojos azules frío, calculador, como el de un asesino, mas el kokiri ni se inmutó. Mantuvo su sonrisa burlona a pesar de la perfecta actuación del rubio, destinada a helarle la sangre que corría por sus venas. Pero era joven y tan impetuoso o más que su compañero así que no obtuvo el resultado deseado.

-Esta es la casa de Fado, la niña de los moños que intentó hablar contigo cuando os emboscamos con las cerbatanas –dijo con voz cantarina para cambiar de tema y disolver la tensión que los envolvía.

Link asintió a pesar de no tener ni idea de quién era. Solía ser muy observador, pero toda su atención había estado volcada en la figura de Mido en aquel momento.

-Y allí –añadió señalando una casita apartada, unida al resto solo a través de un puente alargado y estrecho desprovisto de barandillas- vive Saria.

Mido había dicho aquel nombre sin aclaración alguna, como si debiera conocerla, pero Link no se atrevió a preguntar nada más, percibiendo durante unos instantes como la mirada de su acompañante se opacaba y la expresión de felicidad que iluminaba sus rasgos juveniles desaparecía.

El silencio tejió su manto entorno a ellos. Desde allí arriba, Link podía contemplar el círculo casi perfecto que trazaba aquel prado. Los cuerpos de los kokiris parecían inofensivas hormigas vistas así, aunque nada estaba más alejado de la realidad.

-¿Bajamos? –inquirió en un susurro, consciente de que toda la atención de Mido estaba puesta en aquella casita distante. El pelirrojo volvió a la realidad con un escalofrío y asintió violentamente.

-Y dime, ¿sabías que tu amigo podía transformarse en lobo? –le preguntó de pronto mientras regresaban sobre sus pasos y volvían a cruzar el puente colgante. Mido caminaba despreocupado, con las manos unidas tras su espalda. El rubio, por su parte, optó por agarrar las cuerdas y retomar su cauteloso paso anterior.

-La verdad es que no –susurró, no tanto por su inquietud ante aquel dato que le había ocultado como por su estado de máxima concentración en mantenerse firme sobre las tablas.

-Insignificante secreto para ocultar a un amigo, ¿eh? –se burló, ya al otro lado de la pasarela.

-Dan no es mi amigo.

-Oh –Link no fue capaz de levantar el rostro para observar la expresión que acompañaba a un tono tan burlón y poco sorprendido-. Yo estaría encantado de tener un amigo Otharöh. Pueden ser muy útiles.

-¿Un amigo qué? –casi había cruzado, por lo que poco a poco sus sentidos volvían a conectarse al resto del mundo.

-Otharöh –repitió, y soltó una risita-. Es el nombre de su especie. Según parece, no es un licántropo cualquiera, aunque no me preguntes por qué. No tengo ni idea de los chanchullos lupinos.

Link sacudió la cabeza, incrédulo. Otharöh. Menudo nombre más ridículo. Aun así, la palabra producía una agradable sensación vibrante en su lengua cada vez que la murmuraba conforme descendían la escalera que unía la plataforma al suelo. Una chispa reconfortante y hogareña que lo calmaba, lo serenaba.

Una vez abajo, Sheik y el resto del poblado lo recibieron con una gran sonrisa. Por el momento podía permitirse dejar sus preguntas a un lado, aunque las inquietudes mordisqueaban los rincones recónditos de su mente.

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Al agradable aroma de la carne asándose lentamente al fuego acudió el saco de huesos tambaleante que era Danilo, los ojos verdes hundidos pero la mirada vivaz, fulgurante, mientras escrutaba los alrededores en busca de aquel prometedor almuerzo.

Un pie delante del otro, fue poco a poco avanzando por el prado circular en pos de un olor que su vista no podía situar. Provenía de algún sitio bajo sus pies, o eso le dijo su aguda nariz. Aunque claro, debajo de sus botas solo había suelo…

Dio un nuevo paso pero de pronto se percató de que no había tierra allá donde se había intentado posar su bota. Soltó un grito de sorpresa y terror a la vez que torcía su espalda al máximo hacia atrás, buscando recuperar el equilibrio. Cayó sobre el hueso del trasero y una explosión de dolor le hizo derramar unas lágrimas amargas. Su embotado cerebro apenas había procesado el abandono de la cabaña, por lo que le tomó casi un minuto recuperarse y estabilizar los latidos de su desbocado corazón.

Inspiró hondo, clavó las uñas en la sólida madera y, a cuatro patas, se asomó por el borde de las tablas, echando un vistazo a lo que se extendía allí abajo. El olor a cerdo asado y la escena de un grupo de kokiris sentados en torno a este le dieron la bienvenida.

