Notas: Un día como hoy hace un año, una de mis colegas publicó el primer capítulo de este fic. Disturbio Social está de cumpleaños, regalos plz(¿?) jaja. Gracias por cada review, fav, follow y paciencia que he recibido. Hoy les quiero desear al fandom de Yuri on Ice una feliz navidad y próspero año nuevo. Que a pesar de las innumerables polémicas, batallas y bardo, seguimos siendo una familia que se unió por el gusto mutuo que nos regaló Kubo.

¡Felices fiestas!


DISTURBIO SOCIAL

Capítulo 7: Caídas y deslices.

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Lo vio tirarse en la cama, aun jadeante, como si el aire gelatinoso se negara a estabilizar el dolor en sus pulmones. Tenía el rostro marcado por la extenuación, la piel cristalizada por el sudor le daba un realce a su belleza perenne, y la lentitud de sus palabras un nuevo ataque de seducción que tenían con el alma en un hilo a Yuri.

—¿Te preparo el baño, Victor? —preguntó para ahuyentar el silencio que aleteaba al son de la respiración agitada de su entrenador.

Éste abrió sus ojos, aquel iris de extravagante azul que le recordaba a ese límite de hora donde la noche se despedía, dejando un claro vestigio de su presencia rasgaduras en el amanecer. Una mezcla de día y noche que podían brillar al mismo tiempo.

—Sí, por favor. —suspiró, con la muñeca descansando en su frente, en el tiempo que una débil sonrisa intentaba estirarse en sus labios.

Un sentimiento de culpa invadió el cuerpo del japonés que, sin prever las consecuencias, terminó diciendo:

—¿Estás muy cansado, Victor? —La pregunta voló de su boca sin autorización, escapando de la jaula que encerraba sus pensamientos y casi nunca dejaba que algo saliera—. ¡Digo...! ¡No quise...! —Se dio vuelta, listo para marcharse—. Iré a prepararte...

—Yuri, acércate. —interrumpió Victor, con filo de metal.

La firmeza de la orden le hizo tragar saliva. Avanzó dos pasos y se detuvo a los pies de la cama. Sentía como su esqueleto empezaba a vibrar ante el insondable efecto que ese ruso tenía sobre él.

—Más. —pidió, esta vez más satisfecho.

La sangre le subió al rostro y tuvo que contener nuevamente la respiración. Victor tenía una especialización, maestría y doctorado en materia para intimidarlo. Tragó saliva, y se sentó en el borde de la cama contando los segundos para que algo ocurriera. Y, era evidente que así fuera. No pasó demasiado cuando la veloz mano de Victor le sujetara la camisa y lo arrastrara hacia atrás, enviando su espalda al delicado colchón que seleccionaron para estar cara a cara con su ídolo.

Iba a retroceder instintivamente, antes de sentir una prisión en los dedos de quien lo retenía firmemente.

—Yuri, no tienes que huir —expuso con suavidad, entrecerrando los ojos —. La pregunta está bien. —Apretó el enlace, acordonado con los suyos.

Yuri contuvo el aire entre sus pulmones, sus manos temblaban y, con el trance de verlo a un palmo de distancia, no pudo detenerse para el momento que le removió el flequillo húmedo pegado a la frente.

La voz rusa se desvaneció en la sonrisa que formó, reconfortado por los trémulos dedos que gozaban de vacilación pero que aun así; seguían rozándolo. Yuri sintió que su pecho se inflaba y su corazón aceleraba las pulsaciones con esa expresión de tranquilidad que Victor estaba dibujando que lo hacía parecer asombrosamente joven.

Por una extraña razón, vio nuevamente una historia en aquella faz; inocencia, esfuerzo, dedicación. Los años de arduos adiestramientos esculpieron líneas sobre su piel y su mirada tenía un aire de vacío. No era un cansancio que fuera su culpa, era uno que llevaba construyéndose ladrillo a ladrillo y ya estaba lo suficientemente solidificado que un descanso de días era insuficiente. Lo veía en sus ojos; el agotamiento de cinco victorias consecutivas, incontables triunfos en las otras competiciones, el desgaste de su vitalidad por constantes entrenamientos, el escape de ideas y, el baile que ya era monótono.

Sí, era el cansancio de ser el mejor patinador del mundo.

No sabía por qué justo, en ese momento, el recuerdo de ese día vino a él cuyo poder tenía para hacerle feliz.

—¡Victor! ¡Yuri! —se oía a los lejos.

¿...Era real?

Como una luz que se enciende en la oscuridad, la mente de medallista de plata socorrió a él presentándole los hechos de los anteriores segundos. El estrépito de una caída, el rugido de los automóviles, voces llamándoles, él sencillamente no podía separar ninguna de su oído. Todo había pasado demasiado rápido para que sus ojos lo captaran, su cuerpo lo entendiera y su cerebro lo procesara.

No sabía qué sentía en ese momento, en realidad. Quizás nada. Las luces de su mundo se disiparon, todo el color se difuminó dando paso a la penumbra, como si su mente se hubiese apagado. Sólo un quejido, apenas audible acarició sus oídos y entonces supo qué había pasado.

Por unos instantes, y sólo cuando logró ajustar sus pensamientos con su cuerpo; un grácil dolor vino a él. Gimió un poco y para cuando intentó removerse, notó un peso extra sobre él. Sólo tuvo que entornar los ojos y ver la cabellera que le nublaba la vista para darle sentido a la ruleta donde estaban montados.

—¿Vic... tor? —balbuceó, con las ideas aún ordenándose en la cabeza.

En atendimiento a su llamado, un inaudible gemido llegó hasta sus oídos y, por un soplo de segundo, Yuri despertó el miedo más profundo que le perforó los huesos. Lo más terrible, lo más doloroso, lo más inverosímil, cruzó por su mente enfermándole los nervios de la más pura ansiedad.

—¿Te... hiciste daño, Yuri? —le preguntó Victor, mezclándose con otras preguntas lejanas que expulsaban alaridos de sorpresa y agitación.

Sin embargo, Yuri no podía oírlas. Sólo podía interesarse a la que caía sobre su rostro.

—Victor... —El nombre se le escapó de los labios en un susurro sorpresivo.

—¿Estás bien? —insistió Victor. Con la mirada distrayéndole, embelleciendo el escenario por la pequeña sonrisa que le obsequió.

