Notas: Lamento la demora, ciertos factores siguen influyendo en mi vida, entre personales y universitarios. Aunque ya soy oficialmente ingeniera (¡Por fin!) y es por eso que aquí está el capítulo. Debido a las peticiones, decidí añadir unas cuantas escenas de relleno. Debo recordarles que la pareja principal es Victor x Yuri, por ende se lleva el protagonismo. Sin embargo, por esta ocasión le regalé el capítulo a las parejas que pidieron. Las consecuencias van a su bolsillo x'D
Agradezco los que aún me siguen y me esperan, tengo otro fic para ustedes, corto pero será para que tengan un poco más de mí. Su nombre es "Quiebre", y pueden conseguirlo abiertamente en mi perfil.
Ale, sin tu acoso constante, el fic fuese tardado más jaja
DISTURBIO SOCIAL
Capítulo 6: Re-make.
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Iban 5 horas de vuelo, 300 minutos, 18000 segundos y ya Michele Crispino quería arrojarse por la ventanilla del avión, lanzando maldiciones a los fragantes y volátiles vientos que le recibieran. Aún se preguntaba cómo es que había abandonado la comodidad de su casa, la calidez de su apartamento, la tranquilidad de su soledad, por un puesto en un viaje con un ruidoso patinador de comodín a un lado.
Suspiró por enésima vez, tratando de calmar todos sus impulsos de querer ahorcar al causante de aquella estúpida, absurda e irracional idea. Empezando por su persona, cabía destacar.
¿Quién era el culpable? Él, por supuesto. Por aceptar quién sabe cómo, una invitación a un país de desconocida naturaleza, olvidado idioma, y sin repertorios de conocimiento de sus costumbres. Michele añadió otra arruga a su entrecejo fruncido, preguntándose nuevamente cómo era que había debilitado su voluntad, para que Emil la doblegara y moldeara a su gusto. Iban a Tailandia, a esa aburrida fiesta que, por supuesto a él, no le sentaba en el placer.
¿Qué acaso le veían cara de querer compartir el mismo oxígeno? Suficiente había sido en el último evento de patinadores. Si bien se había dicho que tendría que mejorar la columna desviada de su personalidad, quizás con medios estrafalarios no acordes a él, tener que ir a un festejo a un país perdido entre los continentes asiáticos era sinceramente la gota que derramó el vaso.
Su vida siempre había estado atada desde el comienzo a su misma línea de sangre femenina, Sara, quien en juego natural de la vida en sus jorobas de caídas ascenso; decidió avanzar por su cuenta, dejándolo solo en el camino. Recordar las punzantes palabras que recibió antes de su última presentación en el GPF, aun le producían un desazón como un eco lejano, apretándole el pecho en aquel baile dedicado a ella.
Apretó los dientes, crispando los puños en el proceso. Era un pensamiento ya fugaz que no le entristecía porque fue lo que necesitaba para encontrar una luz de nueva convicción, después del abandono. Al principio se había preguntado: ¿Qué debería hacer con lo que sentía? ¿Desecharlo? ¿Olvidarlo? ¿Superarlo? Su amor no iba con fines egoístas ni meramente romancistas y mucho menos yéndose a las vías del incesto. ¿Quién creía que era? ¡Él era un caballero!
El sentimiento que tenía hacia su hermana era exclusivamente sobreprotección. Exclusivamente eso. No sentía más que afecto incondicional y no había enlaces íntimos que mancharan su nombre.
Ya sin Sara, se percató que no tenía nada dentro de sus manos. Nada con lo que pudiera sostenerse si ella lo soltaba, nada que detuviera su caída. Por orgullo no lo admitiría, por masculinidad aún más, pero debía también tener en cuenta al idiota de Emil quien se incluía en su pequeña lista de convivencia con eso que conceptualizaban amigos. Para prueba de ojos incautos y curiosos, ignorantes y comentaristas, era su único contacto en su agenda telefónica. Hecho que obviamente se agregó sin su consentimiento.
Sabía de antemano que no podía dejarse derrumbar, debía seguir también y alzarse sobre su pena. El fin de la copa Rostelecom lo había arrojado fuera de su línea de competidores, lo había desnudado de lazos y lo hizo convivir con esa sociedad… quienes muchos llamaban humana. Era totalmente consciente que podía intentar sociabilizar, aceptando la invitación matrimonial y tratar de convivir sin morir en el intento. En lo último había fallado épicamente al desmayarse al tener un ataque de tacto que le hizo ese desalmado, pervertido en secreto, de Yuri Katsuki.
Fue una gran conmoción de sentir un afecto que no fuera su hermana, suficiente acción que le dio una fuerte impresión en el pecho, enviándole el anuncio de una parálisis que anunciaba de un infarto. Claro que sólo fue un ataque a los nervios, era alérgico a la personas, ¿qué esperaban esos seres de él?
Ahora ir personalmente a una muchedumbre de convivencia sería una prueba de fuego para sobrevivir, ya había hecho un gran avance de salir a compartir copas con Mila, Sara y Emil, incluso se tomó la molestia de revisar en su móvil si existía otro patinador colado para ayudar al medallista de Oro en su cacería por… ¿Otabek era que se llamaba?
Se imaginó en el confort de su apartamento, estar refugiado en la sencillez de su decoración, en la tibieza de la familiaridad que estaba tan ajena desde que Sara había decidido independizarse en una sola entidad Crispino.
Aislado en su propio mundo, ignoró como en las afuera las redes sociales estallaban con la novedad que Victor desposaría finalmente a Yuri Katsuki y se iría con el último título de oro tanto en su cuello como en su dedo. El hielo al que le había entregado una vida, le dio a cambio una post a su retiro y una salida que sería clamada con lágrimas. O al menos, eso era lo que decían los críticos y la fanaticada que no dejaba de sacarle punta a esa noticia. Posterior a eso, se había filtrado una información que en Tailandia algo grande estaba a punto de ocurrir, y que se estaba planeado en el sigilo de la poca audiencia pero que estaba expandiéndose en masas hasta alcanzar países postreros. Los patinadores del último Grand Prix Final se estaban reuniendo en un centro para ser partícipe de la organización que estaba siendo llamada como: Phichit on ice.
