Ufffff, eso tomó su tiempo, ¿eh?
¿Qué puedo decir? Pereza, clases, exámenes, más pereza y todavía MÁS pereza. Me costó mucho ponerme al día.
Está bien, solo disfrutad de esto, por favor. Abajo doy más explicaciones :D
Lamento mucho el retraso u.u
Este capítulo va dedicado a: Zeldangelink, Yahab, Zeilyinn, kisara11, Angie ZF, Ángel VC y a los silenciosos pero queridísimos lectores-pared Son y Scar. ¡Saquemos juntos este fic adelante!
Destinos Cruzados.
Para ponernos al día…
-Link, Sheik y Danilo están en el Bosque Perdido. Junto a Mido deciden ir al Templo del Bosque a buscar a Saria.
-Jasmine (una de las asesinas que trabajan para Ganondorf) está siendo testigo de algo extraño en el palacio: filas de presos que entran en la sala del trono y nunca salen.
Capítulo 15. Nuevos conocidos.
El amuleto los protegió a lo largo de su travesía por el Bosque. Cuando le preguntaron, Dan prefirió omitir cómo lo había obtenido. El instinto le decía que eso era lo que el desconocido hubiese preferido.
Sheik lo llevaba colgado del cuello y, unos pasos por delante del grupo, lideraba el camino siguiendo las direcciones que Mido le iba dando.
Danilo en su forma lupina los seguía dando largas zancadas. Su pelaje todavía mostraba las estrías sangrantes que las zarpas de los wolfos habían tatuado en él, pero había recobrado buena parte de su energía con la pócima roja.
El objetivo principal estaba muy claro en la mente del kokiri. Era este, y ningún otro, el que lo había empujado al interior de aquel laberinto del que solo su pueblo conocía la salida.
Saria. La muchacha de la que estaba perdidamente enamorado.
La marcha fue pobre en palabras. Con todos los sentidos alertas, no quedaba espacio para más sonido que el suave vaivén de las ramas arrulladas por el viento. Un susurro quedo, constante que los envolvía. Aquel era un silencio hermoso. Agradable, dulce al oído, y sin embargo ninguno de los jóvenes podía estar tranquilo.
A Link le extrañaba mucho que ningún animal se hubiera cruzado en su camino todavía. Si bien no eran silenciosos como elfos, el ruido de sus pasos era amortiguado por el lecho de hierba y grava que se extendía bajo sus pies. El bosque lucía desierto a su alrededor. Solo los wolfos, cuyos ojos amarillos redondos como dos luceros trazaban el recorrido de la troupe, parecían habitar aquel sitio.
El asesino dejó escapar un largo suspiro. No iba a negar que estaba aliviado de poder evitar un combate contra aquellos lobos mutantes de apariencia aterradora. Había sentido una profunda rabia al ver aparecer a Danilo en el poblado herido y derrotado, había sentido la terrible necesidad de echar a correr bosque adentro y hundir sus dagas en las gargantas de las bestias que lo habían dañado… pero entonces, una extraña calidez se cerró entorno a su brazo.
Una calidez repentina, verdadera aunque temblorosa. Era Sheik. Aferrándose a él como si fuera lo último que lo mantuviese con vida en aquel instante.
Fue un agarre breve antes de que el sheikah rompiese en una carrera desesperada hacia su amigo, pero bastó para calmar su sed de sangre. Lo ancló en un término medio entre la preocupación y la rabia. Y, viendo el agresivo aspecto de los lobos, agradecía que hubiese vencido lo primero.
Prosiguieron la marcha durante mucho rato. Tanto que al final Link se sorprendió a sí mismo perdido. Dependían enteramente del kokiri pelirrojo y de que el amuleto que Dan de alguna forma había conseguido siguiera funcionando.
Ellos avanzaban. Los wolfos avanzaban. El viento soplaba, pero la asfixiante sensación de que el tiempo se había detenido todavía oprimía su pecho.
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Sentado en su tronco partido, se entretuvo observando la punta afilada de sus zapatos de piel.
Aquellas botas eran sus favoritas. También las únicas que había tenido desde hacía mucho tiempo. Se había acostumbrado a ellas igual que un prisionero se acostumbra a su prisión. Eran cómodas. A mamá nunca le habían gustado, pero él supo convencerla. Un par de besos en la mejilla, unos pestañeos alicaídos y una mirada huidiza acompañada del leve brillo de un llanto implorante le valieron el par de botas y unas galletas más tarde.
