III.

Sasaki sorbió su café, escondiendo su sonrisa divertida detrás de la taza. Nadia se cubrió la boca, disgustada con la escena frente a ellas. Federico Anchero estaba tragándose literal y figurativamente a una muchacha de la facultad de derecho, que vagamente recordaban que se llamaba Marisa, de una forma tan vulgar que a la inocente Kaori casi se le salen las lágrimas…

…de la risa.

No es por nada, pero creo que la pobre estaba teniendo una pequeña crisis luego de que le aclararan la situación de Vongola y toda la cosa, y por el momento se hallaba en busca de un mecanismo de defensa con el que pudiera asimilar la información recibida. Así, Kaori por los momentos solo se reía de cualquier cosa que veía, aunque fuera lo más fuera de contexto. De repente se quedaba callada y miraba a ningún lugar en especifico con exagerada nostalgia, como queriendo recordar los momentos en que Sasaki no era secuestrada de repente por el Jefe de Vongola, pretendiendo ser una actriz en la escena triste y cliché de la película, a lo que Nadia casi le estrella la frente contra la pared en múltiples ocasiones.

Se preguntarán el motivo de la risa de las tres muchachas.

Nada muy interesante aparte de que su hermana, Marena, y la novia oficial de Federico, Francesca, estaban en la entrada del café con las bocas abiertas mientras que Ángelo, el mejor amigo de Federico, se veía pálido como una hoja. Nadia se veía en extremo disgustada con la situación, pero por alguna bizarra razón no podía dejar de observar la escena frente a ella. Era como cuando veías un incendio, sabes que es horrible y que te puede salpicar la desgracia pero eso no te detiene de seguir mirando como inútil sin hacer absolutamente nada al respecto.

Las tres se congelaron en sus sitios cuando Ángelo tuvo que tomar a las dos muchachas de los brazos para sacarlas del café, pues ambas empezaron a caminar a paso siniestro en dirección a los tortolos. Desde sus lugares, Nadia, Sasaki y Kaori podían observar perfectamente como Marena y Francesca acusaban a Ángelo de cómplice en ese engaño, lo que él negó rotundamente, y era notable debido a su reacción. Mientras, Federico y Marisa seguían metiéndose la lengua hasta el fondo de sus gargantas, y a Nadia ya le estaba entrando asquito, así que volvió la mirada hacia Ángelo y las dos muchachas.

Francesca tenía un puchero en el labio que iba a negar hasta el día de su muerte, pero le temblaban las manos. Marena la abrazó, y Ángelo entró al café, pasando deliberadamente junto a su amigo. Pidió los cafés, y con la mandíbula apretada tomó las tres ardientes bebidas y, accidentalmente se le cayeron encima de los dos sinvergüenzas. Federico tuvo la osadía de mirarse ofendido, a lo que Ángelo le gruñó algo fuertemente con una sonrisa apretada, antes de devolverse con Francesca y Marena, quien fulminaba a su hermano con la mirada.

El teléfono de Nadia sonó, y se levantó murmurando: —Me avisan qué pasa.

Las niponas asintieron, hipnotizadas con la novela que se desarrollaba frente a sus ojos. Marisa se levantó de su lugar, iracunda, siguiendo a Ángelo para decirle sus cuatro verdades, pero no se esperaba a la fiera que la enfrentó apenas salió del café. Insultos fueron muy obviamente intercambiados en esa charla, y Marisa levantó la mano, a lo que Kaori suspiró de la sorpresa, con los ojos bien abiertos. Sasaki cerró los ojos, sabiendo que venía algo mejor que eso, y esperó a la exclamación de su amiga.

—¡No es cierto! ¡Saki! —le llamó, la aludida abrió los ojos con calma, mirándola—. ¡Lo abofeteó!

Sasaki miró de reojo, fijándose de la forma en la que Federico se tomaba la mejilla con expresión sorprendida, y Francesca lo apuntaba con un dedo acusador y los ojos rojos. Marisa observaba todo desde atrás, sorprendida. Oh bueno, Sasaki creía que iba a golpear a Marisa, pero aparentemente Francesca era consciente de que el culpable era otro. Nadia llegó corriendo de repente con el teléfono en el oído y la boca abierta.

—Te llamo luego, ¡adiós!