Según las fuentes de Instagram, el mismísimo Victor Nikiforov había calificado así al evento que el pequeño Tailandés estuvo promocionando y sólo lo supo el pequeño grupo que le seguía aplaudiendo sus pasos pronosticando un evento sin igual. Pocos patrocinadores se mostraron interesados, hasta que la leyenda del patinaje, aun bañado de prestigio, hiciera un comentario en el vídeo promocional para que nuevamente se hiciera viral. Sumándole a un Yuri Katsuki bailando en tierras nuevas, junto a un Phichit que asedian un dueto que nunca se había visto.
Michele estuvo sorprendido como la influencia de una cuenta con el nombre de Nikiforov pudiera empujar esa cantidad de curiosos que incluso a él le picó en el interés. Se debía añadir a la lista también JJ, quien había posteado una foto con vista del aeropuerto de su tierra anunciando que iba a los confines de un país al sur de Asia para enfrentarse al que muchos llamaban rey, para arrancarle de las manos el título.
Emil le había dicho que le emocionaba ver un enfrentamiento directo entre JJ y Victor, a lo que políticamente Michele pensó que hasta ahora no había contrincante que bajara al ruso del podio, salvo de Plisetsky o Katsuki. Nadie podía vencer al Stay Close me que le entregó tres coronas de oro al cuello del ruso en su última temporada y, que en opinión personal, fue una de las mejores exhibiciones en conjunto. Ver esos pasos y el mensaje, le hacían meterse en la trama que rogaba un alivio a una soledad que le estaba arrebatando la creatividad. Pero ver su viva imagen en los pasos de los Yuri's con sus propios estilos le dieron peso a que la leyenda seguiría viva en pasos de otros.
Eso bastaba para decirle Rey a Nikiforov. Por saber representarse en otros y multiplicar sus pasos, por estúpido que incluso le fuera el pensamiento, y su parte sensata lo aceptaba solamente entre líneas.
Un patinador era reconocido cuando su baile podía enredar, transmitir, e incluso compartir sus pensamientos a través de una canción que fuera su idioma; los pasos serían las oraciones, sus actuaciones el corazón de la historia. Oír y observar, observar, el performance era ver un espejo lo que sentía en aquella última instancia. Él también le rogó a Sara que se quedara a su lado, y sencillamente no tuvo la voz para ello; quizás los pasos pero nunca la voluntad. No podía amarrar a su hermana a una cadena a él. Decidió darle la libertad y a él mismo, empujando sus sentimientos lejos del alcance de sus manos.
Ahora libre como ave sin rumbo, sus alas fueron tomadas por un checo que viajó desde otro mundo para sacarlo de su estadía y remontarlo en un vuelo sobre las tierras que representaba. La tarde en que Emil había llegado, después de discutir ese tema, y tener el «Mickey» clavado en el oído, como si fueran demasiados cercanos, Emil le obligó a darle un turismo por los alrededores de Venecia en un paseo que, huraño y amargo, se limitó a darle.
—Supongo que debo enseñarte una buena vista, dudo que la tengas en las pocas que te ofrece tu país.
Emil le había pasado el brazo nuevamente por los hombros, en un cálido tacto que ya sabía sobrellevar desde la final del GPF cuando ocurrió lo mismo en el baile de Yuri Katsuki. Al caer las horas, se encontró disfrutando del recorrido de su propia tierra, mientras llevaba un hilo de conversación que nunca llegó a romperse. Languidecía en unos puntos, se tensaba por otro, porque si algo reconocía, era que el checo parecía tener un gran repertorio en temas donde inconscientemente tenía algo que comentar. Y por supuesto, nunca podía faltar el exceso de acercamiento que le enardecía los nervios, sucumbiendo a los gritos y al: ¡Deja de agarrarme!
Como era de esperar, el tema de Victor y JJ salió a la luz pero en un roce que no llegó a abordarlos por completo. Emil le había regalado una sonrisa y con el brillo de su resplandeciente mirada le dijo:
—Nosotros tampoco nos quedaremos atrás, Mickey —Caminaba a su lado, mirándole de reojo—. Debemos seguir patinando. Por nosotros mismos.
—Por supuesto —murmuró entre dientes, con las manos refugiadas en sus bolsillos.
—¿Ya tienes un tema para la siguiente temporada?
Y allí al acobijarse en el silencio, pensando en que no tenía todavía una idea con forma, Emil le comentó que pensaba llevar a otros estándares El Abandono de la Humanidad, aunque su entrenador le preocupaba la nueva representación que le rondaba la cabeza.
—Puedes dignarte a mejorar la parte técnica, eres un asco en eso. —opinó después de adentrarse al seno de un establecimiento con la comodidad de una barra y una colección de licores que Michele eligió al azar.
Sólo había batido su mano, indicándole al camarero que les ofreciera la mejor reserva que tuviera, obteniendo un Liquirizia, traído del extremo del país. Lo que aconteció después estaba desenfocado en escenas fraccionadas en su cabeza: No pasaron el ciclo completo del vals de cuatro horas cuando de regreso a su apartamento, ambos dibujaban S por el empedrado mientras parches carmesí daban color a sus mejillas.
Apoyándose el uno del otro como si tejieran pasos en una pista sin patines, y con el agravio de las venas envenenadas de alcohol que provocó que se cayeran más de una vez. Vagamente se recordaba siendo arrastrado por Emil escaleras arriba y tirarse sobre en el sofá donde no despertó hasta el rumor de un dulce amanecer.
