Capítulo 16_Adiós.

Corría desesperado, jadeante, agotado después de todas las sensaciones vividas. Pero aunque los pulmones le ardieran, aunque su corazón estallara de fatiga, no podía dejarles escapar. ¿Cómo cojones podían correr tanto con unas piernas tan cortas? Frenó casi en seco al llegar a la sala al final del pasadizo. Entró como una tromba, buscando desesperado a los bufones. Allí estaban, en efecto. Pero no estaban solos. Brahne también estaba allí.

Se puso a sudar frío. Había llegado tarde.

-Bien te podrías haber ahorrado la carrera- dijo tapando su boca con el abanico-. Hace tiempo que sé a qué te dedicabas en lo alto de la torre. Que idiota. Este es mi castillo. Mis vasallos- dijo haciendo un ademán hacia Ton y Son- pueden espiar cualquier rincón sin ser descubiertos. Si los has visto, es porque yo les ordené que se dejaran ver para atraerte a mi presencia.

Idiota. Sí, qué idiota había sido. Había cedido, ni siquiera había opuesto resistencia. Por mucho que lo deseara, tendría que haber podido negarse a Yitán. Tenía que haberlo alejado de si, tenía que haberlo hecho cuando pudo. Ahora era tarde. Ahora podía suceder cualquier cosa, todo podía torcerse de cualquier modo…

-Brahne, os lo suplico, no hagáis…

-Bien, ahora ya estamos todos. Así podremos hablar con calma.

De pronto el sudor frío que cubría su piel se intensificó. Tras de sí, podía oír la inconfundible voz jadeante de Yitán. Se giró. El rubio acababa de entrar en la habitación y miraba la escena sin comprender.

-Blank, ¿Qué…

-¡Vete! ¡Vete, maldita sea! ¡¿Por qué has tenido que bajar?! ¡Vete ahora mismo!

-¿Qué pasa, Blank?

Brahne se echó a reír, atrayendo la atención de ambos. Con parsimonia, casi teatralmente, levantó su brazo derecho, murmurando unas palabras. El color abandonó de pronto la piel de Blank, quedando pálido como un espectro.

-No…

Branhe alzó más su brazo. Unas llamas azules y negras ardían en su palma, bailando y meciéndose al compás de un viento inexistente en la sala. Al mismo tiempo, un extraño dibujo apareció por todo el pecho desnudo de Yitán, brillando con los mismos colores de las llamas. Este, extrañado y sorprendido, pasó sus manos por su piel.

-¿Pero qué…

-¡No! ¡Brahne, detente!

Pero Brahne no se detuvo. Sonriendo maliciosamente, comenzó a apretar su mano, como si cerrara el puño. Las llamas en su palma se agitaron queriendo escapar de su contacto.

De pronto, Yitán cayó de rodillas, sujetándose el pecho, gritando de dolor. El pecho le ardía, le costaba respirar. Dejó de gritar, tratando de concentrarse en llevar algo de aire a sus pulmones. Blank se arrodilló y sujetó el cuerpo del rubio antes de que cayera de bruces sobre el frío suelo, poniéndolo boca arriba.

Se debatía y temblaba, sujetando su garganta como si una mano invisible le oprimiera la laringe y él tratara de zafarse. Pataleaba y se revolvía entre sus brazos. Blank no sabía qué hacer. Lo llamaba, trataba de separar sus manos de su cuello, pues en su desesperación de desembarazarse de aquello que le atenazaba él mismo se estaba haciendo daño. Loco de miedo, golpeaba y arañaba sin querer al pelirrojo.

-¡Brahne, basta! ¡Detente, por favor! ¡Te suplico que te detengas, por lo que más quieras!

Brahne casi había cerrado del todo su puño. Las llamas pugnaban como locas por huir entre sus dedos. Entonces los abrió de golpe. De pronto, el aliento pudo volver a los castigados pulmones. Respirando ruidosamente, cogiendo aire a bocanadas, con los ojos lagrimeantes, Yitán se aferró tembloroso al cuerpo de Blank como si fuera un náufrago sujeto su tabla salvavidas.

