Hetalia le pertenece a Hidekaz Himaruya

Espero y sea de su agrado.

Día Uno

Como pirata, un aventurero sin escrúpulos que sólo buscaba hacerse de dinero de la forma "fácil", zarpé a la mar, sin saber qué era la vida en un barco, en medio de los océanos, sin coordenadas bien definidas y limitada comida; zarpé con el incauto sueño de humillar a quien me tiraba migajas de pan al rostro, de escupirles a aquellos que decían que pobre nací y que pobre moriría, pero ahora eso era muy distinto, zarpé con el sueño de morir lleno de riquezas en mi barco aunque éste estuviese por hundirse, morir en el mar sin que mi cadáver deba ser tirado en fosas comunes, pues prefería que los peces comieran de mi insípida carne adornada de oro usurpado.

Morir en galardonado de lujosas joyas y vestiduras finas, en un barco sucio a punto de hundirse; era una buena muerte.

Muchos planean sus bodas, yo planeaba mi muerte, una muerte que sería después de robarles a los malditos corsarios de los reyes de Inglaterra, España y Francia; robarles a las coronas para después escupirles en sus rostros, aunque este plan de escupirles en el rostro iba a ser más difícil, pues ello significaría que saldría del mar y moriría en el patíbulo de la horca con cientos de espectadores morbosos de ver a un sinvergüenza con buenos modales como yo.

Como sea, moriría como yo quisiese, y no como el maldito destino lo impusiera.

Me crucé de brazos, observando la ciudad en llamas, las iglesias siendo carcomidas por el crepitar del fuego provocado por mis hombres, y no era por ser mal devotos –creemos en dios y mucho–, sino que simplemente no nos agradaban los curas, no nos parece pagar diezmos para ganarse el cielo, porque paguemos o no paguemos, nuestras almas malditas terminarán ardiendo en el infierno, y aquella idea no nos desagradaba mucho.

Estaba en la cubierta de navegación, observando con mi telescopio el bello paisaje, en silencio y comiendo de un filete de pescado frío que la gente de la ciudad había preparado para mí y toda mi tripulación. Bajé la mirada al suelo de madera, observando mis calcetines rotos y sucios, tal vez era hora de ropa nueva, ésta estaba ya muy desgastada y vieja.

- ¡Alroy! – llamé al mozo de camarote que no se demoró en venir a mi lado, dejando atrás su deliciosa comida. Se reportó con total respeto y esperó por mis órdenes sin cuestionar. – Trae a los sastres de la ciudad o costureras si es que no hay algún sastre con vida. – palmeé con las manos, apresurando al joven que se quedó unos segundos pasmado, a mi lado. – de prisa.

- Capitán, son las dos de la mañana, dudo que estén despiertos. – dijo, inseguro y un poco temeroso, él bien sabía que odio que se me cuestione.

- Ay Alroy – respondí decepcionado, dejando a un lado mi delicioso filete. - ¡Entonces ve y despierta a esos malditos pueblerinos! ¡Sino responden a mi llamado, sus casas y con ellos adentro, arderán! – Alcé la voz, llamando la atención de Rashuan y del cirujano chino Yao, que detuvieron su comida para prestar atención a lo que demandaba. Yao se acercó a Alroy quien inconscientemente se encogió de hombros, asustado.

- Capitán, me parece que debe mandar a los artilleros a ese pedido. – habló Yao, tratando de amenizar mi enojo hacia el pelirrojo. – Los artilleros son los que tienen más experiencia con el uso de la pólvora si quemar cosas es lo que quiere. – terminó con una ancha sonrisa, remarcando sus rasgados ojos cual ranuras pequeñas que esconden algo muy dentro, alzando sus cejas como grandes arcos. Un asiático que inspiraba terror.

Apreté mi nariz con mis dedos, quitándome el susto que el cirujano de la tripulación me hizo pasar. Yao se distinguía por ser amable y muy social, así como experto en amputar extremidades del cuerpo y a veces, le hacía de cocinero, sólo cuando nuestro cocinero electo se enfermaba (era un tanto débil a los mareos, qué decir, no es propiamente un hombre de mar, sólo tuvo mala suerte para acabar en este barco pirata).

