Capítulo 13_Las paredes tienen oídos.
No sabía donde se encontraban los demás y, la verdad, poco le importaba. Perdido por uno de los jardines rodeado de canales que circundaban el castillo, caminaba tranquilo y relajado por primera vez en muchísimo tiempo. Hablar con su padre le había hecho mucho más bien de lo que esperaba. Se sentía como si un gran peso hubiera sido liberado por fin de sus hombros tras varios años, y se sentía ligero y alegre. Bueno, tan alegre como el recuerdo de la noche anterior se lo permitía. Pero qué coño, si, se sentía bien.
Cayó en la cuenta de que no tenía idea de cuándo era la hora de la cena. Cuando iba a volver al castillo, se topó de frente con Ton y Son, los dos pequeños bufones a las órdenes de Brahne.
Aquellos hombrecillos nunca habían despertado la simpatía ni la confianza de Blank. En parte porque eran irritantes hasta lo indecible. En parte porque eran los ojos y oídos de la reina, sus espías y su mano ejecutora en la sombra. Cobardes y astutos, falsos y maquiavélicos, eran algo así como su carta de triunfo. Ambos lo miraron burlones, aún cuando inclinaron al unísono el espinazo en lo que pretendía ser una reverencia de respeto, casi rozando el suelo con la frente.
-Majestad- dijeron perfectamente sincronizados.
-…- pretendiendo ignorarlos, siguió su camino.
-Majestad, su alteza os convoca para la cena, a vos y al resto de invitados, pífate.
-Os espera en el gran comedor, páfate.
-Allá me dirigía.
-Entonces iremos con vos, páfate.
-Puesto que ambos vamos al mismo lugar, pífate.
Respirando profundo, siguió caminando oyendo perfectamente los ruidosos pasos de los dos bufones a sus espaldas, con ese irritante sonido de tintineo de cascabeles que envolvía todos sus movimientos. Caminaba rápido, mas los hombrecillos correteaban para ponerse a su altura.
-¿Has oído, pífate? Se rumorea que su majestad Bassalard ha estado ocho años en una banda de ladrones, pífate.
-He oído, páfate. Solo los dioses saben qué andaría haciendo con tan baja calaña, páfate.
-Y sólo los dioses saben qué razones tiene para volver en este instante, pífate.
-Sí. Pero es cierto que ha conseguido que admitan como invitados a sus golfos amigos en palacio, páfate.
-Imagínate. ¿Será su objetivo el colgante de uña de dragón de la familia real, pífate?
-¿O los tesoros de las arcas, páfate?
-¿Tal vez quieran secuestrar a la hermosa princesa, pífate?
-¿Qué tramarán?- dijeron al unísono.
Blank estaba a punto de reventar. Aquellos insolentes hablaban como si no pudiera oírlos. Y más diciendo aquella sarta de estupideces sin sentido. Estaba claro que querían hacerle enfadar, pero, ¿Con qué retorcido fin?
Sabía que aquellos bufones, vestidos uno de rojo y otro de azul, eran los consejeros de confianza de la reina. Agredirles (porque en eso mismo estaba pensando) era una ofensa directa contra la oronda mujer.
Yo no puedo contrariar a nadie en este maldito país, pero todo el mundo puede tomarme el pelo, provocarme y hacerme la puñeta. Dios, qué difícil me lo ponen. Ojalá pudiera marcharme ya mismo…
-Imagínate, pífate. Seguro esa bella mujer de pelo azul y acento extranjero es una artera de cuidado. Una suerte de íncubo devora hombres. Seguro embauca cualquier varón con sus encantos para librar sus bolsillos hasta del último gil, pífate.
Aguardaron unos instantes, como esperando una reacción de él. Nada.
-Y ese Bakú… un ratero del tres al cuarto. Un mentiroso y un tramposo de refinadas maneras cuando le conviene, páfate. Un embaucador en toda regla, un ladrón de guante blanco con aspecto de tabernero de mala muerte, páfate.