-¿Suplicas? No sabes cuánto me gusta oír esas palabras de boca de un Vrecoc Til Sarmageon… no te puedes ni imaginar el placer que me produce oírte…

Blank no le hacía caso. Abrazaba al hombre entre sus brazos como si fuera a desvanecerse si aflojaba lo más mínimo el abrazo. Le susurraba palabras tranquilizadoras, mientras acariciaba su cabello con ternura.

-Atiende, Vrecoc, o volveré a hacerle pasar un mal rato.

Volviendo hacia ella sus ojos oscuros, Blank la miró con toda la ira, todo el dolor y toda la furia que acumulaba su alma. Nunca había mirado así a nadie, desenado fervientemente poder matar con este simple hecho. Brahne, que nunca se había dejado intimidar por las miradas y la aptitud del muchacho sabiéndose en una posición aventajada en la que era intocable, no pudo evitar estremecerse ante tal mirada, salida directamente del averno.

-Por mucho que me mires, nada cambiará tu posición. Más te vale no importunarme, o sabes bien qué pasará. Baja esa altiva mirada.

Blank obedeció. Se obligó a mirar al suelo, mas la intensidad de su mirada no decreció.

-Así me gusta. Ahora dime, ¿Qué se supone que hacías?

-¿Acaso no está claro?

-Sí, la verdad es que si está claro.

-El trato no dice nada sobre esto. Yo te obedezco, yo me caso con Garnet, tú lo dejas en paz… lo que haga, mientras no incumpla las normas, es cosa mía.

Estaba jugando a la desesperada y lo sabía. Era cierto que no le había prohibido explícitamente aquello, mas era consciente de que era jugar en el filo de la espada.

-¿Quién sabe? A lo mejor sucumbes a la tentación de tratar de engañarme y traicionarme. Aunque eso no puede hacerse. Solo yo puedo liberarlo y lo sabes.

-Lo sé. No pretendía traicionarte. Esto no cambia que me case con Garnet.

-Que te quede algo muy claro, Vrecoc. No quiero el más mínimo desliz. Conozco de sobra la pasión que corre pos tus venas, la estúpida valentía que carga tu sangre. Si te doy tanto margen, acabarás por buscar una desesperada forma de librarte de mí. Y no estoy dispuesta a dejarte dar al traste con todo solo por un vano intento de ir en mi contra. La solución es atarte bien corto, sometiéndote a mi control.

-Nunca mencionaste nada de esto.

-Nunca pensé que haría falta. Para ser sincera, no se me ocurrió que ese idiota pudiera corresponderte, mucho menos hacer lo que hizo. Necesito que seas menos que un fantoche, una marioneta en mis manos que pueda manejar a placer. Y nunca lo serás si te dejo a tu aire. Para que me seas completamente útil he de aplastar tu espíritu, doblegar tu temple, arrebatarte todo aquello que pueda producirte alegría o placer. ¿Entiendes mi razonamiento? Si él está cerca, si tu tonto amor es correspondido, todo se va al traste.

-Eres cruel.

-Soy astuta. Y persigo aquello que quiero con ahínco. Los daños colaterales, las víctimas del fuego cruzado, me son indiferentes.

-Blank… ¿Qué pasa…- Yitán empezó a removerse, cada vez entendiendo menos la situación.

-No hables. Repón fuerzas.

-¿De qué… está hablando? ¿Qué está… pasando?

-Shhh, tranquilo. No pasa nada.

-Supongo que te mueres por saber que pasa aquí, ¿Verdad, alimaña?

Yitán se giró, aún entre los brazos del otro, aún aferrado a él. Reuniendo toda la dignidad y la altanería que fue capaz, observó con desprecio a la reina, que estalló en carcajadas.

-Son tal para cual. Igual de idiotas, igual de altivos. Aunque la vida les vaya en ello, no son capaces de mostrar el respeto que deben.

Yitán iba a abrir la boca para protestar, seguramente con alguna bravuconería, pero Blank lo hizo callar suavemente, negando con la cabeza. El rubio lo miró con reproche.

Dios, cómo amaba a aquel loco. Incluso tras haber sufrido tal tortura, incluso aún temblando de dolor y temor, se mostraba altivo, indomable. Aún tenía fuerzas para replicar, para sublevarse, para luchar. Amaba esa fuerza, ese espíritu.

-Es suficiente. Ton, Son, encerrad al joven Vrecoc en las mazmorras. Tal vez un poco más de humillación sea lo que necesita para calmarse.