Dan parpadeó, sin comprender. Volvió a parpadear cuando al abrir los ojos encontró de nuevo la misma escena. Después sacudió la cabeza y parpadeó una vez más. Los kokiris, el cerdo y la tierra firme seguían hundidos en un abismo de veinte metros del que solo él se había salvado.

Hundió las uñas un poco más en la corteza, mordiéndose los labios al sentir el dolor de una astilla clavándose en su piel. Observó lo que le rodeaba con el aliento contenido por el miedo. En aquella especie de isla de madera estaban él, la cabaña de la que había salido y dos trozos de cuerda que descendían hasta el suelo, o eso le pareció.

Una escalera. Danilo se arrastró hasta ella y tragó saliva, aunque tenía la garganta seca. Colocó el pie en el primer escalón, actuando siempre muy rápido para evitar arrepentirse. Todo fuera por un pedazo de aquel cerdo.

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Todos los integrantes de aquella peculiar velada nocturna notaron la desgarbada figura de Danilo descender de forma torpe, lenta y desmañada, como un niño que anda por primera vez por la escalera de cuerda. Se echaron unas buenas carcajadas a costa de su desastrosa bajada pero fingieron seriedad al verlo acercarse entre grandes bocanadas de aire angustiosas, la piel perlada por una capa de sudor.

-Hombre, pero si es el lobo durmiente, ¿qué tal las escaleras?

Dan bufó e ignoró a Mido, su atención y pasos dirigidos hacia el cerdo asado. Se hizo con una de las patas y se sentó con las piernas cruzadas al lado de Sheik. El grito de las chicharras los acompañó instantes antes de que los kokiris reanudasen su cantarina conversación entre bocado y bocado de su porción de carne. Nadie parecía extrañado, ninguna clase de incomodidad enturbiaba el ambiente. Esos kokiris lo habían visto transformado en lobo pero no formulaban ni una sola pregunta. Llevó el cerdo hasta los labios, la piel grasa aún humeante, y vaciló, perdido en sus pensamientos, antes de dar otro bocado. Aquella sí que era gente extraña…

Pero esa especie de familiaridad reinante se opacaba a su derecha, donde sus dos compañeros se encontraban. La mirada del moreno se alternó entre Link y Sheik, hasta que acabó deteniéndose en el sheikah. Este se encontraba ileso, sonriente y poco hablador, como de costumbre, como si nunca lo hubieran secuestrado una pandilla de niños del bosque. Le debía unas cuantas explicaciones.

-Sheik, ¿entonces no hubo ningún rapto? –directo al grano, justo de la forma en la que había estrechado lazos con aquel rubio tan reservado. Las cosas claras.

El aludido clavó sus ojos rojos en él y respondió sin vacilar.

-No.

Una parte de Danilo se alegraba, pero la otra… la otra le recordaba el penetrante dolor del penacho de dardos que habían clavado en su espalda en vano. Link les prestaba toda su atención, aunque intentaba disimularlo con una perfecta cara de póker. Pero la manera que tenía de dedicarles una veloz mirada de reojo en cuanto creía que nadie le observaba lo delataba.

-Quería saber hasta dónde llegaba la lealtad de nuestro compañero. Y también necesitaba que le desvelases tu secreto por si en un futuro nos resultase necesario.

Danilo sabía que tras aquel frío tono que bañaba sus palabras se encontraban sus verdaderas emociones. La desconfianza que había sentido hacia el asesino, los deseos de comprobar hasta dónde era capaz de llegar por un compañero. También estaba su clara intención de obligarle a mostrar su otra faceta, la que había ocultado por temor a sus posibles actos. Ahora que solo restaba narrarle su historia al confundido asesino, todo encajaba.

El simulacro de secuestro había sido una prueba de fuego. Aunque Danilo estaba seguro de que Link solo seguía con ellos por su deseo de hacerse con la propiedad incontestable de la Espada Maestra.

-Entonces… ¿qué cosa se supone que eres tú, Danilo?

La voz firme de Link interrumpió el silencio que se había reinstalado entre ellos. Dan lo contempló entornando los ojos, sintiendo el metálico azul de aquellos iris encoger su estómago. ¿Que qué era? Directo al grano, igualito que él… por eso aquel muchacho no le disgustaba en absoluto.

-¿Un licántropo?

La palabra despertó una desagradable sensación en su estómago, un torbellino de angustia y rabia que tragó junto a su saliva.

-Soy un Otharöh. No vuelvas a insultarme comparándome con una especie inferior, por favor.

