II.

Sasaki despertó con un buen presentimiento, lo que en realidad era contradictorio si consideraba la larga lista de cosas que tenía que hacer y el montón de personas con las que tendría que lidiar. Saliendo de su casa solo pudo pensar que algo tuvo que haber hecho en su vida pasada para merecerse lo que le estaba pasando. Kaori la miró con preocupación por todo el camino, porque no, aún no le decía ni pío ni a ella ni a Nadia, lo que las tenía arrugadas del desconcierto. Sasaki tenía en mente aclarar sus dudas, pero siendo sincera se le olvidó todo cuando empezó a recapitular sus deberes del día. Para cuando se percató de su error, Kaori ya estaba en clases y ella misma estaba sentada su escritorio. Se encogió de hombros, diciéndose que le hablaría luego, y se dispuso a continuar su día.

De camino a su clase de Psicología Educativa abrió el chat grupal que tenían sus compañeros que compartían clases con el profesor Gargano y les indicó que la encontraran en el campus al final de sus clases. La mayoría acordó estar ahí, aunque hubo varios que no estaban disponibles por una razón u otra. Sasaki se encogió de hombros: mientras una mayoría estuviera de acuerdo con ella no tenía problema alguno.

Trató de concentrarse el resto de sus clases, pero esta probaba ser una tarea difícil de realizar cuando desde la ventana podía ver un misterioso auto que casualmente había estado en el estacionamiento de la mansión Vongola. Además de que Alejandro tenía el vidrio abajo mientras fumaba un cigarrillo, lo que lo dejaba a plena vista de quien fuera. Sasaki casi gruñe: ¡y se supone que él sería su niñero! Sacudió la cabeza y se dejó caer en su escritorio mientras las palabras de la profesora nadaban en sus oídos, tratando de ignorar al hombre que la seguía y que definitivamente la estaba acosando. Debería considerar el ponerle una denuncia a ver si se les pasaba la manía de seguirla: lo habían hecho antes e igual cooperó con ellos, ¿cierto? ¡¿Entonces cuál era el problema con esos tontos?!

Respiró profundo. Debía calmarse. Unos empresarios misteriosos –y acosadores- no iban a lograr sacarla de sus casillas tan fácilmente y desconcentrarla tanto de sus prioridades. Nop. No se iba a dejar manipular por Sawada Tsunayoshi tan fácil. Si el tipo quería saber su opinión sobre el profesor Gargano para cualesquiera que fueran sus razones, entonces tendría que ir al ritmo que Sasaki marcara. ¿Qué era eso de estar regalando sus observaciones a un hombre que ni siquiera conocía y de gratis? No señor, a Tsunayoshi le iba a costar meterse en su cabeza nuevamente. Ahí la psicóloga era ella y si alguien quería algo de ella tendría que ser 100% honesto con ella.

Asintió vagamente para sí misma, concentrándose en la profesora con una mirada determinada e intensa que perturbó a más de uno, entre ellos Alejandro, quien la miraba desde su auto con unos binoculares. Pegó un respingo cuando ella le lanzó una mirada cansada de esas tipo ya me vale madres la vida, y bajó los binoculares de inmediato. Tenía que admitir que Atsushi Sasaki era una muchacha encantadora, pero sin duda intimidante. Su mirada te hacía sentirte frágil, pues era como si te estuviera desnudando el alma –y no estaba lejos de la verdad, era estudiante de psicología, de algo le tenía que servir-, además, había algo en su sonrisa distante que daba escalofríos o al menos así le parecía a él. A Tsunayoshi le había caído muy bien, sin embargo, por lo que se abstuvo de hacer un comentario con respecto a su aparente nueva amiga.

