Capítulo 15_Cada vez peor.

Tras el anuncio público, las dos familias reales estaban reunidas de nuevo, esta vez en privado. Aún sin creerse todo lo que acababa de pasar, no sabían que preguntar, qué decir, que cara poner…

Gabranth, que había presenciado también todo desde la plaza, había sido llamado para vendar la mano de Blank, utilizada para hacer el juramento. Era apneas un rasguño, pero no podían dejarlo ir por ahí sangrando como un cerdo. Él tampoco sabía que decir mientras aplicaba las vendas con cuidado. Cuando el moreno hubo terminado, el rey pidió unos instantes de intimidad con su hijo.

-Bassalard, ¿se puede saber qué mosca te ha picado? ¿A qué ha venido esto de repente?

El pelirrojo se limitó a abrir y cerrar su mano sin mucho cuidado, comprobando que le dolía un poco, pero que no era nada en realidad. No se decidía a mirar a los ojos a su padre. Sabía que notaría algo.

-Estuve pensando. Al fin y al cabo, es mi deber. Ya llegó de andar por ahí como un vulgar ladrón. Es hora de que sea un hombre de verdad y asuma mis responsabilidades como miembro de la familia real. Ahora nada puede hacerse. He jurado hacerlo, lo he jurado por mi sangre. No se puede abolir.

-Pero te dije que no era necesario, que no te obligaría a hacerlo.

-Ya ves. He cambiado de opinión. Me estoy haciendo responsable de mis actos al fin.

-… Bassalard, no puedes haber cambiado tanto, incluso con el paso de los años. Este no eres tú. ¿Qué sucede, hijo? Cuéntame la verdad.

-… sucede que ya no soy un niño. Me dejé llevar por un capricho y abandoné todo. Pero eso ya no volverá a ocurrir. Ahora soy consciente de que cometí un error que casi da al traste con la diplomacia, con la paz conseguida entre dos naciones tras siglos de guerras y hostilidades. Es mi deber afianzar esta paz. Es mi deber, aunque eso implique… hacer algo que no deseo en realidad. Es mi deber, simplemente por la sangre que corre por mis venas.

-Bassalard, me estas ocultando algo.

-¿Por qué te cuesta aceptar que haya cambiado de opinión?

-¡Por que no es propio de ti! Nunca jamás, habías bajado las orejas y aceptado la derrota de este modo. ¿Dónde ha quedado mi hijo rebelde y fuerte, luchador e inconformista?

-Ha crecido. Simplemente he madurado.

-Yo no lo cero.

-Maldita sea, déjame en paz. Esto era lo que querías, ¿O no?

-Bassalard, me pareció habértelo dejado muy claro la última vez…

-Y lo hiciste. Lo dejaste muy claro. No querías obligarme, pero las cosas no iban bien. Ahora todas las aguas vuelven a su cauce, y ya no hay vuelta atrás.

-A veces no te reconozco, hijo.

El monarca salió sin dar lugar a réplica. Fuera, se encontró con los miembros de Tantalus, salvo Yitán, de quien no había rastro. Pasándose la mano por el pelo, suspiró y se dirigió a aquellas cuatro personas. Posó una mano sobre el hombro de Bakú, a la vez que se dirigía a todos.

-Por favor, os pido que hagáis entrar en razón a ese cabezota. O que, por lo menos consigáis sonsacarle qué diablos ha pasado. Estoy seguro de que sabéis tan bien como yo que algo no anda como debería. Por lo visto, ya no confía en mí. Tal vez si lo haga en vosotros. Solo os pido que le ofrezcáis el consuelo o la ayuda que no está dispuesto a pedirme o a recibir de mí, por alguna razón.

Dando un par de palmadas amistosas al jefe de la banda, se marchó junto con su familia, dejándoles a para que pudieran hablar con tranquilidad con el pelirrojo. Pero este no se bajó de la parra. Con el paso de las horas se irritaba más. Repetía una y otra vez los argumentos esgrimidos con su padre. Acabó por enfadarse y reñir contra su jefe, anunciando a voz en grito que abandonaba definitivamente Tantalus.

Ofuscado, necesitando liberar su frustración del modo que fuera, se preparó para la pelea que debía librar contra Bakú, precio a pagar por abandonar la banda. Mas el hombre no hizo nada. Abatido, se limitó a abandonar la estancia con sus antiguos compañeros.

Cabreado, dolido, furioso sobre todo consigo mismo, ciego de ira contra todo, perdió la noción de sí mismo y estalló en un arranque de pura furia. Cuando recobró un poco la calma, habían pasado varias horas y el crepúsculo estaba ya cerca. La sala de donde no había salido en todo el día estaba destrozada. Muebles reducidos poco más que astillas, cristales rotos, cortinas hechas girones, paredes marcadas por el filo de su espada y él jadeante, agotado, en medio de aquel desastre.