Estrechando fuertemente una última vez a su rubio, le dio un leve beso en la mejilla y se soltó suavemente. Yitán lo miraba aún de rodillas en el suelo, sin fuerzas suficientes para levantarse.

-Brahne, mas te vale no hacerle ni un solo rasguño. Y tú no hagas ninguna tontería. Yo estaré bien- dijo forzando una triste sonrisa-, siempre y cuando tú lo estés.

Sin necesidad de que le pusieran una mano encima, salió de la sala, escoltado por los bufones.

-Espera…

-¡No hagas tonterías! Obedece lo que te digan y todo irá bien. Cuidado con tu boca y tus maneras. Adiós.

Cuando las tres siluetas hubieron desaparecido en el pasadizo, Brahne quedó a solas con Yitán.

-Graba bien este momento en tu mente. Es probable que sea la última vez que lo ves.

Temblando, Yitán se encogió sobre sí mismo. La reina, rodeó el tembloroso cuerpo del muchacho como si tuviese la peste y se dirigió a la salida.

-¿Por qué?

Brahne se paró, y agitando suavemente su abanico, miró con desprecio al joven.

-¿Osas dirigirte a mí?

-¿Por qué todo esto? ¿Qué es lo que quieres de él?

Divertida, volvió sobre sus pasos hasta quedar cerca de Yitán.

-¿Por qué, preguntas? ¿Qué es lo que deseo? ¿Acaso no es obvio? ¡Matrimonio! ¡Alianza entre dos reinos! ¡Eso deseo! Has sido muy útil muchacho. Gracias a ti, dos naciones se hermanarán, deberías estar contento.

-No puedes hablar en serio.

-Hablo muy en serio. Llevo ocho años tratando de encontrar una forma de unir por fin Alexandría y Sarmag, desde que ese desagradable jovenzuelo decidió irse a recorrer mundo, sin un lugar en el que caer muerto. Ocho años sin una mísera solución a la vista. Y entonces, un día, aquel que dio al traste con mis planes, aparece de nuevo. Pero, sigue habiendo una pega, que aún así no habrá boda. ¿Por qué? Porque Howard es estúpido y sentimental. No ha cambiado nada. Siempre encuentra la forma de fastidiarme.

Puesto que el padre no iba a hacer nada y el hijo no lo haría por propia voluntad, solo me quedó opción al chantaje. Y entonces, como caído del cielo apareciste tú. La mayor debilidad del orgulloso insolente que amenazaba con dar todas mis ambiciones al traste.

-… ¿Todo es mi culpa?

-Enfócalo así, si es eso lo que deseas. El caso, es que tu vida está en mis manos. Con tu vida en mis manos, la voluntad de Bassalard también lo está. Está tan desesperado por mantenerte a salvo que hará lo que yo quiera. Si me traiciona, mueres. Si me desobedece, mueres. Si yo misma muero, tu mueres conmigo, pues la magia que te ata a mi es poderosa. En esta mano- dijo levantando su mano derecha- reside el poder de crear un nuevo y gran imperio bajo mi control. Y todo, repito, es gracias a ti. Gracias a ti, seré más poderosa de lo que puedas imaginar.

Yitán no acaba de reaccionar. No sabía qué hacer, qué decir, qué pensar siquiera. ¿Por su culpa, por su condenada culpa, Blank estaba condenado a vivir una vida que no deseaba?

-Mañana mismo, tú y tus indeseables compañeros dejaréis mi país, para no volver jamás. Te quiero bien lejos de mi títere, ¿Está claro? Así no habrá tentación de hacer tonterías. Y te lo advierto, no quiero ninguna tontería. Como cuentes esto a alguien, como intentes algo raro, como advierta el mínimo comportamiento sospechoso por tu parte, lo pagarás. Y tu querido amigo lo pagará el doble. Esto puede hacerse de dos formas. Puede hacerse de la forma más llevadera posible para ti y para él, o puede hacerse por las malas. Si ambos os comportáis, él se casará y vivirá una buena vida como miembro de la realeza, aunque sea una vida que en realidad aborrece. Y tú, con el tiempo levantaré el hechizo que pesa sobre ti. Es una buena oferta. Todo el mundo vive. Todo el mundo sale bien parado.

