Capítulo 11_El amor siempre hace la puñeta.

Tras un par de horitas de viaje en barco volador, la banda Tantalus, a excepción de Zenaro y Benaro, que se encontraban en paradero desconocido con su hermano Genaro, se plantaron el muelle principal de Sarmag.

Blank ya los estaba esperando allí. Ruby y Yitán bajaron corriendo y riendo del barco, lanzándose ambos a su cuello. Cogido por sorpresa, el pelirrojo dio de espaldas en el suelo.

-¡¿Se puede saber qué coño hacéis?!

-Ha, no te enfades, che. Es tan solo una muestra de cariño.

-Podría ser una muestra de cariño menos efusiva… o al menos no tan dolorosa.

-Mah, ¿Desde cuándo eres un quejica? Tanto lujo te está reblandeciendo. Esto no es nada para ti… o al menos no lo era.

-Bueno, bueno. Me gustaría verte a ti después de semejante placaje.

-Quejica. Blandengue, nenaza…

-Te la estás ganando, mono de feria- dijo con una vena hinchada sobre manera sobre su frente.

Ruby, adivinando lo que se adivinaba, se levantó suspirando, resignada. Aprovechando el espacio, Yitán se estiró sobre el cuerpo tendido de Blank hasta quedar a la altura de su cabeza, golpeando la frete del pelirrojo con su propia frente y haciendo fuerza.

-¿¡A quién llamas mono de feria, gilipollas?!

-¡A quién si no, pulgoso!

-… Repite eso si te atreves.

Blank entrecerró los ojos y sonrió con malicia.

-P-U-L-G-O-S-O.

-¡Acabas de firmar tu sentencia de muerte!

-Ajiem.

Bakú, de pie ante los dos chicos a punto de enzarzarse en una pelea, carraspeaba. Ambos empezaron a sudar frío ante la cara de su jefe.

-¿Es que no podéis comportaros en ningún lugar, pardiez? ¡Levantaos de ahí ahora mismo y portaos como los hombres hechos que sois, no como los niños que parecéis!

Sin réplica, se pusieron de pie, casi en posición de firmes. Sólo les faltaba entrechocar los talones y llevar la palma derecha extendida a su frente al grito de "sí, señor".

La familia de Blank contemplaba la extraña escena sin pronunciar palabra. ¿De verdad Bassalard había pasado tanto tiempo en aquel ambiente tan desquiciante?

-Em… sed bienvenidos a mi hogar. Aquí sois mis invitados de honor, ahora y siempre. Espero que vuestra estancia aquí sea lo más cómoda y placentera posible.

-Muchísimas gracias, su alteza. Es todo un honor que nos reciba en su casa y que más aún que lo haga personalmente. Le estoy infinitamente agradecido en nombre de mis muchachos y esperamos nuestra presencia no suponga una molestia- Bakú, a pesar de ser un bribón de las calles, sabe cómo tratar a la gente, de eso no hay duda.

-Nada más lejos de la realidad. Debería yo agradeceros que cuidarais de mi hijo durante tanto tiempo.

-Yo puedo cuidarme solo…- refunfuño por lo bajo.

-Estaréis cansados del viaje. Os mostraremos vuestras habitaciones y luego nos reuniremos para cenar. Tengo algunos asuntos que atender, espero no os moleste. Luego os prestaré toda mi atención.

Tras una rápida visita a cada uno a su habitación, la banda Tantalus se reunió en la que era la habitación de Blank.

-Tío, este sitio es genial- dijo Yitán tirado en la cómoda cama con los brazos tras la nuca

La cama era lo bastante grande para albergar de sobras a Yitán, Ruby, Blank, Marcus y al jefe sentado en el borde.

-Y que lo digaz, compadre. Creo que podría llegar a acoztumbrarme a ezto.

-Pues no te lo recomiendo. En unas semanas nos iremos. Volveremos a donde debemos estar- dijo Blank, apoyado en el cabecero con los ojos cerrados.

-Che, no nos agües la fiesta tan pronto. Déjanos disfrutar un poco.

-Juajuajua. Ruby tiene razón. Hay que disfrutar mientras se pueda, pardiez.

-Para una vez que podemos vivir a cuerpo de rey… para una vez que podemos estar en un castillo sin tener que colarnos o mezclarnos en asuntos turbios… ¡Déjanos disfrutar, maldita sea!

-Vale, vale, lo he pillado. Supongo que no pasará nada. En fin, divertíos.

Pese a ser como son, los integrantes de la banda Tantalus se portaron debidamente en su estancia como invitados en la casa real de Sarmag. Ni siquiera ellos son tan tontos como para liarla siendo invitados de honor.