Esbozó una sonrisa, balanceando los pies que no rozaban el suelo. Mientras le quedasen los recuerdos aún no lo había perdido todo.
Levantó la mirada. El bosque había amanecido distinto aquella mañana. Era como si la savia volviera a deslizarse tras la corteza de los árboles, como si el pesado ambiente que sepultaba la pasada felicidad se hubiera aligerado unas décimas.
Al despertar no había encontrado ningún wolfo. El silencio llevaba horas siendo su compañía. Si seguía así se iba a volver loco.
De repente, una respiración. Otra. Y otra, y otra más. Las pisadas quedas de criaturas que no eran wolfos. Se puso de pie de un salto, la sonrisa viva en su rostro.
Por fin había encontrado a alguien con quien jugar.
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Cuando vio la figura de un niño haciendo el pino con una mano sobre un árbol partido el primer pensamiento que se le vino a la cabeza fue "madre mía, qué equilibrio". Luego llegó la alegría, el alivio y la preocupación, pronto reemplazados por la sorpresa al ver el aspecto del muchacho.
No era normal. Parecía llevar años con la misma ropa. Un sayo marrón raído y unos pantalones color verde hoja jironados que se sacudían con la brisa. Sus manos, de finos dedos, protegidas por unos guantes de piel castaños. Calzaba unos zapatos picudos y sobre su cabeza descansaba un sombrero de paja de ala ancha medio deshecho rematado en un delgado ramo de paja sobresaliente.
Pero aquello no era lo peor. Su rostro dejó a nuestro asesino sin aliento.
La piel del aparente niño era negra como el carbón, de apariencia etérea, fantasmal, y componía un círculo perfecto en cuyo centro unos gruesos labios dorados se torcían en una sonrisa infantil que heló la sangre a Link. Sus ojos eran de un amarillo apagado, resaltando como faroles contra la piel oscura.
Un espectro. Un ser inquietante que los contemplaba desde su árbol, metros por encima de sus cabezas.
A Link se le atragantó la saliva en la garganta y notó en la forma de acelerar el ritmo que sus compañeros se sentían igual. Mido caminaba con la vista clavada en el suelo, y así hizo él.
Algo le decía que ya se habían encontrado antes.
-¡Eh! –gritó el niño, sobresaltando al grupo sin excepción. No detuvieron la marcha a pesar de que repitió la llamada varias veces- ¡Eh! ¡Eh!
La sonrisa de cartón seguía en sus labios. Ellos prosiguieron hacia la bifurcación en busca del camino de la izquierda.
De un salto la figura sobrenatural estaba con los pies de vuelta en el suelo, situada justo en el nacimiento de ambas rutas. Esperándolos.
Link contuvo el aliento al sentir aquellos brillantes ojos vacíos clavados en él.
-¡Eh! ¡Vamos a jugar!
No hizo ningún movimiento. Lo ignoró y mantuvo la viva marcha de sus compañeros.
El niño ladeó la cabeza, confuso. En un parpadeo estaba de pie al lado de Mido, quien se detuvo en seco sin avisar.
-¡Eh, eh! Juguemos, ¿sí?
-Ahora no –espetó, y Link nunca había visto unos ojos azules más fríos. Tal vez porque durante sus años de asesino no había tenido a mano un espejo.
El muchacho del sombrero de paja retrocedió y se limitó a observar como el grupo lentamente retomaba su avance. Estoy solo, murmuró despacio, la voz quebrada y la mirada clavada en el suelo. Mido no se dejó amedrentar. Fue Danilo el único que permanecía con las patas ancladas al suelo, la vista fija en el niño de apariencia fantasmal.
Entonces, este se percató de su atención. Sus orbes amarillos relucieron con una nueva intensidad.
-¿Jugarás conmigo?
Danilo pudo notar la esperanza que se aferraba a cada una de sus palabras. No estaba fingiendo.
-Otharöh, déjalo. Tenemos una misión –lo llamó Mido. Todos los ojos estaban puestos en el lobo gigante que parecía haber echado raíces en el suelo.
Los siguientes movimientos de Sheik fueron relajados y un par de suspiros escapó de sus labios, como si ya hubiera supuesto que aquella escena pasaría.
-No tiene caso -dijo, resignado, mientras soltaba la ropa del humano a los pies de su forma vestigial-. Cuando toma una decisión es tozudo como una mula.