Adiós. Esta es la última vez que nos vemos. O al menos eso espero. Recuerda todo lo que he dicho y tenlo bien presente. No necesitas saber más. Solo que no puedes contar nada a nadie y que no volverás a verle. Jamás.

No volvería a verle…

Ese pensamiento cayó de pronto sobre él. No volver a verlo jamás. Entonces, tal como Brahne había dicho, los últimos instantes, las últimas palabras que le había dirigido, acudieron a su mente, grabándose al rojo en su retina. "Adiós". Aquella palabra pesaba como una losa en su pecho. Como si supiera que era la última vez, esa había sido la última palabra que le había dicho. Él ni siquiera había reaccionado. No había podido ni siquiera despedirse, decirle por última vez que lo amaba.

En una fría y húmeda mazmorra de aquel laberinto de pasadizos que llevaba al pasaje del gargán, Blank tiritaba de frío. Le habían desarmado y le habían quitado las botas. Descalzo, sin camisa, el aire casi glacial le helaba los huesos y penetraba en sus entrañas sin piedad. A pesar del cansancio, se obligaba a levantarse a cada rato para caminar y moverse con el fin de llevar algo de calor a sus entumecidas articulaciones.

Por supuesto que Brahne no iba a permitir que muriese. Estaba seguro de que a través de cualquier rendija, Ton o Son le observaban, velando que no le pasase nada grave. Pero aunque su vida no corriese peligro, la humillación era más que patente. Aunque nunca nadie supiera qué estaba pasando, su orgullo había sido herido sin remisión, encerrado como un vulgar perro.

Pero lo soportaría todo. No importaba cuan infeliz fuera, o como se las ingeniase para humillarlo. Lo soportaría todo. Lo superaría todo. Se lo había prometido a sí mismo una semana antes.

*+*+*-_-_-_-_-_-_-_-_-UNA SEMANA ATRÁS-_-_-_-_-_-_-_-_-*+*+*

En una sala secreta de Alexandría que tan solo conocían la reina y sus dos bufones, un estupefacto Blank sostenía el cuerpo inerte de Yitán entre sus brazos. En su cabeza, las últimas palabras de Brahne daban vueltas y más vueltas, como si no acabara de comprender su significado.

-Te guste o no, te casarás con Garnet.

-¿Qué te hace pensar que haré tal cosa?

-Esto.

Susurrando unas palabras incomprensibles para él, Brahne elevó una de sus manos, en la cual aparecieron unas danzarinas llamas de color azul y negro. Al mismo tiempo, el pecho de Yitán brilló bajo sus ropas. Asustado, Blank abrió la camisa del rubio, dejando su pecho al descubierto, en dónde había aparecido un gran símbolo del mismo color que las llamas.

-¿Qué es esto?

-¿No lo sabes? Es un hechizo de atadura. Uno especialmente poderoso. Literalmente, puedo decir que la vida de ese mocoso está en mis manos. Si cierro mi mano- dijo cerrando sus dedos unos centímetros sobre las llamas-, su vida comienza a extinguirse.

Yitán se removió en sueños, mostrando una leve mueca de dolor.

-Cuanto más cerrado esté mi puño, más cerca estará su fin. Le costará respirar, su corazón latirá más lento, sentirá un indescriptible dolor… y si mi puño se cierra del todo y las llamas se extinguen, su vida lo hará también.

Ejemplificó sus palabras cerrando un poco más su mano, a lo que Yitán respondió removiéndose con más fuerza. Su respiración se volvió pesada y jadeante y Blank pudo sentir su corazón latir con un ligero descompás. Aún así, no se despertó.

-¡Basta! ¡Detente, por favor!

La reina sonrió ladina e hizo desaparecer las llamas en su mano, con lo que el símbolo del pecho del rubio también desapareció.

-Es una magia muy útil… a la vez que muy poderosa. Es tan poderosa, requiere tanto poder mágico, que cada hechicero sólo puede atar una vida de cada vez. Pocos saben cómo hacerlo. Huelga decir que si yo muero, él muere. Más si el muere, a mi no me pasará absolutamente nada. Es muy útil.

-¿Por qué? ¿Por qué has tenido que meterlo a él?

-¿No es un buen método? No hay nada como el amor para volver vulnerable a un hombre.