Las tres se volvieron nuevamente, al igual que casi todos en el café, y observaron casi sin respirar cómo Marena le dijo claramente a su hermano que se fuera a la mierda, y enfatizó su punto con un empujón antes de llevarse a su amiga y a Ángelo, que miraba a su amigo con profunda decepción. Marisa entró rápidamente y se llevó sus cosas con ella al momento de marchar, sin mirar ni una vez hacia Federico, que seguía con la vista perdida por donde se fue su ahora ex-novia, su hermana y su amigo.

Los espectadores miraron a Federico sentarse solo en la mesa donde había estado anteriormente, poniendo su cabeza entre sus manos y respirar tembloroso. Muchos sentirían pena por él, pero viendo que obviamente llevaba tiempo en su jueguito con Marisa, a Sasaki no le daba por ponerle la excusa de "solo fue una vez". Nadia exhaló sorprendida ante el giro de todos esos eventos, y Kaori empezó a reírse a lo loco nuevamente.

Y Alejandro, bueno, Alejandro estaba psicoseado con todo lo que escuchó de las bocas de esas señoritas, sumado a lo que pudo captar de las maldiciones que soltaba Ángelo por lo bajo, admirando la imaginación y creatividad de todas las partes involucradas, y queriendo tomarle sentido a la pelea que acababa de testificar. Entró a paso lento al café, mirando de reojo al chico abofeteado antes de decidir dejarlo como estaba por tonto. Frunció el ceño: huh, la chica de la mano pesada (Francesca), se le hacía conocida. Tenía un gran parecido a la forma en la que Lionetta había descrito a una de sus amigas. Solo rogaba a Dios que no fuera Francesca Loran, porque entonces iba a tener una no muy placentera reunión en su casa con su hermana de anfitriona y una Lionetta enojada era un Alejandro muy enojado, lo que no podía ser nada bueno para el humor de sus demás compañeros, que eran unas mamitas que no aguantaban nada.

Pidió su café muy tranquilamente, apenas registrando la ya conocida presencia de Sasaki y sus compinches, más que nada debido a las incontables horas que había pasado con ellas en esa última semana a órdenes del Jefe. Sin decir palabra recibió su pedido y se dirigió a la mesa de las muchachas, donde empujó a Nadia hacia la pared y se sentó tranquilamente, ofreciéndole pastel a Kaori e ignorando a Nadia por completo.

Nadia rodó los ojos. Alejandro se había enfadado con ella puesto que dos días atrás la princesa decidió que sería una buena idea el alterar los CD's de su auto -¿cómo? Aún no sabían-, y le había copiado todos los benditos álbumes de los difuntos One Direction en repetición, lo que casi le gana a Alejandro un balazo en la frente de parte de Dominique. Desde entonces, Alejandro le dedicaba a Nadia la más inamovible Ley del Hielo de la que Sasaki se sentía decepcionada.

Como adulta responsable y madura, Nadia lo ignoraba de vuelta.

·AS·

Tras un largo día de arduo trabajo, Tsuna se sentó en su cama con un cansado suspiro. Estaba exhausto. Nada más ese día Mukuro y Hibari habían logrado acabar con unos doscientos mil euros de la empresa para cubrir la reparación de un parque en Florencia, a donde los había enviado por trabajo. Hayato había estado con un humor de perros, y Takeshi casi, casi se rompe el brazo tratando que Lisandro no degollara a Antoine.

Respiró hondo. La paciencia era una virtud de la que muchos de sus conocidos se aprovechaban.

Recapituló la información que Alejandro Trabatto le estaba facilitando con respecto a la estudiante a psicóloga, Atsushi Sasaki, quien aparentemente tenía un habito de dejar que sus amigas mandonearan a todo el mundo. Además, su mente era un acertijo que maquinaba las cosas a una velocidad increíble, y eso, junto con su realista percepción del mundo la hacía muy interesante a ojos de Tsuna.

Sin contar la obvia afección que sentía Reborn por la muchacha.

Por otro lado, su relación con sus compañeros parecía ir en picada hacia arriba tras esa pequeña discusión con respecto a Epifanio Gargano, el profesor odiado por un 93% de la populación estudiantil de la universidad, por ninguna razón aparente.

Lionetta Trabatto probaba ser de gran ayuda para la vigilancia que le estaba poniendo a Gargano, pues era estudiante también y tenía varios amigos dentro de las clases de Gargano, además de que ella misma asistía a sus clases en ocasiones.