Nueva espera. Una vena en la frente de Blank se iba hinchando poco a poco. No soportaba que se mofaran de aquella forma de sus nakama, más estaba seguro de que si abría la boca, aquello iba a acabar muy mal.
-Y ese orondo personaje con ese ridículo martillo. ¿Qué se supone que es? ¿Un tonel con patas? ¿Para qué servirá semejante inútil? ¡Si se le huele que es de la más baja morralla a la legua, pífate!
Nueva espera. Nuevamente fueron ignorados. El puente ya se veía cerca. Poco, faltaba poco para llegar al castillo y ahí podría librarse de alguna forma de ellos.
-Y ese andrógino fenómeno con cola, páfate. ¿De dónde se supone salió tan extraño primate? ¡Valdrá nomás para lanzarle cacahuetes a través de los barrotes de una jaula, páfate!
Demasiado. Ya era demasiado. Tratando de controlarse, se giró en redondo de pronto, encarando a los gemelos. Les dedicó la mirada más gélidamente abrasadora que tenía en su repertorio. Ambos retrocedieron un par de pasos, mudos de pronto. Procesando a toda velocidad, buscando en su banco de memoria palabras que pudieran hacer callar a aquel par de incordios sin pasarse de la raya, se quedó unos instantes así, simplemente amenazando con la mirada, haciéndolos casi temblar.
-Os agradecería que no habléis de quien no conocéis. ¿Acaso no os enseñaron educación? Más os vale que no vuelva a oír media palabra despectiva en contra de mis compañeros, o las consecuencias… no querréis saber las consecuencias. Aunque me marchara, mi sangre sigue siendo la misma y mi apellido sigue siendo Vrecoc Til Sarmageon. Así que exijo respeto para mí y mis compañeros, puesto que una mala palabra o un mal gesto dirigido a ellos, es lo mismo que dirigírmelo a mí, ¿Queda claro?
Ambos asintieron simplemente. Al ver que ninguno tenía ganas de seguir hablando, se giró de nuevo y continuó su camino, ya sin sentirlos tras de sí.
Vale, a lo mejor no había sido tan sutil como debería, y se le había ido un poco la mano, hasta el punto de proferir lo que sin duda era una velada amenaza, pero era eso o destrozarlos allí mismo con sus propias manos. Mientras notaba como la sangre agolpada en la vena de su frente volvía a su lugar en el resto de su cuerpo, caminó hacia el gran comedor.
La cena transcurrió sin mayores sobresaltos. Mientras Blank se desmarcaba por ahí, los demás habían hecho un poco de "turismo" a lo largo del castillo. Incluso la princesa Garnet había pasado la tarde con ellos. Animada, reía con los hermanos de Blank y la gente de Tantalus y sus historias y bromas.
La reina Brahnse se limitaba dar buena cuenta de su generosa cena, dedicando miradas de perro a todo aquel que se cruzaba en su ángulo de visión. El rey Howard se limitaba a mantener su digna pose y a charlar ocasionalmente con algunas personas, mirando alternativamente a la reina y a su hijo.
Blank por su parte seguía sin hablar. Yitán parecía haber recobrado el don del habla, pero a él no le dirigía ni media mirada. De Gabranth no había rastro. Probablemente estuviera con el resto de los soldados.
Terminada la cena, cada uno se retiró a su propio aposento. Todos salvo la reina, que mandó llamar en privado a Ton y Son al balcón real.
-¿Y bien? ¿Habéis descubierto algo?
-Lo sentimos, pero no tenemos nada, majestad, pífate.
-Cierto. Tratamos de molestarlo para ver si preso de la ira algo útil abandonaba sus labios, mas no fuimos capaces, páfate.
-Diablos.
-No os preocupéis, su majestad, pífate.