- Muy bien, Yao. – lo felicité para después centrar mi atención a Alroy que se miraba más tranquilo. – Que no coma el que no trabaje. – sentencié, para después ordenarle a los demás tripulantes que se miraron interesados en la conversación que Alroy no comería por todo un día y el quien lo viese comer que rápidamente me informará para que conociera el temible gato de ocho colas bajo la mano de Allistor*, el quien se encargaba de castigar a los desobedientes, por lo que nunca lo hagan enojar. Alroy trago su saliva con dificultad y aceptó el castigo sin más, con la risa al fondo de quienes se mofaban de él. Reí amargadamente junto con ellos, era obvio que nosotros también pasamos por ello y muchas de nuestras cicatrices son prueba de ello.

La vida de un pirata no era nada fácil, todo era cuestión de rangos y habilidades, sino las poseías tenías más probabilidades de morir en asedio de barcos y galeones, o sino de perder extremidades del cuerpo, a la cuales era la única opción para sobrevivir aunque la cirugía siempre fracasaba y el paciente fallecía por pérdida de sangre, infección, gangrena o, muy tristemente, de puro dolor. Para empezar tu vida como pirata debes renunciar a la tierra, a la comodidad de la casa –si es que tenías una–, abandonar a toda persona que amabas –claro, si es que alguien te amaba y apreciabas–, olvidar la sabroso que puede ser la comida recién preparada – si es que en ese entonces tenías para comprar una pedazo de pan – todo era cuestión de dejar la vida mundana de las ciudades o del campo; entregarse al mar era hacerlo de forma total. Se sabe que cuando se entrega a la vida en el mar, de antemano reconoces que ahí es donde morirás, no habrá un lugar donde se te vaya a llorar y ni habrá quien te llore. Sentimentalismo barato no es para navegar ni para sobrevivir.

Lo dejas todo, lo abandonas todo, y te haces de poco… Oro, oro y más oro. Tomarlo a la fuerza, arrebatarlo de las manos y morder para que lo suelte; mentir y hacer trampas sucias con total de hacerte tuyo lo único que puede pertenecer a los pobres imbéciles: la riqueza, la riqueza que amaña a los hombres, la riqueza que ciega a cuanto ciego de grandeza haya.

Esos éramos nosotros, ni felices ni tristes de serlo, pero lo éramos. Todos pasamos por ser simples mozos de artillería, camarote o polvorillas, los que fregaban el piso y limpiaban el casco de los moluscos que se adherían al barco; no importaba de qué, la cuestión era resistir y aprender, obedecer y arrebatar, hasta que te ascendieran. Pese a los castigos, pese a los latigazos en la espalda o piernas, pese a perder un ojo, una mano o pierna. De antemano sabemos que la vida de piratas es más maldita que la labor de una prostituta.

Suspiré cansado, hoy era apenas el primer día en la ciudad de San Francisco de Campeche, y éste ardía más que nunca.

Caminé lejos de mis hombres, quienes no dejaban de burlarse del pobre mozo irlandés, y me dirigí al cuarto de navegación. Cerré la puerta, y me dispuse a leer esos viejos libros que nadie quería leer, porque era uno de los pocos que leía, aunque escribir me era un tanto difícil. Miré las amarillentas hojas, yo nunca asistí a una escuela o tuve a alguien que me enseñara a escribir y leer; todo lo había prendido yo.

- ¿Tanto te gusta leer? – habló Govert entrando al cuarto de navegación donde además de mi viejo escritorio y unos libros usados, estaba el cuadrante y los mayores tesoros de los piratas: las cartas de navegación de España y Francia. Di un leve respingo, asustado de ver como el neerlandés había entrado sin hacer ruido.

- ¿Nunca aprendes? – cuestioné aun con el susto en mi pecho, tomándome de éste para aliviar la sorpresa.

- No. – fue su sincera y estoica respuesta. – Me preguntaba cuando se digna a morir para que al fin yo pueda ser el líder de la tripulación.