Así, ningún acontecimiento violento aconteció ni ningún objeto desapareció misteriosamente del lugar. Ni que decir tiene que todos se lo pasaban pipa recibiendo tratos y atenciones como nunca en su vida. Las gentes del pueblo y del castillo eran amables y alegres, y todos se sentían cómodos.

Bueno, todos excepto cierta mosca cojonera de cabellos rojos que zumbaba molesta a su alrededor recordándoles a cada momento que en breve se acabaría lo bueno, deseando poder volver de una buena vez a Lindblum y seguir con su vida.

La familia real estaba contenta con sus invitados. Quien mejor se lo pasaba con diferencia era Trevize, encantado de poder escuchar tantas historias emocionantes, que unos vanidosos miembros de Tantalus estaban más que contentos de poder contar a tan buen público, aprovechando para echarse unas cuantas flores. El resto se lo pasaba bien, simplemente, porque son gente divertida, aunque no lo pueda parecer.

Y así, el día de la visita a Alexandría llegó. Esto sentó más o menos como una patada en el culo a Blank, al que no le apetecía nada dicha visita. Pero todo el mundo estaba tan emocionado que no le quedó más que fastidiarse.

Aburrido, paseaba como alma en pena por el castillo, buscando alguna maldita cosa que hacer. Yitán, que paseaba también haciendo tiempo mientras llegaba la hora de la cena, se acercó a él.

-¿No te aburres de ser una vieja fungona?- le dijo.

-¿A quién llamas tu vieja fungona?

-A ti, ¿Acaso no es obvio? Podrías disfrutar de estas merecidas "vacaciones".

-Para mí no son vacaciones. Es una puta tortura. Me aburro sin nada que hacer. Necesito un poquito de acción.

-Cuando vuelvas a estar mal tirado por las calles de Lindblum, lo echarás de menos.

-No lo creas.

-Ya lo veremos.

Se quedaron un rato en silencio.

Blank estuvo contemplando largo rato el perfil de su amigo. No sentía mariposas en el estómago cada vez que lo veía. No sentía un ansia especial de verlo a cada instante, de abrazarlo. No sentía deseos de protegerlo de todo, él sabía cuidarse solo.

Aquello que sentía a su lado, no se parecía absolutamente en nada a lo que describían los libros, las obras de teatro. Aún así, estaba seguro. Aunque no se atreviera a decírselo, aunque sabía que su amigo nunca le correspondería, no había lugar a dudas. Estaba enamorado de Yitán.

Aquella persona le atraía como un imán el metal. ¿Qué era? ¿Qué cojones era lo que hacía a aquella persona tan especial, tan indispensable en su vida? ¿Por qué precisamente él? Mira que había gente en el mundo. Gente, y gente, y gente. Y él, bisexual, sin prejuicios contra nadie, se tenía que ir a enamorar de un mujeriego, un persigue faldas, que jamás estaría con un hombre. Tenía que vivir soportando las bromitas (a veces bastante subidas de tono) que le dedicaba sin saber que encendía algo en su interior que no se atrevía a nombrar.

El amor es ciego. Ciego y gilipollas.

Pensando en estas cosas, no pudo evitar sonrojarse un poco. Tan embebido estaba que no dio cuenta de que se había quedado pillado mirándolo.

-¿Qué? ¿Qué pasa?

-…No, nada.

-Es que repente te quedaste como ido. ¿Te encuentras bien?

Posó una mano sobre su frente. Blank lo miró levantando una ceja.

-Claro que estoy bien.

-Parece como si tuvieras un poco de fiebre… aunque eso sería una novedad. No recuerdo haberte visto nunca enfermo. Sería interesante verte con gripe o algo así…

-Estoy bien. Puede ser que me acabe poniendo enfermo de puro aburrimiento.

-Y dale. No te cansas nunca de repetir lo mismo ¿Eh?- dijo retirando su mano.

-Pues no.

-Venga, anímate un poco. En lugar de refunfuñar deberías disfrutar un poco. Al fin y al cabo, es el lugar donde te criaste. Aquí están tu familia y tus viejos amigos. Algo tienes que haber echado de menos.

-Claro que los eché de menos. Lo que no eché nada de menos fue este estilo de vida. Vosotros sois mi familia también.

-Unos tanto y otros tan poco…- dijo en un susurro apenas audible.

-¿Qué?

-No, nada. Vamos a ver si ya podemos cenar algo.

-¿Sólo piensas en comer?

-Nunca había comido tanto y tan bien. Voy a echarlo de menos.

