Capítulo 12_ Errores.

Ni siquiera volteó a mirarlo. Se limitó a abrir los ojos desmesuradamente, a fijarlos en la oscuridad de la noche y a ruborizarse más si cabe. Silencio y silencio, a cada instante más espeso, más incómodo.

¿Qué si le gustaba… él? ¿Si él, Yitán Tribal, estaba enamorado de Blank? Era algo que no se había atrevido siquiera a plantearse. Porque temía la respuesta. Temía preguntarse a sí mismo y descubrir la verdad. Pero ahora, de pronto, estaba contra las cuerdas. La pregunta que se había prohibido a si mismo había sido formulada alto y claro. Y lo peor, no había sido él, había sido otra persona.

¿Qué decir? ¿Cómo huir de la situación sin salir escaldado? No le quedó más remedio que hacer frente a aquel hombre parado a su lado y, mucho peor, a sí mismo. Pillado con las defensas al mínimo, acorralado cual animal salvaje, no se le ocurrió otra cosa que ponerse a la defensiva. Así, dando una gran sonrisa, miró a Gabranth.

-¿Qué tonterías dices? ¿Cómo me va a gustar? Es imposible que me guste alguien así. Por favor, si chasco un dedo y todas las féminas del país caen rendidas a mis pies. ¿Por qué iba a fijarme en él, otro hombre?

Gabranth lo miraba pasmado. Yitán giró sobre si mismo ante la atónita mirada del moreno y saltó al suelo en un ágil movimiento, riendo a carcajadas.

-¡Vaya ocurrencias! Mira, yo sé que él batea para ambos lados, no es que lo guarde en secreto, pero él es como es. A mí no me metas en su mismo saco. Si puedo tener a quien quiera, ¿Por qué iba a ir tras él? ¿Acaso él te dijo eso? ¡Pobre iluso! ¡Ni en un millón de años! No sé qué te habrá dicho, pero seguro que lo has entendido mal. ¿Tú lo has visto bien? ¿Quién podría quererle?

Yitán seguía hablando, con aquel tono alegre y despreocupado. Gabranth, por su parte, bajó la mirada al suelo y apretó los puños. El pulso le temblaba.

-¿Qué quién… podría quererle?... No me lo puedo creer…

-¿Qué sucede?

-¡No me puedo creer que haya renunciado a él por culpa de un gilipollas como tú! ¿¡Quieres saber por qué estoy aquí?! ¡Porque eres imbécil perdido! ¡No sabes ver qué hay enfrente de tus narices!

-¿Qué…?

-¿¡Es que no te das cuenta del daño que le haces!? ¿¡Crees que a él no le duele ver como persigues faldas como un energúmeno!?

-¿De qué estás hablando?

-Hablo de que eres tan idiota que no te das cuenta de lo que sucede a tu alrededor. Y aún encima, te lo tomas a broma y te ríes. Hablo de que le destrozas de tal forma el corazón, que hace apenas unas semanas, me suplicaba que le hiciera olvidarte. Me suplicaba hacerle olvidar lo que siente por ti… ojalá pudiera hacerlo… ¡Ojalá pudiera hacerle olvidarse de un cabrón como tú!

Antes de que pudiera terminar siquiera, salió corriendo. Temblando, jadeante, Gabranth se detuvo después de su larga carrera, las lágrimas acudiendo a sus ojos, tomando por fin consciencia de sus actos.

-Dios mío, ¿Qué he hecho?

Era ya tarde. Al día siguiente les esperaba el agotador y tedioso viaje a una agotadora y tediosa Alexandría. Malditas las ganas, pero no le quedaba más que fastidiarse e ir. Tumbado en su cama boca arriba, Blank simplemente dejaba correr las horas, perdido en sus pensamientos, tratando de mentalizarse para poder soportar lo que se le venía encima.

Alguien llamó a la puerta.

-Adelante.

Yitán entró en la habitación.

-Hey, ¿Estabas dormido?

-No, no tengo sueño aún. Pasa. Me vendrá bien hablar con alguien, me aburro como una ostra.

