Capítulo 17_Giro de acontecimientos.

Tumbado en una cómoda cama, se iba dejando consumir poco a poco. Las horas pasaban una detrás de otra sin significar nada para él. Eran simplemente horas, que veía desfilar entre delirios de fiebre. ¿Cuántas fueron? ¿Cuánto tiempo estuvo allí tumbado ajeno a todo lo que ocurría a su alrededor? No le importaba. Su mente estaba ocupada tan solo por él, por aquel a quien más deseaba ver, pero que no volvería a ver jamás…

Ya no se removía en sueños, llamando una y otra vez a aquella persona. Llevaba horas delirando, repitiendo una y otra vez el nombre de Yitán. La fiebre por fin había bajado. Había pasado un día realmente malo, pero ahora estaba tranquilo. Garnet estaba sentada en la cabecera de su cama, velando su sueño.

En silencio, estaba pendiente del más mínimo movimiento del muchacho. Aquel que iba a convertirse en su marido. ¿Amaba a aquel hombre?... la respuesta era no. Le parecía alguien agradable y amable a pesar de ser un poco hosco, le parecía valiente, impetuoso, tenaz y atractivo, pero no se sentía atraída por él. Pero, ¿Qué podía hacer ella? No tenía opción a oponerse al matrimonio. Pensando en estas cosas, se quedó dormida en un incómodo sillón junto a su lecho.

Cuando despertó, estaba tapada con una manta. Restregó sus ojos y se estiró ubicando dónde se encontraba. Miró la cama. Estaba vacía. Preocupada, se levantó bruscamente, buscando a Blank con la mirada. Este estaba envuelto en una manta, de pie, mirando por la ventana. La oyó moverse y la miró sonriéndole.

-Te hubiera acostado en la cama, pero apesta un poco a sudor…

-¿Qué haces en pie? Tienes que guardar reposo.

-Estoy aburrido de guardar reposo. Necesitaba estirarme un poco.

Se acercó y posó su mano sobre su frente.

-Parece que la fiebre ha bajado bastante. Bueno, puedes estar así un rato. Pero luego vuelves a la cama.

-Vale.

-… Debes odiarme.

-No te odio. ¿Por qué debería?

-… Porque vas a tener que casarte conmigo, aunque sé que no es lo que deseas.

-Aún así, no es razón para odiarte ¿Y tú?

-¿Eh?

-¿Deseas casarte conmigo?

-Yo… lo cierto es que no. No lo deseo.

Blank se echó a reír.

-Lo siento, no pretendía ser grosera. No quería ofender…

-No, no, tranquila. Es que… siempre pensé que eras un poco… ¿cómo decirlo?… obediente de más. Pensé que obedecías todo sin rechistar, sin tener siquiera ideas propias. Pero me equivoqué. Y no pretendo ofenderte ¿Eh?

-La verdad es que sí obedezco todo lo que me mandan. Pero eso no quiere decir que no piense, que no sienta… soy una mujer, antes que una princesa.

-Lo sé. Siento haber pensado eso de ti. Eres una buena persona. Aunque no te ame, te tengo aprecio.

Garnet se sonrojó.

-… Yo siento lo mismo. La verdad es que te admiro mucho. Siempre has sido como un modelo que quise seguir pero nunca me atreví. Para ser sincera, me gustaría haber hecho lo mismo que tú. Me hubiera gustado tener el valor suficiente para irme a algún lugar lejano y vivir mi propia vida… aunque creo que no hubiera durado nada allá fuera. No creo que pudiera cuidar de mi misma.

-Tú lo tienes más difícil que yo. En fin, yo tengo tres hermanos. Sucesores al trono no faltan. Y mi padre… es un poco idiota a veces, incluso para ser rey, pero es justo y comprensivo. Tú… eres hija única. Sin ti, no hay sucesores. Si desaparecieras, probablemente se desencadenarían guerras internas por el derecho de sucesión. Además de que tienes que lidiar con tu madre, que no es precisamente fácil de tratar…

-Bueno… dicho así parece que haya sido una santa cuando en realidad fui cobarde.