Lanzó su arma a algún punto incierto del lugar, caminando como león enjaulado, se llevaba las manos a la cabeza, temblando. Solo entonces se permitió derramar unas cuantas lágrimas. Lágrimas de ira, amargas, que sabían a sal y a derrota, rugiendo como un animal herido de muerte.

Fuera, nadie se había atrevido aún a entrar dónde él se encontraba. Nadie entendía qué pronto le había dado, pero sabían que era mejor no interponerse en su camino. La primera en entrar en la destrozada estancia fue Brahne, escoltada por sus dos bufones.

-Vaya, te has quedado a gusto, ¿Eh?- dijo observando el desastre.

En el centro de la estancia, el pelirrojo había conseguido serenarse a duras penas. Sentado sobre lo que en tiempos había sido algún mueble ricamente labrado en recia madera, observaba sombrío y taciturno a los recién llegados desde lo más profundo de sus ojos negros, que aún delataban secas lágrimas.

Su ropa estaba desarreglada y algo ajada, lo que contribuía a darle un aspecto aún más salvaje y amenazador. Daba verdadero miedo, como una animal salvaje en reposo antes de atacar.

-Puedes patalear todo lo que quieras. Ya es tarde para echarte atrás…

-No me echaré atrás. Tendréis vuestra boda y vuestra alianza. Pero pobre de vos que a mis oídos llegue que Yitán sufre lo más mínimo por vuestra brujería. Como le pase algo…

-No le pasará nada, pierde cuidado

-Más os vale. Si vos cumplís vuestra promesa, yo cumpliré la mía.

-Tenlo seguro.

-¿Cuándo lo liberaréis?

-Dentro de unos años, con el tiempo. Cuando me haya asegurado de que tu espíritu ha sido domado por completo y que mi objetivo ha sido conseguido. Cuando vea que te es imposible traicionarme, u obrar en contra de mis intereses, lo liberaré.

-Hasta entonces, no le pasará nada, ¿Cierto?

-Qué chico más pesado. Creí habértelo dejado muy claro. No sufrirá, a menos que yo lo desee, o a menos que yo muera, apuñalada a traición mientras duermo, o en algún desafortunado accidente. Solo concéntrate en no contrariarme y tu querido rubio estará a salvo. Ahora vamos. Cámbiate esas ropas y procura poner buena cara. Se supone que estás feliz de poder casarte. Representa bien tu papel o te arrepentirás.

-Sí. Como deseéis.

El frío de la noche acariciaba su piel y sus rojos cabellos, dándole cierto alivio. Distraído, contemplaba las hermosas vistas sin verlas realmente. Su mirada se posó entonces en el suelo, a miles de metros de dónde se encontraba, en lo alto de una de las torres del castillo. Era una caída formidable. Seguramente mortal. ¿Cuánto tardaría en llegar al suelo? ¿Cuántos segundos de vértigo? ¿Cómo sería recibir la muerte de ese modo?... pero no podía pensar en serio siquiera en algo tan cobarde. Si lo hacía, ¿Qué sería de Yitán? No podía dejarlo a merced de aquella bruja…

En esto pensaba cuando oyó unos pasos a sus espaldas. Decididamente, estaba perdiendo facultades. En circunstancias normales, nadie hubiera podido acercarse tanto sin percibirlo. Se giró. Era Yitán. Caminaba con el ceño fruncido, directo a él. Antes de darle oportunidad siquiera a abrir la boca, recibió un tremendo puñetazo del rubio.

Pillado desprevenido, el golpe que en condiciones normales no le hubiera costado esquivar, lo hizo trastabillar y retroceder un par de pasos. Su instinto le hizo reponerse y alzar la guardia antes de que el segundo golpe cayera sobre él. Esta vez detuvo el puño con facilidad con una de sus manos, sujetando la otra mano de Yitán que amenazaba con abofetearlo. Al verse preso, el rubio trató de zafarse, pero Blank tenía más fuerza y no se lo permitió. Iba a hablar, pero de nuevo fue interrumpido.

-¿¡Y a ti que cojones te pasa?!- le gritó a la vez que gruesas lágrimas resbalaban por su mejillas.

-¿A mí? Más bien será que te pasa a ti, ¿No?

-¡Imbécil! ¡Idiota! ¿¡Por qué cojones lo has hecho?! ¡¿Acaso has recordado lo mucho que te gustaba ser noble y ya te has olvidado de nosotros!? ¿¡Has necesitado tan poco para olvidarnos y cambiarnos por una vida de facilidades?!