Negó con la cabeza, aún enredado en el shock producto de la rapidez de los acontecimientos.

—Qué alivio... —suspiró el ruso, obligándose a apoyarse en el codo libre para verle mejor. Así, Yuri encontró la forma de entender todo. Su entrenador estaba sobre él, con una lágrima de sangre descendiéndole sobre la frente humedeciéndole la mejilla. Para ese entonces, advirtió también que el brazo derecho de éste cubría la parte trasera de su cráneo cuyo propósito era evitarle un mal mayor.

Apretó los labios de impotencia. Era claro que Victor se había llevado la peor parte y ofreciéndose como sacrificio en tanto sino el cargamento era removido con una rapidez sobre humana. Finalmente, la luz empezó a mostrarse entre las rendijas, para posteriormente remover las últimas cajas que los habían aplastado.

Con esfuerzo, Victor se apoyó en sus palmas, elevándose para enfrentarse a la contigüidad. El escenario le parecía tan nostálgico a la copa china, el primer beso bajo la opresión pública, la sorpresa y el deleite sino fuera por el hilo de sangre que gimoteaba de una herida abierta.

—¡Victor! —decían alarmadas las voces—. ¡Tazón de cerdo!

—¡Llamen a emergencias! —gritaba otra persona. Las exclamaciones vinieron acompañadas de muchas manos que ayudaron a sacarlos de esa fosa en la que fueron enterrados—. ¡Estas son las últimas!

—¡Hay un hospital cerca de acá!

Con dificultad, el pentacampeón se fue removiendo hasta apoyarse en sus rodillas y así alejarse, emitiendo un quejido inaudible. Y, allí, sólo con eso, el pánico empezó a tomar forma en cada rostro que tenía su atención en ellos.

Yuri no escuchó los llamados de Phichit, ni tampoco sintió las manos sujetando sus hombros ni quienes intentaban levantarlo. Se apartó de ellas como si le quemaran, y gateó hasta Victor que yacía con los párpados prensados.

—¿Estás bien, Victor? —suplicó, porque no era una pregunta. Era una afirmación, dime que estás bien.

—Dime que estás bien, idiota —Yurio llegó a su lado, arrodillándose junto a él—. Mierda, te golpeaste la cabeza —Giró la cabeza hacia atrás y pareció maldecir a JJ por su idiotez.

—Yuri, no grites —ordenó Otabek quien estaba intentaba sostener a Yuri Katsuki junto con Phichit quien estaba presa del pánico, preguntándole cómo estaba, dónde se golpeó, si estaba bien y... ¡Yakov les iba a denunciar!

—Victor, ¿dónde te golpeaste? —quiso saber Chris, junto a él, con una sombra de impaciencia coloreando su voz—. ¿Puedes levantarte?

A todas las preguntas, Victor se presionó el costado de su cabeza empañándose los dedos de carmesí.

—Yuri —fue la única respuesta que salió de sus labios, llamando a esa persona que ya volvía hacia él—, ¿está bien?

—Victor, Victor —La urgencia no tardó en manifestarse, para cuando Yuri se arrodilló también junto a él—. Debemos llevarte a un hospital, tu cabeza...

Su oración no pudo ser culminada para cuando la mano del pentacampeón rozó su mejilla en un tacto dulce.

—Estoy bien —Sonrió débilmente, ignorando la multitud que se arremolinaba alrededor de ellos—. He tenido caídas peores en el hielo.

—Esa es una de las peores mentiras que puedes decir —bufó Chris tomándole del brazo en una invitación a que se levantara—. Necesitamos que te vean ese golpe en la cabeza.

La ayuda humanitaria se presentó como una aprobación del cielo, y las llamadas a emergencia dieron como resultado una ambulancia con paramédicos ayudando a los patinadores afectados. Chris y Phichit se presentaron como amigos de las víctimas, recibiendo la aprobación salvo de Yurio que les maldecía porque él debía ir también.

—Sólo un acompañante por persona se admite en la ambulancia —advirtió el paramédico con semblante adusto y piel bronceada. Era un hombre de proporción corpulenta, altos hombros y ancha espalda que hablaban de años en el oficio.

Yurio gruñó y apiló unos cuantos insultos dentro de su boca hasta que una mano se detuvo en su hombro.

—Yuri, podemos ir en taxi, deja que se vaya la ambulancia —aconsejó Otabek, a pesar del coro de sirenas que ensordecían el aire.

¿Dejar a Victor con esa panda de locos? No, no estaba de acuerdo con eso. Si bien su relación con ese idiota no era la mejor, no afianzada en lazos estrechos, nunca desearía el mal que comprometiera su carrera, menos, su salud. Quizás una arruga en el rostro angelical o una verruga en la mejilla, pero nunca un accidente incluso de menor grado.

Su mirada se detuvo en las camillas que subían una a una dentro de la ambulancia, el cerdo asegurando que estaba bien y Victor diciendo palabras que no alcanzaba a oír, lo cual era una suerte. No quería vomitar con ese aire de romanticismo.

Otabek le llamaba y los curiosos formaban un aro que los envolvía, asfixiando el poco aire que tenía. Se enfureció.

—¡Lárguense de aquí, idiotas! —le gritó a la muchedumbre—. ¡Aquí no hay nada que ver!

La respuesta fue sólo silencio, unos cuantos comentarios y algunos se abrieron para dar paso, quizás por su demandante tono de voz que adivinaba escarnios. Bufó, molesto. Había olvidado que el inglés no estaba totalmente colonizado en esos lugares andinos.

—Yuri. —volvió a llamarle el kazajo, esta vez más solicitante.

—¡Ya sé, carajo! —atendió pero eso no le detuvo para volverse otra vez a JJ y señalarle con dedo acusador—. ¡Más te vale que te hagas cargo de esto!

—Por supuesto, yo cubriré todos los gastos. Tienes mi palabra —se defendió el canadiense acompañado de una risita nerviosa, alzando las manos.

Más adelante, dentro de aquel tubo hermético y con equipos armados, Victor observó a los lejos la actitud fogosa de Yurio que en un concepto inverso, era su compañero.

Levantó una mano, pese al dolor astillado que sentía en la espalda y las estrías de punzadas que se le abrían en el cerebro e hizo seña a Chris, que observaba como el segundo oficial médico aplicaba una dulce anestesia a Yuri para calmarle la ansiedad.