Link murmuró una disculpa forzada y sintética, más interesado en que prosiguiera que en sus modales. Dan carraspeó, y se dispuso a comenzar la historia que solo había contado en una ocasión anterior. El cuento de sus antepasados, del abuelo del abuelo de su abuelo, el relato que había pasado de generación en generación, de boca en boca, y que ahora regresaba a sus labios para ser, una vez más, revivido a la luz de una hoguera.

Estaba tan sumido en sus recuerdos que no se percató de que las amenas conversaciones que antes los habían rodeado ya se habían extinguido. Decenas de pares de ojos estaban de repente clavados en él. Un hormigueo de emoción sacudió su estómago. Aquella escena le recordaba demasiado al tiempo en que su abuelo y él acampaban a las afueras del jardín de su casa, tan lejos de la mansión, de sus preocupaciones y de su oscurecida realidad…

Tomó aire, respirando de repente aquel aroma a caballo que siempre abrazaba a su abuelo, y se dejó llevar…

-Hace muchos, muchos más años de los que cualquier humano o hylian actual pueden recordar, la licantropía era un fenómeno natural. Seres de todas las razas veían su fisonomía drásticamente cambiada cada noche para tomar la forma de un lobo de proporciones descomunales. Aquellas criaturas, alteradas y movidas por sus instintos primarios, arrasaban poblados, devoraban ganado y personas como si nada, para retornar con la salida del sol a su aspecto anterior, desnudas y desorientadas. La vida no era fácil para nadie en aquellos tiempos y la llegada de un nuevo rey bárbaro que decidió la exterminación de cualquier ser que pudiese suponer una traba a su sed de conquista no les facilitó las cosas.

Fue entonces cuando comenzó la división entre licántropos y Otharöh. Los primeros se mantuvieron anclados en el tiempo, con transformaciones que no podían controlar y un ansía de destrucción y muerte solo equiparable a la de los nuevos conquistadores. Por otra parte, nosotros, los Otharöh, fuimos una sección de aquellos muchos hombres lobo que optó por un camino bien distinto. Ofrecerían sus servicios al rey bárbaro a cambio de que este los mantuviese con vida. No era la opción más fácil, todos lo sabía, pero el rey no fue capaz de negar la posibilidad de poseer tal poder. Los Otharöh debieron domar a la otra versión de ellos mismos que despertaba al atardecer. La mayoría no lo logró, pero los que lo consiguieron fueron capaces de controlar el momento de su transformación, sin importar si era de día o de noche, y sus cabellos adquirieron un intenso color plateado, que los distinguía del resto de criaturas. De esta forma se inició una encarnizada persecución de los que no habían ofrecido su fuerza al nuevo rey. La extinción de los licántropos fue paulatina e incompleta, pero su población disminuyó hasta tal punto que un hombre lobo era visto como algo antinatural y monstruoso, una aberración.

Los Otharöh, por su parte, sobrevivieron, aunque rendir sus armas al rey les había salido caro. La cabellera plateada los estigmatizaba. Estaban separados del resto de la sociedad y obligados a tener relaciones solo entre ellos. Los niños eran educados por sus padres hasta los quince años, momento en que su poder despertaba, y pasaban a manos de los maestros de armas que los adiestraban en el arte de la lucha e iniciaba una cuenta atrás en el control de sus transformaciones. Si algún chico mostraba indicios de no ser capaz de cambiar cuando lo deseaba, era ejecutado sin demora, sin remordimientos. No había piedad para los peones del rey bárbaro, que solo le servían de marionetas para doblegar ejércitos enemigos con su inmensa fuerza.

Todo continuó igual hasta varios siglos después, cuando una de las descendientes de aquel antiguo rey se enamoró de uno de sus sirvientes lupinos. Cuentan las leyendas que fue un amor apasionado, juvenil y, ante todo, furtivo, pero la historia se torció al dar ella a luz a un niño que, a los quince años, se transformó en un enorme lobo sin previo aviso. Carente de todo apoyo, desprovisto de un macho alfa que le gruñera consejos para mantener la calma en aquella situación, se dejó llevar, como lo habían hecho los licántropos muchos años antes, por sus ansias de matar. Acabó con todos los cortesanos que dieron con él aquella nefasta noche, y acabó siendo asesinado por las armas de los soldados de palacio. Únicamente la joven y su hermano lograron ver el amanecer el día siguiente, pero nada volvió a ser igual. La mujer fue encerrada en un calabozo y, en el exterior, la caza y exterminación de los Otharöh dio comienzo. Los bárbaros ya no necesitaban una carta que les permitiera afianzar su dominio, pues los ciudadanos hacía años que se habían rendido ante la opresión del bárbaro soberano. Su monarquía era algo sólido y estable. Los Otharöh que tanto mal habían causado no le eran necesarios.

