Capítulo 3_Bassalard Vrecoc Til Sarmageon.
-Para empezar, he de deciros que mentí. No me llamo Blank... la verdad, es que fue lo primero que se me ocurrió cuando me recogisteis en Tantalus. Mi verdadero nombre es Bassalard.
Yitán lo miró sin comprender. Aquel tipo se llamaba Blank. O eso les había dicho ocho años atrás, cuando llegó a Tantalus.
Y ahora resultaba que se llamaba Bassalard.
Bassalard Vrecoc Til Sarmageon.
La hostia.
Para más INRI, su padre decía ser Howard Vrecoc Til Sarmageon I, rey y soberano del reino de Sarmag. Lo cual lo convertía en miembro de la familia real.
La familia real... compuesta por Galbor, el primogénito; Leene, su hermana mayor; y Trevize, el menor de todos. Todos pelirrojos. Todos con los mismos ojos negros profundos de Blank... perdón, Bassalard.
-¿Entonces es cierto? ¿Es verdad que eres de sangre real?
-... Si.
-¿Por qué nos mentiste?
-¿Acaso me hubieseis creído?
-Bueno...
Estaban todos reunidos en la sala de audiencias del Cid. Todo Tantalus, el Rey, su prole, el Cid y el ministro Aubert.
-Bakú, ¿Tú tenías idea de esto?- preguntó Cid.
-Ni la más mínima, pardiez. Doy fe.
-Cid, se supone que nuestra amistad va más allá de la relación entre nuestros reinos. ¿Por qué nunca me habías dicho que mi hijo estaba aquí?
-Porque lo ignoraba. Es la primera vez que Bakú trae a los suyos a palacio... siempre había venido solo.
Eso es lo que tú te crees... pensaron ciertos miembros de Tantalus, recordando las decenas de veces que se habían colado en palacio sin que nadie se enterase.
-Creía que controlabas todo lo que sucedía en tu ciudad.
-Bueno, parece ser que todo, todo, no.
-Hermano, ¿Se puede saber qué te ha pasado? Parece que estés hecho a remiendos- intervino Leene.
-Yo, ehm... bueno- se llevó una mano al lado oscuro de su rostro-, es complicado.
-¿Por qué te fuiste, hijo?
-Por muchas cosas.
-¿Por ejemplo...?
-Por ejemplo, mi matrimonio concertado.
-Bassalard, hemos hablado infinidad de veces sobre ello. Era una mera cuestión diplomática.
-O sea, que yo para ti soy simple diplomacia. Bien, empezamos bien. El reencuentro promete.
-Claro que no eres simple diplomacia. Pero necesitábamos hacer un pacto con Alexandría, y un matrimonio con Garnet Til Alexandros era la cuestión perfecta. Habríamos unido dos reinos que llevan teniendo rencillas desde muy antiguo.
-¡Me importa un comino! ¡No soporto a Garnet, tú lo sabes! ¡Y aún así, querías casarme con ella!
-No entiendo que tiene de malo.
-Todo. Para empezar, que me obligues a ello.
-¡Pero si es una joven encantadora!
-¡Que me da igual! ¿Si soy el único que no la ve tan encantadora, por qué debía casarme con ella?
-¿Qué querías que hiciese? Galbor ya está casado, tu hermana no puede casarse con ella por razones obvias, y Trevize es demasiado joven.
-Galbor se casó con quien él eligió ¿Por qué iba a tener que ser yo quien tragase con el marrón? ¿Por qué iba a tener que pasar el resto de mi vida atado a alguien que no soporto?
-Bassalard, escucha...
-¡No, no quiero escuchar! ¡Me da igual tu diplomacia, tu reino y tus aliados o enemigos! ¡Mi vida es mía, y punto!
-Bassalard...
-Además, me estaba asfixiando en ese viejo castillo. Me habrían salido telarañas al cabo del tiempo. Necesito acción, no soporto estar parado. Y ser de sangre real implica interminables y tediosos banquetes, audiencias y demás parafernalia. No, padre, no nací para ser príncipe. Mi vida está aquí, en las calles de Lindblum, como un perro callejero más, como un pobre diablo.
-¿Cómo puedes decir eso? ¡La sangre Vrecoc Til Sarmageon corre por tus venas! ¡¿Cómo puedes definirte como un perro callejero?! ¿Acaso reniegas de tu sangre? ¿De tu noble familia?
-Claro que reniego, ¡Reniego mil veces! Mi sangre, mi apellido, mi ascendencia, nunca me han traído nada bueno. Solo quería alejarme de eso. Quería vivir.
-No digas estupideces.
-No digo estupideces. Digo lo que pienso, cosa que antes ni podía ni me atrevía a hacer. He vivido más en un solo segundo aquí que los trece años de mi infancia en Sarmag.
-Por favor, Bassalard.
-Por favor nada, padre.
La sala se quedó en silencio por un instante. Todos los presentes observaban el intercambio de palabras entre aquellos dos hombres.
