Aquí está el siguiente capítulo; espero que les guste. ¡Buen día!
Disclaimer: no me pertenece ninguno de los personajes, sino a Marvel.
Capítulo 4
"Me gustan más los sueños del futuro que la historia del pasado."
- Thomas Jefferson
La semana siguiente fue un poco más llevadera que la anterior. Aunque seguía sin poder adaptarme por completo, por lo menos tenía la certeza de que podía sobrellevar mi angustia.
Un día de esa semana, desperté en el sofá de la sala. La noche anterior había estado viendo televisión hasta quedarme dormido. Steve me había aconsejado que lo hiciera; la mayoría del tiempo a él le daba buen resultado para saber lo que ocurría en el mundo. En cambio, conmigo no funcionaba igual. No tenía una referencia confiable del mundo que me sirviera.
Minutos después de haber despertado, me sentí aliviado. El dolor de cabeza había remitido; ya era mucho menor a como lo había sentido el día que fui a la sesión de Sam.
Después de sentarme en el sofá y estirarme, traté de hacer memoria: si no sabía nada del mundo, por lo menos quería descubrir dónde comenzaban mis recuerdos. Pero por más que me concentraba, no recordaba nada antes de la batalla en el Triskelion. ¿Cómo era eso posible? Claramente, había sido obra de los científicos de Hydra; de eso sí que estaba seguro. Pensar en ello me hizo sentir miserable, porque si era cierto lo poco que sabía sobre mi vida, entonces había sido una vida feliz. Y ya no quedaba registro de ella en mi memoria.
Sin pensarlo dos veces, busqué el revólver. Quería matarme por desconocer mi propio pasado, pero no pude hacerlo. La desventaja de haber dormido en la sala es que es el primer lugar que ve una persona cuando entra al departamento. Steve y una pelirroja entraron justo a tiempo para interrumpir, inconscientemente, mi posible suicidio. Tuve que ocultar rápido el revólver entre las mantas.
—Cómo fuiste a olvidar las llaves, Steve; eres un...
—Abstente de decirlo, Nat. Ya vuelvo.
Steve no debió haber notado que había despertado, porque desapareció, dejándome solo con la pelirroja. Como si no pudiera ser más incómodo.
Ella se me quedó viendo, y yo miré hacia el suelo. Luego hizo algo que me pareció terrible: caminó hasta pararse frente a mí.
—Hola —dijo con un suave acento ruso.
"Otra vez el acento." Esta vez conseguí controlarme. No quería repetir lo del parque.
—Hola —respondí, confundido. Me hablaba como si ya la conociera.
—No sé si me recuerdas. Soy Natasha.
¿La recordaba en verdad? Claro que no. Me tendió la mano, y yo se la correspondí, sólo por ser cortés; luego la vi a los ojos y reaccioné.
—Sí, ahora recuerdo, en el puente. Estabas ahí. Creo que lo siento.
Ella retrocedió, y se entristeció.
—¿Es todo? ¿De verdad, no recuerdas nada más?
"¡De otro modo no habría planeado suicidarme antes de que llegaran!" A pesar de que el decir lo que sentía me estaba funcionando bien, habían cosas que sería prudente omitir.
—Lo entiendo —dijo y fue a la cocina. Después de beber un vaso de agua, se quedó esperando frente al umbral por donde desapareció Steve. Luego sacó su teléfono, y ya no me volvió a hablar.
¿De dónde podría recordarla? ¿Cuando la dejé herida? ¿Antes? No, antes de eso, mi vida era una incógnita llena de vacío. Y me sentí mal porque quizá había gente que conocía, de la cual ahora ya no me podía acordar. Mi mente fue utilizada como una pizarra que podían borrar cuando lo desearan.
Después de unos minutos, Steve volvió con sus llaves. Tenía un rastro triunfal en el rostro.
—¿Dónde estaban ahora, Steve? —preguntó Natasha.
