¡Aquí está el siguiente capítulo! Olvidé decir que esta historia pasa unos meses después de la película. Y también olvidé cuántos capítulos iban a ser. (A veces creo que tengo memoria de teflón) Por ahora, van a ser como seis o siete, dependiendo de si el último capítulo queda más largo que el que por ahora es el penúltimo. También decidí agregar a los personajes en la información de la historia, dependiendo de quién salga en los capítulos conforme los voy publicando. Una disculpa si leen algo raro o con poca ortografía; gracias al calor (que no me deja pensar bien) se me empalmó el borrador con el capítulo terminado (¡me aso T_T!), y aunque ya lo revisé, no estoy segura si ya está todo arreglado. Lo bueno fue que me di cuenta u.u De todos modos, espero que les guste.
Disclaimer: los personajes y la película le pertenece a Marvel.
Capítulo 3
"Decir lo que sentimos; sentir lo que decimos; concordar las palabras con la vida". -Séneca
La primera semana que pasé en casa de Steve fue difícil, así como lo era despertar. Ahora sé que es una afirmación con la que es fácil estar de acuerdo, pero en ese entonces, para mí, las razones eran completamente distintas. El problema residía en que despertaba para vivir otro día más siendo un completo extraño para mí mismo, además que no recordaba alguna vez haber dormido como si estuviera acostado sobre una pila de nubes.
Uno de esos días, me desperté, alertado por el sonido de algo cayéndose deprisa. Yo había dormido en la habitación de huéspedes, donde Steve me había acomodado, y me preocupé porque nada de ahí era mío; y si algo se había roto, yo iba a ser el culpable. Justo antes de que pudiera despertar por completo, escuché como si hubieran cerrado la puerta suavemente. Sin embargo, para cuando abrí por completo los ojos, lo único raro que vi fue que muchas cosas habían caído sobre una silla. También pude justificar el sonido de la puerta porque había dormido con la ventana abierta. Quizá me lo había imaginado. Decidí mejor tratar de eliminar todo pensamiento de mi mente. Creía que si me mantenía dormido, no tendría que lidiar con la realidad. Incluso eso me costaba.
Todavía me agobiaba lo que había ocurrido cuando visité el Triskelion. Me molesté conmigo mismo por haber cedido tan fácilmente el ofrecimiento de Steve. A pesar de que no se comparaba para nada con el trato que me daban en el cuartel de Hydra, no podía evitar sentirme incómodo. En toda una semana, no había conseguido avances que valieran la pena. Creía que no merecía nada de lo que Steve hacía por mí. Por lo tanto, tenía la tendencia de pedirle permiso para todo: para comer, para entrar en una habitación, para tomar un vaso de agua, incluso hasta para sentarme en el sofá. Me sentía ajeno a él. Como me costaba acostumbrarme, sólo me quedaba la tranquilidad de permanecer acostado.
Hasta que entró Steve y me sacó de mi ensimismamiento.
—Espero que hayas dormido bien —dijo, utilizando un timbre plagado de timidez. Toda la semana me mostré distante con él, y en ningún momento me reconvino por ello. Él sólo hablaba conmigo como si tratara de no hacerme enfadar. En cambio, yo a veces sentía la necesidad de decir algo, pero la voz siempre me traicionaba.
"Se siente bien dormir por voluntad."
—Si tienes hambre, el desayuno está listo. Traje unos croissants en la mañana. Puedes venir cuando quieras —dijo y luego desapareció por donde vino.
No estaba lo suficientemente trastornado como para ignorar que su voz había sonado forzada, si se hacía un contraste con las demás ocasiones. Consideré que en parte era por mi culpa. Aunque no pude evitar pensar que ocultaba algo. De igual manera, me levanté. Vi la hora en el reloj que estaba en la mesita de noche. El display marcaba las 10:55 de la mañana. Era un poco tarde para no haber comido nada. Decidí entonces seguir la indicación de Steve. Primero me vestí, y en seguida busqué el revólver; solía transportarlo adonde quiera que fuera, como si fuera la única manera de sentirme seguro, siempre procurando que Steve no reparara en su existencia. No obstante, ya no pude encontrarlo.