Había despertado extrañamente en un hombro ajeno, pierna suelta, y un terrible dolor de cabeza que venía acarreando incluso en ese vuelo. Un escalofrío le recorrió los dedos cuando sintió una caricia en su dorso y corroborando que no fuera un insecto, o peor, contacto humano, bajó la vista para encontrarse con sus peores alegaciones.
El idiota seguía dormido sobre su clavícula como si él fuera un compartimiento matrimonial de suave relleno de felpa, lo que supondría que lo hacía inconscientemente. Sólo por esa vez, porque Emil tuvo que soportar eso también de su parte, desvío la mirada hacia el extremo de cristal perdiéndose entre las nubes.
Tratando de no notar el momento, en que sus dedos hicieron sutiles lazos y no se molestó en apartarlos.
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Momentos antes del accidente...
Yuri no podía negar que, el haber ido a aquella heladería y sólo encontrarse con la imagen de Chris solemne en la silla, brillando en su propia aura, le había desanimado el poco entusiasmo que le subsistía en el cerebro. Había tenido una pequeña llama, parpadeante en razonamiento, ilógica en cuestión de realidad, de pensar que estaban juntos. Pero no. Era obvio que no.
Victor no estaba allí.
El haber vivido con Victor esa temporada convirtió sus días prudentemente interesantes, pasables y tibios, y que ahora que carecía de su presencia se sentía incómodo e indiscutiblemente triste. Phichit seguía llenándolo con ensayos, fotos, muchas fotos, pero nunca las suficientes para borrarle el nombre de la leyenda viviente de la cabeza.
No exteriorizó lo extraño que le resultaba la convivencia que Phichit manifestó con Chris, ni tampoco la cercanía curiosa que exhibían. No le sorprendía, ese tailandés tenía el don de poder abrir paso con danzas exóticas en cada corazón.
No habló de lo terrible que se sentía volver al Imperial World con las manos vacías, sin un minúsculo mensaje que podría darle los signos que aquel patinador ruso estuviera bien. No le importaba lo demás, sólo que… estuviera bien. Conocía de sobra el temperamento de Victor, su desfajada y arrebatada personalidad que quizás podría llevarlo a desnudarse en un tejado exhibiendo esos atributos tallados en plata.
Y en ese momento, en el abandono de la heladería, no sabía cuántas veces había consultado su buzón en busca de un mensaje singular. Las redes sociales seguían activas, y la última que hablaba de Victor fue publicada en diez horas pasadas.
Botó el aire de sus pulmones, resignado. Si tan sólo le respondiera las llamadas.
—Con esos suspiros que has dejado salir, estoy seguro que llenarías una docena de globos —comentó Chris a su lado.
La insinuación de una sonrisa quiso alzarse en sus labios, pero con sólo el deletreo de aquel nombre, la curva se desmenuzó, difuminándose por completo.
—Lo siento —fue lo único que dijo, desviando seriamente la mirada.
Su ánimo caía en picadas de hielo cada vez que rozaba el pensamiento de la ausencia de Victor y una boda sin credibilidad en su consciencia. Si pudiera, gritaría a los vientos venideros que "Sí", era capaz de casarse con Victor. Empero, el mundo no era tan sencillo, no era tan llevadero y, admitir una relación pública en pleno auge de las nacionales rusas que comprimían el estereotipo, sólo serían distracciones e inconvenientes con los que los patines dorados tendrían que lidiar.
—Yuri, mira, te traje más helado —La voz de Phichit lo rescató de su mente, ofreciéndole un poco de lo que había adquirido para Leo y Guang Hong.
Sus ojos cayeron en la silueta de su amigo tailandés, absorbiendo la presencia de su acento y un nuevo espectro de preocupación consumió su alegría innata. Un golpe de culpa arrancó de cuajo la pesadez de Yuri, abriéndole los ojos y reaccionando de manera instintiva para protegerse a sí mismo.
—Gracias, Phichit-kun, tomaré sólo un poco. —Sonrió con cierto esfuerzo.
—¿En qué tanto piensas? —sintió curiosidad Phichit—. No eres tan distraído.
—En Victor, por supuesto —se adelantó Chris, ladeando la cabeza y refugiado en un confidencial gesto de labio torcido.
Yuri, con las mejillas flameadas de calor, y las palabras atragantadas, no vio la necesidad de responder.
—Él también piensa en ti —continuó Chris, haciendo que el japonés volviera con la sorpresa pintada en el rostro—. Tanto que me arrastró hasta aquí.
Sólo fueron tres segundos para captar la última oración.
—¿Qué? —fue la pregunta colectiva que emergió de las boca de Phichit y Yuri.
—¡¿Victor está aquí?! —se anticipó el tailandés, acercándose con unos ojos curiosos al patinador Suizo.
Una risita ronca vibró en la garganta de éste, caminando lentamente hacia el estudiante de su mejor amigo. Yuri no se movió, seguía abstraído en la sorpresa, anclado a las preguntas que aún no se armaban por tener la mente gelatinosa. Chris, apoyándose en eso, decidido a acabar ya con ese juego, posándole la mano en el hombro aproximándole los labios a la oreja.
—Está escondido en el baño de la heladería que recién abandonamos... —le ronroneó—. Si te das prisa, puede que lo alcances de camino al hotel. Nos hospedamos en el Marigold Sukhumvit y ten —Le entregó en sus manos una tarjeta con un número tallado en metal sobre la superficie—, esa es nuestra habitación.
Paladeando cada una de las palabras de la oferta con infinita delicadeza, Yuri apretó las llaves contra sus dedos y la voz finalmente acudió a él:
—¿Por qué me lo dices ahora? —preguntó, sin real reclamo en su curiosidad.
Chris se alejó y se metió las manos en los bolsillos, encogiéndose de hombros.
—Vamos, alcanza a Victor antes que lo tengas que buscar en el aeropuerto. —respondió, guiñándole el ojo.
—¡¿Qué?! ¡¿Por qué no me dices eso antes?! —reclamó Yuri, corriendo en dirección contraria.
