¡Actualicé muy rápido! Bueno, lo hice por dos razones: el capítulo anterior era más bien una introducción, y decidí actualizar cada viernes :)

Disclaimer: a Marvel le pertenece el Capitán América, los personajes y todo.


Capítulo 2

"Si por la noche lloras por no ver el sol, las lágrimas te impedirán ver las estrellas." - Rabindranath Tagore

Hacían ya meses desde que me paré en el Triskelion, del que ya no quedaba más que escombros y el recuerdo de lo que una vez habían sido sus cimientos. No había nada qué encontrar ahí; yo sólo quería una explicación para todo lo que me había ocurrido, o en su defecto, una salida eficaz y rápida para mi sufrimiento. Para elevar mi pena, ahí sólo veía recuerdos de la batalla. Me ví a mí mismo atrapado bajo una viga de hierro, y ese rubio sacándome de ahí, con el argumento de que solíamos ser amigos.

Cuando peleamos ahí, me fastidió haberlo escuchado, no se me daba considerar lo que yo catalogaba como mentiras; ahora, en ese momento, me atormentaba, porque eso significó darle un vuelco a mi vida. La mayor parte de ella ignoré que era una mentira. Todo eso me condujo a formularme una pregunta muy dolorosa, de la que quizá nunca obtendré respuesta: ¿por qué yo?

Me detuve a observar el río. La orilla seguía llena de residuos de edificio y de heliecarrier. ¿Cómo es que nadie había decidido limpiar todo eso? Le di una patada a un pedazo de hierro, y lo observé hundirse en la profundidad del río. En menos de diez segundos ya no quedó rastro de él. Ahí abajo quería estar yo también.

El sonido de la patada y de la salpicadura espantó a una bandada de gorriones. Todos volaron, menos un carbonero que se había colado entre ellos. Los alrededores estaban en silencio. Sentí que mi presencia contribuyó a la muerte al ambiente. Me resquebrajaba el alma tratar de inferir el criterio que los llevó a convertirme en el Soldado del Invierno.

¿Acaso era más alto, más resistente, o en realidad fue una simple coincidencia que me utilizaran a mí? De cualquier manera que hubiera sido, me sentí tan miserable e impotente por haberlo perdido todo, que ya no me contuve de buscar un método para estar muerto. Continué mi camino por la orilla del río; si no encontraba un arma de cualquier tipo, me las ingeniaría para colgarme de un árbol o ahogarme en el río. Las últimas dos opciones no fueron necesarias, porque, enterrado entre los escombros y un poco cubierto de lodo, vi lo que creí mi salvación. Era un revólver, lo cual me pareció un poco lógico debido a la batalla que hubo ahí. Lo recogí, le sacudí la mugre y abrí el cilindro, esperando encontrarlo cargado. Alojada en una de las seis cámaras, había una única bala. Me pareció suficiente.

Lo cerré y lo apunté contra mi sien, pero mientras me despedía de todo, vi al carbonero tomar vuelo. No parecía gran cosa. Hasta que lo observé con más atención. Pertenecía a una clase de ave que se adapta para sobrevivir hasta a la más adversa de las condiciones.

Interpreté su presencia como una sugerencia de no desperdiciar mi vida, pero como yo lo deseaba, quedé sumido en un dilema. ¿Debería tratar de encontrar un sentido a mi vida, o terminar con el sufrimiento y darme ese disparo de una vez?

El carbonero ya se había alejado, y se desapareció hacia el horizonte con la misma rapidez que una lágrima se deslizaba por mi mejilla.

Entonces, dominado por la angustia, se me ocurrió jugar a la ruleta rusa yo solo. Dejaría mi vida en manos del azar, así no sería mi decisión directa si vivo o muero.

Una vez más, abrí el cilindro y lo hice girar rápido, sin ver en cuál de las seis cámaras había quedado la bala. Después de dar las vueltas que creí suficientes, lo detuve. Lo cerré, y ahora que estaba cargado, pude comenzar el juego. Me puse de rodillas, apunté el cañón hacia mi sien izquierda, apreté los párpados con fuerza, y esperé mi muerte.

¡Clic!

Vacía. Me volví y suspiré. La ruleta estaba concediéndome un poco más de tiempo de vida, cosa que apenas si valoré.

Me quedé sentado en la orilla del río hasta que oscureció. Las estrellas iluminaban ya el cielo. Quizá así se sentía la esperanza. Ver luces cuando todo es oscuridad.

Sin importar cuanto hubiera apreciado seguir con vida, no creo que en ese momento estuviera preparado para lo siguiente.

—¿Bucky?

Totalmente inoportuno. Había fallado un intento de suicidio, y ahora venía a aparecerse este idiota, como si supiera exactamente dónde buscarme. Me levanté, y después, con todo el caos en que se convirtió mi mente, desconozco por qué le dije lo siguiente, antes de preguntarle qué diablos hacía ahí.

—Ya te dije que no sé quién demonios es Bucky. No vuelvas a llamarme así.