Yitán entró en el cuarto en penumbra, tan solo alumbrado por la luz de los astros que se filtraba por la ventana abierta y se sentó en la cama, en el borde. Blank pronto se dio cuenta de algo no andaba bien. Notaba el ambiente algo tenso, y el mutismo de su amigo sólo acrecentaba este sentimiento.

-Yitán, ¿Pasa algo?

-Bueno, en realidad… acaba de pasarme algo muy raro.

-¿El qué?

-Bueno… estaba yo arriba, en el mirador, y de pronto apareció tu amigo, Gabranth… me dijo que quería hablar con migo, lo cual me pareció raro, porque casi no tengo trato con él…

Blank, intuyendo más o menos por dónde podían ir los tiros, se removió nervioso. Se incorporó, quedando sentado en el colchón, mirando la espalda del rubio a oscuras. Podía ver la punta de su cola dando golpecitos de forma regular sobre el colchón. Aquello era señal inequívoca de que estaba algo nervioso e incómodo. Blank notaba como los nervios ante lo que podía venir se iban adueñando de él.

-¿Y qué te dijo?

-… Bueno… ¡Me soltó una tontería! Creo que ese tío está confundido, o alguna neurona le hace mala conexión… el caso es que me gritó. Parecía cabreado. Dijo muchas cosas… Y lo que me pareció entender de la conversación es que… yo te gusto.

Silencio. Al ver que su amigo no decía nada, Yitán se giró sonriendo.

-Menuda tontería, ¿Verdad?

Al girarse, se topó de frente con el rostro de Blank. No lo había oído moverse. El caso es que ahora, sus labios estaban a escasos centímetros. Yitán no sabía qué hacer. Blank reaccionó primero. Llevó una mano hacia adelante y agarró el pecho de la camisa de Yitán, empujándolo suavemente hacia atrás, hacia sí mismo, obligándolo a apoyar su espalda en su propio pecho, eliminando la escasa distancia que los separaba.

¿Y ahora qué? El paso estaba dado. Para bien o para mal, Gabranth había allanado el terreno. Lo estaba besando. No había vuelta atrás. Ahora todo dependía de la respuesta del genómido.

Apenas Blank rompió el contacto, Yitán se puso en pie rápidamente, sonrojado.

-No era una tontería- confesó el pelirrojo.

-Ya veo.

Se puso en pie al igual que el otro chico. Se acercó con cautela y lo abrazó por la espalda. El rubio, liberándose del abrazo con algo de brusquedad, se giró para encararlo.

-Suéltame. No me toques.

-¿Yitán? ¿Qué está mal?

-¿Qué está mal, preguntas? ¿Qué te parece acabar de besarme? ¿Y que me acabo de enterar de que te gusto? ¿Aún tienes los cojones de preguntar qué está mal?

-Yo…

-Mira, Blank, te lo voy a dejar muy claro. Tú eres libre de hacer lo que quieras. Nunca te he juzgado, y creo que he sido bastante comprensivo contigo. Te tengo aprecio, eso es cierto. Pero o tienes tetas y llevas falda, o con migo olvídate.

-… Puedo soportar la negativa, pero no te consiento que me tomes a broma.

-¿Y cómo quieres que me lo tome?

-Podrías tomarme un poco en serio…

Avanzó hacia él. El rubio, al verlo venir, reculó. Reculó hasta dar con una pared. Blank lo acorraló entre esta y su cuerpo, posando un brazo a un lado de su cabeza, mirándolo fijamente a los ojos.

-Aunque me rechaces, podrías tener un poco de consideración conmigo. Duele que te tomes mis sentimientos tan a la ligera. Duele que bromees en esta situación. Duele, duele que esté tratando de decir que te amo, y tú te rías.

-Basta. Aléjate de mí.

Blank obedeció y se separó. Caminó un par de pasos, dándole la espalda.