—¡Yuri! —lo llamó Phichit, al verlo alejarse entre las espirales de calles a grandes zancadas—. ¡¿A dónde vas?!
—A buscar a su hombre —reveló Chris, sonriéndole, siguiendo con calma el vestigio de los pasos que recién habían dejado.
Más adelante, Yuri atravesó las avenidas con el pulso afiebrado y con el nombre que tanto le había martirizado la mente latiendo en cada poro de su piel. Correr hacia Victor fue casi como un déjà vu o que le embargó los sentimientos.
No importaba lo demás, ni público ni reputación, Victor había venido desde tan lejos a buscarlo, remontándose en aguas turbias de escándalos en las redes sociales y, aún entre los comentarios, críticas y apoyo, lo ignoró para buscarlo. Era por ello que Yuri corría ahora, con pasos firmes y seguros para terminar de sellar el trayecto, proclamando un anhelado encuentro que gritaba su alma. Necesitaba alcanzar a Victor, tenía que encontrarlo a como diera lugar.
Llegar al local no anticipó sus precipitaciones cuando chocó contra una mesa gritando disculpas sin observar y adentrarse al baño que albergaba el reconcomio de la soledad.
—¿Victor? —llamó.
No hubo respuestas. Sin embargo, eso no detuvo la emoción que trepidaba en las venas del patinador japonés. Sonreía como niño perenne, aún a costa de las palpitaciones que bailaban frenéticas, porque en sus adentro rugía la avidez de volver estar frente a frente con su entrenador. Encontrarse con su belleza ornamentada; sus finos labios pincel, aquel atisbo del rubor de un mar sombreando en su iris, su cabello de filamentos traslúcidos, sus prodigiosos y elegantes movimientos que seducían a los y a las estrellas. Sí, deseaba verlo con cada fibra de su ser.
Eso le impulsó a sus versados pies en darle más rapidez, salir de la tienda dedicada a fraternizar con su madre hielo de una manera diferente a ellos, y así adentrarse a la vereda donde podría haberse ido aquel ruso de aura tallada con nata realeza. Sabía que tendría que preguntar con su insignificante conocimiento tailandés —obtenido en sus días de Detroit con Phichit—, donde se localizaba el hotel que mencionó Chris pero al acercarse con cierta timidez a una chica de largos cabellos azabaches, logró preguntar por Victor indicando ciertas características.
Sólo tuvo que oír un grito y risitas en conjunto, para sentir como devolvieron el aire al cuerpo con esa firma que, efectivamente, Victor estaba ahí. La chica le indicó con un gesto en la dirección en la que se había fundido entre los miles rostros que transitaban por esa zona, acortándole las ideas a Yuri en darse prisa.
Registró en su Iphone la localización del Marigold que le mencionó Chris, y agradecía a Dios por su infinita misericordia que la llave de la habitación deletreara el nombre del hotel porque en el inicio del trayecto lo olvidó con toda su agitación. Google maps supo pintarle un hermoso trayecto que, al presionar el inicio del recorrido, le proporcionó una voz armónica que le dijo el tiempo estimado:
—750m. 9 minutos por carretera... En siete metros hacia adelante, gira hacia a la derecha.
Yuri pensó seriamente después de oír aquello: ¿cuándo... podría reconocer los siete metros? Se había quedado observando el mapa frente a él, antes que la misma voz lo alentara con la exclusividad de la monotonía.
—Da un paso al frente.
Oh, qué gran consejo. Yuri suspiró sonriendo, alzando la vista y tantear terreno con el instinto que tenía reservado entre su exquisita timidez. Dio rienda a sus pasos guardándose el móvil, ansioso, tanteando y buscando la esquina donde debía virar entre las otras que había en seguidillas al otro lado. En una hilera de avenida se veía un enrede de personas uniformadas practicando bailes, pero lo ignoró por completo.
—Gira a la derecha. —anunció la voz desde el fondo de su bolsillo.
Miró en ambos sentidos, encontrándose en una encrucijada de distintos sentidos. Ahora venía la pregunta del millón, ¿su derecha o la de ella? Si el teléfono apunta hacia adelante, pero... ¿esa no era la espalda del teléfono...? ¿O es viceversa?
¡Dios ten piedad!
Por un momento tuvo que suprimir un grito en un intento de aliviar los nervios que lo atacaban nublando su juicio. Debía respirar, no perder la cabeza y... ¡No tenía tiempo para eso o perdería a Victor!
Con fardo control nuevamente de sus emociones, logró formar la idea de extraer nuevamente su teléfono y visualizar en pantalla la franja que solventaba sus dudas. Cruzó en la derecha y se apresuró calle abajo donde se pronunciaba una masa de personas, la mayoría con un sutil tinte canela, ataviados en ropa pintoresca.
El camino se abrió en una plaza de circular que dibujaban siluetas en el empedrado, siendo ahora un obstáculo mayor de lograr su objetivo. Giró la cabeza en distintas direcciones repetidas veces, muchas veces, profesando el mismo sentido de modo distraído tratando de encontrarlo.
—Sigue hacia adelante. —habló la voz del GPS—. Camina 100 metros hacia al frente.
¡Había muchos frentes! ¡¿Frente derecho o izquierdo?!
—Camina...
—¡Ya te oí! —espetó volviendo a orientarse en la imagen de fragantes líneas interminables.
El sol descendía a su espalda lentamente, provocando que las primerizas sombras de la tarde comenzaran a desligarse sigilosamente. Pese a la multitud, a los infinitos ojos achicados y piel mezclada, una perla blanca brilló ante sus ojos.
¿Ese era...?
Yacía con la espalda ligeramente encorvada, detenido al ras de la calzada en espera de una movilización de inmuebles que, para ese instante, Yuri dejó pasar. Gracias al enfoque tras la barrera de cristal que aclaraba su vista, fue fácil reconocerlo en la lejanía. Recordaba la forma de sus ojos, pero no su peso. Su luz, pero no su profundidad. Seguía siendo más hermoso que en su imaginación.