Pocos se salvaron de la sangrienta oleada. Solo los más listos, aquellos que tiñeron su cabellera y se mezclaron entre el resto de los habitantes, suprimiendo por el resto de sus vidas aquel poder sobrehumano que moraba en ellos, o aquellos que huyeron, corriendo rápido como el viento, hacia regiones perdidas, fuera del alcance de las tropas reales. Entre los fugitivos destacaban los jóvenes, quienes aún no se veían capaces de reprimir aquel instinto salvaje que poseían o se negaban a ocultarlo, orgullosos de lo que eran.

El abuelo de mi abuelo fue de los que decidió establecerse en la ciudad naciente. Fundó una forja que pronto se hizo de renombre. Forjaban las mejores espadas del reino y armaban los arcos de mayor precisión y ligereza. No tardó en hacerse con una de las mayores riquezas de la ciudad. Se enamoró, se casó y vivió el resto de sus días en paz, sin volver a transformarse, sin despertar sospechas, complaciendo a los que debía e intimidando a los que intentaban pasarle por encima.

Si su hijo poseyó alguna vez el poder de la licantropía, jamás lo sacó a la luz. Adquirió la enorme finca en la que mi familia y yo hemos vivido desde entonces. Su cabellera cobriza nunca cambió de color, y lo mismo sucedió con el resto de mis antepasados hasta ahora. De forma remota, mi madre tiene sangre lupina en las venas. Cuando cumplí los quince años, me transformé y decidí marcharme de casa, porque no tenía intenciones de vivir ocultando una de las partes de mí mismo. Sheik se cruzó en mi camino un buen día y desde entonces no nos hemos vuelto a separar. Fin del cuento, curiosillos.

Con aquellas palabras, Dan se apresuró a ponerse en pie. A pesar de estar rodeado de kokiris que lo observaban boquiabiertos y abstraídos, como si fuera un viejo juglar que encandilaba a los niños con sus canciones de poderosos caballeros y dragones escupe fuego. Había decidido marcharse antes de que empezasen las preguntas. Demasiados recuerdos, demasiados malos momentos que sus palabras habían desenterrado.

Se pasó la manga de su camiseta por los ojos para secar lágrimas que aún no habían caído antes de poner pies en polvorosa.

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A Link el relato lo había dejado pensativo. Aquello parecía más una leyenda que una historia real, pero en el fondo sabía que sus palabras no eran falsas. Aunque le hubiera gustado. Una raza de criaturas de cabellos plateados, capaz de adquirir forma de lobo siempre que lo deseasen… sonaba tan romántico, tan irreal, tan único.

Un movimiento a su izquierda lo sacó de su trance. Era Sheik, que se miraba los dedos de los pies con fijeza, como si fueran lo más interesante que había visto en meses. Notó su rostro serio, la mueca en sus labios tensa, falsa. Le estaba ocultando algo. Abrió la boca, listo para preguntar, porque sus años de experiencia le habían enseñado a no callarse inquietudes que luego podrían despertar problemas entre ellos, cuando llegase un momento de absoluta confianza, de vida o muerte.

Pero la voz del rubio lo interrumpió, como si le hubiera leído la mente.

-Algún día lo sabrás, Link… -levantó la vista hasta posarla en él, el carmesí de sus ojos con un brillo nostálgico, sereno-. Mientras tanto, deberás conformarte con este final de la historia –murmuró, dedicándole una sonrisa amarga. Se puso en pie palmeándose el trasero para quitar el musgo y las ramitas que habían quedado prendidas del pantalón. Forzó su mejor sonrisa, que le salió muy torcida y triste, y la enfocó en la pandilla de kokiris-. Pues yo me voy a dormir, ¡no todos tenemos un espíritu tan joven como vosotros, por desgracia!

Y antes de recibir una respuesta, giró sobre sus talones y desapareció dando largas zancadas.

Los niños se miraron entre ellos, extrañados, y dedicaron algún vistazo de reojo al único humano que restaba junto a la hoguera. Link no tenía ganas de irse a dormir. No aún. Tenía tantas cosas en la cabeza que solo conseguiría dar vueltas en la cama.

Así que aceptó alegremente la invitación a integrarse en el vivaracho grupo, con la esperanza de que las cantarinas risas ahogasen sus pensamientos.

