Capítulo 10_ Lo siento no es suficiente.

Se le iba a hacer difícil. Tremendamente difícil. Si por lo menos no lo mirara con aquellos ojos, aquellos profundos ojos negros, que prometían devorarlo lentamente a la primera de cambio.

Si tan solo no lo mirara así, le sería más fácil controlar sus ganas de saltarle encima. Pero sabía que si lo hacía, todo se iría al traste. Aquello solo les haría daño a ambos. Él amaba a otra persona… esos ojos de nuevo…

Gabranth sacudió su cabeza con fuerza, levemente sonrojado y desvió la vista al suelo. Al volver a levantar la mirada, allí estaban aquellos pozos de sombras otra vez, observándolo con picardía y algo de burla desde el otro lado de la habitación, apoyando ambos codos sobre la mesa, uno de sus brazos extendido sobre un libro abierto. Apoyaba su cabeza sobre su otra mano, ladeada, para poder mirarlo bien, sentado en una mesa contigua a la suya.

Estaban solos en la biblioteca. Los hermanos de Blank eran príncipes al fin y al cabo. También tenían algunas obligaciones que debían cumplir. Obligaciones que, pese a estar allí, no pensaba cumplir ni por todo el oro del mundo.

Total, que ese día tenía un montón de horas muertas que no sabía en qué invertir. Aunque molestar a Gabranth era un entretenimiento bastante aceptable. Lo veía revolverse nervioso en su silla, adorablemente sonrojado, tan solo bajo la presión de su mirada. Cansado del juego, se levantó con parsimonia. Gabranth lo observaba acercarse desde su asiento sin saber qué hacer, si levantarse, si tratar de ignorarlo (cosa que no le sería muy posible) o salir corriendo de allí. Al final no pudo decidirse por ninguna opción debido a que su cerebro, simplemente, no procesaba. Solo podía observar cómo la perdición caminaba lentamente hacia él.

Blank se inclinó hacia adelante y apoyó ambas manos en la mesa, rodeando el cuerpo de Gabranth aún sentado, de espaldas a él, sonrojado hasta la médula. De pronto cayó en la cuenta de que sus rostros estaban a escasos centímetros, y más sonrojado aún (si es que eso era posible) trató de fingir que prestaba atención al libro abierto enfrente de él.

-Desde nuestra "charla" del otro día estás muy raro- dijo Blank-. Parece como si mi presencia te turbara… ¿me equivoco?- esto lo susurró a escasos centímetros de su oído. Un escalofrío recorrió la espalda del moreno.

-No… si yo… es que tan solo…

La verdad, se estaba pasando un poco. El pobre de Gabranth lo estaba pasando mal, y él se sentía un miserable al aprovecharse de la situación. Lleva varios días haciéndolo, intentando sacarlo de quicio, intentando provocarlo… pero se dio cuenta de que era rastrero por su parte. Se prometió a sí mismo dejar de hacerlo… aunque significara acabar con su única diversión esos días de tedio. Un poco arrepentido, se separó de la mesa y dio un pequeño paseo entre las estanterías mientras su amigo se serenaba.

-Gabranth, estoy muy pero que muy aburrido. ¿Qué podemos hacer? Y ni se te ocurra decir que quieres la revancha, que se que aún no estás bien.

Si, claro, estoy yo ahora como para tenerte pegado a mi… pensaba Gabranth, aumentando su sonrojo al pensar en lo cerca que podían llegar a estar sus cuerpos en una pelea.

-No sé qué decir. ¿Qué te apetece hacer?

-¿Hace falta que lo diga?

Blank, por acto reflejo, sonrió con malicia y picardía, mirando intensamente a Gabranth, que simplemente no pudo sostenerle la mirada y volvió a sonrojarse. Mierda, no había podido evitarlo. Es que se lo ponía tan a huevo…

Tras una severa pero corta reprimenda mental, agarró a Gabranth del brazo, levantándolo suavemente.

-Tenemos tiempo hasta la noche. Vamos a dar un paseo.

Caminaron por los pasillos y estancias de palacio, recordando viejos tiempos. Caminando, salieron del castillo para internarse en las dependencias del ejército real, que Gabranth llevaba también unos días sin pisar debido a su provisional relevo de su cargo. Allí Blank se lo pasó en grande.