—¡Victor! —gritó con la fuerza de sus pulmones y con las mejillas henchidas de un potente sombreado rosa.
Lo había dibujado tantas veces en sus pensamientos, recorriendo las líneas profundas que surcaban la sombra de sus párpados, su forma astuta y ágil de moverse como pez entre las olas, aquella espalda estructural de buen porte, refinería galana y pasos que debían inspirar a los mismos ángeles. Sonrió, agitado, con la respiración quebrada, acortando los al instante que esa silueta respondió al llamado dándose pasivamente un giro discreto en los talones.
—¿Eres tú, Victor? —No sabía porque insistía en verificar algo que era como agua cristalina frente a sus ojos.
En ese momento, nadie podía entender, ni siquiera el mismo Yuri, la felicidad con la que se encontró combatiendo dentro de sí. Lo más ideal sería ignorar el cómo sus manos temblaban, el cómo su corazón se perdía en estribo y su alma se partiera deseando correr hasta su encuentro. Rodearle entre la seguridad de sus brazos y asegurarse que su complexión estaba hecha de carne y hueso. No quería imaginar que era otro espectro salido de sus sueños.
Claro, eso creyó que era, hasta que...
—Hola, Yuri.
Suave, y melodiosa, salió ese saludo. Quizás no hacía juego con el rostro que estaba teñido de un desaliento casi palpable. Tenía los hombros caídos y de pronto le dio la impresión que parecía débil y quebrantado, terriblemente cansado y mucho mayor de lo que era.
Nada más mencionarlo, un fárrago de emociones surgió dentro de Yuri. Había algo inquietante en la tensión que recién se presentaba. Aquella no era la sonrisa de Victor. No era dulce, transparente ni abrillantada que se le escurría en los labios. El orden celoso de las curvas, la extensión que permitía atisbo de su dentadura perfecta y una maravillosa combinación de ángulos distribuidos bajo una piel fina como la porcelana.
Sin embargo, aquella expresión no delataba sorpresa ni pena, sino tan solo una cruda culpabilidad. Era la expresión de un hombre que por fin ha recibido la mala noticia que llevaba tiempo esperando. Yuri pudo verlo, tomando inspiraciones profundas para calmarse, pero cada una parecía una boya que se resistiera a hundirse.
Apretó la mano contra su pecho, observándolo en un eterno segundo, intentando detener el bucle de sus pensamientos. Dio un paso hacia adelante. El universo a su alrededor se revolvió raudo, causándole arcadas y un ardor sencillo en la garganta; todo es, incluso, olvidado mientras notaba las lágrimas preparándose para brotar de sus ojos.
Victor.
Dio otro.
Estás aquí.
Lo siguió un par.
Te extrañé.
Tres más.
Victor Nikiforov...
El eco de sus pies susurrando contra el cemento llegó hasta sus oídos, empañándole los ojos al ver como el calor del hogar le esperaba. No era por su profunda risa acampanada, ni por sus antojos, y se comunicaban con ellos casi como en un envío, a todos los niveles. Se pertenecía para abrazarse, punto.
Mientras sea contigo, sólo contigo...
Los brazos de Victor se abrieron bajo la cúpula de cielo y, en consonancia con la armonía de su cuerpo, le recibieron.
Un calor imponente, como lava incinerando sus venas y, la calma, la calma finalmente, la saciedad en diferentes formas, vino a él. Todo volvió a su flujo normal. Un amor inmenso, una necesidad de voluptuosidad, flotaba en ese abrazo cerrado, donde hervía la savia ardiente de los trópicos.
La voz de acento ruso vino a él, con las disculpas y demás, pero Yuri no deseaba nada más. Su respuesta se entrelazó con la de ella, cambiando el guion. Aceptando la locura, e ignorar los vendavales venideros, si podía estar a su lado.
Victor le examinó la cara con tanta atención como si fuera a dibujarla, rodeando sus pómulos y rociando las más hermosas declaraciones que el patinador japonés podía oír. Su proximidad le cortó la respiración, al momento que se inclinó hacia él, asegurando a Yuri en una delectación tangible y veraz; mientras siguiera prisionero en ese mísero cuerpo, siempre sería de ese ruso.
Y, al fin, hizo posesión de lo que le ofrecían.
La nueva sensación inundó su cuerpo al perderse en una boca única, en un pasaje utópico donde la melodía celestial lo envió a una dulce y tenue oscuridad de la cual se perdió. Le gustaba el cierre de esa pieza que ponía en relieve todos los atributos que creía no poseer, no obstante, cuando el corazón se abre, las palabras finalmente logran salir.
Todo fue un cuento contado por hadas que quizás adelantaron el felices para siempre, porque la realidad solía ser injusta, cruel y burlona, para cuando en el encuentro múltiple vino y aquella masa de mudanza se vino sobre ellos.
Yuri no oyó la voz de Phichit llamándole, ni tampoco a Chris alertando a Victor. Sólo vino oscuridad, una profunda y pesada, que le arrancó de sus mejores sueños tirándolo a un escenario baldío. Sólo pudo aferrarse a lo que tuvo entre manos, y juntos, en una tormenta silente, hundirse entre sus garras.
Las grandes caídas son, por supuesto, tan divertidas como las gloriosas victorias. Literalmente.
Mendiga suerte.
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—¡Wow, el Imperial Word! ¡Mickey, mira!—exclamaba Emil consumido por una sorpresa recargada, por las horas que durmió en el vuelo.
Cargaba un bolso ajustado a su hombro y una ropa ligera compuesta por bermudas, camisa sin mangas y zapatos abiertos. Estaba recién afeitado y olía a colonia, a la de su amigo, porque la de él se rompió en el avión.