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Separó los párpados, perezoso, y se encontró con el techo de madera y hojas de su habitación. Recuerdos de la noche anterior todavía en su cabeza. La historia de Danilo, la promesa de Sheik, las dudas, las respuestas que solo parecían suscitar aún más preguntas…

Inspiró hondo mientras se enderezaba. A través de la puerta entreabierta un haz de luz se colaba y tatuaba de cálido color dorado una de las paredes del cuarto. Se levantó de un brinco. ¡Ya había amanecido! ¿Cómo había sido capaz de dormir tanto?

Por instinto llevó la mano a los puntos estratégicos donde guardaba siempre sus dagas. Las encontró en su sitio. Seis delicadas y finas empuñaduras a la espera de ser desenvainadas. La Espada Maestra descansaba apoyada en su cama, junto a su almohada, pues era incapaz de alejarse de ella sin sentir que algo en su interior se desgarraba, que una parte de su ser se perdía e imploraba a gritos ser encontrada. Tomó el tahalí que sujetaba la espada y se lo colocó cruzado en su pecho, se calzó las botas en dos movimientos rápidos y antes de volver a respirar ya estaba fuera, envuelto de repente en los rayos matutinos.

Escuchaba voces bajo sus pies. La vida en el poblado habría empezado hacía horas.

Dedicó una mirada fulminante a las escaleras de cuerda que lo aguardaban y estas en respuesta se mecieron al compás del viento, burlonas, a la espera, sabiendo que tarde o temprano Link tendría que descender por ellas.

Apoyó el pie en la primera de las tablas y empezó a gruñir una retahíla de insultos que habrían hecho sonrojar a un marinero.

Definitivamente, las alturas no eran lo suyo.

Cuando puso pie en el suelo sintió que una parte del aire que no sabía que había estado conteniendo se escapaba de sus pulmones. Su orgullo y valentía regresaron a sus venas. Alzó la vista, encontrándose con el familiar entorno que los kokiris creaban mezclando su hogareño poblado y el suave canto de sus voces. La silueta blanquecida de Sheik se perfilaba a lo lejos. Conforme se acercaba se percató de que toda su atención estaba clavada en la foresta que se levantaba frente a él. Lucía mucho más amenazadora y espesa que el resto del bosque. Los árboles que franqueaban el tenebroso sendero se inclinaban y entrecruzaban entre sí, formando un tosco arco que parecía conducir al corazón de la espesura.

Una desagradable sensación encogió su estómago. Peligro. Muerte. Al aproximarse a su compañero, que se erguía con los brazos en jarras y la mirada perdida en las sombras del tenebroso túnel, siempre se mantuvo alejado del borde del camino.

-¿Sucede algo? –no pudo evitar preguntar.

Sheik se sobresaltó, pero no dejó de contemplar la boca que se abría ante ellos.

-Es Danilo –el silencio los embargó por unos instantes, como si fuera una pausa dramática para añadir emoción. Link supo que algo malo sucedía cuando Sheik se volvió hacia él, los ojos brillantes de lágrimas y preocupación-. Está en el Bosque Perdido.

Y Link no tenía ni idea de qué era aquello, pero algo en su corazón aullaba "Peligro".

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Los rugosos dedos de Ganondorf tamborilearon sobre el apoyabrazos de terciopelo rojo. Estaba tan aburrido que no se le ocurría cómo disimularlo. Cruzó las piernas, sentado en el rígido trono de oro que correspondía al rey de Hyrule, las descruzó y las volvió a cruzar mientras suspiraba. El informe de su soldado gerudo parecía no tener fin. La mujer había hecho un buen trabajo, se dijo al verla detenerse durante unos segundos solo para tomar aire y recomenzar su discurso, un brillo nervioso en la mirada, eso no lo podía negar. Pero tampoco podía negar que nada le apetecía más que levantarse del trono y dejarla hablando con su sombra.

Se esforzó en focalizar todos los sentidos en su voz. Un poco aguda para su gusto, y algunos gallos se le escapaban en las frases más largas que enunciaba sin respirar. Le hablaba de la situación de su nuevo reino. Revueltas en Kakariko protagonizadas por la fiel raza de los sheikah, indiferencia de los gorons y los kokiris, y ciertos indicios de revolución de los zoras…

No había sido una reacción tan exagerada. Tal vez porque unos "asesinos" acabaron con la vida del rey legítimo y de la heredera, o eso dejaba que los ciudadanos creyeran.

La ciudadela estaba bajo su merced, igual que pronto lo estaría el resto del reino. Las fronteras habían sido cerradas en primer lugar, para evitar que el exterior se inmiscuyera en asuntos que no le concernían y la sistemática persecución de humanos se cobraba ya miles de víctimas.

El pueblo creía que él era un salvador, el fiel amigo del rey que juró su cargo tras el trágico fallecimiento. Los tenía comiendo de la palma de su mano. El siguiente paso era sofocar los movimientos opuestos a su gobierno. Si todo seguía acorde a sus planes, aplastarlos sería sencillo y rápido.