—Temía que preguntaras —suspiró, cabizbajo—. En la vitrina del baño. A veces creo que tienen vida propia.
Ella se rio.
—Bueno, eso no es nada. Alguna vez supe de un tipo que las dejó en el tostador. De hecho, ése era Stark. Imagínate lo que ocurrió cuando bajó a desayunar. No resultó herido, desgraciadamente, pero se llevó un susto de muerte.
—Lo mejor que podría haber resultado de ello, es que inventara una manera de no perderlas nunca... ¿Te imaginas?
Los dos se quedaron absortos, hasta que Steve volteó hacia mí.
—Oye, Bucky puede acompañarnos, ¿no crees? Todavía es temprano, y también está despierto.
Yo me sentí evidenciado, como si me hubieran descubierto haciendo algo malo. No podría hacerlo; no la conocía a ella, apenas si podía lidiar con Steve, y aunque sabía a qué se referían, no me convencía estar con dos personas que intenté matar. A veces la vida puede ser una gran ironía, y disfruta torturándolo a uno.
—No, gracias —respondí y me sentí orgulloso de mí. Sam me había dicho que expresara lo que sintiera. Aunque eso no implicaba que todo lo que dijera fuera positivo.
—Anda, no nos importa, ¿verdad, Nat?
—Claro que no. Puede venir también.
Eso me hizo sentirme peor. ¿Cómo podían tratar con indiferencia el hecho de que a ella la dejé herida y a él casi lo maté? Antes de que pudiera pensar cómo replicar, Steve siguió tratando de convencerme.
—Vamos a correr por la ciudad. Anda, te hará bien un poco de aire fresco; además, quienes sufren de insomnio se curan corriendo juntos.
Me miraban ilusionados. De verdad no les importaba lo que hice antes. ¿Creerían que ya no podía hacerles daño? Pues estaban en lo cierto. Tuve que acceder, aunque no quería hacerlo. Fui a prepararme mientras ellos esperaban en la sala. Después de vestirme, volví a la sala, donde sólo estaba Natasha, sentada cerca de donde dormí. Esperé a que Steve volviera de la cocina, y que él y Natasha se adelantaran, para poder esconder el arma en mi bolsillo. Fue difícil sacarla de las mantas sin que se dieran cuenta. Aunque tuve el presentimiento de que alguien ya había visto el arma mientras yo no estaba...
Llevaba poco tiempo que el sol había brotado del horizonte. Nosotros llevábamos también un rato corriendo alrededor de las calles. Ahí afuera me sentí libre, y también fui olvidando la soledad que tiempo atrás me inundaba de angustia. Quiero decir, sólo correr y ya me provocó una especie de placer. El aire chocaba contra mi rostro; eso me hacía sentir como si ya no importara el hecho de que los últimos días persistiera en encontrar una razón para dejar de jugar a la ruleta rusa. Me llegué a preguntar si ya había tenido ese sentimiento de tranquilidad anteriormente.
Steve y yo corríamos más rápido que Natasha, ignoro cuántas vueltas dábamos por cada una de las que ella daba. Sin embargo, a todos nos complació el maratón. Era fácil de notarlo en la expresión de Steve y Natasha. Casi hasta pude sentirme como ellos, hasta que recordé que a ninguno de ellos le habían borrado la memoria.
Cruzamos un considerable sector de la ciudad, hasta que unos minutos después, Steve se detuvo de pronto cuando pasamos cerca de un área verde.
—Parece que ya es suficiente, ¿no crees? Cuando sufres de insomnio, ésta es la mejor receta.
Asentí con indiferencia. Por el momento, qué más me daba el insomnio. Me calculé entre sesenta y setenta años dormido, al menos como máximo.
Natasha nos alcanzó un rato después de que nos tumbamos en el pasto. Se le veía agitada.
—Vaya, señorita agente Romanoff, ¿en S.H.I.E.L.D no entrenó durante años para desarrollar una buena resistencia? —le preguntó Steve cuando estuvo a una distancia decente, con una voz divertida.