Más atrás, Michele, dotando a su tono de una cualidad áspera, pagó el taxi que los había transportado desde el aeropuerto al centro del patinaje que posteó Phichit. No habían pisado la tierra sureña cuando ya adulaba la idea de comprar un boleto de regreso y dejar botado a ese checo que le tenía los estribos en punta con todo lo que habían pasado en las últimas tres horas.
Primero, se perdieron dos veces buscando una jodida casa de canjeo para cambiar su moneda por el dinero Baht para movilizarse mejor por el país. Segundo, después que habían logrado que un agente lograra comunicarse con ellos y seleccionarles un taxi, luchó contra la creencia que habían sido secuestrados por aquel viejo de mirada insinuante y sonrisa satírica. Michele en todo el viaje saboreó su imaginación de verse ahorcando a Emil por arrastrarlo a ese viaje. Y, para variar, también tuvo que contenerse en regalarle, a parte del pago, un perfume para las axilas al conductor por el terrible olor que los tenía asfixiados.
—Voy a matarte —dijo cuando llegó hasta él con el entrecejo fruncido—. ¿Por qué tuve que pagar el taxi?
—Porque yo pagué los boletos de avión —Sonrió Emil—. No seas tacaño, Mickey.
Era de esperarse que tres segundos más tarde, Michele cumpliera su sueño de agarrar por las solapas a Emil y lo templara del cuello.
—¡Fue tu idea venir hasta aquí, idiota...! —intentó reclamar, antes que su voz, estática en el aire, quedara absorbida por una sorpresa que le robó lo demás que iba a decir.
Una sombra de proporcional tamaño se vio en las lejanías que, tras descifrarlas y entenderlas, se percató que si era lo que creó paralizándole la expresión.
—¿Mickey? —llamó Emil, al verle abstraído en una profunda sorpresa y luego...
—Eso es... ¿un elefante? —preguntó el patinador italiano, reduciendo las barajas de moldear su humor a uno más sosegado.
—¿Hm, dónde? —Giró la cabeza hacia donde la tenía impuesta su amigo, percatándose del gentío que venía hacia ellos con el tema de festejo en el ambiente—. ¡Oh, mira es un desfile!
—¡¿Qué importa el desfile?! —Michele lo soltó y le señaló al gigante animal que daba zambullidos con su trompa en una extraña pantomima—. ¡Es un elefante en plena avenida!
Emil canturreó una carcajada, en abierto desinterés de aquella situación. Y por el lado de Michele, sencillamente no podía prestar atención a la multitud decorada con agudos colores que ya se avecinaban, persiguiendo una baile lenta de bailarinas envueltas en trajes refulgentes con velos de pavorreales que exhibían rubores en dorado y naranja.
A la distancia se pronosticaba la aglomeración que acompañaba el evento, con un ligero confeti que lagrimeaba del cielo. Michele pudo notar como una figura se balanceaba en brazos ajenos de un grupo de personas con turbantes y barbas pobladas que empañaban sus mandíbulas, que incluso pudo advertir que rendían pleitesía en silencio.
Existía una línea entre ver carnavales en Italia y sin duda verlos en Tailandia. No era que fuera un experto en área festiva, pero la diferencia entre ambas tradiciones era equitativamente radical. Para empezar, ¿por qué cargar con una figura que hasta parecía estar hecha de oro?
—¡Guang Hong, apresúrate! —Vino una voz detrás de ellos, y al darse cuenta dos patinadores jóvenes salían de las puertas del centro de patinaje, escudados por un perro de pelaje felpudo—. ¡Ya empezó el desfile!
—¡Espérame, Leo! —decía el otro chico rezagado, guiando a la mascota que perseguía sus pasos con ligeras indicaciones y recibiendo ladridos en respuesta—. ¡Vamos, Maccachin, no te quedes atrás!
No fue él quien los reconoció, pero sabía que los había visto de algún lado.
—¡Leo de Iglesia! —exclamó Emil, acercándose a ellos con una profunda sonrisa.
—¡¿Emil?! —examinó, hasta que sonrió también—. ¿También vinieron al evento de Phichit?
Una risita se esfumó de los labios del checo, quien negó con la cabeza.
—De hecho, venimos a la boda de Yuri y Victor —reveló, esperando que los dos chicos se aproximaran lo suficiente.
—¿Boda? —preguntaron en unánime los recién llegado.
Michele enarcó una ceja y dio arrugas a su entrecejo. ¿Dónde había un cuchillo cuando lo necesitaba? Si ese viaje fue un desperdicio, sin duda, por el amor a su hermana y sus patines, cometería su primer homicidio en esa tierra perdida.
—Chris nos envió unas tarjetas de invitación, presumiendo una boda entre el supuesto compromiso. —informó Emil tragando saliva, sintiendo los filosos ojos de Michele clavados a su espalda.
El chico que había respondido al nombre de Guang Hong ladeó la cabeza en un gesto inquisidor y el italiano sólo necesitó eso para volverse a Emil, amenazándolo con ahorcarlo de nuevo.
—Hasta donde tengo entendido Phichit está realizando un evento en conjunto con Yuri y nos han invitado —dijo Guang, con su expresión dulce y risueña—. Leo y yo vivimos porque queremos apoyarlos. —Su voz era alegre y primaveral, lo que permitía que su faz fuera más angelical que lo permitía—: ¿Ustedes también...?
—Me voy —anunció Michele dándose vuelta.
Sí, había sido una terrible idea seguirle el juego a ese idiota sin cerebro. Sin borrar la sonrisa de sus comisuras, en aire abierto y despreocupado, el checo le detuvo tomándole le del hombro, tanteando terreno peligroso:
—No tiene nada de malo quedarse unos días, podríamos visitar algunos sitios. —Delicadamente cambió el tema, aprovechando la oportunidad
—¿Y por qué querría salir contigo? —prostestó seriamente el patinador italiano.
—Phichit nos dijo que mañana nos dará un recorrido por Bangkok, estoy ansioso —opinó Leo en tregua de Emil.