Éste inmediatamente se acercó a él, arrodillándose a su lado.

—¿Qué ocurre, Victor?

—Chris, por favor, di que Yurio es mi hijo y que le dejen subir. —requirió con una suave sonrisa, con el azul perdiendo intensidad, cediendo ante la solución que le aplicaron a su vena que prometía inconsciencia.

—Nunca cambiarás —Chris se rió, moviéndose rápidamente después que la salida trasera se cerrara. Intercambió unas veloces palabras con Phichit y fue éste último quien usó la bendición de su lengua natal para comunicarse con el chófer.

Tras un breve reciprocidad de diálogos, las puertas volvió a abrirse con la ruda expresión con el corpulento hombre subiéndose junto con un Yurio macabramente sonriente, al tiempo igual que Chris abandonaba el cubículo.

—Te seguiré de cerca, Victor, intenta no morir —se despidió pero en sus palabras se le escapaba un aliento de preocupación.

—Hemos retrasado suficiente el viaje, nos vamos —anunció el chófer y la puerta se cerró, con el motor acelerando su paso.

El viaje fue silencioso, Victor no tenía muchos deseos de hablar salvo de responder a las preguntas que le hacía Phichit en modo traductor a lo que pedía el ayudante médico. Identificación, nacionalidad, edad y oficio.

Yuri respondió por su propia lengua, en un fluido tailandés que le hizo sonreír. Al verle, vio como un rocío de color le pintaba los pómulos haciendo que el japonés desviara la mirada.

—No sabía que hablabas tailandés, Yuri.

—Estuve compartiendo habitación con Phichit en Detroit unos cuantos años, y él me enseñó lo básico —respondió Yuri.

—Y fue un buen estudiante —secundó Phichit, sentado junto a Yurio quien sólo fruncía el ceño sin decir nada.

Al llegar al hospital, las camillas bajaron con cuidado minucioso e ingresaron a las instalaciones en rutas diferentes. Por boca del patinador anfitrión, los médicos se enteraron de las identidades del pentacampeón y leyenda viva del patinaje, más el medallita de plata del GPF, otorgando prioridad a las silenciosas celebridades que esparció una ola de periodistas afueras del hospital.

El resto de los deportistas se unieron minutos más tarde, atravesando la enardecida prensa que exigían atención y que se encargaron de traspasar con respuestas escuetas. Chris fue el primero en llegar, acompañado por Otabek y seguido por JJ quien se entretuvo con los periodistas comentando que no era nada de qué preocuparse. Sonreía a las cámaras, prometiendo que él mismo tomaría medidas para proteger los prestigios de las célebres estrellas.

Dentro de las instalaciones, los otros fueron recibidos por Yurio y Phichit que yacían cruzados de brazos, frente a las puertas que tenían el acceso restringido.

—Hey, chicos, ¿qué dicen los médicos? —Se acercó caminando elegantemente Chris. Nunca había que perder la gracia, incluso en las situaciones de fuego.

—Al tazón de cerdo no le pasó nada, salvo de unos raspones —contestó Yurio de mala gana—. Lo van a dar de alta cuando JJ se digne a cubrir los papeleos.

—¿Y Victor? —añadió una segunda pregunta Otabek ecuánime, pese a las arrugas extras que imprimían en su frente la señal de inquietud—. JJ se quedó en recepción.

—Le están haciendo unas radiografías, temen por su espalda —Esta vez fue Phichit quien atendió la pregunta, entristecido—. ¿Creen que sea grave?

—Más le vale que no —sentenció el ruso menor, con la mirada en un punto vacío en la pared.

Hubo un silencio pesado, amortiguado por la algarabía de un ambiente hospitalario de enfermeras corriendo, familiares a la espera, ligeros llantos de niños en el aire que sólo tensaban más el hilo que los enredaba.

—Estuve haciendo preguntas sobre el contenido del cargamento —Rompió el silencio el kazajo, haciendo que todos alzaran la vista—. Según me dijo uno de los trabajadores, eran piezas de mueblerías lo que transportaban.

—¡¿Piezas de mueblerías?! —exclamó el tailandés, matizándose en el terror.

—Déjame terminar —advirtió Otabek mirándolo de reojo para luego y después de una innecesaria disculpa de Phichit, continuó—: Por protocolo, las más pesadas son las primeras en subir y últimas en bajar. Las que van encima son las más ligeras, ya que de por sí los paquetes acumulan mucho peso. Es imposible que JJ con el suyo propio haya empujado las más pesadas, sólo desequilibró las que son menores a él y esas fueron las que cayeron sobre Victor y Yuri.

—Patinadores hablando de gravedad —acotó Yurio sin cambiar el semblante.

—En realidad, es física. —Esbozó una pequeña sonrisa Otabek, recibiendo la mirada ácida de su compañero.

—Eso es un alivio. —intervino Chris, suspirando—. Sería casi un insulto que Victor tuviera que darse otra temporada de vacaciones, justo cuando prometía un regreso.

—Ya que estamos hablando de física, yo le sumaré la lógica —habló Yurio con la lengua bífida, ladeando la cabeza hacia Otabek para resaltar el énfasis que el kazajo recibió encogiéndose de hombros—. Victor soportó los paquetes aparte de su peso para proteger al cerdo. Si sale ileso, considérenlo un milagro.

No hubo tiempo de respuesta grupal, para cuando las puertas doble se abrieron en par dejando salir un rostro arrugado con bata blanca, blandiendo su título de médico con aires fehacientes. Todos se acercaron a él, sin embargo, sólo el emisor fue Phichit quien entendió la noticia.

—Ya atendimos a... —se detuvo, consultando el portapapeles que sostenía en su mano, moviendo ligeramente las gafas que colgaban de su tabique—... Victor Nikafari.

—Victor Nikiforov —corrigió Phichit, nervioso, gesticulando las manos—. ¿Ya saben que tiene, doctor?

—El señor no sufrió daños graves, salvo de una contusión en la columna vertebral y una en su cabeza. —soltó el veredicto con la voz versada que enseñaba su experiencia de manejar las noticias con faz tranquilizante—. ¿Es patinador, no? —Phichit asintió, tratando de ignorar las preguntas de sus amigos que pedían explicación claramente entendible a sus oídos—: Deberá darse un reposo de unas semanas para que se disminuya la inflamación y no haya daños graves que coadyuven los permanentes. Su espalda tiene ciertos corregimientos por cirugías anteriores, sino tiene el debido cuidado, puede traer secuelas mayores.