-No creas. Hace falta más valor para afrontar una vida que no se desea que para huir de todo. El verdadero cobarde fui yo. Es más fácil huir de los problemas que afrontarlos.

-¿Lo dejamos en que ambos fuimos cobardes a nuestra manera?

-Me parece justo- dijo sonriendo.

-Bueno… ¿Qué tal es ser libre?

-Es lo mejor. Es difícil, pero sentirse dueño de uno mismo merece la pena. He vivido más plenamente esos ocho años de lo que seguramente viviré el resto de mi vida. No los cambiaría por nada. He visto mundo, luché, reí, sufrí y, sobre todo… me enamoré.

-¿Me contarás tu historia? Tus antiguos compañeros de banda me contaron algunas cosas, historias muy interesantes… pero me gustaría saber la tuya.

-Es larga.

-Hay tiempo.

-Tienes razón, tenemos mucho tiempo. Por eso me disculparás si ahora ahorro energías. Es también algo difícil de contar.

-Está bien. Tienes razón, debes ahorrar energías.

Blank volvió a la cama, donde se tendió pesadamente, la mirada perdida en el techo.

-Bassalard…

-¿Mn?

-¿Qué tal es… estar enamorado?

-… Es difícil de definir… cada uno ama a su manera. Pero no es para nada como los libros o las obras de teatro. Olvídate de las mariposas en el estómago, de las náuseas, de los sonrojos por todo y por nada. Cuando miras a esa persona, sabes que es especial y punto. Aunque seáis muy diferentes, aunque discutáis a menudo… simplemente, sientes el deseo irrefrenable de estar con esa persona, de darlo todo tan solo por su seguridad… aunque eso implique hacerle daño de alguna forma. Aunque eso implique alejarlo de ti mismo…

Garnet caminaba despacio por los pasillos de palacio. Acababa de salir de la alcoba de Blank. El muchacho había hablado durante un buen rato. Ella, simplemente le había dejado desahogarse, escuchando con atención y en silencio.

Podía apreciar el brillo que iluminaba sus ojos cuando hablaba de él, cuando expresaba lo que sentía, cuando se lamentaba de sus fallos… podía verlo, estaba realmente enamorado. A pesar del rechazo sufrido, seguía amándolo. No le había contado todo. Es como si de pronto hubiera recuperado la razón y se diese cuenta de lo que estaba haciendo, callando de pronto. La muchacha sabía que el pelirrojo se estaba guardando una parte muy importante, una parte que le hacía verdadero daño.

Eso la llevaba a pensar. Si amaba tanto a aquella persona, ¿Por qué se había prometido con ella? No tenía sentido. Ella conocía a Bassalard, él nunca se rendía tan fácilmente. ¿Por qué iba a hacerlo en esa situación?

Pasó toda la noche hurgando en su mente, dando vueltas a todo lo que le había dicho Blank. Por fin, de mañana, con unas profundas ojeras, salió de su alcoba. Tenía miedo, mucho miedo por lo que iba a hacer. Pero había tomado una decisión, la primera decisión importante de su vida, la primera que había tomado sola, sin dejarse coaccionar por nadie. Y no pensaba echarse atrás.

El rey Howard, escoltado tan solo por Gabranth, se encontraba reunido en privado con la reina Brahne en el balcón real. Ambos miembros reales intercambiaban las últimas cortesías antes de marchar. Gabranth se mantenía en un respetuoso segundo plano, preparado por si se lo necesitaba para cualquier cosa, pero su mente estaba lejos de allí. Aún pensaba en la conversación mantenida con el rubio. Entonces Garnet irrumpió en la estancia, llevada por un ardor que no había sentido jamás. Los presentes la miraron sin comprender a que venía tanto ímpetu.

-Madre, tengo que deciros algo- dijo, mirando profundamente a su progenitora.

-¿Qué sucede, hija?