-Con esto he terminado, señor –anunció la gerudo, irguiendo la espalda al máximo, a pesar de que si su receptor hubiera estado prestando atención no le habría hecho falta recordárselo.

Ganondorf carraspeó, algo avergonzado, y le permitió que se marchara. No había escuchado ni una palabra, pero tampoco lo necesitaba. Era un hombre de ideas claras, fijas y certeras.

-Jasmine.

Dejó escapar la palabra una vez la puerta se hubo cerrado tras la gerudo. La pronunció con voz tranquila, indiferente, manipuladora, teñida de liderazgo.

La silueta de la aludida abandonó la protección de las sombras al ser nombrada. Una mujer pelirroja de hermosa figura y sequía de ropas lo contempló con un rostro impasible, aunque una sonrisa torcida carente de emoción adornaba sus finas facciones.

-¿Sí? –ronroneó, fingiendo ser dulce y agradable como siempre hacía.

Pero Ganondorf la había criado desde que era una enana de doce años. Engañarle era muy difícil.

-Es hora de que pongamos en marcha el plan. Ve a por... nuestros nuevos amigos.

Ambos esbozaron la misma escalofriante sonrisa capaz de helar la sangre de muchos.

-Como ordene, señor –murmuró antes de dar un paso atrás y regresar a la penumbra de la que había emergido.

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La tierra del bosque se hundía bajo sus zarpas, acariciaba con su frescor las almohadillas de sus patas. En su mente todavía resonaban las palabras que Mido le había dicho de madrugada, cuando se coló en su cabaña y le contó a grandes rasgos lo que estaba sucediendo en el bosque. Poco le importaba en aquel momento cualquier cosa salvo no perderse. Llevaba horas dejando marcas en la corteza de los árboles que se iba encontrando cada pocos metros y todavía no se había encontrado con ninguno repetido, pero algo en su interior sentía que estaba más perdido que nunca. Su instinto le decía algo inquietante, que poco a poco estaba corroyendo su sentido común: solo encontraría la salida de aquel bosque si el bosque se lo permitía. Y aquello lo aterraba.

Se paró en seco, afianzando su peso sobre las cuatro patas y levantó el hocico para tratar de captar algún olor discordante entre el resto. Nada. La quietud abismal que envolvía al Bosque Perdido se había contagiado incluso al aire, que se presentaba estancado a su olfato desesperado.

Retomó su alegre paso y, entre zancada y zancada, una voz gutural llegó a sus oídos. Primero como un gruñido ininteligible, un gañido animal, que se fue afinando, sin perder su toque salvaje y gutural, hasta llegarle claramente. Era una oración. Una oración que había tenido la desgracia de escuchar demasiadas veces.

-Monstruo, márchate –gruñían los árboles que le rodeaban.

Pero siguió avanzando, ignorando las voces. La soledad y el silencio le estarían provocando alucinaciones.

La voz no solo prosiguió, sino que se multiplicó. Estaba rodeado, indefenso ante un ataque verbal. Mostró sus dientes, los afilados colmillos capaces de atravesar un brazo humano, en un intento de amedrentar a su atacante, pero la única respuesta que obtuvo fueron carcajadas. Risas roncas, bajas y violentas. Perrunas.

De repente el hocico alargado de un lobo asomó por entre la maleza, seguido de una testa poblada de pelaje negro. Los caninos de la bestia eran prominentes y puntiagudos como dagas, y sus ojos brillaban de un verde ponzoñoso, envenenado. Eran wolfos. Lobos malditos y muy, muy sanguinarios.

El animal se lamió el hocico, hilos de saliva chorreando de sus fauces entreabiertas. Las enormes patas delanteras de la bestia fueron las primeras en abandonar el matorral, y sus agudas garras curvadas se clavaron en la hierba.

Danilo, aún en su forma lobuna, notó el miedo formarse en su interior. Los wolfos eran agresivos, rápidos y letales, pero no deberían lanzarse a por él. A fin de cuentas, era un lobo también. Aunque a aquel no parecía importarle.

-Monstruo –la voz volvió a retumbar en su cabeza, proveniente de aquel animal. Dan bufó. Precisamente él no era el más indicado para hablar.

Ambos se prepararon para el ataque. Danilo solo esperaba ser el que sobreviviese.

Pero, de repente, varios aullidos se levantaron a su alrededor, y los ojos encenagados de su rival relucieron con la imagen anticipada de la sangre del Otharöh empapando la tierra del bosque. Para su horror, cinco cabezas igual de peligrosas y deseosas de sangre asomaron entre las hojas.