El rostro del tailandés se vistió de blanco e, inmediatamente viendo su reacción, el doctor agregó para apaciguar.

—Estoy hablando de un caso totalmente extremo. —Hizo una pausa, cuyo segundo aprovechó para quitarse las gafas y frotarse los ojos—. El deporte que practican tiene sus riesgos, como ya ustedes deberían saber. El señor Nikiforov no corre ningún peligro, con tónicos y un ligero reposo de tres semanas, podrá volver a patinar tranquilamente. Estará en observación durante un par de horas y después podrá irse a casa.

Con ello, realizó una ligera inclinación de cabeza dando una despedida sutil para salir al pasillo. A solas, los tres patinadores pidieron respuestas, a lo que Phichit tradujo lo que dijo el doctor, con detalles pintados con cierto grado de...

—¡¿Cómo que no podrá volver a patinar?! —gritó Yurio sujetándole de la solapa del abrigo con manos trémulas—. ¡¿Me estás tomando el pelo?!

—¡Eso fue lo que dijo el doctor! —se defendió Phichit ya con lágrimas decorando sus ojos—. Que Victor tiene daños permanentes en su espalda y si patina empeorarán.

—Tiene que haber un error —contradijo Chris, apretando los labios—. Debemos buscar otra opinión. Victor debe tener su propio médico en Rusia.

—¡Ah, ahí están! —Una quinta voz se unió al grupo portando una vivaracha sonrisa—. Ya pagué todos los insumos y servicio hospitalario. Victor y Yuri gozará de las mejores atenciones...

—¡Tú, maldito JJ! —blasfemó Yurio, ardiendo en ira, soltando a Phichit y correr hacia el canadiense como tigre en acecho.

—¿Eh? —se sorprendió JJ al ver los cuatro pares de ojos a la expectativa.

—¡Por tu culpa...!

Y Yurio se abalanzó encima de él, ignorando su alrededor con un Otabek tratando de detenerlos exigiendo compostura.

Al menos, seguían en un hospital.

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Las luces de las borlas se extendían como largas raíces de luciérnagas, iluminando un cielo ya pintando de negro y moteado por las estrellas. Malabares de antorchas arañaban la oscuridad, el olor de quebranto del incienso y extrañas alabanzas que suplicaban por los desafortunados.

Se encontraban en la parte baja, en un bazar, al parecer, que descansaba a los pies del monte. A los lejos, una larga escalera de piedra ascendía hacia el cielo donde aguardaba paciente el santuario de grandes torreones que se osaba de sus pináculos en las alturas.

—Leo..., ¿estás seguro que debimos venir hasta este lugar? —Guang se hallaba junto a él, caminando entre los entresijos de carpas que exhibían cientos de rarezas exóticas.

La verdad, él no sabía cómo terminaron justo en el lugar en el que no fueron invitados, empero, después de agotar todos los lugares que les mantuvieron las manos vacías decidieron subir.

—¡Makkachin! —llamaba Leo con la mirada a todos los rincones, siendo una de las pocas señales de vocablos que se elevaban en ese lugar llamado Santuario—. ¡Makkachin!

—Leo, Leo, no hables tan fuerte —instaba Guang, tomándole del brazo—. Las personas nos están mirando extraño.

—Tranquilo, Guang, ellos no nos entienden —dijo para calmarlo y tratar de hacerlo consigo mismo. Perder a la mascota del rey del patinaje era una de las más intrincadas telarañas donde temía por la ira de un Dios que todos admiraban—. Tenemos que encontrar a Makkachin rápido.

—¿Crees que Victor se enoje por esto? —El miedo se palpó en cada palabra que hizo que el patinador estadounidense se detuviera y volviera hacia él.

—Lo vamos a encontrar y no lo averiguaremos —Le dio una sonrisa de pliegues suaves—. ¿Sí?

Guang asintió, con un espejo impreso en sus labios que bailaban en una danza de palpitante inseguridad.

—Quizás debamos separarnos —propuso, señalando una bifurcación que daba vía a otro pasaje en espiral de tenderetes y descendía aún más. Se veían esparcidos los turistas más de lo que yo ellos esperaban, lo que significaba que había más esperanza de poder comunicarse a parte de usar el diccionario y notas traductoras que Phichit preparó para todos sus amigos—. Yo puedo ver si está por aquella zona.

—Suena excelente, Guang —Dejó caer una mano en el hombro y con la otra expuso el pulgar—. Cualquier cosa, me llamas.

Con ello, la menuda silueta de Leo desapareció entre los recorte de personas, tropezando en algunas, hasta que dejó de verlo. Se mantuvo así unos segundos más, pensando que a él siempre le había gustado el espíritu de Leo, su seguridad y confianza, que volvía sólido cualquier voluble creencia. También le atraía su visión de las cosas, y aquellas sonrisas en melodía con la música que amaba.

Era tan increíble... Abrió los ojos y sacudió la cabeza. Debía concentrarse en encontrar a Makkachin. Tomó una honda y profunda respiración, armando de valor sus tobillos para dar los primeros pasos al cruce.

No es que era su mejor idea quedarse solo en aquel extraño lugar, no obstante, la circunstancias lo obligaban a sucumbir ante sus últimas opciones. Un pasillo flanqueado por dos árboles presentaba un tramo de escalones engalanados con adoquines, que descendió cuidadosamente temiendo resbalarse. Caminó los primeros pasos, urgiendo las manos en los bolsillos para esconder su miedo, y evitar pensar que el escenario le producía una extraña familiaridad.

Su anterior programa libre en el Grand Prix Final no fue uno que le agradó por completo; la violencia y lazos, eran palabras que concebían nudos destinados a la ruptura que a él no le gustaba. Había tomado el papel de asesino en el bajo mundo, confiado en el filo de su espada y las habilidades concebidas por el tiempo. Ahora, en esa realidad, que caminaba por los túneles vestidos de telas plisadas y joyería lustrosa, era como si se infiltrara en la base donde esperaba el jefe que con su vieja amistad buscaba.

—¡Makkachin! —llamó y no recibió respuestas del can de pelusa parda—. ¿Dónde estás, Makkachin?