Tsuna estaba apenas quitándose la corbata cuando su celular sonó en el bolsillo de su chaqueta. Lo tomó y contestó sin revisar el número, de la misma dramática forma que Reborn lo hacía.

—¿Sí?

—Sawada-san —Tsuna pausó, la corbata en su mano izquierda y la mano derecha apretando el teléfono con sorpresa. Alejó el aparato de su oreja y miró la pantalla, donde en grandes letras marcaba el nombre.

Suspiró, sacudiendo la cabeza.

—Atsushi-san, ¿se encuentra bien?

—Yo creo que- ehm, estoy muy segura de que hay un hombre mirando hacia la ventana de mi habitación justo ahora —se oía desconcertada, como si acabara de despertar, lo cual era muy probable considerando que eran las doce de la noche. Tsuna entrecerró la mirada, tomando su chaqueta y las llaves del Porsche antes de salir a paso rápido de la habitación.

¿Un hombre mirando hacia la ventana?

—¿De casualidad está usted asomada en la ventana ahora? —Tsuna ya se esperaba la respuesta, pero deseaba desde el fondo de su corazón estar equivocado. Tocó la puerta de Hayato, quien tenía un cigarrillo en mano, y le indicó que lo siguiera, cosa que hizo sin pregunta alguna.

Sasaki respiró hondo.

—Sí —Tsuna caminó más rápido, escuchando el cambio de respiración de Sasaki. Rayos, gruñó—. Oh por Dios, está queriendo entrar al edificio.

—¿Tiene un arma?

—¿Qué?

—¿Que si el hombre tiene un arma? —repitió, subiéndose al auto y encendiéndolo con rapidez. Hayato estaba en el asiento del copiloto en su propio teléfono, de seguro informando a todos los demás sobre los eventos. O bueno, sobre lo poco que sabía.

Sasaki dudó. —Creo que sí, tiene un bulto extraño en-

CRASH. Vidrios rotos. Tsuna frunció el ceño.

—¡Sip! ¡Sí que tiene un arma!

—¡Saki! ¿Escuchaste eso? Oh mi- ¿Eso es una bala? ¿Estás bien?

—Muy bien, Atsushi-san, necesito que se calme —trató de hacer su voz lo más tranquilizadora posible con una mujer histérica al otro lado del teléfono, y Hayato le miró con simpatía, preparando su propia pistola—. Estaremos allá en un momento, solo vaya con su amiga y quédense ambas en donde están. ¿Piso?

2, última puerta a la derecha.

—No se mueva.

Gracias Capitán Obvio, como si tuviera mucha opción.

Y eso, hasta los momentos es lo más remotamente hostil que Sasaki ha dicho en su presencia. Alzó las cejas y colgó la llamada antes de pisar el acelerador nuevamente y con más ganas que antes. No le importaba mucho que lo multaran pues era rico, además de que por los momentos la vida y la mente de Atsushi Sasaki eran más valiosas que unos cuantos euros por infracción de tránsito.

Sin ella se les iban a complicar un poco las cosas.

Tsuna se bajó del auto, apretando los dientes al divisar la cerradura rota de la entrada al edificio. Hayato y él entraron, siendo lo más silenciosos posibles para no llamar la atención de nadie, pero a ambos se les congeló la sangre cuando oyeron el agudo chirrido de una puerta. Los dos se lanzaron a correr por las escaleras –que por cierto, ¿quién vive en edificios sin ascensor en esos tiempos?- y en menos de lo que se dice amén ya estaban en el apartamento de Sasaki con las armas en alto y apuntando hacia todos lados.

El lugar estaba a oscuras y todo estaba en orden. Lo único que no encajaba era la puerta abierta de par en par y los sonidos de pasos en el pasillo. Hayato tragó en seco al divisar la puerta que obviamente era una habitación por el pequeño amuleto en la cerradura, agradeciendo a los dioses que aparentemente el intruso en la casa era idiota y no lo había notado. Tsuna se dirigió a esa puerta mientras Hayato iba tras el vil invasor que incluso silbaba, y Tsuna se adentró a la habitación en silencio…

…solo para congelarse ante la vista.

Abrió la boca, sin saber qué decir antes de desviar la vista hacia un lado. Un destello de rojo en su periférica llamó su atención, pero mantuvo los ojos firmemente hacia un lado.