-¿Qué estás diciendo?

Blank por fin lo soltó. El rubio se cubrió el rostro con las manos, tratando de evitar que lo viese llorar.

-Al final te vas. Te casarás con tu princesa, tendrás tu cómoda vida, y te olvidarás de nosotros- sollozó con la voz quebrada-. Sabía que pasaría. Que acabarías por volver y dejarme…

Cada vez entendía menos qué pasaba. ¿Por qué se enfadaba con él así? ¿Qué era lo que trataba de decir?

-Yitán, ¿Qué estás diciendo?

-¡Digo que eres un embustero! ¡Mucho decirme que me amas! ¡Mentiroso! En el fondo sabía que esto pasaría… solo querías divertirte, probar qué tipo de vida llevamos los plebeyos ¿No? Y ahora que ya estas cansado de correr por ahí, vuelves al nido, donde te reciben con los brazos abiertos… ¡Te ha faltado tiempo para acudir a los brazos de tu princesa y olvidarme por completo!

-¿Y a ti que más te da? Creí entender que no era correspondido. ¿Cómo dijiste?... ah sí, dijiste que o tenía tetas y llevaba falda o me olvidara de ti. ¿O me equivoco?- dijo en un tono que dejaba entrever lo herido y ofendido que se sentía- ¿Acaso fue un sueño, acaso nunca me dijiste tal cosa? ¿Acaso esas palabras que tanto daño me hicieron no eran de verdad? ¿Qué más quieres de mí?

Poco a poco se iba acercando a él. Yitán no se apartaba. De pronto, el rubio lo abrazó. Incapaz de hacer otra cosa, Blank le devolvió el abrazo.

-¿Por qué me haces esto justamente ahora?- susurró.

-¿Por qué me haces esto justamente a mi?- musitó el rubio en respuesta.

Aquello empezaba a ser peligroso. ¿Qué estaba pasando? ¿Acaso significaba que Yitán en verdad le correspondía? No podía ser. No podía estar pasando. Aquello tenía que ser un error… si, un malentendido. Solo estaba molesto porque se iba a ir, porque dejaba Tantalus, porque se sentía traicionado… Pero su corazón dio un vuelco cuando el rubio estrechó aún más el abrazo, hundiendo la cara en su pecho, mojando su camisa con sus lágrimas.

¿A quién pretendía engañar? Todo estaba claro. Todo estaba dolorosamente claro. Pero no podía permitir que las cosas siguieran ese cauce. Se odiaba a sí mismo por lo que iba a hacer, pero ¿Qué otra opción le quedaba? Si seguía así, no podría cumplir su parte del trato con Brahne, y por lo tanto…

Con el corazón encogido, intentó separarse de Yitán, pero este se aferraba a sus ropas desesperado, sollozando.

-Blank, yo… fui un idiota. Fui un imbécil. No debí decir eso. Lo siento tanto, tanto. No puedo vivir sin ti. No puedo. Si te vas de mi lado, yo… no podré disculparme suficiente durante toda una vida… porque yo te…

-Yo… ya no te amo, Yitán- interrumpió antes de que terminara.

Lo separó poco a poco de sí para poder mirarlo. Su pecho dolía, su corazón latía agónico. Para salvar a la persona que amaba debía hacerle daño. Debía alejarlo de sí, debía hacer que lo odiara. Se le rompía el corazón solo de pensarlo, de pensar que tal vez jamás volvería a verle, que jamás podría volver a abrazarlo… y el sentimiento era mil veces más doloroso ahora que sabía que era correspondido.

El rubio lo miraba sorprendido, los orbes azules abiertos de par en par.

-Me hiciste daño, mucho daño. Tanto que decidí olvidarte. Y lo hice. Gabranth me hizo olvidarte esa misma noche, en mi propia cama. Y ahora voy a casarme. Te he borrado de mi corazón, ya no te amo. Nunca más te amare. Lo mejor que puedes hacer es salir de mi vida. Tú mismo me empujaste a los brazos de mi princesa.

-Mientes fatal, Blank.

-No miento, maldita sea…

-Entonces, ¿Por qué lloras así?

Era cierto. Sin que su voz se viera quebrada, sin permitir que un solo sollozo saliera de sus labios, sus ojos se habían rebelado contra su autocontrol y sendos riachuelos de lágrimas corrían libres por sus mejillas.

-Yo… yo…

La mirada que le dedicaba era demasiado penetrante. Sentía que podía ver a través de él. Sentía la luz centelleante de aquellas pupilas adentrarse en la oscuridad de sus ojos, en aquellos pozos sin fondo. Sentía su calidez inundándolo por completo.