—Oh, vaya, vaya, ¿un jovencito buscando a su novia? —dijo una voz femenina con un sorpresivo manejo fluido del inglés.

Guang se exaltó y luego trató de serenarse. Al girarse, en una tienda modesta que sólo exhibía una mesa circular y algunas figuras a los costados, una mujer sentada detrás de ella lo observaba con mirada penetrante. Tenía el cabello atrapado dentro de un velo granate con una joya en medio, sus manos huesudas portaban anillos en todos los dedos y en su faz existía la presencia de un maquillaje excesivamente marcado. Los labios carmesí y la piel blanca que resaltaba como tinta en hoja blanca.

—No, no —se apresuró a decir cuando recuperó el habla—. Es una mascota que no es precisamente mía.

—Ya veo, ¿por qué no te acercas y me platicas cómo es? Quizás pueda ayudarte —ofreció con un vals cordial, haciendo girar las manos alrededor de una pequeña bola de cristal.

Receloso, Guang se aproximó y, reparó en esa cercanía, la inmensa estatuilla de un hombre de piernas cruzadas, con tres brazos a cada costado.

—Es Avalokiteshvara —dijo la mujer, sin siquiera voltearse. De hecho, tenía los ojos cerrados y una sonrisa reptil abriendo sus labios—. Es uno de los tantos dioses budistas que contempla desde lo alto con compasión.

—Ya... veo. —No sabía si podía repetir las tres primeras sílabas del nombre, sin embargo, lo reconocía por verlo repetidas veces en su cultura con otra representación.

Guan Yin, como una bella y misericordiosa diosa. Tras meditarlo unos segundos, lentos y pasibles, habló nuevamente:

—Los brazos simbolizan las seis direcciones del mundo, ¿cierto?

Una risita tintineó en la garganta femenina y, finalmente acabando el ritual sobre la esfera, se dignó a mirarlo.

—Eso difiere en la cultura —señaló, dirigiendo la dirección de sus ojos a la imagen, para después volverla hacia él—. ¿Y bien? ¿Cómo es esa mascota? —preguntó, descansando las manos cruzadas en la mesa, revelando las uñas negras que se apreciaban largas y puntiagudas.

Tragó saliva, sintiéndola espesa.

—Es un caniche de pelaje marrón y con pelo felpudo. Mide esta distancia —Hizo la referencia con su brazo—, y responde al nombre de Makkachin.

—¿Makkachin? Es un nombre curioso —atendió la mujer, sin mostrar demasiada curiosidad.

—¿Lo cree? —devolvió la pregunta con una picante curiosidad, sin haberse dado cuenta en qué había conllevado a Victor a ponerle ese nombre.

—Los nombres tienen cierto poder, así como quién los asigna, por el simple hecho de brindar una imagen de lo que futuramente podría ser. —Sacó una pequeña perla de color esmeralda, atravesando la transparencia, para encontrarse con su mirada. Al ver que no agregó nada, se dejó caer en la silla tomando aire y adoptó nuevamente ese aire de dominoo—. Los nombres pueden revelarte mucho sobre las cosas, ¿lo sabías?

Negó con la cabeza, intrigado.

Con una nueva faz decorativa en dotes de bienvenida, la mujer lo invitó a sentarse al tiempo que se levantaba dejando ver el vestido de dos piezas que cubría su cuerpo. Era de color púrpura, una tonalidad más baja que su velo y finalizaba con ondas en sus pies descalzos.

—¿Qué tipo de cosas pueden revelar los nombres? —Terminó preguntando Guang, tras sofocarse con el silencio.

—Personalidades, características, quizás una forma de su alma —expresó, sirviendo una especie de néctar en dos pequeños vasos de madera—. A veces nadie percibe o toma la atención que se debería. —Se acercó a él y le tendió el vaso que escupía volutas de humo—. Es té. —Y al verle la inseguridad, agregó—: No está envenenado, por si es lo que piensas.

—No me gusta mucho el té —admitió, un poco abochornado—. No es que crea eso... —Suspiró—. Tomaré un poco.

—Me complace —enalteció, sin borrar la sonrisa que parecía cocida a su rostro de fina superficie y pómulos acentuados—. ¿En qué nos quedamos?

—En... ¿el sentido de los nombres? —contestó dudoso, llevando el recipiente a sus labios y percibir un agradable olor seducir a sus fosas nasales. Bebió un sorbo y el sabor fue lo suficiente para dar el segundo y el tercero.

La mujer rió.

—¿Cómo te llamas?

—Guang Hong Ji. —reveló.

—¿Sabes por qué te pusieron ese nombre? —inquirió con la sencillez de su voz y terriblemente profunda—. ¿Quieres que te diga, qué me dice tu nombre?

—Sí —respondió, sonriente.

Ella pareció barajear algunas respuestas, dejando caer la mirada en las piedras que había sobre la mesa. Posó el índice en una y la rodó hasta él.

—Me habla de origen. —Deslizó otra—. De unión fraternal —Juntó otras dos—. Valentía y belleza.

—¿Por qué le dice eso mi nombre? —Las piedras frente a él no le decían demasiado sobre esa predicción.

—¿Debo predecir que eres de China? —anticipó ella, descansando la cabeza en el dorso de la mano.

El patinador soltó una risita.

—¿También es obvio?

—Por tu nombre, sí. —Agitó las manos haciendo tintinar las docenas de argollas que decoraban sus muñecas—. Guang, y "Hong" que podríamos añadirle el "Kong", son hermosas ciudades de ese país.

—Mis padres vienen de esos lugares. —afirmó, nostálgico—. ¿A eso se refiere con unión y origen?

Ella le sonrió enigmáticamente. Animado, continuó:

—¿Valentía y belleza se debe a...? —inquirió, añadiendo un brillo inocente a sus ojos.

—Esas... —Levantó un dedo—, te la dejo de tarea. En esas dos palabras, me las dijo tu persona. Si las estudias y entiendes, podrás ver lo que eres en realidad. A veces cuando hablamos, todo podría tener un sentido. —Miró el contenido de su vaso humeante y ladeó la cabeza como un cuervo—. Pero en realidad, lo que se dice no significa nada sino lo entiendes por tu cuenta.

Iba a replicar que era injusto, que debía serle más clara, antes que un ladrido lo sacara de aquella silente burbuja y le diera un respingo.