Una última sonrisa alentadora y ya le estaba dando la espalda, de nuevo en camino hacia el Templo. Una sonrisa torció durante unos segundos las comisuras de Link antes de acercarse al kokiri, quien le contemplaba sin comprender, posar una mano sobre su hombro y llevarlo de vuelta al sendero de la izquierda por donde Sheik ya se abría camino.
Dan lanzó una mirada de soslayo en dirección al niño y lo que vio disipó los jirones de dudas que todavía pendían en su corazón.
Aplaudía felizmente. Y una gran sonrisa se dibujaba sobre su rostro oscuro.
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La marcha prosiguió en silencio, escuchando el sonido del viento que poco a poco se iba extinguiendo. El bosque se espesaba a cada paso que daban, la ruta de grava por la que avanzaban se fue estrechando hasta desaparecer. De haber ido solos, Link y Sheik jamás habrían encontrado el camino. Pero Mido se desenvolvía entre los árboles como si fuera una extensión de los mismos, brincando sobre las raíces que se arqueaban entre la maleza y trepando por los troncos mejor situados.
No hubo diálogo alguno hasta que el kokiri habló. Contenerse le resultó imposible.
-Ese lobo es idiota –afirmó, la espalda vuelta hacia sus compañeros.
Aunque Link mantuvo su rostro de inalterable indiferencia, Sheik soltó una risita.
-Pero el niño de verdad está solo –se agachó para evitar una rama baja. Su respiración agitada fragmentaba la unidad sonora de sus palabras.
El kokiri se encaramó de un salto a un árbol torcido que le dificultaba el avance, masticando las palabras del sheikah en busca de la respuesta perfecta.
-Saria también está sola –murmuró.
Pero nadie lo escuchó.
La espesura comenzó a ceder terreno conforme siguieron avanzando. Las copas de los árboles ya no tapaban la totalidad del cielo azul que se extendía sobre sus cabezas y eso aligeró les aligeró el ánimo. Mido sonrió. Estaban cerca. Jamás confundiría el claro donde el Templo del Bosque se alzaba. Se había criado recorriendo sus pasillos desiertos y escondiéndose tras las columnas de la entrada.
Link fue el primero en divisarlo. Con los ojos entrecerrados para ver mejor, discernió entre los lazos de ramas el gris claro de la piedra. El templo dejó al grupo sin aliento. Era de una belleza natural, dejada de la mano de los que lo construyeron muchos siglos atrás. Dos pilares de fuste rectangular sostenían un entablamento en el que los antiguos habían esculpido alabanzas a las diosas de Hyrule que según la leyenda crearon el mundo. Firme y sereno, el templo desafiaba el paso del tiempo que se adhería a sus paredes, enmoheciéndolas. Las enredaderas acariciaban sus paredes desnudas, la hiedra trepaba rodeando los pilares.
Aquel era un lugar sagrado que los kokiris se encargaban de proteger. Era el corazón el bosque, siempre rebosante de vida, vibrando con cada nuevo latido que su origen divino hacía estallar en su interior para luego extenderse por todo el lugar.
Y, sin embargo, el tiempo parecía encharcado en aquel prado. Ni siquiera la brisa agitaba la vegetación. El templo estaba dormido. O muerto.
-¿Saria? –exclamó de repente Mido, sacando a Link de sus ensoñaciones. El kokiri lucía nervioso. Con la respiración entrecortada, repitió el nombre de la muchacha una y otra vez, hasta que la voz se quebró en su garganta y el silencio volvió a engullirlo todo.
Echó a correr hacia la entrada, volando sobre las escaleras y relampagueando a través del portón de madera entreabierto. Sus compañeros no tardaron en salir tras él.
Un agradable frescor les dio la bienvenida. Los muros de piedra eran de apariencia sólida y gruesa, siendo los pasillos iluminados solo por una hilera de ventanas que perforaba la zona superior. Los haces de luz se derramaban sobre las paredes y desvelaban una zona mucho más amplia de lo que aparentaba, en cuyas esquinas la vida florecía a pesar de la dificultad. Las enredaderas se colaban por los cristales rotos del techo y se extendían por la superficie como dedos buscando a tientas algo a lo que agarrarse.
Un aroma a bosque preñaba el aire. Pareciera que incluso el viento arrastrase el olor de las hojas que encontraba.
Siguieron camino adelante, el sonido de sus pasos retumbando en la piedra, hasta dar con una gigantesca habitación. El techo, cubierto por una cúpula, poseía un óculo en su centro por el que se colaban los rayos de luz que iluminaban su interior.