-Entonces, ¿Es en serio? Esto tiene que ser una broma. Esto no puede ser serio…

-¿Crees que estoy de broma?- se giró de nuevo y caminó en apenas una zancada y media la distancia que acaba de imponer entre ellos. Estampó su mano con violencia en la pared, apenas a unos centímetros del cuello del rubio- ¿Crees que bromearía con esto? Es decir, yo expongo mis sentimientos abiertamente, algo que no he hecho JAMÁS ante nadie, ¿Y tú me preguntas si estoy de broma?

A pesar de la penumbra, Yitán podía ver perfectamente el brillo teñido de furia helada que destilaban aquellos pozos de negrura, que lo miraban fijamente, taladrándolo, haciéndolo encogerse.

-No… no me culpes. No es mi culpa no corresponderte. ¿O piensas hacerte la víctima? ¿Ahora el malo soy yo por no amarte? ¿Qué vas a hacer, me vas a obligar a hacerlo? ¿Me vas a obligar a quererte?

-Claro que no.

-¿Entonces cuál es tu maldito problema?

-Tú, eres mi maldito problema.

-¿Y qué te he hecho yo?

-Nada, Yitán. Tú nunca haces nada.

Suspirando, se separó con suavidad, pero el rubio lo detuvo sujetándole el brazo.

-¿Qué coño quieres decir con eso?

-Nada, realmente. Tienes razón, Yitán. No tienes la culpa de no corresponderme. La culpa es mía porque soy gilipollas. Vete, me apetece estar solo.

-Pero…

-Que te vayas.

Ahí estaba de nuevo. Esa mirada venida directamente del averno. Esa mirada que haría retroceder al más aguerrido de los demonios. Y él, pese a saber que nunca haría nada que pudiera dañarlo seriamente, reculó ante esa mirada y se fue en silencio.

Herido, enfadado consigo mismo, caminó hasta la ventana. Apoyando su frente en el frío cristal, observó la luna y las estrellas. Entonces, en un arrebato, estrelló su puño contra el grueso cristal, astillándolo de arriba abajo en pedacitos, como si se tratase de una tela de araña. Gotas de su sangre escurrían por su puño y la ventana rota.

Pero el dolor le daba igual. El dolor físico le daba igual. El dolor que persistía, el que le hacía querer morir, era el que oprimía su pecho. En el fondo, sabía que aquello pasaría. En el fondo, sabía a ciencia cierta que iba a ser rechazado por él. Pero no quiso creerlo. Se engañó a sí mismo, llegando a pensar por un momento que tal vez podría ser correspondido.

¿Llorar? No, no iba a llorar. No se lo permitía.

Sofocado después de tanto correr, Gabranth abrió la puerta sin llamar siquiera. Sus ojos, acostumbrados a la penumbra, distinguieron sin problemas la silueta del pelirrojo, sentado en el borde de su cama.

-Lo siento- fue lo primero que atinó a decir.

Entró, cerrando la puerta tras de sí. Blank lo miró desde su posición, con las manos entrelazadas, los codos apoyados sobre sus piernas.

-Yo… lo siento tanto… no debí… si estás…

-No estoy enfadado, Gabranth. No contigo. Aquí al único que tendría que dar una paliza por imbécil es a mí.

-No digas eso… no debí hablar, no debí decirle nada. Seguro que se ha fastidiado por mi culpa.

-No, Gabranth. De hecho, esto tendría que haber pasado hacía tiempo. Hubiera sido menos doloroso. No podemos obligar a los demás a que nos quieran. Sólo por curiosidad, ¿Cuánto le contaste?

-…

-Ya veo. No puedes callarte nada. Eres demasiado honesto.

Se acercó a él, quedando justo enfrente. Se arrodilló, casi a punto de llorar, para poder mirarle a los ojos, ya que el pelirrojo no parecía dispuesto a alzar la mirada.

-Lo siento. Lo siento tanto.

-No te disculpes- alzó una mano y acarició la mejilla del moreno.

Este notó algo líquido escurrir por su piel, y entonces fue cuando notó el característico olor metálico.

-¿Sangre?