Alejandro no tenía muy claro qué era lo que el jefe quería de ella, pero se veía tan interesado que no iba a meterse en eso, no fuera que a Gokudera se le ocurriera ver eso como traición y le metiera una dinamita por el culo. El tipo era así de loquito. Alejandro suspiró y se acomodó en su asiento: aquello iba para largo y apenas iniciaba el día. Al menos si tuviera compañía sería más sencillo pasar el aburrimiento, pero entonces recordó la amenaza-sugerencia de Reborn y se le pasaron las ganas de flojear. Dejó su celular en el asiento del copiloto y se puso los binoculares a los ojos nuevamente, tragándose el nudo en su garganta.

Oh si, recordaba claramente esa declaración.

—Escucha Trabatto comenzó Reborn. Alejandro tragó, acercándose al hombre. La maldición de los Arcobalenos ya levantada, y del bebé que alguna vez fuera conocido como Reborn solo quedaban recuerdos. En su lugar estaba un hombre alto e imponente, con la voz gruesa y mirada fría. Alejandro seguía viéndolo igual de aterrorizante—. Esa muchacha no puede, bajo ninguna circunstancia, quedarse sola, siempre tiene que haber alguien con ella y no por eso digo que deben ser sus compañeros. Tú tienes que estar detrás de ella como una sombra, y si me entero de que la dejaste sin vigilancia, que me voy a enterar, me aseguraré de que tus bonitos bonsáis se desaparezcan de la existencia. ¿Entendido?

Alejandro, pálido, asustado y sudando frio, asintió eufórico mientras veía a Reborn asentir devuelta y marcharse con León en el hombro y las manos en los bolsillos.

Además de que fue el conjunto de palabras más largo que le había escuchado a Reborn, tenía que admitir que estaba oficialmente amenazado y de plano horrorizado ante la posibilidad de perder a sus queridos bonsáis (y una que otra extremidad), por lo que prefería prevenir que lamentar y no quitarle los ojos de encima a Atsushi Sasaki. Incluso guardó los cigarros en la guantera y casi se le olvidó respirar cuando de repente alguien tocó su ventana. Alejandro dio un respingo, volteando. Rodó los ojos, fastidiado: era Nadia Ambrosetti, la amiguita de Atsushi Sasaki que definitivamente no le caía nada bien.

Bien irrespetuosa, ni siquiera había saludado cuando fueron a buscar a Atsushi Sasaki.

Puso una sonrisa cortés mientras bajaba la ventanilla del auto, mirando de reojo a Atsushi Sasaki con la conversación que tuvo con Reborn grabada a fuego en su mente. Quería sus bonsáis sanos y salvos en su apartamento viéndose bonitos y frescos, gracias.

Nadia se cruzó de brazos y rodeó el auto para abrir la puerta del copiloto, que Alejandro tardó en darse cuenta de que estaba abierta y se subió con cara de haberse tragado un ajo. Inmediatamente tras cerrar la puerta lo tomó de las solapas del saco y acercó su rostro al de él. Alejandro alzó las cejas, sorprendido, pero no hizo ademán de sacársela de encima. La mujer tenía agallas, lo admitía, aunque eso no la haría muy famosa en su carrera...

—¡Estás pisando mi celular!

—Escúchame bien insecto —Alejandro abrió la boca para protestar, mirando su celular de reojo, pero ella le jaló la oreja con su mano libre y decidió hacer silencio—, no sé quién te crees que eres, pero si no me dices ahora ya exactamente qué le dijiste a Sasaki y a dónde la llevaste ayer...

Nadia tenía la mandíbula apretada y su mano en la ropa de Alejandro estaba incluso más tensa, lo que lo sorprendía aún más. Tenía bastante fuerza la condenada.

Alejandro suspiró: las cosas nunca podían ser fáciles para él, ¿cierto?

—Mira, quieres que te sea sincero pero aún si te digo todo lo que sé no me vas a creer —rodó los ojos. Nadia apretó su agarre y tomó la mano de Alejandro y la puso en su muslo. Alejandro alzó las cejas y ella abrió la boca.

—¡Ayuda! ¡Me está manosea-!