—Oh, mira quién vino a buscarte. —dijo la mujer con carisma.

—¡Makkachin! —exclamó feliz, levantándose de su puesto y recibir al can que corría hasta él—. ¿Dónde estabas? Te estábamos buscando.

Makkachin volvió a ladrar y esta vez corrió hacia la mujer usando su olfato en busca algo que sólo él debía de saber.

—¿Todavía tienes hambre, grandote? —Le palpó la cabeza con aire maternal—. Te di todas mis galletas.

—¿Usted lo alimentó? —Guang se sorprendió.

—¿Por qué no lo haría? —Le lanzó una mirada fría, que le hizo sentir escalofríos.

—¡Guang, ahí estás! —Era Leo, corriendo a todas prisas hacia él que la respiración delataban su esfuerzo.

—¡Leo, mira, conseguí a Makkachin! —Corrió a su lado, antes que su amigo terminara de recortar los pasos y le echara los brazos a los hombros.

—¡Dios, ¿dónde estabas?! ¡¿Por qué nunca respondes el teléfono?! —reclamó, denotando abiertamente su preocupación.

Por un momento, no respondió. Estaba sorprendido que Leo le abrazara de esa forma, con ese aire protector que provocó que un calor apoderarse de sus mejillas al tener impregnado el olor del otro a tal cercanía.

—Leo..., me estás asfixiando...

—Lo siento —se exaltó y se apartó centrando su atención—. Tenemos que irnos, Victor y Yuri han tenido un accidente. Phichit me acaba de llamar.

—¡¿Qué dices?! ¿Están bien?

—No escuché, se oía mucho ruido —manifestó, negando con la cabeza—. Debemos irnos al Imperial World. Estuve buscando a Michael y Emil pero nos los encontré por ninguna parte.

Guang se giró hacia la mujer que aguardaba con las manos enlazadas bajo el mentón, con mirada que estuchaba diversión. Antes de dar un paso, Leo le sostuvo fuertemente del brazo.

—¿A dónde vas? Esa mujer parece una bruja —señaló ansioso que apenas le entendió.

Blandiendo un ligero estiramiento de labios, el patinador chino colocó la mano sobre la de su amigo y la apretó suavemente.

—Confía en mí —susurró.

Leo le dejó ir pero le seguía de muy cerca, en tanto él se acercaba a la tienda nuevamente.

—¿Disculpe... —empezó, sin saber cómo dirigirse a ella nuevamente—, de casualidad ha visto a un hombre caucásico y otro moreno, por aquí? Son extranjeros.

—¿Los dueños del perro? —congregó, curveando las cejas.

—¿De Makkachin? —Guang ladeó la cabeza, profundizando su pregunta.

—Sí, estaba con ellos. —reveló ella.

—¡¿Entonces, sabe dónde...

No terminó la oración cuando un estridente grito se oyó en la tienda contigua.

—¡Aléjense de mí, idiotas! —Se auscultó un bramido y otros le acompañaron pero en el idioma natal.

—¡Mickey, relájate! —pidió otra persona, también sumida en el caos.

—¿Relajarme? ¡Váyanse todos al infierno! —refutó Mickey—. ¡Me largo de aquí!

Guang salió corriendo a las afueras, esperado por Leo y Makkachin para ver a Michael Crispino y Emil Nekola luciendo de ropa sólo una toalla atada a la cintura, y con algunas púas colgando de los hombros.

—¡Esa gente quiere matarme! —reclamó Michael, quitándose las agujas y tirársela a los monjes que lo intentaban calmar.

—Se llama acupuntura, Mickey —intentó apaciguarlo, en un balanceo de manos—. Es para relajación.

—¡Una aguja en mi piel jamás va a relajarme! —finalizó, dándose vuelta para abrirse paso en la multitud, con ropa en mano y caminando a grandes zancadas hacia las escaleras de piedra.

Leo se acercó a Emil que se masajeaba la cabeza, y le comentó la situación actual por la que tenían que irse. El accidente y la urgencia que todos regresaran al centro de patinaje.

—¿En serio? —Al checo se le borró la expresión—. ¿Cómo están ellos?

—No lo sabemos —Suspiró—. Como sea, debemos irnos.

Asintiendo, Emil se adentró a la tienda en busca de sus ropas dejándolo a solas a los más jóvenes patinadores por esos escasos segundos. Al verse junto a su amigo, el patinador americano respiró hondo llenándose los pulmones de aire.

—Guang... —llamó Leo, inseguro, balanceándose en sus talones.

—¿Sí, Leo? —respondió, alzando la mirada donde las luces de estelas iluminaban tenuemente el rostro de su amigo y con ello divisó la distancia que los separaba.

—Eres increíble. —dijo finalmente, sin mirarle directamente.

Guang parpadeó.

—¿Por qué lo dices? —La risa dio tumbos en su interior.

—Yo no... habría podido entrar a preguntarle a esa mujer —musitó en su oído—. Me da escalofríos...

—Tampoco es como si me fuera dicho mucho. —Se carcajeó suavemente y con ello, se evaporaron los restos de tensión que flotaban en el ambiente. El nudo de preocupación que soportó por ese lapso de tiempo se deshizo lentamente, entregándole un segundo de paz.

Evocó las palabras de valentía, valentía de proteger a las viejas amistades, valentía de moverse en terrenos inhóspitos. El pensamiento, firme y seguro, convirtió la fina línea de sus labios en una curva tenue.

Creyó que su programa del asesino hablaba más del sentido literal que él interpretó erróneamente. Quizás por ello su entrenadora lo eligió, por su sentido de amistad y... quizás... lo que se ocultaba detrás del fino hielo de su timidez. Posiblemente para el Campeonato de los cuatro continentes, llevaría a otro nivel ese programa.

—Tú también habrías hecho eso por un amigo —Le tomó de la mano y lo guió hacia la salida—. ¡Vámonos, Makkachin!

El caniche ladró y siguió los pasos con patas emocionadas a los patinadores. Leo observó sorprendido al chino y, después de entrecerrar los ojos, le apretó los dedos permitiendo que le guiara.

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A Yuri Katsuki nunca le gustaron los hospitales ni por los males que presagiaban ni por los sonidos mecánicos que silbaba. Tampoco le gustaba el olor y menos los rostros rigurosos de las enfermeras que no tenían piedad para dar malas noticias.