Tomó la mano que le acariciaba con cuidado y lo vio claramente. Los nudillos desgarrados de los que la sangre caía.

-¡Estás herido!

Con ambas manos, sujetó a Gabranth, atrayéndolo hacia sí, elevando su rostro hasta que pudo unir sus labios.

-No es más que un rasguño- dijo al separarse.

Sin saber muy bien como había pasado, el moreno se vio de pronto tumbado boca arriba en la cama, con el pelirrojo sobre si. El corazón le latía a mil por hora y el rubor era más que evidente en su clara piel pese a la penumbra.

-Estoy peor herido en otra parte. Me ha rechazado, Gabranth. Teníamos un trato, ¿Recuerdas?

No contestó. No le dio lugar a hacerlo. Una mano se coló bajo su camisa, otra tras su nuca, obligándolo a unir sus labios. El beso se volvía más hambriento, más demandante. Cada vez que el moreno se separaba, buscando aire o tratando de hablar, Blank buscaba de nuevo su boca, con más ansia, de forma más voraz. Así, completamente sometido, se dejó hacer. Rápidamente, de una forma casi febril, las manos de piel morena se abrían paso entre sus ropas, acariciando su piel, haciéndole gemir. Pronto su camisa se abrió, dejando su torso de piel clara al descubierto. Blank no perdió tiempo, y empezó a morder y lamer la nueva porción de piel expuesta.

Cada vez bajaba más y más, degustando aquella piel con hambre y prisas. Más, cuando su boca estaba cerca del linde del pantalón, un sollozo lo hizo detener su labor. Sorprendido, levantó la vista. ¿Gabranth estaba… llorando?

El moreno trataba de tapar con ambas manos su cara. De sus ojos verdes caían incontables lágrimas. Ya no era capaz de reprimirse y cada vez sollozaba más alto y más fuerte, empezando a temblar. Preocupado, Blank reptó por el cuerpo de su compañero hasta estar a su altura de nuevo.

-Eh…- tomó una de sus manos. Opuso algo de resistencia, que venció tirando suavemente, y la besó con dulzura-… Gabranth, ¿Qué pasa? ¿Ya no me quieres?

-Claro… que si- dijo entre sollozos- Pero… tú lo dijiste… no se puede… obligar… a alguien a que… te quiera…

Conmovido, Blank se sentó en la cama, atrayendo hacia si al moreno, sentándolo sobre sus piernas, abrazándolo fuertemente. Este se aferró a sus hombros y rompió a llorar con fuerza. Abrazado a él, Blank se permitió derramar una lágrima.

-Lo siento. No puedo hacerlo, Bassalard. No puedo.

-No te disculpes. La culpa es mía. A veces me comporto como un perfecto estúpido. Perdóname, Gabranth. Fui tan idiota que no me enteré del daño que te hacía. Te mereces mucho más, te mereces alguien que te ame de verdad, alguien bueno… no alguien como yo… tenías razón. Sólo te veía como un reemplazo. Sé que soy un cabrón y un miserable. Estás en tu derecho de odiarme.

-No puedo odiarte. Nunca podría. Es sólo que… me había prometido que renunciaría a ti… y de repente…

-Lo siento. Siento que las cosas sean así. Últimamente me da la impresión de que lo hago todo mal.

Con un suspiro, Gabranth soltó un poco el agarre férreo que mantenía en torno al cuerpo del pelirrojo.

-A mi también. Es como si… no me cansara de errar una y otra vez.

-Somos un par de idiotas.

-Sí.

Aquel cuerpo tembloroso que abrazaba con delicadeza se le antojó frágil y vulnerable de pronto. Protegible. Hundió la cabeza entre su hombro y su cuello y le abrazó con más fuerza. Podía sentir su respiración aún algo agitada (por diversas razones), el latir de su corazón, el calor de su piel, el olor salado de sus lágrimas. ¿Por qué no podía enamorarse de él? ¿Por qué? Todo sería tan sencillo si nuestro corazón escogiera a la persona adecuada en lugar de a quien le da la gana…

La mañana siguiente, los ánimos seguían un poco alterados. Tanto la gente da Tantalus como la familia de Blank olía algo en el aire. Sobre todo Tantalus sabía que algo no andaba bien. Este hecho se hizo aún más palpable cuando todos se reunieron en el barco volador destino a Alexandría. Todos excepto Galbor, a quien su padre había dejado al cargo mientras estaba fuera, en "misión diplomática". No se puede dejar un país sin dirigente ¿No? Además, Galbor algún día subiría al trono, debía ser capaz de dirigir las cosas un par de semanas.