Antes de responderles que podrían irse a la mierda con sus rotes turísticos, al otro lado de la calle, el desfile los había alcanzado consumiendo el lugar con esa extraña conmemoración. A esa cercanía, la figura de más fulgor podía visualizarse con más detalle y precisión, lo que, en opinión de un amargado ser humano como Michele, sólo le pareció un humano con sobrepeso.
—Según dice este folleto —comenzó a leer Guang un papel que tenía encerrado entre sus dedos—, la religión Tailandesa se centra en el budismo y en ocasiones realizan ceremonias para darle honra y pedir deseos.
—¿Es decir que esa cosa es Buda? —quiso saber Michele antes que tres manos obstruyeran la continuidad tapándole la boca.
—¡No digas esas cosas en voz alta, Mickey! —se horrorizó Emil.
—¡Podrían meternos presos! —secundó Leo apartándose.
—¡Podrían quemarnos como brujas! —añadió Guang y a su lado un ladrido hizo eco en consonancia de las quejas.
—¡Suéltenme! —Se liberó de los tres agarres.
Incluso sus gritos habían llamado ciertamente la atención, sin embargo, más que miradas distantes y ajenas, fue lo que recibieron. Al patinador italiano no le extrañó el comportamiento, a pesar que hablaban en el lenguaje universal del inglés, esa zona no se sentía muy ajustada y familiarizada al contexto turístico.
Otro elefante hizo cantar su tropa, siguiendo a una dama hindú que lo guiaba, al dejar un potente eco en la estrecha grieta de calle, secundado por hombres que ejercían ciertos malabares.
—¿Y el anfitrión dónde está? —le dirigió la pregunta a Emil en una clara queja que éste debió entender.
No obstante, inocentes de sus intenciones delincuentes, fue Leo quien respondió:
—Fue a buscar a otro invitado que llegó. Creo que es Chris Giaccometi.
—¡¿El pervertido que debería ser censurado en la pista?! —dio por añadidura, recordando a su hermosa Sara viendo aquella rutina que, si mal no le fallaba la memoria, era un tema casi pornográfico. ¡Debió denunciarlo cuando tuvo la oportunidad!
Aquel chico japonés tampoco quedaba exento.
—¡Mickey! ¡Mira!
Ya no podía hacer nada. Pasando los segundos, se dio cuenta que el aroma del salubre que transportaban ciertos turíbulos, la rabieta se le fue esfumando poco a poco. No quería considerar que todo era una droga para dormirlos, esperaba sinceramente que no.
Leo y Guang sonrieron, observando en conjunto los delicados bailes que tomaban las atenciones del público. No eran una numerosa cantidad de personas, sino fuera por los tres animales de trompa larga que eran regidos por otras damas, los caballeros de juegos con objetos y el monumento, quizás podía pasar desapercibido. Empero, los patinadores estaban prestando atención más que la presentación de ofrenda; admiraban la danza.
Era pausada, pasible, como el movimiento de unas olas que empujaban las caderas femeninas de un lado a otro por la seducción del viento. Los torsos se torcían, dándole enfoque a las plumas carmesí que colgaban de sus espaldas, mientras las manos ejercían ondas sobre las cabezas en llamados a plegarias no dichas. El mensaje era claro, oraciones que dictaban paz al cuerpo, a la mente, a la vida.
Había unas que rompían formación, allegándose a los espectadores para sumarlos a su secta de oración, fuiándolos en el final del recorrido que se veía en los desvíos del horizonte. Dos bailarinas —incluidas en la gloriosa marca de telas bañadas en dorado y escarlata, diademas colgando de sus frentes y muñecas con entrelazado en joyas— se acercaron también a ellos, estirando sus delgados dedos para rozar los de ellos e invitarlos a su ritual.
La primera tomó a Michele.
—Su alma parece perturbada —dijo una en su idioma tailandés—. Necesita venir hacia nosotros y encontrar la paz que necesita.
Michele elevó una ceja lentamente, ajeno a la referencia dada. La mujer era hermosa. Poseía unos labios coloreados con granate y el delineado en sus lacrimales resaltaba el color de sus ojos. La piel era suave y su rostro una creación de dulces tallos. Aunque no podía entenderla, la voz también la creyó encantadora.
—Necesita dejar sus cargas, sus problemas atrás y la aflicción —continuó, acariciándole el dorso de la muñeca—. El dolor es inevitable, pero el sufrimiento es opcional...
—Creo que te está invitando a una propuesta indecente, Michey. —surgirió Emil, sonriente, viéndolo también aún cuando la segunda bailarina también recitaba palabras que ellos no tenía el conocimiento lingüístico para entender.
—¡Cállate! —gruñó, formando un puño con la segunda mano.
—Oh, sí, pequeñas almas turbadas por la vida —Los fueron empujando lentamente hacia la crecida multitud, atrayéndolo como una seductora boa—. Buddha tiene las respuestas para ti, en su maravilloso templo. No lastimes a los demás con lo que te causa dolor a ti mismo.
—Quizás sea un bar de temática hindú —se reía Emil.
—Lo dudo mucho. —Se dejaron llevar por la belleza grácil de aquellas mujeres, se sumergieron en la ondas de una adoración olvidada. Al pasar los minutos, al ser rebasados por la gala de baile, sólo unos pocos brillos quedaron vagando en el aire y el público empezó a dispersarse.
A unos pasos, Leo y Guang observaban con rostros compungidos con la decepción al no ser invitados.
—¿Deberíamos seguirlos? —pensó en voz alta el patinador americano.
—No sé, yo aún... soy menor —murmuró desolado Guang.
Con una magia de curvas en su boca, Leo se acercó a él y le colocó dulcemente la mano en el hombro.
—¿Por qué no ensayamos el número que nos asignó Celestino?
Los doblajes hicieron espejo en el patinador chino.