El doctor que los había acogido recién se marchó, diciéndole los ligeros daños que Victor recibió. Todo por protegerlo. Suspiró y se obligó a mantener la calma. Victor estaba bien, sólo debía recuperase de la hinchazón y con el amén del buen reposo, no tendría problema en volver a la rutina.

Estaba sentado en una camilla, a la espera que el suero que le suministraban se vaciara dentro de su vena, para finalmente dejarle ir. La enfermera anunció que a ambos les inyectaron antiinflamatorios y otras soluciones para acelerar la desinflamación de los músculos y los tejidos. Lo cual para él era innecesario porque no le había ocurrido nada.

Se sentó en la camilla individual, velado por una cortina que le impedía ver hacia otros compartimientos, otorgando cierta privacidad. Vio la bolsa de suero vacía sobre su cabeza y se preguntó cuándo vendrían a quitársela. Incluso la sangre empezaba a salir de la vía abierta, señal que ya no estaba recibiendo nada.

—Al fin terminó —Apareció pocos minutos después la enfermera, al instante que consideraba levantarse—. ¿Cómo te sientes?

—Mejor, algo aturdido —confesó, viendo el protocolo de extraer la aguja y sentir el ardor en la piel. Hizo una mueca.

—Eso es normal, también es causa de lo que te suministramos. —respondió ella, despegando la bolsa de suero—. Tu amigo está a dos camas después. —Y al verle en el rostro la intención, agregó seriamente—: No te vayas a levantar de inmediato, cuenta hasta cinco y te bajas. Una vez con los pies en el suelo, vuelves a contar otros cinco y si no te mareas, considérate de alta.

Yuri atendió la orden. Tomó una bocanada de aire y después del conteo se bajó. Sintió como su estómago se prensaba y algo amenazó con subirle por la tráquea pero lo contuvo. El piso pareció moverse y era lógico que no fuera eso; el mareo se manifestó mansamente, sin ser suficiente para dejarlo en cama.

Hizo otra respiración y se dio otros segundos para luego abrir los ojos.

—Estoy bien —dijo con una sonrisa a la mirada atenta de la enfermera—. ¿Puedo irme?

Ella ensanchó una sonrisa. Era joven, muy joven, con rostro delicado y ojos color miel. También era bonita, eso no lo pudo negar.

—Antes de que te vayas —le detuvo justo uniéndose al pasillo. Pareció sonreír y así agregó—: ¿Puedes darme tu autógrafo y el de Victor?

Yuri parpadeó repetidas veces, asimilando la pregunta.

—Sí, claro —aceptó, sonriendo—. A Victor le alegrará que tiene fans por estos lares.

Después de firmar una sencilla dedicatoria en un papel donde los médicos recitaban, siguió su camino en ir hasta el cubículo donde debía estar descansando el pentacampeón del patinaje artístico. A las afueras se oía el susurro de un bullicio pero lo ignoró olímpicamente, al tiempo en que abrió la cortina equivocada y conseguirse con la imagen de un niño con aspecto deprimente.

La cerró inmediatamente, sus ojos se agudizaron y caminó a la siguiente, corriendo tímidamente la ligera tela para cerrar su búsqueda con la imagen de un hombre tendido en una camilla luciendo en todo su genio, figura y traje de seda italiana el aspecto de alguien que vivía el peor día de su vida.

—Victor —nombró con cuidado, al verle con un brazo cubriéndole los ojos y la otra mano descansando en el vientre. En el dorso tenía una aguja sellada con una gasa y su piel estaba más pálida que nunca.

Al llamarle, Victor retiró el brazo y se descubrió la visión para arrancarle una media sonrisa.

—¿Te dieron de alta? —preguntó en tonalidad baja.

Asintió, acercándose y unirse a su lado.

—El doctor dijo que tienes una contusión en la espalda, ligera y que el golpe en la cabeza sólo te causará unos mareos. Con el reposo debido, ninguna será de gravedad. —dictó el diagnóstico del médico, a sabiendas que si lo hizo directamente, Victor no habría entendido.

Esta vez, fue el turno del ruso en asentir, en manifestación que ya sabía.

—Buscaron un traductor y me lo dijeron —No lució sorprendido y tras una dramática pausa, finalizó—: En ruso.

—¿En serio? —se asombró y sus gafas se balancearon en su puente.

—Fue divertido —resaltó, enfundado en una pequeña sonrisa que ambos compartieron.

Hubo un silencio breve, amparados en el tic tac de un reloj que se encontraba a un lado de la camilla. Incapaz de soportar en sonido, y al verlo quejarse sutilmente cuando intentó moverse, Yuri habló:

—¿Te duele?

Una mano se posó como mariposa sobre la suya, rozándole los dedos.

—Estoy bien, no te preocupes —le dijo Victor pero su mirada perdida, quemando el azul, le decía otra cosa.

Tragando saliva, armando cada partición de su cuerpo de valor, Yuri extrajo su más libidinoso miedo y lo expuso sobre su lengua:

—¿Crees que comprometa tu participación en el Nacional ruso?

Llevando la mirada a los focos que se cauterizaban en las lámparas, el ruso lo caviló solo un segundo, regalándole una negación con la cabeza.

—No creo pero pudo ser peor —resaltó, mirándole fijamente que el japonés sintió como un nuevo mareo acudía a su llamado—. Estas lesiones no se deben tomar a la ligera, y estoy seguro que Yakov me ahorcará si se entera de esto. No puedo lesionarme otra vez.

—¿Lesionarte? —Le sostuvo los dedos y no los dejó ir—. Tu última lesión fue en los cuatro continentes, antes de tu primera victoria en el campeonato mundial y eso no te impidió continuar con la temporada, porque ganaste el campeonato de Rusia.

Una risa acarició la garganta de Victor, quien se liberó del agarre para acariciarle el pómulo. Yuri las sintió arder bajo el tacto.

—He tenido otras graves. —Le dedicó una sonrisa que aclaraba el orden de las cosas en el mundo sin necesidad de palabras—. Si has seguido mi carrera, debes saberlo.

Yuri lo pensó.