-Yo… por favor, Yitán, tienes que dejarme… Tienes que… no puedo…

-Te amo.

Lo había desarmado. Tan sólo utilizando dos palabras. Por primera vez en su vida, había dejado sin defensas a Blank. Por primera vez en toda su vida lo tenía llorando en sus brazos. Derrotado, se derrumbó por completo, abrazándolo de nuevo, llorando ahora sí a lágrima viva, como no había llorado en su vida, como un niño pequeño.

-Sé que obré mal. Sé que fui cruel y que dije cosas que en realidad no sentía. Pero, tenía miedo, mucho miedo. Miedo a… mis propios sentimientos. Miedo a admitir que me había enamorado de otro hombre. Sé que tal vez no tengo derecho a pedir perdón, pero… ¿Qué otra cosa puedo hacer?

-No… no sigas… no, por favor…

-Te amo. Siempre te amé. Siempre. Me reventaba… me reventaba que no me prestaras atención. Y me asustaba lo que sentía. Por eso perseguía cuanta falda se cruzaba en mi camino… quería… convencerme de que no era verdad… pero imaginarte lejos de mi… imaginarte con otra, o con otro para siempre… es demasiado. Demasiado incluso para mi orgullo. Soy tan jodidamente estúpido que tuve que esperar a perderte para darme cuenta…

Separó con suavidad su cabeza de su hombro, posando las manos en sus mejillas y lo miró a los ojos.

-Te lo diré cuantas veces quieras, y te lo demostraré cuantas veces haga falta. Te amo, Blank. Y haré lo que sea para que me creas y enmendar mi error… aunque sea demasiado tarde, aunque tal vez no merezca una oportunidad…

Entonces, acortando la distancia ínfima que los separaba, unió sus labios. El beso duró. Empezó tímido y algo torpe, pero poco a poco se volvió más demandante, más ávido, más pasional.

Blank estaba al límite. Tenía demasiadas cosas acumuladas en su interior, demasiadas penas, demasiadas dudas, demasiadas cargas sobre sus hombros. Aquel beso las liberó en parte, liberó su mente de todo que no fuera Yitán, de todo aquello que no fuera su suave piel, su sedoso cabello rubio, su lengua batallando con la propia por el control.

Aprovechando su fuerza, arrastró a Yitán contra una de las paredes de la torre, acorralándolo contra la fría piedra. Yitán gimió en su boca. Rodeó su cintura, y el rubio pasó sus brazos alrededor de su cuello, atrayéndolo más hacia sí.

Le faltaba el aire. Necesitaba respirar, pero no quería separarse. Ni ahora ni nunca. Era consciente de que aquello complicaba aún más una situación ya de por sí complicada. Pero no podía pensar con claridad. Se separaron, jadeantes. Yitán vio con ternura el rostro sonrojado del otro, a juego con su cabello, que acariciaba suavemente entre sus dedos. Con ternura, jadeando para recuperar el oxígeno, pegó su frente con la del otro chico.

-Blank…- jadeó lujurioso contra su boca, uniéndose de nuevo, esta vez de forma algo más mesurada.

Entre beso y beso, las manos ávidas y juguetonas del rubio descendieron suavemente por el cuello del otro, pasando por sus hombros, llegando a su pecho, donde se entretuvieron un rato para luego deslizarse a los costados. Era la primera vez que tocaba de aquella forma a otro hombre, y la verdad es que le estaba gustando más de lo que se hubiera atrevido a imaginar. Bajó más, hasta el trasero de Blank, que manoseó a su antojo. Luego, fue viniendo hacia adelante…

-Hey, para… - dijo separándose a duras penas.

-¿Por… qué?- replicó extasiado.

-¿No crees que es… ir un poco deprisa?

-Pues no… de hecho, creo haber esperado demasiado.

-… ¿Eres consciente de lo que estás diciendo?

-Por supuesto…- replicó lamiendo el oído de su compañero, cosa que lo hizo gruñir.

-Pero…

-Dios, pareces ser tú quien no quiere.

¿Qué no quería? Diablos, claro que quería. Había esperado mucho tiempo para poder abrazar de aquel modo a su amigo y por nada del mundo quería dejarle escapar. Quería hacerle de todo, pero… las cosas eran tan complicadas…

-Es que… esto complica las cosas de una forma que ni te imaginas…

-Ven aquí- dijo atrayéndolo de nuevo hacia sí con facilidad-… pues no es que opongas mucha resistencia.

-Pues no, la verdad es que resistirme no es una opción.