—¡Cállate, mocosa! —Alejandro entró en pánico y le cubrió la boca, subiendo la ventanilla del auto. Bien, bien, esa niña tenía bastantes agallas. Tendría mucha suerte si no la mataba ahí mismo. ¡Acusado de esa forma, que indignación! Alejandro respiró hondo—. Te voy a soltar pero me sueltas también, ¿de acuerdo?

Nadia entrecerró la mirada. Alejandro rodó los ojos nuevamente (a ese paso acabaría bizco. ¿Cómo haría Gokudera para controlar ese impulso? Porque podía oler las ganas de hacerlo).

—Y te voy a decir lo que sé, ¿está bien?

Nadia asintió, reacia, y Alejandro se tomó su tiempo para quitar su mano de su boca, aunque le dio un pellizco en la mejilla antes de hacerlo por completo, a lo que Nadia le gruñó. Alejandro se acomodó en su asiento, subiendo los binoculares y mirando a Atsushi Sasaki, quien los miraba con desaprobación. Alejandro parpadeó y se volvió a mirar a Nadia, que esperaba a que iniciara su testimonio con impaciencia.

Gruñó.

—De acuerdo, escucha. Solo me pidieron que me asegure de que a Atsushi Sasaki no le suceda nada y que no la deje sola no sé porqué, ¿está bien? Son mis jefes, tengo que obedecer.

Nadia apretó los labios.

—¿Y quiénes son tus jefes?

Alejandro se le quedó mirando en blanco por unos minutos.

—¿Me escuchaste ayer cuándo me presenté? ¡Dije claramente quién soy y para quién trabajo! —refunfuñó. Nadia se encogió de hombros, obviamente indiferente. Alejandro soltó una risita, asomándose a mirar a Sasaki. Había volteado hacia el frente y parecía concentrada. De nuevo. Alejandro se giró hacia su acompañante no deseada—. Trabatto. Trabajo para Vongola y mi jefe se interesó en la tesis de Atsushi Sasaki y me envió a asegurarme de que no le suceda nada. Ni me preguntes porqué porque no sé nada.

Nadia frunció el ceño. Ambos se quedaron así unos minutos. Él mirando a Sasaki y ella mirándolo a él. Suspiraron al unísono y ella pasó a mirar a su amiga junto a él.

"I'm a barbie girl, in a barbie world..."

Alejandro gruñó. Nadia alzó la ceja y levantó las caderas. En el asiento, intacto, estaba el celular de Alejandro sonando a todo volumen.

"COME ON BARBIE LET'S GO PARTY!"


Tsuna sonrió, escuchando el reporte de Alejandro. Su intuición le decía que había algo más, pero estaba muy seguro de que lo oiría en la tarde, por eso, dejó pasar la duda en su voz cuando afirmó que no había inconvenientes. Reborn no se veía muy convencido, sin embargo, pero ni Tsuna ni Hayato le dieron mucha bola, concentrándose nuevamente en el montón de papeleo frente a ellos. Tsuna suspiró. Dirigir Vongola era un trabajo complicado al que se había acostumbrado, pero eso no quería decir que fuera más fácil lidiar con él.

Hayato gruñó al mismo tiempo que Takeshi entraba a la oficina con más papeles que leer y llenar y firmar. Tsuna suspiró, colgando su cabeza entre sus hombros antes de recuperar su compostura.

—¡Vamos Hayato-kun, ten paciencia! —Takeshi rió nervioso, sintiendo la mirada de Hayato en su espalda mientras se iba rápido con la excusa de ayudar a I-Pin con su tarea, cosa que todos sabían que era una gran, vulgar mentira, pues I-Pin solo acudía a Tsuna y Kyoya para esas cosas, y eso era si Fon no estaba a su alcance.

—¡Cobarde! —Hayato le gritó a la puerta cerrada antes de estrellar su cabeza contra la mesa, frustrado. Tsuna le miró insistentemente hasta que el pobre empezó a ojear los papeles frente a él con flojera y Tsuna devolvió su mirada hacia su parte del trabajo, considerando seriamente el esclavizar a Takeshi y Ryohei por unos días a favor de un descanso para él y Hayato –no incluía a Kyoya porque todos eran conscientes de que sería imposible esclavizar a ese hombre, y Mukuro, pues, tampoco era que contaran mucho con él-.