—Atsushi-san, Higashihara-san —asintió en su dirección con la vista hacia el costado, esperando a que las dos muchachas se movieran y arreglaran sus ropas lo más pronto posible.

Kaori se aclaró la garganta apenada, alisando su corto camisón mientras se sentaba con las piernas bien pegadas. Sasaki suspiró aliviada, dejándose caer contra la pared justo debajo de la ventana. Tsuna se volvió, analizando la escena. El casquillo de la bala estaba en el suelo a escasos centímetros de la mano de Sasaki, y la tomó con la mano izquierda mientras con la derecha sostenía su pistola en dirección a la puerta. En pocos minutos Hayato cruzó la puerta limpiándose la mano del pantalón y con la mejilla un poco hinchada.

Su cara de mala leche le provocó a Kaori una mala reacción: malhumor. Ambos se miraron con cara de perro hambriento y luego desviaron la mirada al mismo tiempo, ganándose un suspiro de parte de Tsuna.

Tsuna le puso el seguro a su arma. —¿Todo bien, Hayato-kun?

—Perfecto, Décimo, solo hubo un detallito —replicó, sacando un cigarrillo de su bolsillo. Kaori abrió los ojos antes de apretar la mandíbula y voltear hacia la ventana, donde Sasaki fruncía el ceño con fuerza. Tsuna la miró con curiosidad.

—Enciendes el cigarrillo y te lo meto por donde no te brilla el sol, imbécil —Nadia Ambrosetti apareció detrás de Hayato, quien solo rodó los ojos (aunque guardó nuevamente el cigarrillo), así que Tsuna imaginaba que ese era el detallito al que se refería su mano derecha.

Alzó las cejas y se volteó a donde Sasaki, ofreciéndole una mano para ayudarla a ponerse en sus pies.

Tras asegurarse de que las tres muchachas estaban bien y sin un rasguño, Tsuna se dirigió al causante de todo el alboroto, quien estaba muy gruñón amarrado de la mesa del inodoro y sangrando por la nariz y la ceja. Hayato miró a Tsuna, preguntándole con la mirada lo que estaba por seguir y sin pensarlo mucho Tsuna llamó a la mejor persona para sacarle la información a la escoria que tenía una botella de cloro peligrosamente cerca, y que Tsuna movió lejos con sádica satisfacción.

Entre Hayato y él sacaron al tipo a la sala, donde Sasaki, Kaori y Nadia se mantenían en el sofá más grande, vueltas unas bolitas. Tsuna miró fríamente a la basura frente a él, advirtiéndole tácitamente que se mantuviera calladito y que ni mirara a las jóvenes frente a ellos.

Después de esperar lo que parecía una eternidad, la puerta se abrió ruidosamente y detrás de ella apareció una joven mujer de cabellos verde pastel, con un llamativo lunar sobre su ceja derecha y una mueca de impaciencia en los labios, vistiendo una sudadera y joggers, llevando un cuchillo en la mano izquierda.

—Isabelle, gracias por venir —sonrió Tsuna, sabiendo que su amiga no resistía sus encantos. Isabelle West se suavizó ante el cálido recibimiento de Tsuna, antes de cerrar la puerta de un portazo y entrar a paso lento al apartamento. Observo detenidamente a las tres muchachas en el sofá antes de mirar al sujeto.

Alzó las cejas, curiosa. —¿Ese es mi chico?

Tsuna asintió. Isabelle sonrió levemente, haciendo palidecer no solo al tipo amarrado sino también a Sasaki, quien no sentía nada más que miedo por esa mujer de mirada afilada.

Isabelle las miró.

—Deberían irse a otra habitación. Gokudera, ve con ellas. Tsuna, quédate aquí y busca unas toallas si eres tan amable.

Hayato las escoltó a la habitación de Kaori, donde las ventanas estaban intactas, y Nadia solo pudo escuchar el distante "Aquí estamos de nuevo, Michael." De parte de la recién llegada.

·AS·

Tsuna se frotó las sienes, respirando hondo. No quería tomar decisiones apresuradas ni mucho menos, pero la situación no pintaba para nada bien y la expresión severa de Isabelle nunca significaba nada bueno. Hayato tenía un mohín en el rostro entero, probablemente porque ya le estaba pegando la falta de sueño, y Michael estaba ya inconsciente en el suelo.

—Creo… —empezó Tsuna, apretándose el puente de la nariz. Isabelle se sentó en el sofá, bostezando— que debemos tomar medidas.