¡Qué estupidez de mi parte el haberlo descuidado!
Busqué bajo la cama, en los cajones de la mesita de noche, pero sólo encontré libros, polvo, zapatos, y una botella de agua. Mi revólver estaba perdido.
Una extraña sensación de amargura comenzó a apoderarse de mí. Necesitaba encontrarlo, porque no se me ocurría otra manera de asegurarme de morir por si acaso la vida se volvía intolerable. ¿Cómo podría continuar sin él? Sin percatarme de lo paradójico que eso parecía, me llegó un presentimiento: Steve.
¿Qué otra explicación podía haber que estuviera dentro de los estándares de la lógica?
Fui hasta la cocina, esperando obligarlo a confesar dónde había quedado mi revólver, pero no tuve oportunidad de hacerlo. En ese preciso instante, tomó el teléfono, y se apresuró a llamar con quien le hubiera respondido.
—En la mesa —me indicó Steve, y enseguida volvió a su conversación telefónica. Utilizó un tono impregnado de frialdad, que poco me importaba, puesto que yo era todavía más frío con él. Aun así, me había fastidiado bastante, que olvidé preguntarle lo del revólver. Sin decirle nada, me dirigí hasta la cocina.
Al sentarme frente a un plato lleno de croissant y una taza de café, me sumergí en una lucha interior. Me era difícil inferir cómo todo esto me ayudaría a mejorar; ni sabía si lograría ser el de antes, aunque no sabía cómo era. Tampoco me explicaba si Steve se enfadaría de perder su tiempo conmigo, porque en su conversación telefónica decía algo muy claro sobre mí:
—Sí, ya te dije que lo encontré... Pues necesita... ¡Estás demente! —soltó una gran carcajada —... Vas a tener que ser cauteloso, ¿sabes?.. No, ya te he dicho que no me ha lastimado... Sí, te lo prometo; estarás bien... Como digas, pero recuerda —luego dijo en susurro, que de igual manera escuché —: llámalo "James"... Sí... De acuerdo... No, no van a internar a nadie, ¿sí?.. Sí... ¡Que sí!.. Está bien. En unos momentos nos veremos. Hasta entonces.
Colgó, y yo continúe mi desayuno. Me irritó Steve. Estuvo hablando con alguien sobre mí, como si fuera una amenaza inminente. Sí que lo era, pero al único que pretendía dañar era a mí mismo. Luego lo oí suspirar, y después vino a hacerme compañía.
—Está bueno, ¿verdad?
Dejé de masticar un croissant. De repente me supo mal. Él se dio cuenta y decidió cambiar de estrategia.
—Estaba hablando con un amigo.
"Genial. Si ya tienes un amigo, ¿para qué insistes en ayudarme?" No entendía por qué no podía expresar lo que quería.
—Su nombre es Sam. Sam Wilson. Lo has visto antes; también peleó contigo, de hecho, casi lo matas —Steve y yo nos pasmamos ante lo extraño que esa súbita declaración había sonado—. Además, él me iba a ayudar a buscarte.
"¿Quieres decirme cuál es el punto de todo esto?" Aunque no pude decirlo, mis ojos hablaron solos, y funcionó.
—Sam trabaja como consultor de veteranos con TEPT. En pocas palabras, los ayuda a atravesar conflictos que les impiden llevar una vida tranquila. Así que lo llamé para ver si podía incluirte en la sesión de hoy.
Mientras hablaba, di un sorbo a mi café. Cuando terminó, estuve a punto de atragantarme.
A Sam lo recordaba muy poco. Quizá lo suficiente para advertir la amistad entre ellos. Aunque Steve quisiera que fuera, yo no quería ir. No sabía si eso serviría de algo, porque tampoco sabía si después de todo tendría el valor para quedarme.