Tsuna dejó sus pensamientos vagar hacia Atsushi Sasaki. Ciertamente, su tesis era sin duda llamativa, completamente lógica y... algo muy parecida al concepto de las Llamas de la Noche, lo que lo desconcertó en cuanto se dio el tiempo de comparar la tesis de Sasaki con las investigaciones de Verde que Colonnello había tomado prestadas –léase, que tomó sin permiso y sin intención de devolver-. Aun así, no era como si realmente pudiera llegar a una conclusión si ningún miembro de Vindice accedía a cooperar con Verde para recopilar información sobre la Llama de la Noche, pero sentía que Sasaki o era muy perceptiva a la nueva base de Vindice en Italia o estaba relacionada con la mafia de alguna manera indirecta.

Al fin que lo que los llevó a contactar a Sasaki no había sido solamente el interés que tenía Tsuna en su tesis, sino también todo lo que ella pudiera saber de Epifanio Gargano, su profesor de Evaluación de la Personalidad, quien aparentemente había estado tomando actitudes sospechosas, según la hermana menor de Alejandro. Sospechosas al estilo "creo que este tipo es un serio pervertido", y si lo veías aunque fuera de lejos como que se le notaba en la cara lo sinvergüenza. Además, Sasaki siempre se veía cautelosa al momento de interactuar con él, y sus ojos no se perdían ni uno solo de sus movimientos durante su clase. Tampoco solía dejar a los nuevos con él a solas, tomando de excusa el haber perdido un lápiz o algo por el estilo (Tsuna tenía un tiempo observándola, ¿de acuerdo?). Y estaba aquel incidente con Agata Halland, también. Viendo que obviamente Sasaki sabía más de lo que quería compartir, estaban dispuestos a coaccionarla para soltarle la lengua con respecto a lo que estaban muy seguros de que sabía sobre Gargano.

Le echó una mirada a Reborn, quien se mantenía en la ventana. Le parecía extraña la actitud que tomaba cuando el tema de Sasaki salía a colación, pero se lo adjudicaba al hecho de que se parecía bastante a una de las amigas de antaño de su mentor. La había visto una vez cuando Colonnello le enseñó una foto de la mujer, que era sin duda alguna hermosa, en la cual estaba con Reborn en un parque, riendo con gracia, y apreciando la sonrisa suave en el rostro del Asesino.

Tarareó tranquilamente, tratando de concentrarse en el papeleo antes de que...

—Dame-Tsuna, ¿algo ocupa tu mente?

...Reborn se diera cuenta.

—Déjame ayudarte a despejar tus pensamientos.

Fantástico.


—Entonces, todos están de acuerdo con que definitivamente hay algo mal con Gargano.

—Bastante mal, la verdad.

—Me dan ganas de llorar cuando me mira a los ojos.

—Creo que al tipo le hace falta no solo un tornillo, sino el mecanismo entero.

—Por algo no acepto tutorías suyas: ¡si fuera otro profesor que me ofrezca clases gratis no pensaría dos veces!

Sasaki suspiró.

Aparentemente, sus conclusiones con respecto al profesor Gargano no eran muy erradas viendo que sus compañeros parecían opinar exactamente lo mismo.

Giustino, un simpático joven siciliano, negó con la cabeza mientras suspiraba, al mismo tiempo que Santiago, su compañero usual de mesa de almuerzo, replicaba eufórico:

—¡Já! Hablen serio, ¿de acuerdo? Estoy seguro de que si me resbalo me coge y sin vaselina —exclamó con cruda honestidad. Sasaki cerró los ojos, mortificada.