-Es algo importante, que he pensado mucho. Madre, no voy a casarme con Bassalard. He tomado una decisión.

Todo el mundo quedó sin habla. La primera en reaccionar fue Brahne, acercándose amenazadoramente a su hija, como una pantera tratando de intimidar a su presa.

-¿Qué acabas de decir?

-He dicho…- titubeó por un instante, mas enseguida recobró el aplomo- he dicho que no voy a casarme.

-Niña, ¿eres consciente de lo que estás diciendo?

-Sí, madre. He pensado largamente, y he llegado a la conclusión de que…

-¡Yo no necesito que pienses! ¡Tu deber es obedecerme sin más!

-Madre, escuchadme, por favor. Razonad. Nuestros reinos ya viven en paz, ¿Es estrictamente necesario un enlace? Creo que las cosas…

-¡No me importa lo que creas! ¡Soy tu madre, y como tal, te ordeno que obedezcas! Te casarás.

-… No madre. No lo haré.

-¡El príncipe Bassalard ha jurado por su sangre desposarte!

-Yo no he jurado nada. Es mi derecho declinar la proposición de boda. Y es lo que pienso hacer. No me casaré, madre.

Brahne estaba fuera de sí. Aquella estúpida mocosa estaba a punto de dar al traste con todos sus planes por a saber qué capricho sin sentido. Después de todo lo que había tenido que hacer, después de todo lo que había esperado, no iba a permitir aquello.

Cegada por la ira, abofeteó a su hija con una fuerza tan brutal que la mandó al suelo, aturdida.

-¡Basta de estupideces!

-¡Brahne, detente, por lo que más quieras!

El rey Howard se posicionó frente a la desquiciada mujer.

-Es vuestra hija, por amor de dios.

-No oses venir a mi casa a enseñarme cómo debo tratar mis asuntos, Vrecoc. No oses hacerlo.

-No puedo quedarme quieto presenciando tal cosa.

-A un lado, Vrecoc. Esto no te concierne.

Gabranth se arrodilló junto a la princesa, que no acababa de reaccionar. La incorporó suavemente, rodeándola con sus brazos.

-Princesa, ¿Os encontráis bien?

-Sí, yo… estoy bien.

-Howard, no pienso tolerar esto.

-Y yo tampoco, Brahne. Nada excusa tu comportamiento. Me pongo del lado de Garnet. Ella es libre de declinar el ofrecimiento de matrimonio. Y tú no tienes derecho de interceder en esa cuestión.

-Traición, Howard. Tacharé de traición tu comportamiento. ¡Retráctate ahora mismo de tus palabras!

-No eres quién de darme órdenes, Brahne. Por mucho que me encuentre en tu casa, no eres quién.

-¿Es tu última palabra?

-Lo es. Este no es el comportamiento que debe tener una reina.

-¿Acaso no deseas la unidad de nuestras naciones? ¿No desea paz, Howard?

-Nuestras naciones ya están en paz, Brahne. ¿Qué más deseas?

-¡Unión, Howard! ¡Unión es lo que deseo! ¿Eres consciente de lo poderosos que seríamos si nuestros países fueran uno? ¿Te has parado a pensar en la poderosa alianza que supone? ¡Todo el continente se arrodillaría ante nosotros!

-Brahne… ¿No planearás empezar una guerra?

-Ya la tengo perfectamente planeada, Howard. Desde hace años, décadas incluso, mi plan ya está trazado. Desde que ascendí al trono tras la muerte de mi padre. Mis ojos siempre estuvieron posados sobre tu país, sobre tu formidable ejército. Ya frustraste mis ambiciones una vez, hace ya treinta años. No pienso permitir que vuelvas a hacerlo.