Dan sabía que no saldría vivo de aquel encuentro. Correr no era una posibilidad, pues le habían cercado. Así que rugió con toda la fuerza que pudo acumular y se abalanzó sobre el wolfos que había salido a darle la bienvenida en primer lugar, el deseo de vivir brillando en sus ojos verdes.

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Sheik tragó saliva devolviendo la vista hacia la espesura que se cernía sobre ellos. Link se maldijo por haber dormido hasta tarde la única mañana en la que al parecer no debería haberlo hecho.

Según las palabras del sheikah, Mido y él habían hablado hacía unas horas, cuando el rubio se había percatado de que Danilo no estaba en el campamento, tras buscarlo por todos lados. Entonces el pelirrojo le contó que había hablado con él de madrugada, que le había contado que el Bosque Kokiri sufría de una maldición que lo mantenía anclado en el tiempo, estático. Un maleficio que lo condenaba a una lenta agonía. Al parecer, meses atrás Saria, la líder de la tribu kokiri, se había internado en el Bosque Perdido tras percibir una sensación desapacible proveniente del milenario corazón de su reino y no había regresado desde entonces. La situación se había precipitado en una espiral de muerte y decaimiento en cuanto se hubo marchado. Los árboles no crecían. Las plantas no florecían. El tiempo no corría.

Los kokiris habían intentado seguir los pasos de su matrona, pero las criaturas del bosque habían hecho lo impensable: atacarlos. A ellos, los hijos de la naturaleza misma. Por esa razón Mido había solicitado ayuda a Danilo. Porque, en teoría, los animales se respetan entre ellos, y los lobos no le atacarían si no les amenazaba. Llegar a lo más profundo del bosque, traer de vuelta a Saria y, a cambio, recibir el Medallón del Bosque que habían venido a buscar para intentar vencer a Ganondorf. Parecía un buen trato, de modo que Dan se había lanzado a ello, sin preguntar, sin avisar, sin despedirse… y ahora Link tenía a Sheik ahogando su llanto a dos pasos de distancia. Un sentimiento de angustia oprimía su corazón. Respiró hondo, su inquietud aumentada por las sacudidas incontroladas de hombros de su compañero sollozante.

Reprimió las ganas de acercarse e intentar consolarlo. Amordazó ese deseo y lo encadenó lo más profundo que pudo en su interior. No debía olvidar que aquella era solo una asociación eventual, basada en sus intereses. La amistad era para débiles.

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Rugió de dolor al sentir las garras de uno de los wolfos clavarse en su costado derecho y después dejarse caer con todo su peso sin apartarlas, rasgando toda la piel y la carne que encontraron en su camino. De un zarpazo mandó volando a uno de los lobos y partió con sus fauces el cráneo de otro, pero el resto se escabullía su alrededor. Una danza letal en la que él llevaba todas las de perder.

Un nuevo mordisco en una herida abierta hizo que el dolor lo cegara durante unos instantes. Perdió pie y cayó en el suelo, ensangrentado. Entre los wolfos se levantó un coro de gruñidos triunfantes. Un gemido escapó de las profundidades de su cuerpo, tan desmoronado por dentro como por fuera, pero volvió a incorporarse.

Saltar le era imposible con la cantidad de cortes y mordeduras que sembraban sus patas, por lo que se limitó a girar sobre sí mismo, asestando golpes de pata a todo aquel que se aproximaba más de lo apropiado.

Habría podido mantenerse así por horas si el ataque físico no fuera lo único que lo martirizaba. Dentro, la voz que le repetía que era un monstruo no cesaba. Estaba cansado, sus músculos eran pesados, torpes, y apenas respondían a los movimientos veloces que les exigía una defensa impenetrable.

Uno de los lobos cargó contra él y a punto estuvo de arrancarle una oreja, de no haberlo esquivado en último momento. Pero las bestias restantes también embistieron a la vez, sabedoras de que la victoria era suya.

Dan se derrumbó pesadamente, y el ruido sordo de su cuerpo a caer fue música para los oídos de sus atacantes, mas un réquiem para él. Los lobos saltaron, listos para despedazarle. Danilo cerró los ojos, arrepintiéndose de haber tomado la decisión de ir al Bosque sin despedirse antes de sus compañeros. Se preparó para el dolor lacerante, para la sensación de los colmillos clavados en la carne, cercenando su vida sin piedad… pero nada llegó, solo la repentina sensación de estar bañado por una cegadora luz blanquecida que atravesaba incluso sus párpados cerrados.