—¡Hagámoslo! —afirmó, y seguidamente bajó la mirada en busca de su adorno de pierna, antes de notar algo ausente—: ¿Maccachin? —Empezó a mirar los alrededores en señales del caniche que no estaba a su lado—. ¡Macchachin!
—¿Qué ocurre, Guang Hong? —Leo se volvió.
—¡Maccachin no está! —Corrió hacia él alertándose en preocupación.
—¡¿Qué?! —se asombró, también buscándolo con la mirada y ver que, efectivamente, el perro no estaba.
¿Se abría extraviado en el desfile? Pero los problemas no se detenían ahora y más cuando Guang Hong terminó diciendo:
—¡Y es la mascota de Victor Nikiforov!
Victor sin duda, usaría sus fuentes y contactos con la CIA, para desaparecerlos si algo le pasaba a su mascota.
—¡Hay que buscarlo!
Continuará.
N/Finales: Jaja, les juro que la escena del accidente estaba premeditada para este capítulo, pero añadir los extras de parejas se me extendió. Esta vez no tardaré tanto en actualizar, seguirá su ritmo mensual o quincenal si el trabajo y el escape del país me lo permite. Es pasada la madrugada, así que me disculpo si hay errores.
Sé que Yuri me quedó más nostálgico de lo que pretendía, pero hay que estar enamorados para saber el dolor agravado que asfixia.
Breves aclaraciones:
1. Los desfiles y la religión son verídicos de la tierra tailandesa.
2. El hotel donde se hospeda Chris y Victor, que reside en la maravillosa cercanía. Vivan los satélites.
3. Lo del GPS con Yuri, realmente una vez me pasó XD.
Créditos: "Las grandes caídas son, por supuesto, tan divertidas como las gloriosas victorias", Shakespeare.
Agradecimientos a los reviews de Usuarios y Guest: Yume, tomoyo-daidouji2005, Suna, Skydark Sun, eve-tsuki94, K. Rivan, Darkela, Alhaja & Guest x3.
Respuestas a Guest:
Yume: Hola, querida Yume, con gusto responderé tus inquietudes. Vamos a listarlas:
1. Con el tema de la transición, comedia/Drama desde el capítulo anterior empecé a arrojar señales que la cosa se complicaría. Empezando claro, por Yuri y su mensaje. Seguidamente continuó con los pensamientos de Phichit, y finalizó con el enfoque de Victor. Y si con eso no había quedado claro, había advertido que ya no habría comedia en ese cap que era uno completo que dividí.
2. El reencuentro obviamente vino de esa escena xD era inevitable no volver a resaltar la manera que corren hacia el otro.
3. Obviamente el rey tenía que llegar a hacer su entrada y más tarde aparecerá lo demás jajaja. Kubo aclaró que siempre olvida a JJ, pero si nos fijamos en el cap 10, Victor cuando habla con Yuri le dice "JJ aún sino comete errores, tendrá la calificación más alta". Entonces pensé: Si recuerda la abreviación, y supongo que "JJ Style", pero ¿qué pasaría con el nombre completo? Allí le di peso a que Victor se preguntara quién era. No sé a quién haces referencia con "la maldita lisiada" jaja así que no puedo opinar al respecto, salvo que esperes las ideas que tengo en mente.
El punto de sólo Victuuri, puede que lo sea pero aquí está de forma indirecta porque como has podido darte cuenta, hay intervención de varios personajes porque a todos les quise dar un lugar. Tengo un hilo de trama, y obviamente el centro es Victuuri porque son los protagonistas. Y no podía abarcar más capítulos añadiendo más escenas de otras parejas y olvidarme de la principal. Dispersé las piezas del rompecabezas, ahora, se están uniendo. Sólo van 5 capítulos y 60% de trama (pensada) recuerden lo que dije en el primer cap, a mí sí se me ocurren más ideas de lo que tenía en mente jaja Los personajes que añadí es porque motivo y un momento, y ya estoy empezando por Victor y Yuri.
4. Seung aún no aparecerá.
5. Si nos basamos en lo Canon, empezaré por tomar el primer punto de este fic:
Victor dejó su entrenamiento para buscar a Yuri, y eso trajo como consecuencia de nuevo el sentimiento que plasmé acá. Dudo que Yuri deje un tema a la ligera y me basé en ello cuando en su actuación de Eros suprimió y tergiversó el sentimiento en fortaleza pero cuando Victor se fue, ¿qué pasó? Yuri no es algo de soltar un punto tan fácilmente, desde el primer capítulo vemos su ansiedad y nervios, incluso detalles que Victor creía haber eliminado pero que aparecen nuevamente más adelante. Lo que da a entender que la timidez y la inseguridad son características que forman el personaje Yuri Katsuki.
Llegando a eso, espero haber aclarado tus dudas y no te preocupes, este fic tendrá de todo un poco, porque me estoy basando en teorías propias del anime. Gracias por comentar, linda, y lamento el enredo y no complacerte del todo. Espero que pese a todo, sigas disfrutando del fic.
Guest(1): Lamento la demora, pero acá está.
Guest(2): No, no, como dije, este fic no es tragedia x'D
Suna: Primeramente, gracias por seguirme linda, y lamento la demora, no tuve teclado por meses. Algo sentimental porque es un género que casi llevo en la sangre, pero todo tiene un porque incluido así que no te preocupes. En el siguiente, se acabarán tus dudas, por complacerlos me extendí en añadir las demás parejas.
Guest(3): ¡No las había visto! Jaja pero es casi tal cual lo que me pasó por la cabeza en el primer capítulo x'D Gracias por comentar, es importante para mí.
Skydark Sun: Jajajaja, me disculpo por la demora, realmente fueron meses duros. Pero aquí está. El siguiente ya tiene un 1k adelantado, eso es buen avance. Me alegra muchísimo que te haya gustado y realmente me sacaste una carcajada con tu review. Prometo actualizar más seguido, sólo que el tiempo me juega en contra.
Gracias por ser pacientes y leer.