Hace treinta años, Howard, que debiste desposarme. Si lo hubieras hecho, a estas alturas el continente ya sería mío. Pero no lo hiciste. Preferiste desposar una vulgar plebeya en mi lugar. Diste todo al traste. Me vi obligada a casarme con un noble cualquiera, esperando una nueva oportunidad. Oportunidad que llegó nuevamente hace ocho años, pero que fue arrastrada por el barro nuevamente. Por alguien de tu misma sangre. Tu maldita sangre…

Esta vez, es la definitiva. No pienso permitir que mis ambiciones sean destrozadas de nuevo. Me he cansado. Si no puedo tomar tu ejército por la vía diplomática, lo haré por la fuerza.

-Brahne, ¿Te das cuenta de lo que estás diciendo? ¡Has perdido el norte completamente! ¡Vuelve en ti, recupera la razón!

-Acabas de comenzar una nueva guerra, Howard. Créeme, te saldrá caro haberte opuesto a mis designios. ¡Contempla lo que tú mismo has provocado! ¡Yo os maldigo a ti a tu sangre, a ti y a tus vástagos, a vosotros que me habéis empujado al camino de la locura! Tú y tu maldita familia moriréis esta misma noche. Tu reino será mío, te guste o no. Y una vez posea todo lo que tienes, una vez tus huestes me obedezcan y tus flotas estén a mis órdenes, todo el continente de la Niebla se inclinará ante mi…

Un destello rojizo centelleó un instante en la oronda mano de la mujer. Una columna de luz se alzó acto seguido hasta los cielos, donde densas nubes negras se arremolinaban. El rey se cubría el rostro con ambos para poder ver con el fuerte viento que se había levantado de pronto. Elevó la vista al cielo, y lo que vio le hizo estremecer.

Justo detrás del monarca, Gabranth apretaba a una asustada Garnet contra su pecho, mirando el mismo terrible espectáculo que el hombre que permanecía en pie.

-¡Brahne, detente! ¡¿Has perdido el juicio?!

-Es más que obvio, querido. Y el único culpable has sido tú. Ahora, sufre mi ira y muere. Y después de ti lo hará el resto de tu familia.

Era obvio que algo no andaba bien. No sabría decir qué con exactitud, mas era obvio que algo pasaba. Desde la cama, podía ver las antinaturales nubes de color negro juntarse rápidamente. Extrañado, se levantó sintiéndose como un abuelito, y se dirigió a la ventana, que abrió de par en par.

El aire olía a tormenta. El ambiente estaba cargado de electricidad, y en el aire flotaba una especie de olor, una sensación más bien, que no sabía definir, pero que no le gustaba en absoluto.

De pronto, el suelo tembló. Una repentina sacudida agitó el castillo hasta sus cimientos, seguido de una especie de rugido aterrador y un gran destello en el cielo. Todos y cada uno de los cristales reventó en pedazos, arrojando una peligrosa lluvia cortante sobre él, que bastante tenía con luchar por mantener el equilibrio. Se cubrió como pudo, recibiendo tan solo algunos cortes sin importancia en los brazos. Entonces escuchó un chirrido sobre si, y vio horrorizado como la araña de luz que pendía del techo amenazaba con desplomarse. Corrió a ponerse a cubierto cuando los primeros cristales se desprendieron de la pieza, que empezaba a crujir y a ceder.

No cayó. Quedó colgando precaria apenas de un último soporte, balanceándose con un bizarro sonido de metal doblado.

-¿Qué está pasando?

Un nuevo rugido hendió el aire, tan potente y a tan alta frecuencia, que tuvo que taparse los oídos. El suelo tembló de forma leve una última vez. Una vez todo se detuvo, agarró su espada, que reposaba sobre un sillón y salió corriendo de la sala mientras la ponía en su lugar.

El castillo era un caos. Sirvientes y soldados iban de aquí para allá, unos evacuando el lugar, otros buscando el origen del estruendo. Todo tembló nuevamente, contribuyendo a aumentar la histeria colectiva. Dos opciones; salir corriendo con la muchedumbre o ir a ver qué pasaba. La elección era obvia. Echó a correr, esquivando personas que corrían desesperadas a la salida. Alcanzó a la carrera a un grupo de mujeres soldado que corría en su misma dirección, pero ninguna supo explicarle qué pasaba.