Concetta le miró con extrañeza, como preguntándose qué se habría fumado el tipo. Siendo sinceros, esa era la pregunta que rondaba la cabeza de muchos cuando interactuaban con Santiago. Altaia, una estudiante griega, solo le dedicó una mirada de curiosidad antes de volverse hacia Sasaki.

—¿Entonces? —preguntó. Todos la miraron, y al ver que se dirigía a Sasaki se dispusieron a ver el desarrollo de la función—. ¿Qué hacemos? No tenemos pruebas de que tenga malas intenciones contra nosotros excepto por nuestras propias observaciones.

Anna asintió. —Además, la única que podría saber algo es la chica Halland, y dudo mucho que esté en condiciones de... bueno, de nada, en realidad.

Leonardo murmuró su confirmación: él era compañero de dormitorio del hermano de Agata, y era consciente de segunda mano del sufrimiento de la muchacha tras su reciente incidente del que nadie sabía nada. Sasaki suspiró, pues tenían razón sobre eso. Sin pruebas ni un testigo no tenían mucho que ofrecer a la policía local, pero de repente se le prendió una bombilla. Sería algo más o menos arriesgado, pero era mejor que esperar a que Agata se recuperara lo suficiente para poder hablar sobre su incidente. Eso podía tomar mucho tiempo y para entonces podría incluso suceder otro problemita de esos.

—Ustedes no se preocupen —los tranquilizó. April, con sus expresivas cejas, cuestionó sus palabras. Sasaki sonrió—. Actúen como que si nada, yo me encargo de lo demás.

Sus compañeros la miraron interrogantes, pero asintieron sin pensarlo mucho: Sasaki no era de las que tomaban la iniciativa muy seguido pero ya tenían comprobado que los calladitos eran los peores, así que la dejarían a lo suyo.

En minutos, el lugar se hallaba vacío nuevamente.


Cuando Sasaki iba camino a su casa, un auto se detuvo junto a ella en la acera, a lo que ella sonrió en blanco. Alejandro Trabatto la saludaba apenado desde el asiento del conductor, a su lado, Nadia sonreía con picardía, y en los asientos de atrás se hallaba Kaori, que le miraba apenada.

Miró a Nadia con desaprobación, pues había estado presente cuando Nadia obligó al pobre hombre hasta tenerlo de la oreja prácticamente. Se subió al auto con resignación, dispuesta a que al menos le hicieran algo fácil ese día después de tanto movimiento y tanto darle a sus neuronas, que ya debían estarse quemando de lo mucho que estaba repasando los posibles contras de su plan. Kaori la miró interrogante, pero Sasaki la calló con una mirada hacia Alejandro: no quería que él escuchara nada de lo que tuviera que decir.

Kaori sonrió y pateó el asiento de Nadia, quien hasta entonces iba hablando/peleando con Alejandro.

—¡Cazzo! —volteó indignada—. ¿Qué te pasa?

—¿Y si dejas de coquetear con el señor y le indicas el camino a nuestro apartamento? —sugirió Kaori, a lo que Sasaki ocultó una sonrisa en su mano. Nadia frunció el ceño.

Alejandro miró a Kaori por el retrovisor.

—Como si yo fuera a coquetear con una mujer salvaje como ella. Tengo buen gusto, gracias —su rostro sin expresión le causó una risita mientras Nadia gruñía. Alejandro sonrió hacia Sasaki, quien alzó las cejas—. No se preocupen señoritas, las escoltaré a su hogar de inmediato.

Kaori sonrió ampliamente.

—Bueno, pensándolo bien —empezó. Su mirada tenía un extraño brillo malicioso que Nadia correspondió con una carcajada estridente. Sasaki negó, mirando hacia el techo—. ¿Por qué no hacemos una parada?

Alejandro dudó, mirando a Sasaki. Ella hizo una mueca.

—Ehm, pues… ¿En dónde?

La sonrisa de Kaori se amplió.


—¡Esto de tener chofer me gusta! Podría acostumbrarme.

—Por favor no lo hagas —suplicó Alejandro.