Yitán estaba más callado de lo normal. En realidad, Yitán estaba callado, lo cual era raro, pues el siempre está parloteando o revoloteando alrededor de cuanta mujer guapa entra en su radio de alcance. Se mantenía todo lo alejado posible de Blank, sin ni siquiera mirarlo. Trataba de disimular, sonriendo cuando le hablaban y tratando de mantener las conversaciones que se iniciaban de vez en cuando, pero su actitud taciturna se acababa imponiendo.

Gabranth andaba de aquí para allá, buscando pretextos para estar ocupado hasta debajo de las piedras. Cualquier cosa valía con tal de no parar ni un segundo. Lucía unas enormes ojeras y sus ojos estaban algo rojos. En todo el viaje, lo máximo que llegaron a ver al moreno fue de pasada, mientras iba de aquí para allá haciendo sabe dios qué.

Blank, por su parte, se acomodó de cualquier forma en una esquina. Una especie de aura amenazante y taciturna le rodeaba, haciendo al resto desistir de intentar siquiera acercarse. Se podía ver a la legua que estaba muy molesto. Su mano derecha estaba vendada. La única vez que se atrevieron a hablar con él, fue para preguntarle que le había pasado. Se limitó a encogerse de hombros y a farfullar algo de un cristal.

Así, sobrellevando el ambiente hostil y depresivo que aquellos tres hombres, la nave arribó en su destino. Con toda la pomposidad requerida para el momento, los invitados de honor fueron recibidos en palacio, llevándolos inmediatamente ante la reina y la princesa.

Ambas mujeres (N/A: si es que a la reina Brahne se le puede llamar mujer…) aguardaban en el balcón que daba a la plaza donde se representaban las obras de teatro. La reina se mostró altiva ante los recién llegados. La princesa Garnet se sonrojó y bajó la mirada nada más ver aparecer a Blank.

Tras las fórmulas de cortesía pertinentes entre ambos monarcas, la reina encaró a Blank.

-Veo que por fin habéis vuelto- le dijo, agitando su abanico a escasos centímetros de una cara de pocos amigos.

-No os hagáis ilusiones, me marcharé pronto.

-¿Se puede saber qué os habéis dedicado a hacer todo este tiempo? ¿A causa de qué cubren vuestro cuerpo tan feas cicatrices?

La mirada de Blank se clavó afilada en los ojos de la oronda reina, que se limitó a sostenerle la mirada con altanería. Frunciendo el ceño a la par que una venenosa sonrisa adornaba sus labios, abrió la boca para empezar a hablar. Consciente de que su hijo estaba a punto de soltar alguna bravuconada, el rey se adelantó e impidió que dijera nada, interrumpiéndole.

-Bueno, Brahne-dono, es muy amable por su parte acogernos en tu casa tan de improviso -(¿Improviso? Si hace semanas que habían decidido ir…)-, así que abusaremos un poco de tan bondadosa hospitalidad y os pedimos nos dejéis un poco de tiempo para descansar del viaje.

-Como deseéis, Vrecoc-dono. Vuestros aposentos están preparados. Ahora tengo asuntos que atender. Os volveré a recibir en la cena. Espero disfrutéis vuestra estancia.

Con un ademán de abanico, indicó a un grupo de criados encargarse de sus invitados a la par que se despedía de ellos. Caminando por los pasillos del palacio, todos hablaban entre ellos, comentando lo que veían. Hovard aprovechó que todo el mundo estaba concentrado en sus cosas para ponerse a la altura de su hijo, hablándole en privado, sin que los demás los escucharan.