Un escuadrón se encontraba entrenando. Tras mucho insistir, consiguió unirse a la práctica. Los soldados, cohibidos por la presencia del príncipe, al principio estaban nerviosos; no querían contrariarlo, puesto que al fin y al cabo era parte de la familia real. Eso duró aproximadamente unos quince minutos. El carácter burlón y desenfadado de Blank acabó por relajar el ambiente. Sin contar que todos y cada uno de los soldados del escuadrón acabaron por picarse. Les estaba dando para el pelo a todos y aún le sobraba tiempo y energía para coserlos a bravuconadas y a provocaciones.

Gabranth, que tenía expresamente prohibido participar debido a su convalecencia, se limitaba a observar divertido la escena. Mientras observaba a su príncipe pelear (eso sí, en versión light) con los soldados, se preguntó si es que el escuadrón era muy malo o Bassalard era muy bueno. Al final, acabó decantándose por lo segundo, rememorando su propio encuentro.

Al final de la tarde, tanto Blank como los soldados estaban agotados. Dando por terminada la jornada, el escuadrón se despidió jovialmente del príncipe. Gabranth no sabía qué cara poner. Aquellos soldados trataban a Bassalard como si fueran colegas de toda la vida. Le parecía mal esa falta de deferencia. Vale que él lo tuteaba, pero aún así… lo suyo era distinto, ¿Verdad?

Cuando todo el mundo salvo ellos dos hubo abandonado el lugar, Blank se fijó por primera vez en que su acompañante estaba molesto.

-¿Qué pasa?- preguntó sentándose a su lado, aún recuperando energías.

-No pasa nada.

Decidió dejarlo estar. Se hacía una idea de por dónde iban los tiros y no le apetecía otra charla sobre protocolo con él.

-¿Qué hora es?

-… Las nueve y media.

-Aún queda tiempo para la cena- dijo poniéndose en pie casi de un salto-. Aún tenemos tiempo para dar un paseo como dios manda- le tendió una mano para ayudarlo a poner en pie, que tomó sin dudar.

-¿No estás cansado?

-Un poco, pero no importa. Ya descansaré luego. Tengo toda la noche para dormir.

-Sé de uno que va a dormir como un bebé esta noche.

-Y que lo digas.

-Eso sí, después de una pertinente ducha. Apestas a lobo mojado.

-Sudar es lo que tiene.

Caminaron por los jardines. Las plantas estaban bien cuidadas, haciendo que el lugar se viera muy hermoso. El cielo poco a poco se iba oscureciendo, a la par que unas grandes nubes empezaban a cubrirlo. El tiempo amenazaba tormenta.

-Deberíamos volver. Supongo que aún recuerdas cómo son aquí las tormentas de verano…

-Si más o menos.

Estaban bastante lejos del palacio. Las nubes encapotaron el cielo a mitad de camino y el aguacero empezó a caer. Corrieron hasta un cenador techado que quedaba cerca, decididos a esperar a que amainara un poco. Aunque ambos ya estaban empapados. El cenador era una estructura de mármol blanco finamente labrado de forma circular, con el techo de pizarra y hiedras cubriendo las paredes. En su interior, una mesa y dos bancos de mármol más oscuro.

Se sentaron uno al lado del otro, observando la lluvia caer fuera.

-Al final nos ha pillado.

-Sí. Las tormentas son tal como las recordaba. Me da un poco de nostalgia.

-La verdad es que son bastante molestas. Pero es hermoso ver caer la lluvia.

-Hay cosas mucho más hermosas.

-Ya. Supongo que habrás visto cosas mejores en tus viajes.

-No estoy hablando de mis viajes…

Gabranth se giró. Lo estaba mirando a él. Su vista recorría descaradamente su cuerpo, observando con atención cómo la ropa mojada se pegaba a su piel. Ahora pilló a qué se estaba refiriendo. Se sonrojó, pero no apartó la vista de sus ojos.

Esos malditos ojos.

Ya está bien. Me estoy pasando de la raya otra vez… pero es que no puedo evitarlo….

-Hey, que era broma…- dijo poniendo una mano sobre su hombro.

Esto lo pilló por sorpresa. El contacto, sumado a la cercanía, sumado a lo que rondaba su mente, dio como resultado que cierto sonido escapara de su boca. Blank se quedó helado. ¿Había sido aquello un gemido? Avergonzado hasta lo indecible, el moreno llevó ambas manos a su boca, tapándose.

-Lo siento muchísimo. No sé qué ha pasado…

… Calma… calma… recuerda lo que le prometiste… ¿Dónde ha quedado tu fuerza de voluntad? ¿Qué hay de tu palabra? se repetía mentalmente Blank, mientras Gabranth se deshacía en disculpas.