-¿Sabéis dónde está mi familia?

-Vuestro padre estaba reunido en el balcón con la reina Brahne. Allí nos dirigimos.

-Bien.

Corrió a la altura de las mujeres hasta llegar por fin a su destino. Parte del techo se había derrumbado. Dificultando el paso. Lo primero que vieron al llegar fue una gran mole suspendida en el aire. Frenaron en seco, contemplando incrédulos el espectáculo que se desarrollaba afuera.

Batiendo sus alas levemente, lo justo para mantenerse en el aire, Bahamut, señor de los cielos, aguardaba quedo las órdenes de su invocadora, que se alzaba orgullosa en la plazoleta debajo del balcón.

Repuesto apenas de la sorpresa, Blank rastreó el lugar en busca de su familia. Su padre estaba de pie en lo que quedaba del balcón, los brazos cruzados sobre el pecho, invocando un escudo de luz que lo cubría a él y a dos personas más. Tras él, Gabranth sostenía a Garnet protectoramente entre sus brazos.

Cansado por el esfuerzo, Howard dejó caer los brazos a sus costados, desvaneciendo el escudo. Crear un escudo lo suficientemente resistente para soportar el ataque de una invocación era una gran hazaña que había agotado casi todas sus energías, hasta tal punto de apenas poder mantenerse en pie.

-Impresionante. Digno de un rey.

-Por última vez, Brahne. Detén esta locura.

-¡Jamás!

Los soldados no sabían qué hacer. Simplemente estaban allí de pie, observando la escena. Gabranth se puso de pie, elevando consigo a la princesa, que se separó de su protector abrazo, dirigiéndose a la mujer en la plaza.

-¡Madre, detén esto!

-Ya es demasiado tarde, Garnet. Demasiado tarde.

-¿Qué podemos hacer?- musitó el monarca.

Antes de poder reaccionar, alguien pasó como una exhalación a su lado. Apenas pudo distinguir la silueta de su hijo.

-¡Bassalard, detente!

El pelirrojo no lo escuchó. Saltó ágil entre las piedras caídas para bajar del palco, y corrió directo hacia Brahne. La gema de invocación era su objetivo. Si lograba arrebatársela a Brahne, tal vez pudiera obligar a Bahamut a retirarse. Esta envió a su siervo a por él. El dragón se abalanzó sobre el muchacho, con la clara intención de aplastarlo. A duras penas, esquivó el envite, rodando por el pavimento. El dragón cayó con todo su peso sobre el suelo, agrietándolo y haciéndolo temblar.

Blank se levantó, preparado para echar a correr de nuevo, pero de pronto se mareó. El aire no llegaba correctamente a sus pulmones y empezó a toser violentamente. Aún estaba demasiado débil por la enfermedad aún sin curar. Le fallaban los músculos, le costaba respirar. Bahamut aprovechó ese instante, y de un potente zarpazo lo lanzó contra uno de los muros que aún seguían en pie.

Su cuerpo chocó violentamente con la piedra, aturdiéndolo más aún. Todo le daba vueltas y la vista empezaba a nublársele. Cayó de bruces en el suelo. Se encogió sobre sí mismo, tosiendo y escupiendo sangre. El dragón se acercaba a él preparando el golpe final. Levantó apenas el rostro, jadeando, incapaz de levantarse. A escasos centímetros de su cuerpo, el coloso se detuvo. Lo miró intensamente unos segundos para luego hacerse a un lado, dejando pasar a Brahne, que caminó riendo a carcajadas hacia él.

Se sentó como pudo, apoyando la espalda contra el muro que había recibido su impacto, los ojos cerrados, tratando de recuperar su respiración normal. Cuando los abrió de nuevo, el mundo había vuelto a enfocarse. La mujer, lo observó, seria de pronto.

En el destruido palco, nadie se atrevía a moverse.

-Hay que hacer algo. Mi madre ha perdido el juicio. Hay que hacerla entrar en razón.