Me levanté de la mesa, dejando el croissant sin terminar, y a Steve con los ánimos despedazados. Corrí hasta la habitación donde dormí.
Una de las cosas que no me atrevía a contarle a Steve era que no había momento del día en que la cabeza no me doliera. Pues en ese momento, sentí que estallaría. Yo también iba a hacerme pedazos.
Hasta que cerré la puerta, detrás de la cual vi una silla. Tenía un montón de cosas encima: un montón de ropa, un libro viejo, y una carpeta llena de archivos que me hizo sentir curiosidad... Pero no supe qué más tenía la silla encima, porque debajo de ella encontré el revólver. Eso me devolvió la tranquilidad. ¿Pero cómo había llegado ahí? Estaba seguro de que no había necesitado de él, aunque se me dificultara recordar qué había pasado durante los últimos días. De hecho, el pasado era un misterio para mí, así que no valía la pena resolverlo. Lo tomé; y volví a dejar mi vida en manos de la ruleta rusa. Apunté hacia mi cabeza con el arma, cerré los ojos con fuerza, y tiré del gatillo.
La segunda cámara también estaba vacía. Si la ruleta rusa no quería llevarme aún, entonces lo menos que debía haber era seguir esforzándome por hallar un sentido a mi vida. Al menos por esa ocasión. Abrí la puerta, y busqué a Steve. Seguía sentado en la mesa, un poco triste. No se me había ocurrido pensar que a él también podía afectarle todo esto.
—Sólo lo voy a intentar una vez.
Por lo menos tenía la capacidad de hacer expresiones más largas que generaran reacciones positivas.
De acuerdo con Steve, era posible llegar hasta allá caminado desde donde estábamos, lo cual me agradó. Estar en el exterior me permitía despejar mi mente de todo pensamiento desfavorable. Steve me guiaba, así que no hubo necesidad de hablar más de lo necesario.
Todavía no me percataba de la gran distancia que Steve y yo recorrimos a pie en tan poco tiempo, cuando llegamos.
—Qué rápido —dije, y sin mostrar señales de cansancio.
—Sí, te dije que estaba cerca.
Luego entramos al edificio. Era tan grande, y nuestros pasos hacían eco por la ausencia de gente en el corredor. Casi creí que no me sentiría tan incómodo después de todo. Hasta que ví la sala.
Desde lejos se oían murmullos. Sam estaba muy concentrado acomodando unos papeles antes de entrar. Steve y yo lo alcanzamos antes.
—A tu izquierda.
Sam volteó a mirar, y se alegró de ver a Steve.
—¡Hey, pero si eres tú! Un día de estos morderás el polvo, ya verás —dijo Sam, decidido.
—Claro, será el mismo día en que yo aprenda a tocar la batería.
—Ya se me ocurrió qué regalo hacerte en Navidad.
—Ni en tus sueños.
Comenzaron a reírse, y yo ya había comenzado a sentirme un poco idiota por haber venido.
—Como te dije, James quiso venir.
Sam volteó a verme, y yo quería gritarle que dejara de hacerlo.
—Por favor, prométeme que todos estarán seguros.
"No haré nada si no te detienes en tres... Dos... ", pensé con malicia. No podía soportar ser señalado de esa manera, aunque quizá tuviera un poco de razón para desconfiar de mí.
—Yo confío en él, Sam; sé que no lastimará a nadie —respondió Steve por mí.
—De acuerdo. Pasa a tomar asiento, James. Si Steve confía en ti...
El verdadero problema era que yo no confiaba en mí. Me hubiera gustado decirlo, pero no pude. Recordé el incidente del parque, y tuve el impulso de salir corriendo; pero lo contuve cuando metí la mano en mi bolsillo izquierdo y sentí el arma. Si supieran que gracias a él no tendrían nada que temer...
Tomé asiento lejos de todos, donde nadie pudiera verme. Las menos de diez personas que estaban ahí dentro, sentadas en corro, se centraban sólo en platicar entre sí.