Pero cuando la boca de su amigo quedó descubierta de nuevo, su mente voló lejos. Qué se jodan la palabra y la fuerza de voluntad.

Agarrando a Gabranth por la camisa, lo acercó bruscamente, uniendo sus labios. El moreno, un poco descolocado, solo atinaba a dejarse hacer y a corresponder como podía. Su mente no hacía caso. Su cuerpo se limitaba a sentir. Cada vez, Blank pegaba más sus cuerpos, profundizando el beso. Una pequeña alarma saltó cuando empezó a desabotonar la camisa de su compañero. Este por fin reaccionó, separándose como pudo.

-Basta…- jadeó.

Blank sonrió. Empezó a besarle el cuello. Gabranth jadeaba, agarrado fuertemente a los hombros del pelirrojo, haciendo apenas fuerza para tratar de separarlo de sí.

-…Para… lo prometiste…

Seguía sin hacer caso. Sus manos recorrían peligrosamente su cuerpo. No pudo soportarlo. Separándose bruscamente, abofeteó a su compañero. Este, estupefacto, contempló a Gabranth. Su mano izquierda aún se aferraba a su hombro, tan fuerte que le hacía un poco de daño.

Se lo veía furioso. A pesar de su cara de enfado, de sus ojos caían lágrimas.

-… ¿Qué…

-Eres despreciable- siseó.

No contestó. Él mismo se sentía un poco miserable.

-Lo siento.

-¿Crees que con eso es suficiente? ¿Crees que puedes hacer lo que te dé la gana y luego disculparte como si nada hubiera pasado?

Temblaba de ira. Lo que peor le sentaba es que tenía razón.

-¿O es que acaso no te das cuenta del daño que me haces, del daño que te haces a ti mismo? ¿Tienes idea de lo duro que es para mí que me trates así?

-…

-Contéstame.

-No sé qué debo contestar.

-Eso es suficiente. No quiero que vuelvas a tocarme.

Dicho esto, se levantó y se fue en mitad de la lluvia, dejando a Blank allí solo, sintiéndose como un completo cabrón.

Lejos de allí, en Lindblum, un solitario y aburrido Yitán paseaba por el puente que llevaba al embarcadero privado del Cid (ese donde se la pasaba construyendo el Hilda, el barco volador que funcionaba sin niebla). El lugar estaba desierto. Se había colado buscando algo que hacer, pero a esas horas ya no había nadie ni nada a lo que poder echar mano.

El sol se ponía poco a poco en la lejanía. Apoyado en el murete, observaba como el cielo iba cambiando poco a poco de tonalidad. Suspiró, perdido en sus pensamientos.

-Juraría que no eres uno de mis mecánicos- dijo una voz cerca de él.

Dio un respingo. El mismísimo Cid estaba a su lado. Hizo amago de echar a correr, balbuceando una disculpa, pero el Cid lo detuvo.

-No pasa nada. Eres uno de los muchachos de Bakú, ¿Cierto? No deberías estar aquí, pero no te preocupes. No voy a llamar a la guardia.

-¿Y eso por qué?

-Si quieres que lo haga, se puede arreglar.

-No, es decir, para mi mejor. Pero no es normal que un gobernante permita a un golfillo merodear por su castillo como si tal cosa.

-Si has llegado hasta aquí sin que nadie te detenga, mereces quedarte un rato al menos. Y si algo pasa, sé a quién reclamar. Por lo visto Bakú cuenta con muchachos muy interesantes… incluso con príncipes en su banda.

-Sí. Príncipes- dijo apoyándose de nuevo en el murete.

-¿Qué sucede?

-¿De verdad lo quieres saber?

Cid sonrió. Le hacía gracia aquel muchacho. Le hablaba con franqueza y con naturalidad. Falta de respeto, le llamarían algunos. A él le hacía gracia.

-Bueno, ¿Por qué no? Yo también me aburro de vez en cuando. Ahora mismo cuento con un montón de horas muertas que no sé con qué llenar.

-… Vaya palabras para un rey.

-Es lo que hay. También somos personas.

-Ya. Pero… ¿Acaso no es genial ser parte de la realeza? Quiero decir, vivir así tiene que ser divertido. Puedes hacer lo que quieras, vives a cuerpo de rey (nunca mejor dicho), puedes desposar hermosas princesas… todo eso.