Los entreabrió, el desconocimiento más absoluto impulsando sus movimientos, y dio con un par de ojos ambarinos que lo contemplaba, sonrientes pero firmes. Ante él un muchacho de cabellos castaños salpicados de mechas negras se alzaba como un dios, envuelto en un aura de luz divina. Pero su sonrisa era humana cuando le tendió un exquisito frasco de cristal repleto de líquido rojizo y un amuleto de plata.

-Bebe esto y sanarás –anunció, su voz solemne, demasiado formal y rotunda para la complexión juvenil de su rostro mientras le tendía el frasco. Dan lo tomó, habiendo recuperado su forma humana sin haberse percatado siquiera. El desconocido le ofreció ahora el colgante-. Cuélgate esto y estarás protegido de las bestias que moran este bosque maldito.

Hizo lo ordenado en silencio, demasiado estupefacto para articular palabra. Los ojos del muchacho brillaron con un aire nostálgico mientras le daba la espalda.

-Sigue protegiéndolos, Danilo, y yo siempre cuidaré tus espaldas.

Las palabras reverberaron en su cabeza como piedras que revotan sobre la superficie del agua. Presenció boquiabierto el resplandor dorado que crecía en torno a su silueta y lo engullía. Cuando se extinguió, el cuerpo del extraño había desaparecido por completo, sin dejar ni rastro de su anterior aparición.

Dan no supo qué hacer, qué decir, aun cuando el momento de hablar ya había pasado. Se bebió la poción, recuperando las fuerzas perdidas en cuestión de segundos, pero permaneció sentado durante largos minutos, procesando, comprendiendo.

Al final, llegó a la conclusión de que no entendía nada. Seguros eran dos hechos: que un desconocido mágico había hecho huir a los wolfos y que Sheik y Link lo esperaban a la salida del bosque.

Se puso en pie, sus piernas débiles, temblorosas. Su cuerpo desnudo, solo el medallón colgando de su cuello. Cada paso le dolía como si pisase mil agujas en lugar de blanda tierra, pero siguió adelante, porque al otro lado lo esperaban las únicas personas por las que daría su vida. Sus mejores amigos.

Observando su penoso avance, la manada de wolfos trazaban su trayectoria con ojos tristes. Ellos también estaban cansados del odio que de pronto algo había despertado en sus corazones.

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Recargada contra la pared contigua a una de las muchas salas del palacio, Jasmine esperaba cruzada de brazos a recibir nuevas órdenes. Había cumplido la primera parte de su misión, y al mismo tiempo había presenciado el primer paso en el plan de Ganondorf, del que ella solo conocía el principio y el resultado que obtendrían si todo salía bien.

Desde el interior de la sala se escuchó un desgarrador grito de dolor, miedo y desesperación. Entremezclados encogieron el corazón de la asesina. Tuvo que contener las arcadas que la asaltaron al escuchar el sonido de los huesos al partirse, de la carne al desgarrarse.

De la sangre salpicando las baldosas de mármol inmaculado.

Echó un vistazo a la interminable fila de hombres, mujeres y niños encadenados, hilera que se prolongaba a lo largo de todo aquel pasillo, de más de veinte metros. Rebeldes aprisionados, ladrones encarcelados o inocentes que estuvieron en el momento más inoportuno en el lugar menos apropiado.

La gran puerta de abrió. Una gerudo de rostro estoico y mirada gélida empujó a otro prisionero suplicante al interior sin delicadeza, sin amedrentarse.

Pero Jasmine no era tan fácil de engañar. Había notado el sudor que solo baña los rostros de aquellos que están aterrados en aquella piel tostada, de pronto tan pálida.

Continuará…

Tal como decía arriba, aquí es donde pondré todo lo que tengo que decir :3

En primer lugar, lamento mucho mi tardanza (que ya se está convirtiendo en costumbre), pero es que estuve ocupada con otras historias (escribí un one-shot y una historia original que publiqué en otra página) y también desconecté demasiado de mis obligaciones u.ú. Estoy intentando tomarme el escribir más en serio. A ver si actualizo antes de lo normal. ¡Voy a intentarlo, de verdad!

Otra razón de mi tardanza son los cambios que he realizado en la trama. Aunque no lo parezca, he hilado en mi cabeza un par de sorpresas y giros más, que espero os mantengan intrigados por un tiempo :3 El plan de Ganondorf es totalmente nuevo MUAJAJA xD

Dicho esto, espero que hayan tenido una navidad feliz y un buen año nuevo :D ¿Les trajo muchos regalos el Viejo Pascuero/Papá Noel o los Reyes Magos? Espero que sí xP

Cuidaos mucho. Nos leeremos :D

Atte, Magua.