—Décimo, por favor no las lleve a la mansión.

—Las llevaremos a la mansión.

Hayato gruñó, pero Tsuna solo entrecerró la mirada en dirección a Michael sin prestarle atención. No podían permitirse perder a Atsushi Sasaki.

Mucho menos a manos de los Valverde.

·AS·

En la mañana, más o menos a las diez fue que Sasaki empezó a despertar del coma en el que cayó tras haberse quedado en la habitación de Kaori para darle privacidad a la supuesta Isabelle con su interrogado. Aún así, Sasaki despertó desconcertada porque no estaba en la habitación de Kaori, sino en una muy espaciosa y menos colorida habitación. Parpadeó varias veces antes de frotarse los ojos, convencida de que estaba soñando hasta que vio todas sus cosas en una esquina de la habitación.

Sasaki sumó dos más dos, y llegó a la conclusión de que estaba en la mansión Vongola, y tras asomarse por el balcón –sí, el balcón. Había un balcón en su cuarto-, confirmó con sus ojitos que estaba en dicho lugar tras divisar a lo lejos la entrada tan elegante por la que la habían llevado Alejandro y el otro tipo del cual aún no sabía su nombre.

Ignoró este hecho y salió de la recamara en busca de un rostro conocido o simplemente alguien que la ayudara a encontrar a sus amigas o a Tsunayoshi. Justamente se encontró a Yamamoto Takeshi, uno de los amigos del susodicho.

El hombre la miró con una gran sonrisa.

—Buenos días, Atsushi-chan, espero que hayas podido descansar un poco. Ven conmigo, te llevaré con Tsuna —ofreció amablemente.

Sasaki le regaló una de sus frías sonrisas. —Buenos días y muchas gracias.

Cuando llegó con Tsuna, Nadia y Kaori estaban entretenidas viendo la televisión en la amplia oficina del Presidente de Vongola, desparramadas sobre el sofá como si estuvieran en su casa. Sasaki suspiró y cerró los ojos, contando hasta veinte para relajarse un poco. Estaba confundida, tenía hambre y miedo, y no debía pagar ninguna de sus frustraciones con otras personas, así que se volteó hacia Tsunayoshi ignorando a Hayato frente a él y al hombre en la ventana.

—Sawada-san, buenos días —modales primero, señores. Desde el rabillo de su ojo vio como ninguna de sus amigas movió la cabeza en su dirección e internamente hizo un puchero.

—Buenos días, Atsushi-san —sonrió el hombre.

Sasaki se tomó el brazo: odiaba las confrontaciones.

—Me gustaría saber porqué desperté en la mansión Vongola cuando recuerdo claramente que estaba en mi apartamento cuando me dormí —exigió sin mucho esfuerzo, aún algo dormida y apenada.

Tsunayoshi no se tomó su tono defensivo a pecho y la miró sereno.

—Determinamos que lo mejor sería que usted y sus amigas se hospeden aquí por un tiempo. Es lo más seguro tras los eventos de anoche.

Sasaki apretó los dientes. —¿Determinamos quiénes exactamente?

—Nosotras.

Kaori y Nadia se habían levantado y estaban ahora detrás de Sasaki, quien las miró irritada, pero con una expresión neutra en el rostro. Las tres se miraron por un largo rato hasta que Sasaki decidió confiar en el juicio de sus únicas dos amigas y dejarse cuidar por un cambio. Suspiró mentalmente, tratando de calmarse antes de explotar de una forma para nada digna.

Asintió en dirección a Tsunayoshi: —Agradecemos su hospitalidad. Disculpe mi defensiva, Sawada-san.

—No se preocupe, Atsushi-san —sacudió la cabeza, poniéndose de pie. Extendió la mano hacia ella con una sonrisa calmada que de alguna forma contagió a Sasaki lo suficiente para bajar su malhumor unas cuantas notas—. Será un placer tenerla con nosotros.

Sasaki sentía que estaba haciendo un pacto con el diablo, y probablemente lo estaba, pero aún así aceptó la mano que le era ofrecida y la estrechó con firmeza. Apenas cuando estaba siendo guiada al comedor para desayunar fue que se percató de un detalle que como aspirante a psicóloga era incapaz de ignorar.

Tsunayoshi sonreía, pero sus ojos sangraban con inquietud.