Mido se encontraba en esa sala. Y no estaba solo.
Sostenía un cuerpo entre sus brazos temblorosos, meciéndolo con suavidad. Tras ellos, una grotesca mole oscura yacía sobre el suelo de piedra, inmóvil.
Acercándose, Link pudo distinguir varias patas peludas desparramadas y un abdomen negro en el que se dibujaba, de blanco impoluto, una inquietante calavera. La cabeza del ser no estaba a la vista, y el asesino habría retrocedido sobre sus pasos de no haber estado Mido allí.
Sheik llegó a su lado primero. Lo que vio la dejó sin aliento.
El cuerpo que sostenía el kokiri era de una muchacha de pelo corto verde como la hierba, tez pálida y rasgos delicados. Iba descalza. Un vestido del color de su cabello de apariencia ligera cubría su frágil persona. Mido la arrullaba con palabras dulces, adoración en su mirada y profundo cariño en su voz.
-Saria… Saria… estoy aquí –musitó, posando durante unos instantes sus labios en la frente de la chica. Estaba fría y eso le revolvió el estómago. No podía estar muerta. No-. Saria, vamos, no me hagas esto… -hundió la frente en su cabellera, aspirando el olor a tierra húmeda y a pino que desprendía.
Link se percató de que el pecho de la supuesta Saria tenía movimiento. Se alzaba y descendía a cada nueva respiración. La niña estaba viva. Pero la desesperación del chico lo ponía en duda.
El sheikah se acuclilló ante ella, un frasco de poción recién abierto entre sus dedos, y se dispuso a llevar el líquido a su boca. Mido lo detuvo negando con la cabeza.
-No es eso –murmuró, y arrastró las lágrimas que se le escapaban con el doro de su mano-. Hay heridas que ni las pociones pueden curar.
Sheik lo miró sin comprender, aunque tapó la pócima y la guardó en su faltriquera.
Entretanto, Link desvió sus pasos en dirección al ser que descansaba unos metros más apartado del trío. Ocho patas con forma de alambre sobresalían de un abdomen ovalado que culminaba en un par de pedipalpos agarrotados y peludos. Aquello era una skulltula, una araña enorme que habitaba en los lugares más abandonados, pero de tamaño muy superior.
Link lanzó una mirada significativa al sheikah, quien tragó saliva y asintió. Tenía las mandíbulas apretadas. Ambos sabían que aquel ser no podía ser natural.
Mido no parecía enterarse de nada más allá de la muchacha que abrazaba, pero a pesar de todos sus esfuerzos, Saria seguía inconsciente.
Dormida. Justo como la skulltula.
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-Soy Skull Kid –se presentó el niño con voz cantarina-. ¿Y tú?
-Da… Danilo –jadeó su compañero.
Skull Kid lo llevaba a paso ligero por el bosque, como si tuviera los pies de aire y su cuerpo fuese una pluma.
-En realidad no recuerdo mi verdadero nombre –repuso, soltando una rama que tenía sujeta para que golpease a Dan. El otharöh la esquivó, aunque el movimiento lo dejó sin respiración unos instantes. Haber tomado su forma lupina por segunda vez en un mismo día le estaba pasando factura-. Los kokiri me llamaron así porque antes me gustaba jugar con las calaveras de los wolfos muertos.
Un escalofrío le recorrió la columna. Solo esperaba no estar cavando su propia tumba por culpa de su decisión de acompañarle.
Skull Kid soltó una risita aguda.
-Ahora no hago nada de eso, tranquilo.
Aquello no le tranquilizó en lo más mínimo. Se pasó la mano por el pelo y mantuvo la atención puesta en sus propios pies para evitar tropezar.
El bosque no tenía fin. Todos los árboles le resultaban iguales.
Cuando finalmente llegaron a un claro, Danilo supo que si Skull Kid quería retenerlo en aquel sitio el resto de su vida, podría hacerlo. Podía pasar días andando en círculos hasta morir de hambre, sed o cansancio, y Sheik jamás sería capaz de encontrarlo. Sintió el repentino impulso de darle la espalda a todo y correr. Lejos de allí, a un sitio en que fuera dueño de sí mismo.
Pero se quedó. La sonrisa que el niño le dedicó al volver el rostro clavó sus pies en el suelo.
