Capítulo 14_Juramento de sangre.
Los días pasaban. Los hombrecillos observaban a todas horas al rubio y al pelirrojo. Apenas intercambiaban palabras, cuando coincidían apenas reconocían la existencia del otro. La tensión entre ambos era palpable. Aún así, se giraban para observar la espalda del otro, las duras miradas se dulcificaban cuando se sabían fuera del alcance de los ojos ajenos.
Ambos eran orgullosos. Ninguno daría brazo a torcer, al menos por el momento. Y eso los estaba matando poco a poco. Porque se echaban de menos a pesar de estar tan cerca. Blank cada vez estaba más irritable. La distancia que interponía el rubio entre ambos le cabreaba. A más cabreo, más tozudo se ponía. Y cuanto más tozudo, peor lo tenía Gabranth para hacerlo entrar en razón. Los demás se olían que algo pasaba, mas no había forma de hacer hablar al trío de hombres.
El que más raro se notaba era Yitán. Blank era algo taciturno de por sí, así que verlo pasar etapas de máxima bordería no era extraño, siempre se le acababa pasando. Gabranth simplemente era serio, aunque se lo notaba más distante. Pero Yitán… su carácter siempre alegre y despreocupado había quedad lejos. Ya no perseguía faldas como hubiera hecho antes. Se limitaba a piropear mozas, aunque parecía más por costumbre que por otra cosa. Ni siquiera la presencia de la bella y encantadora Garnet lograba devolverlo a su antiguo yo, que se hubiera pegado como lapa a la dama.
A pesar de todos los intentos de comunicación, aquellos tres no decían ni pio. Dejándolos por imposible, pensando que sería un estado pasajero que pasaría tarde o temprano tan pronto se calmaran los ánimos, se limitaban a pasarlo bien, disfrutando de la hospitalidad alexandrina y de la compañía frecuente de la dulce princesa Garnet.
Gabranth estaba harto. No había forma de hacer entrar en razón a uno y no se atrevía a hablar con el otro, habida cuenta de cómo la había cagado en su anterior conversación. Tenía miedo de empeorar las cosas.
Así de chungo estaba el patio. Entre tanto, Brahne ya había urdido a la perfección su plan, y estaba más que lista para ponerlo en marcha. Así, una noche tranquila, dos pequeñas sombras se internaron en la alcoba de un profundamente dormido Yitán.
La hierba Morfeo que habían deslizado con disimulo en el agua del rubio había hecho efecto. El joven dormiría toda la noche y parte de la mañana. Silenciosos como las alimañas que eran, cargaron su inerte fardo y se dirigieron, sin que nadie pudiera verlos, a las entrañas del castillo, las mazmorras secretas que se abrían bajo las torres, que llevaban directamente al caído en desuso pasaje del Gargán.
Horas después, un insomne Blank deambulaba por los pasillos del palacio. Faltaban apenas un par de horas para el amanecer. Hacía noches que no dormía como era debido, y esto empezaba a pasarle factura, embotando un poco sus sentidos. Así, no notó la presencia de los hombrecillos hasta que prácticamente estuvieron a su lado. Desenvainando la espada que lo acompañaba casi siempre, esperó a que los bufones abandonaran las sombras y lo encararan debidamente.
Sonrientes, Ton y Son salieron del amparo de la oscuridad a la luz de la luna.
-¿Qué pretendéis acechándome de ese modo? Si os considero hostiles puedo defenderme sin miedo a represalias…
-Tranquilo, "principito"- dijo con tono jocoso-, no pretendemos reñir contigo, pífate.
-Cierto, páfate. Tan solo somos mensajeros, páfate.
-Venimos a decirte que la reina desea verte, pífate.
-Debes seguirnos, páfate.
Algo no le daba buena espina. Aquellos dos habían le hablaban sin rastro del respeto que solían mostrarle. Le hablaban con burla, con altanería. Irónicamente, que lo trataran de forma tan informal no le estaba gustando lo más mínimo. Envainando, se dispuso a irse.
-Decidle a su majestad que es muy tarde. Que si quiere algo de mí, haga el favor de convocarme a una hora más normal.
-No estás en posición de negarte, pífate.
-Cierto… a no ser que la vida de tu amigo con cola te sea indiferente, páfate.
Blank se detuvo en seco, girando apenas el rostro, dedicando una fría mirada a ambos hombrecillos, que pese a saberse fuera de su alcance, no pudieron evitar un ligero escalofrío.
-¿Qué habéis dicho? ¿Qué cojones habéis hecho?
-Deberás seguirnos para saberlo- dijeron al unísono, antes de desaparecer en las sombras.