Él se veía tan confundido como yo. Pero era evidente que él sabía controlar estas situaciones mejor que yo.

—De acuerdo. ¿Cómo prefieres que te llame?

Tuve el impulso de gritarle que se alejara y me dejara en paz, que no tenía caso elegirme un nombre porque ni siquiera estaba seguro de cuánto más me iba a permitir vivir, y que ésa era la razón por la que jugaba a la ruleta rusa. Pero no fui capaz de eso. No pude decirle nada. Luego vio el arma y se puso alerta.

—Eso no es necesario. Yo no vengo armado, y no veo razón de que uses eso contra mí. Sabes que yo jamás pelearé contigo.

Era cierto. Mi mente se bloqueó por toda la confusión. Él iba vestido de civil, con ropa deportiva; como si acabara o estuviera en proceso de darle veinte vueltas a cada manzana de la ciudad. Además, él ya había demostrado una especie de compasión hacia mí, lo cual me incomodaba. Después de pensar en todo eso, pude concentrarme en su inquietud sobre el arma que aún sostenía. Entonces la guardé de inmediato en el bolsillo del saco que también había tomado prestado.

—¿Y bien?

Me estremecí. Nada lo haría detenerse, pero tampoco sabía qué responderle. Por un momento creí que no habría problema si le contestaba esa pregunta. Sin embargo, ya le había aclarado que no quería ser llamado "Bucky" (ello implicaba un trato amistoso que yo no podía corresponder), ni "Sargento Barnes" (demasiado formal para alguien que ya tenía una tumba), y mucho menos "Soldado del Invierno" (hice cosas terribles mientras me llamaban así; no quería recordarlo cada vez que me llamaran). Tampoco podía inventarme un nombre así nada más, como si estuviera frente a un tribunal adonde van aquellos que quieren a toda costa elegirse un nombre mejor que el que les pusieron sus padres. Luego recordé la información que leí en el museo. Sólo se me ocurrió una opción...

—James —respondí con la voz carente de toda emoción.

Él ahogó una carcajada. Genial. Eso me faltaba para terminar de molestarme.

—¿Qué te parece tan gracioso?

—Nada, "James", sólo que va a ser un poco difícil acostumbrarme. No recuerdo haber usado ese nombre para llamarte. De hecho, hay un...

—¿Y es que estás aquí... para qué? —le pregunté con la voz más hostil que pude.

Debió pensar que, como ya no estaba subyugado, podía hablarme como si todo hubiera vuelto a la normalidad. Pero se dio cuenta de que no era así.

—Mira —ahora sonaba serio —: yo no esperaba encontrarte aquí. Sólo me daba unas vueltas por la ciudad. Pero aquí estás, y eso me ha ahorrado emprender tu búsqueda, porque, ¿sabes? Hasta este momento, planeaba hacerlo; tú eres mi amigo, y te prometí que voy a estar contigo hasta el final.

Hubo silencio. No sabía qué decirle, ni él quería interrumpir mi reflexión. De pronto, abrí la boca para responderle, pero me arrepentí y se me torció la voz.

—No sé... por qué...

—Si quieres, puedes venirte conmigo —agregó cuando vio que no podía continuar—, te enseñaré a sobrevivir en esta época, y también puedo ayudarte a recordar quién eres.

Me sumí más en la desesperación, aunque dudo que lo hubiera notado; no era tan fácil reconocer emociones en mi frío rostro. Estaba asustado. Quizá de cierto modo ése era el término correcto, porque me aterraba toda esa amabilidad que mostraba hacia mí, a sabiendas de que me ordenaron reportar su muerte, y yo hice lo posible por conseguir que así fuera.

—No —respondí. Su semblante se apagó.

—Por lo menos deberías intentarlo. Apuesto a que no tienes adónde ir.

Estaba en lo cierto. Y me dejó pensando más. Acertó en el hecho de que en realidad sí me gustaría llevar una vida normal. Nadie más podría ofrecerme esa clase de ayuda. Pero también me pedía que hiciera exactamente lo que me temía; yo sabía sin intentarlo que no lo iba a lograr. Entonces metí la mano en el bolsillo del saco y sentí el revólver. Eso me llenó de seguridad. Decidí correr el riesgo; y si las cosas no resultaban, si de verdad era un caso perdido, tenía mi pase de salida. El juego de la ruleta rusa no podía haber terminado aún.

—Eres Steve, ¿verdad? —pregunté y el rostro se le iluminó cuando asintió. Ni siquiera me preguntó cómo lo supe— Quería decirte que no eres un mentiroso, después de todo. En el heliecarrier... yo todavía no visitaba el museo.

Yo mismo me sorprendí. No creí que fuera capaz de hablarle tanto con un tono tranquilo de voz.

Recuerdo que después de eso, se levantó, me tomó por el hombro, me prometió que todo estaría bien, y nos largamos del Triskelion.

Esas pobres ruinas ya nos habían visto caer y levantarnos, literal y figurativamente.


Si pueden dejar un review, lo agradecería mucho =)