-Mañana aceptaré todo lo que tengas que decirme. Todo, absolutamente todo. Prometo también hacer lo que creas conveniente sin rechistar. Pero ahora no pienso escuchar media palabra. Actuar ahora, pensar después. ¿Qué te parece el trato?

-¿No te arrepentirás?

-Sé que me arrepentiré… si te dejo escapar en este instante.

-Nunca podría escapar de ti. Podría alejarme de ti todo lo que pudiese, no volver a verte en lo que me queda de vida, pero seguiría preso.

-Deja de decir esas cosas. Ser romántico no te pega.

-Mira quién habla. Déjame decirte lo que llevo tanto tiempo deseando poder decir…

-Prefiero los actos a las palabras… ¿Por qué no te limitas a hacerme todo lo que llevas tanto tiempo deseando poder hacer?- dijo mordiendo su cuello.

-…

Ahora sí, lo había conseguido. Había conseguido que el rostro de Blank adquiriera el mismo color que su pelo. Lo miraba con los ojos abiertos de par en par, cosa que hizo reír bajito al rubio.

-Ten cuidado dónde te metes, Yitán… no juegues con estas cosas…

-¿Quién juega? Dios, en serio, ya no sé qué más hacer para provocarte. Tendré que ser un poco menos sutil…

-¿A qué te refie…

Antes de que pudiera seguir hablando, Yitán pasó una pierna tras sus pies y lo empujó hacia atrás. El pobre dio con sus huesos en el suelo, de espaldas. Sin darle apenas tiempo para refunfuñar un par de reproches, el rubio se tendió a horcajadas sobre él cuan largo era. Irguiéndose sobre el pelirrojo, posó una mano sobre su pecho, obligándolo a tumbarse del todo.

Blank entre la sorpresa y que hacía tiempo que las neuronas habían dejado de funcionar correctamente debido a que las hormonas las habían asediado, se dejó hacer.

-Me refiero a esto, precisamente.

Relamiéndose, estirándose como un gato, alcanzó de nuevo los labios de su amante. Aquello ya era demasiado. Los últimos retazos de sentido común y cordura se perdieron en algún lugar lejano, muy lejano. No se enteraba bien de qué estaba pasando exactamente.

Si fue consciente de la falta de aire, que le obligaba de vez en cuando de separarse. De que cambió las tornas, siendo él quien ahora estaba encima, devorándolo ávidamente. Era consciente de los gemidos, de las caricias, de las palabras amorosas y obscenas que se dedicaban, de que pronto la camisa del rubio se perdió por ahí, al igual que la suya. Estaba en la gloria. A pesar del duro y frío suelo.

Mas, todo lo bueno no dura. A pesar de que su cerebro funcionaba en automático, concentrado tan solo en sentir, su instinto seguía alerta, consciente de que no estaban en un lugar ni en un momento muy adecuados. Los oyó venir. Así como no había oído ni por asomo a Yitán subiendo las escaleras, ahora podía oír perfectamente los pasos que pretendían acercarse sigilosos.

Deteniéndose de pronto, alargó su mano hasta su bota derecha y sacó un puñal escondido. Yitán también lo había notado. Ambos estaban tensos y alerta, quietos como animales a punto de entran en batalla, tratando de normalizar sus exaltadas respiraciones. Los pasos se habían detenido. Blank se irguió protectoramente sobre el cuerpo tendido bajo de si, escrutando la oscuridad que envolvía el fin de las escaleras.

El corazón le latía desbocado, a pesar de que su aliento había vuelto. Pegado a la piel del otro muchacho, podía sentir su corazón, también latiendo fieramente. Ambos cruzaron miradas un instante. Entonces, al volver la mirada a la oscuridad, los vio. Los rostros blanquecinos que tanto había aprendido a odiar. Ton y Son lo observaron solo un segundo más, de forma burlona, antes de echar a correr torre abajo.

-Maldita sea. ¡Esperad!- gritó.

Se levantó, solo deteniéndose a coger su espada, que colocó en su espalda como tenía por costumbre, antes de echar a correr en persecución de los bufones. ¿Qué iba a hacer ahora? ¿Tal vez podría amenazar a los hombrecillos para que no le contaran nada a Brahne? ¿Cómo iba a hacerlo? Ni idea. Lo único que ocupaba su mente era darles caza.

Oía los pasos delante de él, pero no conseguía verlos siquiera. Llegó al final de la escalera casi derrapando. A lo lejos, vio abierta la puerta que daba al pasadizo donde habían llevado a Yitán la primera vez. Sin pensarlo, franqueó la puerta, tan ofuscado que ni siquiera se percató de que el rubio también seguía sus pasos…