Consternado, con el corazón en un puño, Blank echó a correr, siguiendo el sonido de risas y cascabeles que ambos bufones producían al moverse.
Casi sin aliento, en parte por el nerviosismo, en parte por la carrera casi interminable por medio castillo, se detuvo a recuperar un instante el aliento cuando los hombrecillos se detuvieron frente a una puerta que no había visto nunca. Se encontraba en las entrañas de una de las torres.
Ton y Son lo dejaron recobrarse unos instantes para luego, sonrientes, abrir las puertas de madera.
-Adelante, pífate.
-No hagas esperar a la reina, páfate.
Desconfiado, entró con cautela en la sala, iluminada tenuemente. Sus ojos tardaron unos segundos en acostumbrarse a la débil luz, mas enseguida vio un bulto tendido en el suelo.
El corazón pareció dejar de latirle de pronto. Con el alma en los pies, corrió al centro de la estancia, cayendo de rodillas al lado de Yitán. Comprobó su pulso, algo débil pero constante y acompasado. Su respiración era lenta y tranquila. Lo elevó en sus brazos, zarandeándolo y llamándolo sin obtener respuesta. Asustado, al borde de la ira más feroz y la desesperación más descorazonadora, miró con furia a los dos hombrecillos.
-¿¡Qué le habéis hecho?!- tronó su voz amenazante en la estancia. Casi como el rugido de un animal.
-No temas. El muchacho tan solo duerme.
No fue ninguno de los bufones quien habló. De algún punto incierto, Brahne emergió con toda su corpulencia de las sombras.
-Tú… - siseó, clavando sus pozos de negrura en la mujer-. Exijo saber qué le has hecho. Más te vale no haber hecho nada malo…
Hacía tiempo que su sentido común se había evaporado. Sin preocuparse de las consecuencias que sus actos pudieran acarrear, desenvainó de nuevo su espada, apretando contra sí el cuerpo inmóvil del rubio.
-Habla… contéstame…
-¿O qué? ¿Eres consciente de contra quien alzas tu acero? Recuerda con quién estás hablando. Muestra respeto.
-No juegues con mi paciencia, Brahne… ¿Qué significa todo esto?
-Qué insolente. Pareces no captar la delicadeza de tu situación. Lo explicaré de forma clara, para que hasta alguien como tú pueda entender.
-Primero, dime qué le has hecho. Y exijo que lo liberes del hechizo o lo que sea en que lo tienes sumido.
-Tranquilo, joven. Sólo es hierba Morfeo. Despertará en unas horas, fresco como una rosa tras una larga noche de sueño. Ahora, calla y escucha. Y mejor que envaines tu espada.
Ton y Son, aunque algo asustados ante la amenazadora e imponente presencia del pelirrojo, se colocaron protectoramente entre su reina y los dos hombres. Blank no obedeció. Se limitó a mirar con más furia si cabe a los tres enfrente suya.
-Eres igual de orgulloso que tu padre. Igual de idiota también. En fin, ¿Para qué más preámbulos? En primer lugar, decirte que me molestó sobremanera que hace ocho años declinaras tan indecorosamente la unión con mi hija. Tú, egoísta golfillo, privaste a mi reino de una alianza más que poderosa. Pero no importa. Al menos, no tanto. Porque, quieras o no, te casarás con Garnet.
La mañana siguiente todos estaban reunidos en el balcón real. Las puertas del patio donde se solían representar las obras de teatro se habían abierto para el populacho, anunciando a bombo y platillo en todo el reino que un anuncio importante se haría al mediodía.
En la hora convenida, una horda de gente esperaba impaciente en el patio, la vista fija en el palco, donde ya estaba reunida la familia real de Sarmag, aunque faltaba Blank, la princesa Garnet, y una sonriente Brahne. Los miembros de Tantalus, que pese a ser invitados no pintaban nada en el palco, observaban entre la turba de gente.
-¿Qué habrá pasado, che? ¿Y dónde andará Blank? No está allá arriba, che.
-Eso 'e cierto.
-Hace un par de diaz que eztá raro. Y tu también Yitán. ¿Ze puede zaber que paza con vozotroz?
-Déjame en paz. Si ese imbécil no está es porque no quiere. Ya aparecerá.
Yitán se estiró cuan largo era, de forma felina. Esa noche había dormido del tirón por primera vez en bastantes días, y eso le resultaba raro. Había acabado por achacárselo al puro agotamiento. Pero aparte de eso se sentía extraño. Sentía como si el pecho le doliera de vez en cuando, como si de pronto no pudiese respirar bien durante unos segundos…
-Brahne, ¿podríais ser tan amable de decirnos qué queréis anunciar? La duda nos está comiendo. ¿Acaso ha pasado algo?