—Muy gracioso, capitán.
Ella bebió agua de una botella y Steve sonrió sutilmente. Traté de imaginarme qué ocurriría si yo no hubiera venido, porque fui obligado. Quizá era un estorbo. Pero no me arrepentí de haberlos acompañado, hasta que a Steve se le ocurrió señalar aquel edificio que se alzaba en el horizonte.
—¿Ya vieron? Es el Smithsoniano —luego hizo una pregunta perfectamente inconveniente para mí—. ¿Y si entramos a ver?
—Claro que no, dicen que ahí se aparece el Capitán América —dijo Natasha, y yo la apoyé en silencio, hasta que agregó—, a menos de que tú invites el almuerzo.
Cómo le iba a decir que no. Y cómo iba yo a protestar en voz alta, porque entre mis recuerdos, aunque escasos, había un par de cuando vine a saber quién era, los cuales aún me taladraban el alma. Yo le había insinuado a Steve que ya había venido , dado que conocía nuestros nombres y ciertos aspectos básicos de nuestras vidas, pero había omitido los detalles que pudieran hacer alusión al ataque al niño, y sobretodo, la angustia que me provocó no saber lo suficiente sobre el pasado.
Steve y Natasha entraron serenos, y yo detrás, pretendiendo que iba igual de tranquilo. Se maravillaban ante cualquier cosa, leían biografías, contemplaban objetos y admiraban fotografías. El lugar más inadecuado en el que habría querido estar.
Busqué un momento para huir y salir corriendo, para ver si esta vez perecía ante la ruleta rusa. Porque estábamos en aquella sección donde se mostraba todo lo referente a la división 107, a la que supuestamente pertenecía, y que tampoco recordaba.
—Son los Comandos Aulladores. Un grupo de hombres valientes, tengo entendido —me susurró Natasha cuando me paré frente a la exposición.
—Yo no recuerdo nada —dije muy perturbado.
—¿Quieres venir a ver la tuya? Quizá te ayude en algo.
—¡Ya lo hice! —exclamé débilmente.
Ese museo era muy peligroso para mi de por sí deteriorada estabilidad emocional. Tuve el mismo efecto que la primera vez que me enfrenté a mi pasado. ¿Por qué me había dejado persuadir para volver? Por lo menos me podía valer del consejo que Sam me había dado.
—Mejor sigan viendo sin mí, voy a... afuera, a descansar un poco.
No logré ocultar mi incomodidad, pero me fui antes de que lograra descubrir la razón. Tampoco le dije que, probablemente, ya no volvería. Salí a toda velocidad, como antes; y ella, llena de confusión, me miró hasta que desaparecí.
Busqué un lugar donde no hubiera nadie mientras tocaba el revólver, perdido en mi bolsillo izquierdo. Mi brazo metálico lo rozó y se oyó un chirrido. "Esto es malo", pensé. Ya me estaba poniendo ansioso.
Me dejé caer en el costado del museo. No había nadie ahí, pero seguía siendo un sitio poco adecuado para hacerlo. Seguí andando, hasta que llegué al área verde. Parecía perfecto; estaba solo. Por si acaso, me oculté detrás de un gran árbol. Saqué el revólver y me apunté.
De nuevo tiré del gatillo.
Nada ocurrió. Las probabilidades de que perdiera aumentaban cada vez que no me tocaba la munición. Ahora quedaban tres intentos.
Unas personas se acercaban a donde yo estaba. Tuve que regresar con mucha lentitud a la entrada del Smithsoniano. Tan sólo esperaba ser lo suficientemente fuerte para enfrentarme a la realidad, cuando salieron Natasha y Steve.
—¿Por qué te fuiste así, Bucky?
Me remordió la conciencia escuchar así de preocupado a Steve.
—Al menos estabas aquí. Creí que... olvídalo. No tiene importancia.