Tal vez había firmado su sentencia de muerte. Al menos lo había hecho feliz.
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La noche cayó rápido sobre ellos. Una sábana de estrellas cubrió el cielo. Por el óculo del techo se deslizaba la luz pálida de la luna y en el aire se respiraba la calma nocturna.
Mido no había movido un músculo desde que llegó. Sus intentos de despertar a la muchacha durmiente eran infructuosos, pero Sheik y Link habían decidido dejarlo hacer. En el fondo, ellos también deseaban tener a alguien tan desesperado por verlos abrir los ojos aunque fuera una última vez.
Ambos rubios habían decidido reposar en una de las paredes de la sala, la más cercana a la entrada. Juntos pero a una distancia preventiva, Sheik se abrazaba las rodillas con la cabeza hundida entre ellas mientras Link se limitaba a observar la escena. Mido había dejado de llorar. Hasta que el corazón no se detiene hay esperanza, le había escuchado susurrar.
Ojalá y sus esperanzas se viesen satisfechas.
-Link, ¿qué piensas de esto? –escuchó a Sheik decir, apenas un susurro en el profundo silencio del templo.
El asesino suspiró. Él pensaba muchas cosas, respondió, la vista perdida en el cuerpo arrodillado del pelirrojo. La contestación tardó en llegar, como si los pensamientos de su compañero hubiesen adquirido el pausado ritmo del bosque.
-Eso es bueno –un esbozo de sonrisa amarga, una mirada rápida hacia Link que pronto retornó a sus piernas. Se pasó la lengua por los labios antes de proseguir-. ¿Sabes que Saria es la sabia de este bosque? Ella es la razón de que estemos aquí. Si muere… si muere todo esto… -las palabras se atascaron en su garganta. Ni siquiera él sabía cómo continuar. La muerte de Saria destruiría sus planes. Sin los sabios jamás podrían vencer a Ganondorf. El terror seguiría extendiéndose, las masacres…
-No te preocupes por eso –la voz monocorde de Link le interrumpió. Lo contempló sorprendido. El rubio le regaló una ligera sonrisa y señaló con la barbilla hacia Mido, quien seguía tratando de reanimarla-. Ese testarudo de allí no la va a dejar morir –la sonrisa se agrandó, pero no llegó a sus ojos-. A veces, lo único que puedes hacer es tener esperanza y esperar que todo salga bien.
Sheik persiguió la trayectoria de aquellos huidizos ojos azules hasta que acabó perdiéndola en el horizonte. La oscuridad nocturna se instalaba en las esquinas de la habitación y le daba un aspecto acechante, como si en cualquier momento fuera a saltar un monstruo de las sombras.
Sin embargo, el sheikah no podía estar más tranquilo. Se aventuró a devolver la sonrisa, sintiendo un suave cosquilleo en su estómago.
-Espero que tengas razón.
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-¿Te gustan las bayas? –inquirió, sus enormes ojos amarillos a centímetros de la cara de Danilo y un puñado de frutos rojos en su mano derecha.
Asintió. Al menos se llevaría algo al estómago. Skull Kid le entregó las bayas alegremente y se sentó de nuevo junto a la improvisada hoguera que habían encendido para suavizar las bajas temperaturas de la noche.
Como el niño no estaba acostumbrado a hacer fuegos, Dan se encargó del trabajo.
No te alejes demasiado, le había dicho mirándolo con severidad, porque los wolfos creerán que me has engañado y te vas a marchar. Supongo que preferirás no enfadarlos, añadió dedicándole una radiante sonrisa.
Alguien debería enseñar a ese niño a ser menos inquietante.
Por suerte su situación había mejorado bastante. No temía ya al chico que tenía frente a sí jugando con toscas piezas talladas en madera. Un oso a dos patas, un niño y un hombre de picudo sombrero. Jugaba con ellos a la luz de la lumbre, los cálidos reflejos de las llamas dando a su entretenimiento el aspecto de un teatro de títeres.
Habían hablado poco porque ninguno parecía encontrar algo que decir. Tampoco creció un silencio incómodo entre ellos. Estaban tranquilos. Dan sabía que Skull Kid había acudido horas antes a ellos porque su deseo de sentir compañía había sido insoportable. Ningún ser es capaz de vivir en soledad el resto de su vida. Podía entenderle. Él mismo había experimentado la sensación de no tener a nadie. De sufrir una existencia que no significaba nada para ninguno de los que le rodeaban.