-Eso, páfate. Sólo ha sido el primer día. Encontraremos algo sin falta, páfate.
-Más os vale. Ahora, contadme exactamente qué dijisteis y qué os contestó- tras el relato, Brahne quedó pensativa-. De eso sólo podemos sacar en claro que tiene aprecio a sus compañeros. Más eso era de suponer. No me sirve, es demasiado complicado con tantas personas. Necesito algo más concreto, necesito que deis con su punto débil. Bufones míos, necesito que encontréis el talón de Aquiles de ese impertinente muchacho. Da igual lo que sea, pero hemos de poder usarlo fácilmente en nuestro favor. Quiero que os convirtáis en su sombra hasta que sepáis algo. Que por lo menos uno de los dos vigile sus pasos día y noche.
-A sus órdenes majestad- reverenciaron al unísono.
-Ahora largo.
Brahne quedó sola durante un rato antes de retirarse, disfrutando de la brisa de la noche. ¿Qué? ¿Qué diablos podía utilizar en contra de Bassalard? ¿Qué podía hacer para ponerlo a sus pies, para que cumpliera todas sus órdenes y deseos sin rechistar?
-Ese maldito carácter y ese espíritu de potro salvaje… sabía yo que traerían problemas. Las personas así son las más difíciles de controlar…
Tenía que ser sutil. Debía evitar por todos los medios contrariar al rey. Lo último que quería era mala relación con el reino de Sarmag. Todo lo contrario, ansiaba una alianza entre ambos países. Así, conseguiría lo que Alexandría siempre había anhelado: una alianza entre dos poderosas naciones. Sería más poderosa que nunca.
Por ahora solo podía esperar. Esperar a encontrar un medio para obligar al joven a contraer matrimonio con su hija. Porque los medios ortodoxos habían quedado fuera de posibilidad. Sus bufones ya habían pegado el oído en la puerta del rey cuando este habló con su hijo y sabía toda la conversación.
No importaba cómo. El pelirrojo se casaría con su hija. Conseguiría la alianza de ambos países como fuese. Con la formidable flota naval y aérea, el disciplinal y poderoso ejército terrestre y el eficaz y eficiente servicio de estrategia e inteligencia de Sarmag a su servicio, ningún otro país podría hacerles frente. Ni las débiles huestes de Treno, ni las flotas de Lindblum, ni los guerreros dragontinos de Burmecia, nada ni nadie. Y como aliados, si empezaba una guerra, su obligación era secundarla. Ávida de poder, con ayuda de Sarmag, pensaba hacerle frente al mundo y pensaba ponerlo a sus pies.
Aún así, sabía que las cosas no iban a ser fáciles. Sarmag era un reino con una innegable ascendencia y tradición guerrera. El temple y el afán de lucha corría por las venas de cada sarmagense, y el príncipe no iba a ser menos. Estaba segura de que el muchacho iba a darle guerra. Pero guerra era justamente lo que quería. Guerra, gloria y poder. Iba a domar a aquel potro salvaje sin importar como. Si encontraba la manera de que "aceptara" (mejor dicho, de chantajearlo o extorsionarlo para ello) la unión con Garnet, nada podría interponerse en su camino.
Si conseguía hacerle jurar en público, por su sangre real, que se casaría, nada podría hacerse. Dar su palabra es el máximo contrato para un sarmaguense. Más aún jurar por la sangre. Más aún jurar por sangre real.
Moviéndose como sombras, los bufones llegaron a los aposentos de Blank. Aquel era SU castillo. Conocían a la perfección cada recoveco, como observar cada una de las salas del lugar sin ser vistos. Así, asomaron sus feas narices en la cámara donde el muchacho se encontraba. Este dormía tranquilo en la amplia cama, solo.
Mentalizados de que tendrían que pasar toda la noche y el resto del tiempo que a la reina se le antojara vigilando a aquel hombre, dispusieron turnos para descansar y vigilar, jugándose a piedra papel tijeras quien hacía el primer turno.