—No te hubieras ido así —dijo Natasha. También estaba preocupada.
—Bien, ¿por qué mejor no vamos por el almuerzo? Eso nos alegrará a todos —añadió Steve.
En piloto automático los acompañé hasta una pequeña cafetería a tres manzanas del museo. Desde lejos había un aroma hipnótico, bueno, si ese olor a comida no causaba hambre, entonces no estaban haciendo bien su trabajo ahí adentro.
—Steve, ¿por qué no ordenas tú? Pídeme un té helado.
Me pareció que Natasha dijo eso sólo para deshacerse de Steve. Porque la fila era inmensa, y nadie en su sano juicio estaría dispuesto a formarse sin esperar a que la fila cediera un poco.
—Pero... ¡qué va! ¡Me vas a deber una, Nat!
—Sí, claro, con éste ya van como setecientos favores que te debo.
—¿Tú qué vas a querer, Bucky?
—Mmm, no lo sé.
—Bien, te pediré lo que sea.
Steve se formó echando chispas, y creí que si no fuera tan fuerte, ahí mismo lo habrían hecho puré.
Todavía ansioso, acompañé a Natasha hasta una mesa en la esquina. Si tan sólo me hubiera tocado la bala, ya no estaría sufriendo.
—Muchos prefieren las mesas de la ventana. A mi no me gusta que la gente de afuera me mire comiendo. Es como si le hiciera publicidad gratuita al establecimiento. Este rincón es perfecto, ¿no crees?
Asentí. Sólo lo hice porque sabía qué se siente que lo usen a uno. También le di la razón para que no hubiera problemas. Aunque después entendí que era ella quien se andaba con cuidado.
—Escucha, lamento bastante lo que ocurrió en el museo. Si no querías saber sobre tu pasado, no tenía por qué tratar de hacerte recordar.
Cerré ambos puños. No le había resultado tan mal su disculpa, pero no me parecía suficiente.
—Dime de dónde me conocías —le exigí.
Ella abrió mucho los ojos, inquieta. En ese momento no sentí culpa.
—Hay cosas que es mejor mantener en el olvido porque duelen, ¿sabes?
No era lo que esperaba que dijera, ni lo que había estado tratando de hacer. Yo quería recordar todo. Aunque, hasta ahora no se me había ocurrido que algunas cosas pudieran doler. Le di un poco de credibilidad después de saber por qué opinaba eso.
—Ya no entiendo —dije, y miré hacia donde estaba Steve. Una viejita se estaba quedando dormida en su hombro, a la vez que un tipo corpulento que fácil podía pasar como motociclista lo empujaba hacia el otro lado. Podría haberse quitado de ahí, si hubiera adonde ir sin arriesgarse a perder lo poco que había avanzado la fila.
—¿El qué?— preguntó, mientras contemplaba también la escena. Era imposible no sonreír. Me armé con mucho valor darle una respuesta.
—Se supone que debería recuperar mis recuerdos para saber quién soy —soné un poco acongojado. Ella lo notó y utilizó un tono lleno de serenidad, al punto que que comencé a sentirme cómodo hablando con ella, como si llevara tiempo conociéndola.
—No necesitas del pasado para vivir el presente, ni para planear el futuro.
La vi detenidamente y tuve la sensación de que procuraba con toda su alma mantener la compostura, porque parecía como si también hablara para sí misma.
—No sabemos qué hayan hecho para hacerte olvidar poco; esos Hydras son unos insensibles —siguió —. Así que tampoco sabemos si es posible hacer que recuerdes todo. Sin embargo, decirte lo que hacías y tu antigua forma de ser no ayudará en lo absoluto si tú no lo tienes registrado como real en tu mente. Si invento que eras un médico, ¿lo creerías? ¿Volverías a serlo sólo porque yo te lo dije? Tampoco significa que todo sea mentira, pero quizá haya cambiado un poco. Además, no hay que olvidar que tienes una ventaja superior al resto del mundo: no recuerdas nada.