—Cuando tenías dieciocho años, en el campeonato Europeo te lesionaste la espalda y la rodilla, por lo que no patinaste el programa libre. —argumentó Yuri con decisión—. Yo vi ese programa, fallaste en el toe-loop. Tuve miedo que no regresaras al no participar en el mundial. Son las únicas dos lesiones mencionadas en tu carrera, hasta donde recuerdo.

Ladeando la cabeza en gesto cansado, entrecerrando los ojos y decorar con un mínimo doblaje su comisura izquierda, Victor respondió:

—Después de mi tercera victoria en el mundial, Yakov insistía en que debía mantener la racha que estaba creando. La leyenda que el mundo empezaba a contar —Se movió un poco, arruinando su faz con una imperceptible mueca—. Los entrenamientos se volvieron más rigurosos, el cansancio era más pesado cada vez que, al realizar un shalcow cuádruple, uno que venía haciendo desde mis quince años, tuve la lesión más grave de toda mi carrera.

Yuri abrió en desmedida los ojos.

—No supe nada de eso...

Victor le barrió los dedos que estaban sobre los suyos.

—No se hizo público, Yakov lo prohibió, incluso las prácticas de exhibición en aquel tiempo. No podía develar que el ganador de tres veces consecutivas se lastimara practicando. —Suspiró, cuya acción sorprendió al japonés porque era tan extraño ver a un Victor que no destilara alegría—. Tuve una cirugía, de ella dependía mi carrera. Todo salió según lo esperado pero existían más riesgos de volver a herirme. Aquel programa contaba con cuatro cuádruples, y dos de ellos eran flip, mientras que en el centro iría una combinación de triples y el resto serían dobles.

»Habría sido uno de los perfomance más complicados creados que, debido a mi lesión, abandoné por temor a herirme de nuevo. Cambié todas mis rutinas. Me concentré en las secuencias de pasos y agregué una combinación sencilla de cierre. Blandí de tema La vita è nel tripudio (La vida es sólo placer), y fue esas mismas coreografías que me entregaron la tercera copa.

—Es una de mis coreografías favoritas —expresó Yuri y un brillo despertó en sus ojos—. ¡Incluso rompiste el récord en el programa libre por una de tus mejores actuaciones cuando en medio de la canción te opusiste a ella, como si lucharas y compusieras otra!

—No me gustaba la estrofa que la vida era sólo placer, sin amor. Así que dediqué mi actuación a oponerme a esa parte —Lo observó dulcemente al finalizar y así concluyó—: Por eso te dije que podías ganar, aún sin cuádruples si te concentrabas en las coreografías.

—Lo hago. —replicó, levantando los hombros y Victor se rió de esa respuesta.

—Deberías chequear tu programa corto en la final —apuntó, y Yuri detectó un susurro juguetón en la acotación, sereno y resonante. A pesar que lo decía totalmente en serio.

—Me concentré en el flip, lo sé —Suspiró a sabiendas de su error—. ¿Sabías que iba fallar?

Su pregunta le arrancó una carcajada al otro patinador que dio tumbos por el pequeño espacio.

—Yuri, no tengo ese nivel de premonición. En aquel instante, estabas tan ansioso, decidido, que tus emociones fluían en mí. Obvié que no estabas siguiendo la historia, yo me sentía bailar contigo, realmente al fallar también me decepcioné. —contó, estudiando cada movimiento que ejercía. Con sus dedos le alzó el mentón que no recordaba haberlo dejado caer para enfrentarse a esos ojos de tinte oceánico—. Yuri, eres un chico listo pero te cuesta mucho escuchar las cosas que no quieres oír. —Al ver su expresión de perplejidad, explicó—: Te pareces tanto a mí.

Parpadeando un par de veces, ambos se rieron.

—Te prometo que esta vez será diferente —aseguró con ese espíritu feroz que se insultaba con la derrota—. Ganaré el oro.

—Me estás haciendo muchas promesas, mi querido cerdito —Se incorporó lentamente, cuidando los movimientos que confería cierta práctica y no forzar los huesos de la columna—. ¿Estás seguro de cumplirlas?

Ensanchando una sonrisa, Yuri le observó decidido, portando el mismo semblante cuando le prometió seguir otra temporada.

—Ganaré. Incluso si es contra ti.

Luciendo sorprendido con esa declaración, el pentacampeón la saboreó lo suficiente, viendo si retrocedía o flaqueaba y cuando no lo hizo, la recibió como el mejor de los retos.

—No creas que te la dejaré fácil. Voy a recuperar mis récords. —amenazó, tomándole de la mano que exhibía el anillo gemelo al de él.

Un rubor decoró las mejillas del japonés, quien sonrió y se acercó para ayudarlo a terminar de sentarse.

—Ganaré —repitió, midiendo la distancia que desaparecía—. Sin duda, ganaré.

Victor lo atrajo a él y lo abrazó, entrenador y estudiante, futuros rivales y amantes en el tras cámara. ¿Qué más cabía entre ellos?

Continuará.


N/finales: Es todo por hoy, en este capítulo me di el placer de darle su momento a Leo x Guang (: Disculpen si hay errores, sólo tuve chance de leerlo una vez.

La canción Brindis De La Traviata de Verdi, es la que inspira el tema que elegí para Vitya. La idea vino de unas mis estimadas amigas, y tras oírla, se acentuaba tanto a Victor que me pareció perfecta.

Para quienes deseen oírla, quiten los espacios: www . youtube watch?v=qkUgeHBvUcI

Aclaraciones:

1- Las lesiones de Victor están inspiradas en la leyenda del patinaje Yevgueni Pliúshchenko. No hay profesional que no haya sufrido una lesión grave, y eso hace fuerte hincapié Kubo cuando Victor menciona a Yuri que tenía resistencia por dos motivos: Uno, era más joven. Dos, no ha sufrido ninguna lesión. Lo cual puede servir de curiosidad para mencionar que Victor tuvo sus lesiones.

2- Los gitanos, monjes y demás, siempre llenan la cabeza con pájaros hablando de la vida. Quienes hayan tenido contacto con ellos, sabrás a que me refiero jaja.

Gracias a los usuarios por sus reviews: Fannynyanyan1912, Taurus95, Aly Zama, videlsnssj y Cloud122. Gracias por sacar el fic de los abandonados y creer que continuaría jaja x'D

Un saludo a los fantasmas, guest y usuarios, en Enero nos veremos nuevamente. En el perfil pondré la fecha de actualización.