Yo me sentí un poco nervioso. Entre más tiempo tardaba Sam en entrar, me sentía cada vez peor. Si tardaba era porque seguía platicando con Steve, y volví a sentir la misma inquietud de antes. Si Steve ya tenía un amigo, ¿por qué insistía en ayudarme? Yo ya no era como antes. No sabía si podía ofrecerle la amistad que esperaba de mí. Si todo salía mal, me dije que daría con esa bala.
Cuando por fin entró, tenía una sonrisa tan profusamente notoria, que era difícil de ignorar.
—Lamento la tardanza, creo que me movieron el material para la sesión de hoy. ¡En fin!
Luego sacó una hoja del paquete que tenía antes de entrar.
—Para abrir la sesión de hoy, necesito un voluntario para leer un poema escrito por la hija de un general que murió en la guerra.
Un tipo se levantó de su asiento y tomó la hoja que Sam le tendió. Luego comenzó con la lectura. Por mi parte, no supe qué ocurrió durante los siguientes diez minutos. Mi mente no se pudo concentrar, pero no fue porque quisiera ignorarlo todo y fingir que no me servía nada de eso, sino que mi mente giraba pensando en que Steve no me necesitaba, y yo estaba ahí igualmente por petición suya.
Fue hasta que vi llorar a una mujer que estaba sentada delante de mí, que me esforcé por escuchar.
—"... a sus amigos sin pensarlo dos veces."
Habían concluido la lectura, los demás guardaron un silencio pacífico, y yo me sentía perdido. Luego la mujer que lloraba alzó la mano.
—¿Anne? ¿Estás segura de que podemos comenzar contigo?
—Sí.
Yo no entendía lo que estaba por ocurrir. Quiero decir, no puse nada de atención. De hecho, ni siquiera supe lo que dijo esa mujer. Sólo entendí algo sobre perder a su hermano mayor en la guerra. No me causó ningún impacto, no porque no me interesara, sino porque todo aquel que va a las guerras... Pensé que si yo también había sido soldado, entonces habría sido consciente de que podría morir. De cualquier manera, varias personas la felicitaron por su valentía al compartir su testimonio. Entonces Sam habló.
—Sé que el camino no va ser sencillo salir adelante, Anne. Pero si crees que él luchó por las razones correctas, quédate con eso. Conserva todos los buenos recuerdos que tienes de él, y continúa defendiendo lo que él creía. Tú mejor que nadie sabe qué era eso.
Luego de ella, los demás siguieron compartiendo sus historias; la mayoría tenía en común el dolor causado por duelo de un ser querido; otros, una impotencia que les impedía continuar. Yo me ponía nervioso porque no quería hablar; aunque ése no era el factor decisivo. No creía haber perdido a nadie; por lo tanto, no tenía nada que decir. ¿Qué podía hacer? Tal vez Sam quería que les contara cómo casi mataba a mi amigo por órdenes del líder de Hydra. Por lo menos me alivió que no fuera necesario. Se hizo mediodía, y Sam anunció que continuarían mañana. Luego nos levantamos de nuestros asientos, y Sam me llamó antes de que el salón se vaciara por completo. No sé por qué me sentí en problemas.
—Lo has hecho muy bien. Espero que te hayas quedado con algo que puedas llevar a cabo.
Lo miré con recelo.
—Ya sé. Nada, ¿verdad?
—Sí —aunque ahora sí había podido hablar, no me enorgullecía utilizar monosílabos.
—Mira, James, no tengo idea de lo que pasaste, pero tienes que esforzarte en salir adelante.
—¿Por qué? —pregunté y no me pude creer que lo hice.
—Nada te da más valor que el simple hecho de poseer una vida.
—Eso no es verdad. No conozco a nadie que le importe. Ni a mí me importa —agregué, completamente indiferente.
—Eso es porque no estás tomando en cuenta a Steve.