—Yo no lo consideraría una ventaja. Es una desgracia.
—No. ¿Sabes cuánta gente no puede dormir por las noches, arrepentido por las cosas que pudo haber hecho o que hizo mal? Tú no tienes remordimientos. Ahora tienes la oportunidad de volver a empezar sin arrastrar errores que te sirvan de freno.
Mientras asimilaba lo que me acababa de decir, volteé hacia donde estaba Steve. El tipo que parecía motociclista lo seguía empujando hacia la viejita, pero ahora se habían unido a la fila una mujer con sus cuatro hiperactivos hijos que gritaban a todo pulmón.
Casi me pareció que Natasha tenía razón, sólo que había un pequeño detalle: me arrepentía profundamente por haberlos atacado. Trataba de no pensar mucho en ello porque nadie me lo echaba en cara, y también porque no había sido mi culpa. Luego me surgió otra inquietud.
—¿Y qué hay de los buenos recuerdos? ¿Por qué habría de ignorarlos también?
—Vaya, es una pena; tienes razón —respondió—. Pero tampoco es bueno vivir siempre en el pasado. ¿Conoces esa sensación de descubrir algo nuevo? Por ejemplo, cuando estás en un lugar agradable por primera vez. Como nunca antes la has estado ahí, te sientes muy emocionado. ¿Pero qué pasa cuando estés ahí la segunda, y las demás veces? Aunque te guste, no va a ser lo mismo. Lo mismo pasa con los recuerdos. Es imposible que pase, pero a ti te borraron la memoria; tienes la oportunidad de hacer todo lo bueno por primera vez: estar en un lugar por primera vez, conocer a alguien por también por primera vez...
Me imaginé conociendo a Steve dos veces. No sé cómo se sintió la primera vez. Pero la segunda... estaba siendo controlado.
—Entonces, se trata de no desaprovechar las "segundas" primeras veces... Porque no sé si me alegraría de recordar todo eso si lo echo a perder.
—Bueno, ya está comenzando a sonar complicado. Lo último que tengo que decirte, es que si tienes la fortuna de recordar, no dejes que esos recuerdos te dirijan en todo. Y si vives a pesar de los remordimientos, puedes empezar a conseguir buenos recuerdos. Puedes comenzar con tu amistad con él.
Steve se sentó con nosotros. Parecía agitado.
—No saben por lo que pasé para llegar hasta el mostrador. Creo que alguien detrás de mí estuvo manoseándome.
Natasha y yo nos mirábamos. ¿No supo...? No había nada con lo que quisiera responderle.
—Cómo se nota que nunca has estado en el metro a la hora pico. Por cierto, Steve, ¿de qué sabor pediste mi smoothie?
—Pero, tú me habías pedido un té helado... ¡No voy a volver ahí, Natasha!
—Sólo te estoy jugando una broma, tranquilo.
Natasha le sonrió. Y yo, todavía aferrado al pasado, quería saber sobre él, a pesar de todo lo que me dijo Natasha.
—Steve, la última vez que me viste, ¿qué ocurrió?
Se formó un silencio muy perturbador. Los dos enmudecieron. Pero esa respuesta era importante para mí.
—Creo que la última vez que te vi —comenzó Steve, con voz firme, después de reflexionar un rato— entramos aquí y Natasha me hizo formarme en esa fila infernal.
Ya no recuerdo qué ocurrió después. Me intrigó saber por qué Steve no quiso responderme eso, tal vez por la misma razón por la que Natasha tampoco quiso decirme que probablemente nos conocíamos de antes. Eso porque siempre habrán sucesos que es mejor olvidar porque duelen. Y a juzgar por el rostro de Steve cuando le pregunté, ése fue para él un recuerdo que provocaba un dolor tan profundo que trató y consiguió sepultar en un lugar donde ya nunca le va a causar ninguna clase de aflicción.
No olviden comentar lo que les haya parecido! n.n