Vigilar era aburrido. Los bufones se aburrían como ostras. La noche pasó, y el día siguiente, y llegó la noche de nuevo sin que nada útil sucediera. Sin embargo, la noche del segundo día, alguien llamó a la puerta de Blank. Atentos, pues en ese instante ambos ocupaban el puesto de vigilancia, presenciaron pacientes la escena.
-¿Puedo pasar?
-Adelante, Gabranth.
El moreno entró un poco vacilante, cerrando la puerta tras de sí.
-¿Qué sucede?
-Bueno, no pude hablar contigo desde la otra noche.
-Ya.
-… Sigo sintiéndome culpable.
-¿Todavía sigues? ¿Cuántas veces voy a tener que decirte que el único culpable soy yo?
-… Es que no puedo evitarlo. Por mucho que digas, yo me sigo sintiendo así.
-No has cambiado nada, ¿Eh?
-Tú tampoco.
Los bufones contemplaban bastante extrañados la escena. ¿Cómo aquel soldado hablaba con tal confianza con el príncipe? ¿Qué era lo que había pasado? Presintiendo que aquel era un buen hilo del que tirar, prestaron toda su atención a la escena.
-Sigues sin hablar con Yitán.
-No tenemos nada de qué hablar. Ya hablamos suficiente.
-Oh, vamos. No estaréis cabreados hasta el día del juicio final, ¿No?
-Pues tal vez. Dijo cosas que me hicieron daño. Y lo peor es que tiene razón. Todo lo que me dijo, todo lo que me echó en cara es cierto.
-… ¿Quieres contarme qué pasó exactamente?
-Tal vez me venga bien hablar… sacarme por fin esta espinita envenenada.
Y así, Blank contó para más audiencia de la esperada todo lo que había pasado entre él y su rubio amigo en su discusión de unas noches atrás. El moreno lo escuchó con paciencia, y trató de consolarlo, o, por lo menos, aliviar un poco su malestar, mas el pelirrojo era una persona difícil y no se dejó convencer por amables y dulces palabras. Se había empeñado en verse como un idiota y cargar toda la culpa, pero aún así no quería dar brazo a torcer con Yitán. No tenía intención de encarar al rubio a menos que él lo hiciera. En su infinita tozudez, veía tal cosa como una verdadera puñalada en su orgullo.
Dejándolo por imposible, el moreno decidió dejarlo descansar. Viéndose solo de nuevo, aunque un poco aliviado de poder desahogarse con su amigo, se tumbó boca arriba en la cama, hablando solo.
-Tiempo… ojalá el tiempo cure esta herida. Ojalá el tiempo me permita olvidarme de este estúpido amor…
Cuando por fin el pelirrojo se fue a dormir, los bufones abandonaron su escondite rápidamente para reportar a su reina lo que habían descubierto.
Brahne no cabía en sí de contento. Las noticias eran buenas. En un increíblemente corto periodo de tiempo, había encontrado aquello que buscaba con tanto ahínco. Emocionada, envió a Ton a espiar de nuevo a Blank y a Son a seguir los pasos de Yitán. Por si podía echar mano de nueva información. Aunque, en realidad, tenía lo que necesitaba.
Así que el joven príncipe amaba a alguien. A un hombre. No era correspondido, pero aún amaba a aquel rubio, a pesar de las palabras hirientes, a pesar del cabreo. Era perfecto. Ahora quedaba averiguar hasta dónde era capaz de llegar por el objeto de sus sentimientos. Aunque, conociendo como conocía a los portadores del apellido Vrecoc Til Sarmageon, estaba segura de que removería cielo y tierra.
Si podía echar mano del rubio, el pelirrojo cedería ante todo lo que quisiese. Todo. En soledad, riendo ante el afortunado acontecimiento, un perverso y retorcido plan empezó a germinar en la mente de la reina.