-Ser de la realeza no es tan bonito como parece. Es complicado, incluso en tiempos de paz. Es tedioso a veces, y no creas que puedes hacer todo lo que quieras. Tienes infinidad de responsabilidades de las que hacerte cargo y el protocolo prácticamente dirige tu vida. Puedes desposar una hermosa princesa, es cierto. Pero ¿qué pasa si no la amas?

-¿Cómo no amar una princesa?

-El amor no llega así porque si. El amor es caprichoso. No puedes amar a una persona porque te convenga o porque es lo correcto. Es más, la mayoría de las veces nos enamoramos de quien menos nos conviene. Pero el corazón es así. Yo he tenido mucha suerte. Amo a mi esposa. Es algo poco común para un gobernante desposar a la mujer que ama. La mayoría de los matrimonios son por conveniencia.

-… No sé. Me sigue costando imaginar que alguien pueda querer dejar una vida así para vivir en la calle, sin un lugar en el que caerse muerto.

-Creo que comprendo qué es lo que te preocupa. No temas, él volverá.

-¡Te equivocas! Eso no me preocupa lo más mínimo. Por mí como si quiere quedarse allí toda la vida. Es su hogar, después de todo- dijo sonrojado, ocultando su cabeza entre sus brazos cruzados sobre el muro.

-El hogar de uno no es el lugar dónde nace. Es el lugar donde uno se siente a gusto, donde hay gente a la que querer y que te quiere. Un lugar al que se quiere volver a toda costa, por muy lejos que te hayas ido.

-Un lugar al que volver…

Yitán quedó pensativo un instante. Recordó cuando tiempo atrás se había escapado de casa para buscar a su verdadera familia. Recordó lo que sentía estando lejos de Bakú y los demás, de las ganas de volver con ellos… y de la paliza que le dio Bakú cuando volvió.

Blank hacía apenas un año que estaba con ellos. Aún no tenía el cuerpo cubierto de cicatrices. Se conocían apenas hacía un año y lo había echado mucho de menos. Es más, cuando volvió no supo que le dolió más, si la paliza de Bakú o lo enfadado que estaba Blank con él. Tanto que apenas le había hablado durante un mes si no era para discutir. Estaba tan dolido… le gritó, se pelearon a puñetazo limpio, dejaron de hablarse…Pero todo pasó. No comprendía por qué se había cabreado tanto. Vale que Bakú casi lo mata, y que los demás también se enfadaron, pero se les pasó en un par de días.

Pero acabó perdonándolo. Parecía cansado de estar enfadado, y un día, justo después de una pelea a hostia limpia especialmente fuerte que los dejó destrozados, simplemente se sentó a su lado y le pidió que nunca se volviera a ir. Y, lo más impactante, reconoció que lo había echado de menos.

Yitán se avergonzaba al recordar eso, pues no había podido aguantarse las ganas de echarse a llorar a lágrima viva. En lugar de burlarse, Blank se quedó allí, a su lado, dejando que se desahogara contra su hombro, llorando, sacando todo lo que llevaba dentro desde hacía mucho tiempo…

Un lugar al que volver… si, comprendía a qué se refería. A partir de ese día, comprendió que no necesitaba buscar una familia. Apoyado en el hombro de su mejor amigo, llorando hasta que no le quedaron lágrimas, comprendió que tenía a su familia allí mismo.

-Bueno, parece que por lo menos te he hecho replantearte las cosas- dijo el Cid, sacándolo de sus pensamientos.

El sol se había ocultado completamente. ¿Tanto tiempo había permanecido allí sin decir nada, tan solo pensando en sus cosas?

-Ha sido interesante hablar contigo. Aunque eso no quiere decir que me guste la idea de que merodees por aquí. Me pregunto si la seguridad de mi castillo no necesitará un pequeño reajuste…

Y sin más, se fue.

-¡Eh, viejo, muchas gracias!- gritó a la espalda del hombre que es alejaba poco a poco.

Este respondió levantando una mano a modo de saludo, sin girarse. Yitán se sentía un poco más animado, aunque no sabía exactamente por qué. De pronto, sus preocupaciones le parecieron tonterías. Él iba a volver. No albergaba ninguna duda.

Los días pasaban. Gabranth se mantenía lo más alejado posible de Blank, dirigiéndole la palabra lo mínimo posible. Sus hermanos se daban cuenta de que algo no andaba bien, pero Bassalard siempre respondía evasivamente. Galbor se hacía una idea de lo que pasaba, más su hermano se negaba a hablar del tema.