-¿Vas a volver?
-Por supuesto que no voy a volver.
-¿Por qué?
-Porque no me da la gana. Y porque estoy muy a gusto aquí. Esta es mi vida, la vida que yo he elegido. Nadie me hace reverencias, ni me trata de vos, con falsa cortesía. Me han dado infinidad de palizas, he dado palizas de muerte a personas que se lo merecían, he hecho cosas de las que me enorgullezco y cosas de las que no, y no tengo apenas donde caerme muerto... pero, ¿sabes qué? No había sido más feliz en mi vida.
-Hermano...- dijo Leene- ¿En verdad... en verdad nos odias tanto?
-Leene... claro que no os odio. ¿De dónde sacas algo así?
-Es que...
-Lo siento, Leene. No quería que pensaras eso. A lo mejor he sido un poco brusco con mis palabras…
La abrazó con dulzura.
-Eh, venga. Lo siento. No llores, ¿Si?
-... te he echado mucho de menos. Vuelve, por favor.
Bassalard se la quedó mirando un rato. Se separó de ella muy suavemente.
-Lo siento. Mi decisión está tomada. Si habéis sobrevivido sin mi tanto tiempo, podréis hacerlo a partir de ahora.
-Pero… te echamos mucho de menos. Vuelve, por favor.
-No. Nada me ata ya a Sarmag. Aquí tengo mi vida. No voy a irme.
-... si no quieres venir por las buenas tendrás que venir por las malas.
Blank se tensó.
-¿Qué?
-Hay muchas formas de persuasión.
-¿Qué vas a hacer? ¿Llevarme de una oreja hasta Sarmag? Me gustaría ver cómo lo intentas.
-Tal vez, tal vez. También puedo mantener bajo arresto a tus compañeros.
-No te atreverías- siseó.
-Claro que me atrevería. Soy rey, soy tu padre. ¿Acaso dudas?
-No serías tan cobarde.
-Ponme a prueba.
-Je, a ver si tus soldados tienen lo que hay que tener para atraparnos.
-No toleraré este comportamiento. No en mi casa- intervino Cid-. No somos pandilleros, por amor de dios. Esto hay que hablarlo con calma.
-No tengo más que hablar. Por mi esta conversación ha terminado- dijo Blank cruzándose de brazos.
-No te atreverás a irte así.
-Ponme a prueba.
-No darás un paso fuera de esta habitación hasta que yo lo diga.
-¿O qué?
-O te arrepentirás.
-¿Qué vas a hacerme padre? ¿Qué crees que puedes arrebatarme?
-Dímelo tú. ¿O acaso tus compañeros no te importan?
-No te atreverías.
-Compruébalo.
-Esto es una pérdida de tiempo. Adiós.
Se giró. Puso ambas manos en los tiradores de la puerta doble que daba a la salida de la estancia.
-... Espera, Bassalard. No quiero que te vayas así. No quiero que te enfades. Sabes que no levantaría un dedo contra gente inocente- la gente de Tantalus no pudo evitar una risa algo tensa.
-Lo sé. Sé que no lo harías. Por eso, sé que no tienes forma de mantenerme aquí.
-Entonces, te propongo un trato, Bassalard.
-¿Un trato? ¿Qué crees que puedes ofrecerme?
-Más que una oferta es una apuesta.
-¿Una apuesta?
-¿Tienes miedo?
-Nunca. ¿Qué tipo de apuesta?
-Dime una cosa, ¿Recuerdas a Gabranth?
-Sí. Él también me recuerda a mí, por lo visto. Tuvimos el gusto en el recibidor. Fue él quien me descubrió.
-Ha mejorado mucho su técnica. El mejor soldado de mi guardia. De mi reino, me atrevería a decir. No en vano es el capitán de la guardia de la casa real ¿Qué te parece un buen duelo? Tú y Gabranth. Si ganas, nos iremos y te dejaré en paz. Si él gana, volverás a Sarmag.
-Mírate, apostando como un vulgar ludópata. Has caído muy bajo, mi rey.
-¿Eso significa que tienes miedo?
-¿Miedo yo? ¿Acaso no conoces a tu hijo?
-No tanto como me gustaría.
-No me compensa. También podría largarme ahora mismo, desaparecer como ya lo hice una vez.
-Vamos, ¿Qué es un simple duelo para ti? Seguro que eres bueno, hijo.
-No te lo jugarías todo a una carta si no fuese la mejor. ¿Cuál es tu as en la manga? ¿Tan bueno se ha vuelto Gabranth?
-No tienes ni idea.
-... eso ya lo veremos. Acepto tu desafío. Pero ahora, me voy. Rectifico, nos vamos. Mis compañeros y yo. Haz lo que te plazca. Pon las condiciones que quieras. Como si me haces luchar con los ojos vendados y una mano a la espalda. No voy a perder de ninguna forma, padre.
-Ya lo veremos hijo. Ya lo veremos