Me enojé, y mi voz lo reflejó. Ya no pude contenerme.
—¡Ya basta! ¡Deja ya se mentir! ¡Él está perdiendo su tiempo conmigo!
Nunca me habría imaginado que sería capaz de soltar eso tan rápido. Sam no se inmutó en lo más mínimo ante mi súbito arranque de ira. Se quedó observándome unos instantes, como si pudiera leer una fracción de mis problemas en mi rostro.
—Me parece que no expresas lo que sientes tan seguido y no te das el valor que en realidad tienes, ¿o me equivoco?
Ni siquiera yo lo sabía con tanta seguridad.
—James, toda la gente que estaba aquí desarrolló el trastorno por estrés postraumático, causado por haber perdido a alguien. Pero pueden lograr controlarlo si se sobreponen al dolor y si se rodean de gente a quienes ellos sean importantes. Tú te has perdido a ti mismo, y eso es ligeramente más grave. ¿Cómo vas a confiar en alguien si piensas que eres un infame? —vio mi rostro atónito; no sabía cómo lo había descubierto, y después sonrió triunfal— Se te nota, y Steve me lo dijo. Bueno, lo dio a entender.
Su voz había sonado tan sutil y tranquila, que a pesar del dolor de cabeza, pude comprenderlo.
—Steve es bastante fuerte, y te aseguro que él es el único loco enfermo que conozco al que se le ocurre ayudar a alguien que debería ser detenido. Ustedes son mejores amigos. No vuelvas a decir que eres una pérdida de tiempo para él. El único problema aquí es que él confía más en ti que tú en ti mismo.
—No lo creo. Él me encontró por casualidad; de otra manera, nunca...
—Mira —dijo mientras guardaba sus cosas—, él y yo te buscamos una larga temporada, ¿sabes? Primero en Virginia, y luego, ya no recuerdo —se detuvo a hacer memoria—; creo que por las calles de Brooklyn. Pero no lo conseguimos. Me costó mucho (como no tienes idea) no sólo convencer a Steve, sino pedirle abandonar la búsqueda, aunque fuera temporalmente. No había mucho que pudiéramos hacer, pero Steve seguía aferrado a la idea de que podía encontrarte. Casi todos los días, a cualquier hora, iba al Triskelion; bueno, a sus restos. No lo sé, te digo que es un loco; creyó que seguirías por ahí.
Hasta ese momento no se me había ocurrido llevar la cuenta del tiempo que había pasado desde la destrucción del Triskelion. Un par de meses sería poco.
—Él... él dijo que apenas iba a buscarme.
Sam se me quedó viendo, perplejo, y lanzó una carcajada sarcástica. Murmuró por lo bajo algo parecido a: "con todo este tiempo crees que no lo iba a hacer". Luego escuchamos los pasos de Steve, lejanos de momento.
—Hazte un favor, James. Di lo que sientas. Nada de esto va a funcionar jamás si te mantienes taciturno toda la vida.
Steve llegó por fin, y Sam lo recibió en la puerta. No supe lo que dijeron porque me debatía en mi mente. Sam me había convencido de no dispararme las veces que faltaban. No sentía que algo hubiera salido mal.
Eventualmente, Steve se despidió de Sam, y nos marchamos. Íbamos ya por la acera cuando Steve me preguntó, con timidez:
—¿Y bien, James, te ayudó en algo venir?
Me iba a costar un poco dejar de ser tan callado, porque no es algo que se pudiera dejar así repente. Así que como quería que supiera que sí, le dije, por respuesta:
—Si quieres, puedes llamarme Bucky.
Creo que sí funcionó. Lo vi sonreír, y luego me echó una carrera hasta el otro extremo de la acera.
—Ya sabía yo que nunca te gustó ni te gustará que te llamen James.
Me propuse ganarle, porque no quería permitirle tener la razón. Tal vez todo sería mejor a partir de ahora.
Es todo por esta ocasión; quien tenga un comentario, es libre de dejarlo.