En algún punto perdido del castillo de Sarmag, un pensativo Gabranth daba vueltas sin rumbo fijo. Mientras caminaba, pensaba en la situación, considerando cual podía ser el devenir de los acontecimientos.

Pensaba una y otra vez en Bassalard y su amigo Yitán. Es cierto que había instado a Bassalard a declararse, pero después de varios días viendo al secreto amor de su amigo perseguir faldas por todo el castillo (aunque sin ningún resultado positivo, pero él lo intentó) se hacía una ligera idea de por qué no reunía el valor de hacerlo. Aquel chico era todo un donjuán, tal como el pelirrojo había dicho.

Empezaba a tener serias dudas sobre si lo más conveniente para su amigo no sería echarse atrás… en fin, vale que le había dicho que se declarara, pero… ¿Y si al final sí que lo rechazaba? ¿Cómo quedaría Blank?

Destrozado, sin duda. Con todo, Gabranth comprendía lo que debía estar sintiendo su amigo. Prefería tragarse lo que sentía, si eso significaba poder estar con la persona que amas. Si, muy a su pesar lo sabía. Era lo que había hecho él, solo que el tiro había acabado saliéndole por la culata, pues Blank había descubierto el pastel.

Además, si Yitán lo rechazaba… estaba la otra parte del trato.

Caminó hasta una barandilla de piedra, en un balcón casi en lo más alto del palacio, desde donde se podían ver casi todos los jardines.

Aunque, para su sorpresa, pensar en ello le dolía. No era tan mezquino como para desear que le destrozaran el corazón a Blank para que este cayera en sus brazos. Simplemente, era demasiado noble y buena persona para eso. Pero si pasaba… bueno, él no le iba a hacer ascos a lo que pudiera suceder.

Pero… Blank se sentiría fatal.

Pero… él también lo quería.

Pero… que estuviera con él, significaba que sería infeliz. Significaba ser un reemplazo. Eso dolía. Dolía mucho. Sus manos se crisparon sobre la piedra labrada.

Ese era, sin duda, el peor desenlace posible. Por eso, allí, en aquel preciso instante, decidió olvidarse de Blank. Decidió que su amigo estaría si o si con la persona que amaba. Se juró a sí mismo que sucedería aunque tuviera que llevar al pelirrojo de una oreja y al rubio por el rabo. No en vano había renunciado a él.

Los días pasaban de apoco y Tantalus se lo pasaba teta en Sarmag. Era como estar en un hotel de más de cinco estrellas, con todos los gastos pagados y los caprichos permitidos. Aunque procuraban no abusar, se lo estaban poniendo algo difícil, pues todo el mundo los trataba como verdaderos reyes.

Gabranth había entrado en modo "mosca cojonera" y zumbaba molesto alrededor de Blank, tratando de empujarle de cualquier forma a los brazos de Yitán. Pero era tozudo como una mula, y aún por encima hábil. Conseguía sacárselo de encima con una rapidez y una habilidad pasmosas, hasta tal punto que a veces el moreno se preguntaba cómo diablos había hecho para que lo dejara en paz.

Así, cansado de tirar de un hilo que definitivamente no iba a deshacer el ovillo, decidió cambiar de táctica y abordar al rubio, aunque esto representaba ciertas dificultades técnicas. Porque ¿Qué pretexto podía poner para hablar con él? Y más importante ¿Qué le iba a decir?

La oportunidad se presentó la noche antes de la visita fijada a Alexandría, y aunque aún no había pensado nada decente que poder decirle, decidió aprovechar la oportunidad. Así, la noche que lo vio solo, en el mirador del castillo, no vaciló en ir a su encuentro.

Estaba sentado sobre un murete bajo. Sus pies colgaban, balanceándose adelante y atrás en el inmenso vacío que se abría bajo sus pies. Gabranth se acercó a él, pensando que el sonido de sus pasos sería suficiente para alertar al joven. Pero por lo visto estaba demasiado embebido en sus pensamientos. Cuando abrió la boca por primera vez, esbozando tan solo un simple saludo, el mentado dio un gran respingo, a puntito de caerse.

-Joder, que susto- dijo con cara de circunstancias.

-Lo siento… no era mi intención. Pensé que te habías percatado de mi presencia.

-No pasa nada. Es que estaba algo distraído. Me apetecía estar solo un rato.

-Bueno… yo… tal vez prefieres que me vaya…

-Ah, no. Estás en tu casa (literalmente).

Gabranth se acomodó al lado de Yitán, apoyando los codos sobre el murete, que le daba más o menos a la altura de la cintura.