-Dan, Dan, dime, ¿tú me harías más juguetes? –canturreó el niño, agitando sus inexpresivas figuras de madera hacia él.
-Yo… lo siento, pero no sé tallar. Lo único que sé hacer es apuntar y disparar.
-Oh.
Lució verdaderamente decepcionado durante unos instantes, pero pronto se recobró, devolviendo su atención a los juguetes.
-No pasa nada –contestó y movió con una de sus manos el muñeco que parecía un mago como si fuera él quien hablaba-. Cada uno tiene sus defectos. ¡Y sus virtudes! –puntualizó con voz chillona sacudiendo el monigote del niño-. Eso, eso. Roaaaaaaaar –el oso cerró el diálogo y el niño rompió a reír.
Una calidez palpitó en su pecho al verlo tan contento. No pudo contenerse y rio con él hasta que el tiempo engulló las carcajadas.
Se llevó una de las bayas a los labios. Al morderla el líquido rojo el fruto se resbaló garganta abajo ahogando la sed y alegrando el espíritu.
-Oye, Skull Kid, ¿podría hacerte una pregunta?
El niño apartó la vista de los juguetes, la sonrisa inextinguible en su rostro.
-¿Acaso no lo acabas de hacer?
Eso le arrancó otra risa.
-No te hagas el listillo, ¿eh? –respondió vivaracho y le asestó un jovial golpe en el hombro-. Dime, ¿podrías contarme tu historia? –el chico lo miró sin comprender, pero en sus ojos ardió una llama distinta-. Ya me entiendes. La historia de por qué estás aquí. De cómo llegaste a ser lo que eres.
-Eres el primero en preguntar.
Dan llevó los dedos a su cabellera y retorció algunos mechones oscuros mientras su amigo pensaba. Recordaba los viejos tiempos.
-Está bien –soltó los juguetes a sus pies, una sonrisa todavía prendida en sus labios dorados-. Pero prepárate. No tiene un buen principio. Y aún ni siquiera sé el final.
-Mejor. La historia de una vida siempre es mejor contarla sin finales.
Skull Kid asintió. Su mirada se empañó. Los recuerdos. Las lágrimas. Ambos.
Una expresión imposible de esgrimir por un chico de la edad que aparentaba se adueñó de su cara. Inspiró hondo antes de empezar a hablar, pero cuando lo hizo solo el crepitar del fuego osó intentar competir con su voz.
-La verdad es que gran parte de la culpa de que ahora mismo estemos tú y yo aquí sentados es mía. Nunca fui un niño muy obediente, ¿sabes? Hacía justo lo contrario de lo que me mandaban. Eso no parecía preocupar mucho a mis padres, porque según ellos los niños de ocho años necesitan su espacio personal para poder desarrollarse como individuos independientes y eso… En fin, a lo que iba. Desde que nací mi madre estuvo delicada de salud, pero ese año había empeorado mucho. Estuvo la mayoría del tiempo reposando en la cama entre toses perrunas y fiebres altísimas. Así que mi padre decidió traernos a una casa alejada del ajetreo de las ciudades donde el contacto con la naturaleza le devolviese la vida.
La primera y única orden que recibí al llegar fue no acercarme al bosque sin la compañía de un adulto. Corría por el pueblo la leyenda de que cualquier niño solo que se internase en él se perdería por el resto de la eternidad y su espíritu quedaría condenado a vagar en su interior por siempre. Mis padres no creían en maldiciones ni habladurías, pero decidieron ser precavidos. Me prohibieron entrar al bosque. Y no podrían haber tenido más razón.
Pero claro, yo decidí mostrarle a aquellos viejos parlanchines lo equivocadas que eran sus historias. Me interné en el bosque con mi merienda y un sombrero de paja que le robé a mi madre del perchero –señaló con el pulgar a su sombrero antes de continuar con el relato-. No había andado tanto cuando decidí dar la vuelta. Menos de media hora, lo juro. Aquel bosque era tan inmenso que parecía arrastrarme más y más a cada paso que daba hasta un lugar sin retorno. Volví sobre mis pasos trazando la misma línea recta que había seguido antes, pero las hileras de árboles no dejaban de aparecer unas tras otras.
Comencé a asustarme. Grité, corrí, lloré y pataleé hasta que cayó la noche y rayó el alba al día siguiente. Supliqué hasta rasgarme la garganta y no dejé de caminar hasta que las rodillas me fallaron. No sé de qué morí si te soy sincero. Tal vez fue sed. Tal vez hambre. Tal vez fue la desesperación la que me mató. Quién sabe.