-¿Cómo…

-… lo he adivinado? ¡¿Dónde crees que te encuentras?! Este es mi castillo. Las paredes tienen ojos y oídos a mi servicio. Nada sucede sin que yo me entere entre estas paredes. Una tragedia de teatro de primera calidad. El pobre principito, enamorado hasta la médula, sufre al ver su amor no correspondido. Más aún, el objeto de sus desvelos es otro hombre, un vulgar plebeyo. Y, la guinda del pastel, está dispuesto a sacrificar su libertad por un amor que jamás será correspondido. Porque, no permitirás que muera, ¿Verdad?

-… ¿Qué es lo que quieres que haga?

-¿Aceptas entonces someterte a mis deseos? ¿Juras obedecer mis órdenes, sean cuales sean, a cambio de salvar su vida?

-Acepto obedecer todo lo que desees. Siempre y cuando no implique dañar a la gente que quiero…

-Pierde cuidado, eso no será necesario… en principio. Todo depende de cómo se comporte esta gente.

-Está bien. ¿Cuáles son tus condiciones?

Brahne rió como una desquiciada. Aquello había resultado más sencillo aún de lo que había imaginado. Ni siquiera había opuesto resistencia. Aquel orgulloso guerrero aceptaba la derrota, bajaba las orejas ante ella sin más.

-Bien entonces. Esto es lo que quiero que hagas…

*+*+*-_-_-_-_-_-_-_-_-DE VUELTA AL PRESENTE-_-_-_-_-_-_-_-_-*+*+*

Despertó entumecido en su cama, tapado hasta las orejas para devolverle el calor. Había soñado con aquella terrible noche en la que su vida dio un tremendo vuelco a peor.

Se encontraba fatal; le dolía la cabeza, temblaba y sudaba profusamente, sentía su piel arder. Tosía constantemente y le dolía el pecho con tan solo respirar, emitiendo un raro pitido. ¿Se habría resfriado? Ni siquiera recordaba haberse resfriado nunca. El frío glacial de la mazmorra había hecho estragos en sus mermadas defensas.

A la mañana siguiente, una sirvienta llamó tímidamente a la puerta. Al ver al joven en aquel estado, fue corriendo a llamar a un médico.

Su padre y sus hermanos rodeaban su cama. El doctor acababa de irse. Había contraído una bronquitis bastante seria, pero no extremadamente grave. Era de constitución fuerte, curaría bien en poco tiempo.

-¿Se puede saber qué tienes en la cabeza últimamente, Aniki?

-La verdad, no lo tengo muy claro, Trevize.

-No te había visto encamado desde que tenías seis años- dijo su padre.

-Ya. Ni tú ni nadie. Yo ya ni siquiera recordaba la sensación. Es bastante estresante.

-Ahora solo concéntrate en descansar y recuperar fuerzas. Mañana se supone he de volver a Sarmag. Hay asuntos que requieren mi atención, pero no sé si dejarte así…

-Bah, estaré bien- se obligó a sonreír-. Soy muy duro de roer. He pasado cosas peores, es más falta de costumbre que otra cosa. Mis defensas no están acostumbradas y les cuesta un poco reagruparse, es todo.

-¿Seguro?

-Seguro. Y vosotros dos seguro que también tenéis cosas que hacer en casa. Marchaos tranquilos, que aquí me van a cuidar igual o mejor que en Sarmag.

-Volveremos en menos de una semana, hermano- dijo Leene.

-No hace falta que vayáis y volváis corriendo. No me voy a mover de aquí, dudo que pueda hacerlo.

-Está bien.

-Nos iremos mañana. El tiempo no acompaña, esta noche habrá tormenta. Las tormentas de verano son a menudo las peores… los muchachos de Tantalus también se van. Vendrán con nosotros en el barco volador. Harán escala en Sarmag e irán directos a Lindblum después. ¿Estás seguro de que no quieres despedirte?

-Sí. Ya no soy miembro de la banda. Ya no… ya no tengo nada que ver con ellos.

-¿Seguro que no te arrepentirás después?

-Seguro.

-Bueno, tú verás. Eres mayorcito para saber qué te conviene.

Los miembros de Tantalus recogían sus cosas de las habitaciones que habían ocupado los últimos días sin mucho ánimo. Los acontecimientos habían dado un giro realmente malo. Volvían a casa con un compañero de menos, sintiéndose fatal.