Una semana pasó y la situación no daba trazas de mejorar. Cada vez los dos estaban más molestos el uno con el otro, aunque Blank bajaba las orejas y se resignaba a recibir calladamente el rencor que tan merecidamente le dedicaba su amigo.

La visita a Alexandría se realizaría en breve, y Blank ya había mandado a buscar a sus amigos, que llegarían en un par de días.

Entonces, un día su paciencia llegó a su fin. Cansado de la situación, buscó al moreno por todo el castillo hasta dar con él. Lo encontró con su escuadrón, entrenando. Sus heridas habían sanado por fin y estaba recuperando el tiempo de entrenamiento perdido.

Su cabreo era bastante patente. Vapuleaba sin piedad a sus subordinados en las sesiones de entrenamiento.

-¡Gabranth!- exclamó para llamar su atención, dado que estaba completamente concentrado en la lucha contra tres de sus hombres, aunque no le suponía mucha dificultad.

Se giró, lo miró, y dijo:

-Se acabó por hoy.

Enfundó su arma y se dispuso a salir del lugar, pretendiendo ignorarlo. Una enorme vena se hinchó en la frente de Blank al verse dejado de lado de tal forma. Corrió hasta alcanzarlo, sujetándolo del brazo. Este lo miró a él, luego a la mano aferrada a su brazo.

-¿Acaso no recuerda lo que le dije la última vez?

-Lo recuerdo perfectamente. Por eso quiero hablar contigo... A solas- añadió mirando tétricamente a los soldados, que los miraban fijamente con curiosidad.

Carraspeó.

-He dicho, a solas- repitió frunciendo el ceño de forma amenazadora.

Los soldados se apresuraron a salir cuanto antes de aquella sala, decididos en poner la mayor distancia posible entre ellos y aquel hombre, que emitía una especie de aura muy parecida a la de un demonio a punto de estallar.

Cuando se supieron solos, Gabranth zafó su brazo del agarre de forma brusca y le dio la espalda.

-¿De qué deseáis hablarme?

-… no lo aguanto más. Sé que me porté como un cabrón, que no tengo excusa alguna… pero no puedo seguir así. No puedo soportar que me odies. No puedo soportar que me trates así…

-¿¡Qué te trate así!?- explotó de pronto, mirándolo de frente, volviendo a tutearle sin darse cuenta- ¡¿Y cómo se supone que me trataste tu?! ¡Cómo si fuera una vulgar ramera, o algo peor! ¡Un simple objeto a tu disposición!

-No era esa mi intención. Es lo último que quería que pensaras…

-Pues así es cómo me sentí.

-Lo siento.

-No es suficiente.

-¿Entonces qué es lo que quieres? ¿Qué quieres que haga Gabranth? ¿Vas a tratarme así hasta que me muera? ¿Vas a guardarme rencor toda la vida? ¿Qué tengo que hacer para que me perdones?

-No lo sé. ¿Qué estás dispuesto a hacer?

-¿Qué quieres que haga? Lo que sea. Dímelo.

-¿Lo que sea?

-Lo que sea.

-… Arrodíllate.

-¿Qué?

-Arrodíllate y pídeme perdón. ¿No eras tú el orgulloso hombre que jamás se ha inclinado ante nadie? Quiero que te tragues tu orgullo y me pidas que te perdone.

Blank dudó. Y dudó durante un buen rato. Luego, empezó a doblar las rodillas, mirando al suelo. Pero Gabranth lo sujetó por los hombros, impidiéndole hacerlo. Lo miraba con sorpresa.

-¿De verdad lo harías?

-Claro que sí.

-… No es necesario. Es suficiente para mí. Pero no vuelvas a hacerme algo parecido, o sí que no te perdonaré.

-… Trato hecho.

-¿Sabías que te detendría?

-Guardaba la esperanza de que lo hicieras. Pero si no lo hubieras hecho, no me hubiera importado. Hay cosas más importantes que el orgullo, y la amistad es una de ellas.

-¿Y la vida?

-A la vida que le den. Por salvar el pellejo ni me inclino.

Gabranth no pudo evitar sonreírle.

-¿Amigos de nuevo, entonces?

-Amigos.

-Bien. Menudo peso me acabo de quitar de encima. Pensé que no me perdonarías nunca. Aunque en verdad me merecía que te cabrearas.

-Déjalo. Ya está perdonado.

-Pero no olvidado.

-Eso nunca.

-Ya. Mirándolo por el lado positivo, ya me tuteas de nuevo aunque no te lo pida.