Durante los primeros días me pareció escuchar la voz de mis padres resonando entre los árboles. Respondí a cuantos llamados pude, pero nunca nadie me encontró. Una noche me desmayé, y cuando desperté ya tenía este aspecto. Al principio esta piel oscura de tan extraña apariencia me asustó. Después simplemente me acostumbré. No es difícil cuando no te queda otra cosa, créeme.
Para mi sorpresa, di con la salida poco tiempo después, como si se hubiera materializado tras mi muerte para burlarse de mí. Intenté escapar en no pocas ocasiones, pero un terrible dolor se extiende por mi cabeza. Parece querer hacerla estallar. Al final acababa volviendo a los árboles. Lloré muchísimo. De no haber estado muerto ya, me habría deshidratado sin duda.
Un día encontré estas figuras de madera en la entrada del bosque. Mi padre las había tallado él mismo. A veces aún puedo sentir el aroma a él cuando duermo con ellas. Esas son las mejores noches. No sitio para las pesadillas en los brazos de papá.
El silencio siguió al final del relato. Skull Kid lo observaba y Dan no sabía qué responder. La soledad era una mala compañera. Él lo sabía muy bien.
-Pero tranquilo, no estoy nunca solo. Los wolfos me hacen compañía. Al principio me daban miedo. Ahora ya no. Sé que ellos cuidan de mí.
Danilo asintió. Eso lo dejaba algo más tranquilo. Echó un vistazo de soslayo hacia los árboles que los rodeaban, donde varios pares de ojos amarillos no perdían detalle de lo que se contaba al lado del fuego.
Skull Kid bostezó. Fue quedándose dormido despacio, como si el sueño fuera meciéndolo poco a poco. Recargó la cabeza contra el muslo del arquero y sin mediar palabra se rindió ante Morfeo.
Ahora solo le quedaban las llamas en una noche en la que el sueño no tenía espacio en su cabeza. Estudió las figuras de madera que desprendían un brillo acogedor.
Tal vez era el momento de darle uso a su cuchillo de montaña…
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Jasmine fue testigo no privilegiado de como la larga fila de rebeldes, humanos encarcelados y presos se iba recortando conforme cada individuo accedía a la sala del trono donde Ganondorf y las gerudos estaban para no volver a salir.
Los intentos de escapar habían sido casi nulos. De todas formas, los cuerpos esqueléticos de los presentes eran blando rival a las hojas de las cimitarras de las guardianas del palacio.
Suspiró, sin comprender qué estaba haciendo allí. Ganondorf había solicitado su presencia. La suya, y no la de sus compañeros también. Aquello podía significar buenas noticias. O muy, muy malas.
Estaba tan abstraída en sus propias cavilaciones que tuvieron que llamarla tres veces antes de conseguir hacerla reaccionar.
-Jasmine, adelante –le dijo una mujer pelirroja de ojos claros. Su rostro era sereno y el brillo de su mirada calculador. Se le retorció el estómago. Un mal presentimiento. Y su intuición no solía fallar.
-Adelante, Jasmine. Ha llegado su turno.
Continuará…
Por fin. Está bien, los puntos que quiero tratar:
-Primero, habréis notado una disminución en la longitud del capítulo. Esto es intencionado. A partir de ahora subiré capítulo los sábados cada dos semanas, lo que quiere decir que el siguiente será el sábado 1 de agosto.
-Tal vez notéis el comienzo algo más chirriante. La verdad es que no tenía ninguna inspiración para escribirlo. Empezaba, lo dejaba, iba a jugar al , volvía y así. Después encontré la canción perfecta y las páginas empezaron a fluir como el agua. Espero que se note la mejoría.
-De nuevo, lamento muchísimo la tardanza. Este ha sido un año duro. En septiembre entraré a la universidad y estudiaré la carrera que quiero. Tuve que centrarme en los estudios todo este tiempo para ahora poder deciros eso. Espero que lo entendáis.
-Mañana mismo iré una semana a Granada de campamento, así que hasta mi vuelta el sábado por la noche no podré contestar a ninguno de los comentarios, si es que después de tanto tiempo hay alguno.
Listo, eso era todo XD
Sabed que os adoro y que sois la razón de que esta historia siga funcionando.
Cuidaos mucho, nos leeremos :D
Atte, Magua.