Quien peor se sentía, con diferencia, era Yitán. Él tenía plena consciencia de la situación, lo cual en el fondo era más doloroso. Además, no se quitaba de encima la sensación de que había empeorado las cosas. Se preguntó qué hubiera pasado si no hubiera ido a buscar a Blank la noche anterior. ¿Y qué habría pasado si hubiera aceptado sus sentimientos de entrada, cuando Gabranth fue a hablar con él? ¿Y si no hubiera convencido a Blank de ir de exploración el día que su familia lo descubrió en el castillo de Lindblum? ¿Habría pasado todo eso si hubiera obrado diferente?

Culparse de lo ocurrido no tenía caso. Nada iba a cambiar por mucho que lo hiciese. No podía retroceder en el tiempo. Pero, ¿De verdad iba a dejar las cosas así? ¿De verdad no iba a hacer nada? Es más ¿Qué se suponía que podía hacer? ¿Vivir el resto de su vida guardando en secreto cuanto sabía, resignarse a perder su amor de aquella injusta y tonta forma? Por más vueltas que le diese, no sabía qué hacer.

Yitán había salido los jardines, en busca de aire fresco. Apenas había dormido. El jardín estaba rodeado por las aguas del lago, y la única forma de acceder era un largo y estrecho puente. En el centro del mismo, había una construcción de mármol blanco, semejante a un pequeño mirador. Allí, apoyado en la blanca barandilla, estaba Gabranth.

Ambos hombres se miraron. Estaban solos. El moreno lo miraba con una cara difícil de descifrar. Yitán esperó que el soldado se enfadara, que le echara en cara cualquier cosa, y la verdad, no le importaba. Lo agradecía incluso. Quería oír cómo le echaban la culpa, como le escupían a la cara la verdad. Incluso algún que otro puñetazo habría estado bien.

Pero, Gabranth hizo algo muy diferente. Sonrojándose, como un niño pequeño, hizo una profunda reverencia ante un sorprendido Yitán.

-Lo siento mucho- musitó.

-¿Qué?

-Que lo siento mucho. Sé que no me he portado bien contigo. Dije cosas que no debería haber dicho, y me metí donde no me llamaban, empeorando las cosas entre tú y Bassalard. Lo siento, sé que lo que hice no tiene perdón.

-…No hiciste nada malo. El que hizo el idiota fui yo. No debí… no debí comportarme como lo hice.

El viento, presagio de tormenta, soplaba algo fuerte, revolviendo los cabellos de ambos hombres, haciendo ondear sus ropas. Lentamente, apartando el pelo de su rostro que le impedía ver bien, Yitán se apoyó en la barandilla, al lado del moreno.

-Si hay un estúpido en esta historia soy yo. Tenía miedo de aceptar mis sentimientos. Mentí y lo estropeé todo. Y lo peor… lo peor es que ahora que me doy cuenta de cuánto lo quiero; ahora que tengo la certeza de que no puedo vivir sin él, lo he perdido. Ahora no puedo hacer nada salvo… llorar y lamentarme como un niño…

-Yo… lo siento.

-Y sigues disculpándote.

-Es que no puedo evitarlo. Os hice discutir. Por mi maldita culpa todo fue a peor.

-Es algo que habría pasado tarde o temprano. Tú solo aceleraste el proceso. Creo que fue mejor así.

-… No sé… además, hay otra cosa… la noche que discutisteis… esto, bueno… pasó que… yo fui junto él y… habíamos hecho un trato…

-Blank me contó algo al respecto.

-¿¡EH, EN SERIO?!

-Sí. Más o menos… aunque no sé nada de ningún trato, si sé que algo pasó. Te envidio un poco, ¿Sabes? Pudiste hacer algo que yo, por imbécil, no podré hacer jamás…

-Bueno… unos cuantos besos tampoco son para tanto…

-¿Unos cuantos besos? ¿No os acostasteis?

Gabranth enrojeció hasta la raíz del pelo.

-¡No! ¡No lo hicimos! Es decir, no… fui capaz. Él… él te amaba y yo… es que no pude… y él tampoco… él pensaba sólo en ti… y yo no… es que él te quiere mucho, y yo me sentía mal… pensaba… pensaba que si hacía aquello, no había vuelta atrás. Que se arrepentiría si se rendía tan pronto contigo. Y no le dejé…

-¿En serio? ¿Entonces no pasó?