-No se puede razonar con ella. No sé qué hacer… si al menos mi hijo no estuviese allá abajo… ¿Se puede saber en qué está pensando?

La reina observó altanera al joven sobre el suelo de piedra. Blank aún jadeaba, pero su respiración se iba volviendo poco a poco más acompasada. Al respirar, emitía un feo pitido y sonido esponjoso. El pecho le dolía y sentía un costado oprimido. Probablemente tuviera alguna costilla rota perforando su pulmón. Seguía tosiendo. Un hilo de saliva y sangre resbalaba por su labio. Un feo corte en su frente dejaba resbalar su sangre por su rostro, obligándole a cerrar un ojo.

Aún así, aún en aquella desventajosa posición, se permitía el lujo de mirar altivo a la mujer. Incluso de sonreírle con burla. Emitió una risa que más bien parecía una tos y se limpió la sangre, que empezaba a metérsele en el ojo y le escocía.

-Parece que no estoy de suerte. ¿Qué pasa, cambio de planes? ¿Acaso has llegado a la conclusión de que es mejor tomar por la fuerza Sarmag? ¿Ya no soy útil para tus planes?

-Todo es culpa de la estúpida de Garnet. La muy tonta rehúsa casarse contigo. Cuando por fin todo iba como lo había planeado…

-Bueno, no siempre llueve a gusto de todos. Era cuestión de tiempo que tu hija se cansara de ti y te desobedeciera.

-Esto te saldrá caro, mocoso.

-Adelante, acaba conmigo. No me sobra el tiempo. Si no lo haces tú, lo hará la sangre que poco a poco me ahoga desde dentro, inundando mis pulmones.

-Tenía en mente otro tipo de castigo.

Alzando su brazo, hizo aparecer en su mano las llamas que tanto temía el pelirrojo.

-No… No, todo menos eso. Te lo suplico, Brahne. A mí todo lo que quieras; la peor, más dolorosa y humillante de las muertes… pero indúltalo a él, por favor. Por todo lo que más quieras… Ya no te soy útil, así que por favor, esto ya no tiene sentido. ¿Para qué molestarte?

Mientras hablaba, se iba incorporando poco a poco, valiéndose del apoyo de la pared. Ya en pie, estuvo a punto de caer de nuevo a causa del dolor, pero no se lo permitió. Estaba desesperado, no sabía qué hacer o decir para convencerla.

-Lo que desees, Brahne. Haré todo lo que desees, pero libéralo…

Desde lo alto, todos contemplaban la escena sin entender de todo la situación. El rey sudaba frío, pálido como una sábana, temiendo por la vida de su hijo, viéndose impotente. Garnet, al ver las llamas azules en la mano de su madre, se quedó muda.

-Eso… eso es…

Si, Garnet sabía muy bien qué hechizo era ese. Sabía exactamente qué era y para qué servía. Miró al rey y miró a Gabranth, pero no encontró en el pecho de ninguno el símbolo que buscaba. Entonces, un ruido de pasos apresurados y de voces se aproximó por el corredor. Dirigió la vista a los recién llegados, atraídos allí por el ruido.

Y entonces comprendió. Comprendió por qué Blank había aceptado sin rechistar casarse con ella tan repentinamente. Algunos miraban con curiosidad lo mismo que ella durante unos instantes, pero rápidamente volvían la vista a la plazoleta.

Se desprendió suavemente del agarre de Gabranth, que no la había soltado en todo el tiempo, y se acercó a Yitán, que no apartaba la mirada del pelirrojo. Con suavidad, poso una mano sobre el pecho del rubio, atrayendo su atención. Abrió sus ropas, solo para asegurar lo que ya sabía. Sobre la piel clara se dibujaba con claridad aquel símbolo azul y negro.

-¿Acaso… acaso sabes qué es esto?

-Sí.

-Fue mi madre, ¿Verdad?

-… Si.

No necesitaba más. Todas sus sospechas se confirmaron dolorosamente. ¿Qué diablos pasaba por la cabeza de su madre para hacer algo así?