-Basalard, hijo, te agradecería que no cabrearas a nadie mientras estamos aquí, y menos a Brahne. Sé que llevas tiempo sin preocuparte por estos avatares, pero creo que recordarás que las relaciones entre Sarmag y Alexandría siempre han sido algo… tensas. Te agradecería que evitaras hacer enfadar a nadie influyente de aquí. Y si ya de entrada te dedicas a contrariar a la misma reina… no es buen momento para una guerra. Nunca es buen momento, a decir verdad.

-Lo sé. Pero es que esa vaca gorda…

-…Basalard…

-…Me saca de quicio- continuó haciendo caso omiso a la advertencia-. Es una de las razones por las que no quería venir. Si no quieres que ocurran desgracias, procura mantenerme alejado de ella. Yo no me hago responsable. Recuerda que dentro de poco me marcharé.

Poco a poco, ambos quedaron un poco rezagados del grupo, pudiendo hablar a sus anchas.

-Sólo por curiosidad, ¿Qué estabas a punto de decirle a Brahne?

-Pues… no lo recuerdo con exactitud. Era cosa del calor del momento, algo espontáneo que sale así como así. Pero supongo que te harás una idea de por dónde iban a ir los tiros…

-Por desgracia sí. Sólo te pido que aguantes un poco. Piensa en que te irás y ya no tendrás que aguantar nada de esto de nuevo.

-Ya… bueno, intentaré comportarme. No me agrada la idea de cargar con la responsabilidad de haber empezado una guerra por un par de bravuconadas.

-Ese es mi chico.

Cada uno estaba instalado en su respectiva alcoba. Entonces, cuando Blank había conseguido por fin encontrar una postura cómoda en el insufriblemente blando colchón de su habitación, un tímido criado le comunicó que su padre deseaba verle en privado en su habitación. Más por aburrimiento que por otra cosa, Blank fue al encuentro de su padre.

-¿Qué querías?

-Quería hablar contigo.

-Eso es evidente. Me refería a qué querías decirme.

-No has cambiado nada… miento, ahora eres mucho más insolente y bravucón, y tu lengua es el doble de afilada que antes. Siempre supe que tu espíritu sería fuerte, justo como el de tu madre.

-Si me has llamado para ponerte sentimental, creo que me voy.

-No más de lo indispensable.

-¿Entonces?

-…Estando en Sarmag, mis obligaciones me tenían un poco ocupado, y no pude hablar contigo debidamente.

-Ya. ¿Ya está?

-¿Me quieres dejar hablar?

-Vale, lo siento.

-Yo… quería pedirte perdón.

Blank abrió mucho los ojos. Su padre estaba al lado del ventanal del cuarto. La luz le daba de lleno, dibujando su espalda a contra luz.

-¿Qué? ¿Perdón por qué?

-… Sé que he cometido errores, Bassalard. Antes que rey, antes que ser padre, soy un ser humano. Siempre he pensado que te imponía una pesada carga al prometerte con Garnet, pero me decía a mí mismo que era por el bien de dos naciones. Aún sabiendo lo mucho que te desagradaba la idea, lo hice. No puedo evitar sentirme un poco culpable… a veces me pregunto si me odias.

-Yo no te odio- el rey volteó a ver a su hijo-. No os odio a ti, ni a mis hermanos, ni odio mi sangre. Solo… no encajaba en el estilo de vida que estaba destinado para mí. Era, ¿Cómo decirlo?... demasiada presión, demasiadas responsabilidades… bien visto, tal vez opté por una salida algo cobarde. Tal vez, en lugar de ser fuerte, fui débil. Yo también soy humano, también sucumbo al miedo. Y, bien visto, tal vez deba una disculpa. Al fin y al cabo, desaparecí. En verdad, no me había parado a pensar en los problemas que te causaría mi marcha. En fin, estaba el tema de la boda concertada. Brahne tuvo que quedar hecha una furia…