-No, no pasó.

-…

-…

-… Acabo de meter la pata. Bien visto… él nunca dijo que… yo entendí lo que quise. Lo siento, siento haberte puesto en el apuro.

-No es nada.

Hubo un instante de silencio.

-¿Qué trato teníais?

-Bueno… yo sabía que él amaba a otra persona, que te amaba a ti. Él estaba convencido de que nunca corresponderías sus sentimientos, y me pidió que… bueno…

-Que lo hicieras olvidar…

-Yo me negué. Sabía que él no me quería, y me dolía ser un reemplazo. Además, sabía que acabaría arrepintiéndose. Le hice prometer que debía intentarlo contigo, que debía declarar sus sentimientos. Solo entonces aceptaría estar con él. Como ya sabes, lo rechazaste. Esa misma noche… por una parte, lo deseaba más que nada. Por otra, no podía quitarme de la cabeza que no era en mí en quien pesaba. Y me dolió tanto… que…- se sonrojó- que empecé a llorar. No soporté la idea. Él me comprendió y me pidió perdón. Y decidimos dejar las cosas como estaban.

-Vaya. Eso no me lo contó.

-Entonces… Hablaste con él en Alexandría, ¿Verdad?

-Sí. Hablé con él. Pero obviamente las cosas no acabaron bien… él está en una situación en la que, aunque quiera, no puede echarse atrás.

-Eso salta a la vista.

-… Muchas gracias, Gabranth.

-¿Por qué?

-Por no permitirle que se rindiera tan pronto… conmigo. Por no permitir que yo también me rindiera (de algún modo). Y por hacer que me planteara las cosas, encarar mis sentimientos, aunque fuera a la fuerza…

-No merezco agradecimientos.

-Yo no lo veo así.

-… No sé como continuar la conversación- rió nervioso.

-Yo tampoco, la verdad…

-Una última cosa…

-Dispara.

-¿Llegaste a admitir tus sentimientos delante de él? Quiero decir… ¿Le confesaste que en realidad… sí lo quieres?

La pregunta del millón. De nuevo. La misma persona le preguntaba aquello en voz alta. Pero esta vez, había enfrentado la verdad, la había aceptado. Ahora sabía lo que sentía.

-Sí… yo… lo busqué y le dije que lo amaba… pero las cosas no salieron bien… ya era demasiado tarde. Es demasiado tarde. ¿Por qué fui tan tonto de no aceptar esta verdad desde el principio? No hay forma de que pueda recuperarlo. No la hay. Pero… pero yo…

Apretó con fuerza el pasamanos, tan fuerte que sus nudillos se volvieron blancos. El viento le secaba los ojos, pero aún así no pudo impedir que sendas lágrimas rodaran libres por sus mejillas. El viento se las llevaba, haciéndolas ver como pequeñas gotas de lluvia.

-… Yo lo amo. Lo amo como jamás había pensado poder amar a alguien. Lo amo tanto que la vida sin él… me parece vacía, sin sentido… me horroriza levantarme todos los días de mi vida y no tenerlo a mi lado. Quiero morir solo de imaginar que no podré verlo más, que no podré besarlo, ni oírlo reír, ni discutir con él, ni pelearme por tonterías… Pero lo que más me duele es no poder pelear por él. Si por lo menos pudiera tener la posibilidad de luchar, moriría batallando sin dudar… pero no tengo eso ni siquiera…

Lloraba a lágrima viva. Trataba de secar sus lágrimas, pero no daba abasto. Por fin todo aquello que le atenazaba el pecho, todo aquello que llevaba dentro había aflorado a la superficie. Era dolorosamente liberador poder expresarlo con palabras. Gabranth también lloraba. Aquellas palabras le habían calado muy hondo.

Supo que había hecho bien el día que decidió renunciar a Blank. Aquel muchacho amaba en verdad al pelirrojo. Más de lo que se había atrevido a imaginar. Ahora sabía que aquellos dos tenían que estar juntos, fuera como fuese. Abrazó al tembloroso rubio. Yitán hundió su rostro en su hombro, tratando de serenarse.