Silencio.

-Si buscas a Blank, no tengo ni idea de dónde está.

-No, no lo buscaba a él.

-¿Entonces? ¿También te apetecía algo de soledad? Si soy yo quien molesta, me voy.

-¡No, no! Cierto que vengo aquí cuando quiero un poco de paz, pero ahora no es el caso. De hecho, quería hablar contigo.

Gabranth era demasiado franco. Yitán lo miró con duda, esperando una explicación. Pero el moreno se limitó a mirar al frente, aún pensando qué diablos iba a decirle (y qué NO iba a decirle, pues no sabía hasta dónde callar).

-¿Y bien?

-¿Y bien qué?

-… -este tío es corto- que qué querías de mi.

-¡Ah!... bueno, es difícil de expresar. En fin… es que… bueno, yo… es decir no sé cómo afrontar estas cosas. Nunca había tenido que hacer nada así… y la verdad no sé cómo… porque, claro, nunca… es decir… que yo… que…

-Hey, cada vez entiendo menos. Y a este paso no creo que lo haga. Mejor ordena un poco tus pensamientos y luego me dices. Te doy unos minutos.

-El problema es que llevo mucho tiempo dándole vueltas, pero no se me ocurre nada que decirte, y dudo que en unos minutos se solucione mágicamente el problema. Esto es nuevo para mí, nunca había hecho esto.

-… Ehm, mira, eres muy mono, pero no eres mi tipo. Yo no bateo hacia ese lado.

-¿Qué?

Gabranth tuvo que procesar un par de minutos para entender estas palabras. Hay que tener paciencia. Él es así. Cuando por fin todos los engranajes de su mente se alinearon correctamente, un pequeño rubor adornó sus mejillas.

-¡No, no! ¡No es eso! ¡Me has entendido mal, no es eso lo que quería decir!- estalló de pronto.

Yitán simplemente se largó a reír.

-Lo sé, sólo era una broma. Para relajar un poco el ambiente. Pero parece que ha tenido el efecto contrario.

-Ah… lo siento, estoy un poco nervioso.

-... Si es que lo pones muy fácil.

-¿Qué?

-Nada.

Silencio.

-¿De verdad tienes algo que decirme? Esto empieza a ser monótono.

-Sí, sí que tengo algo que decir.

-Pero te cuesta decirlo.

-Sí.

-¿Acaso has perdido una apuesta?

-¿Una apuesta?

-Sí. Quiero decir, a lo mejor perdiste una apuesta, y el castigo por perder es tener que decirme algo realmente embarazoso. Nosotros hacemos de esas constantemente, aunque últimamente ya no nos atrevemos, porque somos un poco mala sangre y a veces con el pique nos pasamos con los castigos. Sobre todo Blank y yo. Nos picamos que no es normal. Créeme, hemos tenido que hacer cada cosa…

-Me imagino. Bassalard siempre ha sido tozudo. Y por lo visto no ha cambiado ni un ápice. Bueno, tal vez ahora es peor. No aprende, ni siquiera con la edad.

-Bassalard… se me sigue haciendo tan raro asociarlo con ese nombre… con todo esto en general.

-A mi me cuesta asociarlo con vosotros y con todas las historias que cuenta. Es como si fueran dos personas diferentes, aunque iguales en esencia.

-Entiendo lo que quieres decir. Tu Bassalard y mi Blank no acaban de congeniar, ¿Verdad?

-Sí. Y sin embargo, sigue siendo él mismo. Es egoísta y orgulloso.

-Y un gruñón a veces.

-Sí. Pero es amable y noble.

-Y siempre se preocupa por los demás. A veces demasiado. Supongo que entiendes a qué me refiero.

-Sí, entiendo. Es como si pensara que a los demás no nos importa lo que le pase.

-Exactamente. Es un completo desastre de persona, pero una vez te acostumbras, una vez que lo tienes al lado, no puedes vivir sin él. Si no está, algo te falta. No sé, nunca me había pasado algo así. Es que… es tan distinto al resto de la gente. A veces… a veces pienso que si se llega a marchar de mi lado, no podría soportarlo. Podría renunciar a lo que sea, menos a él… No sé qué me pasa… pero es imprescindible para mí.

Cayó de pronto en la cuenta de lo que estaba diciendo, y se sonrojó fuertemente. No se atrevía a mirar al moreno, tal vez por miedo a su reacción a sus palabras. El corazón de Gabranth se aceleró de pronto, esperanzado.

-Yitán… sé que no tenemos confianza, pero… ¿A ti… él te gusta, verdad?