-Cierto que me costó hierro y sangre apaciguar la ira de Brahne cuando se rompió la promesa de matrimonio. De hecho, llevo semanas, meses, de exhaustivas misivas explicándole las condiciones de tu reaparición y pidiendo perdón. Si, la verdad es que tu marcha supuso un auténtico quebradero de cabeza. Pero, sobre todas las cuestiones diplomáticas que eso implicaba, lo que más me dolía era tu ausencia. Me preocupaba sobremanera tu suerte. No podía dejar de preguntarme dónde estarías, si estabas bien… moría al pensar siquiera que podrías haber muerto en cualquier esquina, y que yo no llegaría a saber jamás de ti…

-…

-Bueno, todo eso. Pero si, fue un auténtico fastidio que te marcharas… Supongo que te habrás percatado de que esta visita tiene ciertas connotaciones diplomáticas…

-Algo me olía.

-Prefiero traerte ante Brahne a que se entere que volviste, aunque por un corto periodo de tiempo, y que no nos dignamos a presentarnos ante ella. Parecería que trato de esconderte, y sabe Dios qué connotaciones podría sacar de ello. Porque la noticia de tu aparición acabaría por llegar tarde o temprano a esta parte del mundo.

-Lo sé… ¿No me obligarás a casarme, verdad?

-No. Cielos, no- sonrió-. No podría encerrarte. Seguro que darías con la forma de escaparte, aunque te atara con cadenas de fuego al mismísimo fondo del averno…

-Tenlo seguro.

-Además, tu madre nunca me lo perdonaría. No me perdonaría imponerte algo que ahora sé te haría profundamente desdichado. No puedo ser tan hipócrita como para hablarte del deber, cuando yo mismo no accedí a ello cuando fue mi turno. Me casé con tu madre. Me opuse a todas las normas y a todos los convencionalismos sólo porque la amaba. Y me salí con la mía.

-Ahora puedo ver a quién salí.

-A veces la hecho tanto de menos…

-Todos lo hacemos…

-Ya… en fin. Me recuerdas tanto a mi cuando era joven. Yo di un vuelco a todo un país por amor. Yo, destinado a casarme con alguien a quien no amaba por pura política, al igual que se venía haciendo desde que Sarmag apareció en el mapa, no descansé hasta desposar a una mujer considerada una vulgar plebeya. Por eso, hijo, no volveré a caer en el hipócrita error de imponerte aquello contra lo que yo luché con uñas y dientes.

-… Gracias. No tienes ni idea de lo bien que me sienta oír esto- dijo dándole una sincera sonrisa.

-Me alegro. Eso es todo. Puedes irte.

Se encaminó a la puerta. En el dintel, antes de abrir el pomo, se detuvo pensativo un instante.

-Papá, oye…

-¿Hm?

-…He causado demasiados problemas. Soy mayorcito para saber que tengo que hacer frente a ciertas cosas. Por eso… por eso de aquí a que me marche haré todo lo que creas conveniente para pedir disculpas, o lo que sea que sea necesario para enmendar mis errores. Pero no pienso volver, ni casarme, ni inclinarme ante nadie- se apresuró a añadir.

-Oh. Has crecido mucho. Eres un hombre del que estar orgulloso.

-Bueno… y me preguntaba… si sería demasiada molestia que me dejara caer de vez en cuando en Sarmag… para no tenerte preocupado. Que cuando algo te preocupa, no te centras… es decir, si lo permites. A lo mejor no te apetece tenerme rondando…

-Nada me gustaría más que vinieras de visita. Y apuesto que tus hermanos estarán de acuerdo. Todos vosotros seréis bienvenidos siempre.

Con una última sonrisa, el pelirrojo salió de la estancia. El monarca se quedó un rato, observando el crepúsculo a través de la ventana.

La vida está plagada de errores. Una persona fuerte no trata de evitar cometer errores. Trata de enmendarlos y, sobre todo, de no volver a cometerlos una y otra vez. Si… él no cometería el mismo error. El fatídico error que casi lo lleva a perder uno de sus hijos…