-Algo ha pasado, mi estimado Howard. Mas no te preocupes, es una buena noticia. En breve sabréis. Paciencia.
El rey olía algo raro en todo aquello. Optó por callar, esperando lo que quiera que fuera a suceder, preguntándose dónde diablos estaría su hijo.
Unos minutos más tarde, la puerta del balcón se abrió. Vestido como el verdadero miembro de la casa real que era, Blank apareció, con aspecto algo cansado y unas enormes ojeras pintadas bajo sus ojos. Cada vez todo el mundo entendía menos. Todos menos Brahne, que ocultaba su triunfal sonrisa tras su eterno abanico.
Ataviado de granate y negro, los colores de su patria, Blank estaba como nunca vestido con aquellas caras ropas. Ante miradas incrédulas, se acercó a la parte delantera del balcón. Antes de que ningún miembro de su familia pudiera siquiera preguntar, Brahne alzó los brazos, instando al silencio a la bullente plaza. La gente, impaciente, calló de pronto, expectante.
-Pueblo de Alexandría- exclamó-, en este día, en este señalado día, una gran noticia debe ser anunciada. Pero no soy quien debe desvelar la intriga. Esas palabras deben ser pronunciadas por otra persona…
Haciéndose a un lado, instó con un ademán a Blank para que se pusiera en el lugar que ella ocupaba. Su mirada recorrió un instante la multitud en casi total silencio, que esperaba para oír por fin a qué venía todo aquello.
-Gente de Alexandría. Tal vez no recordéis quién soy, o tal vez no me reconozcáis, pues mucho tiempo ha pasado desde la última vez que me muestro en público. Mi nombre es Bassalard Vrecoc Til Sarmageon, tercer hijo de Howard Vrecoc Til Sarmageon, monarca de Sarmag.
Un murmullo recorrió la muchedumbre. Quien más quien menos había oído hablar de él y de su periplo. Era un rumor que estaba en boca de todos.
-¿Pero qué le ha dado a este de repente?- dijo Yitán, sorprendido como los demás.
-Ni idea. Parece que ze le han cruzado un par de cablez…
-Cómo también sabéis- continuó, haciendo cesar el murmullo-, hace ocho años estaba prometido con vuestra bella princesa, Garnet Til Alexandros. Pero cometí el error de marcharme, dejando el compromiso. Por eso estoy aquí, para enmendar tal error. Y esta vez no hay vuelta atrás.
Ante todos vosotros, pueblo alexandrino, juro por mi sangre noble, por mi sangre guerrera, por mi sangre de familia real sarmaguense, que no volveré a irme. Juro, sobre mi sangre, mi honor y mi vida, que desposaré a la princesa Garnet, afianzando una sólida alianza entre nuestros dos reinos, siempre y cuando ella aún me acepte, y su noble madre aún tenga la bondad de concederme el honor de desposar su mano. Una alianza que unirá dos países largo tiempo enemistados.
Con una pequeña daga de plata, hizo un pequeño corte sobre su palma derecha, dejando escurrir el líquido rojo sobre la barandilla del balcón, cerrando su puño.
-Aquí y ahora, ante todos vosotros, ante mi familia y mi futura familia, juro de nuevo, esta vez ante el testigo mudo pero implacable de mi propia sangre, que la alianza entre ambos reinos será consumada, si los dioses no se oponen. Desde ahora y para siempre, nuestras naciones son hermanas.
La multitud, asimiladas las palabras, estalló en vítores y muestras de júbilo. Disimulando su profunda tristeza como pudo, Blank paseó una nueva mirada por la turba exaltada de júbilo. A pesar de los cientos, tal vez miles de personas que allí había, sus ojos dieron con los ojos azules que tanto quería y a la vez temía ver. Yitán lo miraba fijamente, sin acabar de creerse lo ocurrido, en aparente estado de shock, a pesar de que era zarandeado por la multitud que celebraba tan buena noticia.
Aquello tenía que ser una broma, ¿No? Blank no podía acabar de decir lo que acaba de decir. No podía ser cierto. Sintiendo un profundo dolor en el pecho como nunca en su vida recordaba haber sentido, un dolor que nada tenía que ver con el plano físico, se giró y abandonó el lugar a empujones antes de que el nudo en su garganta se hiciera más prieto, antes de que las lágrimas anegasen por completo sus ojos. Algo acababa de sacudir todo su ser, un estremecimiento de hondo pesar acaba de recorrer su alma y su corazón, haciendo que algo dentro de él se quebrara en pedacitos.
Por su parte, Blank lo vio marchar entre la gente con el corazón hundido. Suspirando, dejó su lugar, dirigiéndose a su sorprendida familia, consciente de que tendría que explicar muchas cosas.