- You bastard! – grité molesto.

- Mentira, sólo vine para conocer los futuros planes de nuestro viaje para hacernos de muchos galeones españoles. Tendremos que aliarnos con otros piratas en Puerto Tortuga para hacer toda una flota Bucanera y saquear el Galeón que se dirige al puerto de Sevilla con riquezas de todas sus colonias.

- Un gran botín. – susurré.

- ¿Qué haremos, capitán?

- Quiero saber la opinión del maestre Densen*, pero ahora que estas aquí, mi contramaestre más rebelde que he tenido, te diré lo qué haremos: Primero, estando aquí nos reabasteceremos de comida en esta ciudad, nos llevaremos cuanta riqueza pueda ser llevada para después ir a Puerto Tortuga, donde nos haremos de más hombres, carne de cañón si prefieres ese nombre, después conseguir unas balandras con filibusteros dispuestos a todo– decía serio hasta que Govert me interrumpió abruptamente.

- ¿Filibusteros? Son galeones, Arthur no embarcaciones de navegantes principiantes. Llevan cañones de gran poder que con sólo una carga puede destrozar y hundir una balandra. El imperio español ha cuidado de sus galeones como perro a su hueso, no será fácil si nos disponemos en confiar en los malditos filibusteros.

- ¡Govert, eso ya lo sé! – hablé con ímpetu, molesto de ser puesto en cuestión por segunda vez. – Escucha primero lo que tengo que decir y después puedes hablar todo lo que quieras. – Govert me miró cansado, sin embargo afirmó con la cabeza y esperó a que hablase de nuevo. – Bien, gracias. Escucha Govert, sé que confiar en filibusteros es muy peligroso, pero nosotros no confiaremos en ellos. – Govert sonrió, al tanto de lo que significaba aquello. – Nos haremos de tres balandras con filibusteros y otros hombres para nuestra tripulación, les pagaremos en un inicio con ron y tabaco para que no duden de nosotros, y lo más importante, es que nuestra meta no son los galeones. – sonreí orgulloso y levantando una ceja, observando al neerlandés que se miró interesado en el plan. – Atacaremos a los piratas que ataquen al galeón. No sabemos si ellos puedan contra los galeones o los galeones caigan en sus desdeñosas manos; todo es cuestión de cómo salgan las cosas en su asedio. Si ganan los piratas, ellos debilitados por las bajas del asedio contra los galeones, nosotros atacaremos a nuestros hermanos piratas; arrebataremos sus riquezas ganadas y hundiremos a toda tripulación que podamos para que no den acusaciones de traición pirata en Puerto Tortuga y Port Royal e Isla Drizzt. Si los galeones repelen al buque pirata, entonces nosotros atacaremos de nuevo, con los artilleros de los pesados cañones cansados, la tripulación con significantes bajas, y el capitán desorientado por otro ataque pirata, tenemos grandes posibilidades de ganar, sin mencionar que los filibustero serán los primeros en adentrarse a los galeones y combatir con los guardias españoles. – crucé las piernas, sonriendo maliciosamente.

- Me agrada el plan, aunque es muy pretencioso para mi gusto.

- Soy un hombre de muchos planes y pretenciosidades. Pero, ¿cuándo zarpa el galeón?

- Según la información obtenida por el cabildo de esta región, el Galeón de Santa María zarpa dentro de 24 días del puerto de Veracruz.

- ¿Conoces las coordenadas?

- Densen está en ello.

- Perfecto.

- Entonces Capitán, ¿la estadía en esta ciudad es para tener en buenas condiciones a los tripulantes, y tener un bienestar emocional?

- Puede que sea nuestro último asedio, quiero disfrutar un poco de la playa y del calor de las colonias españolas.

- Son muy agradables…

- Lo son. – dije en un inaudible susurro, contemplando los libros que había empezado a ojear.

Govert salió de mi camarote y ordenó a los demás tripulantes a descansar en las alcobas de marinos. Organizó a todos los que no llegaban de la ciudad y que aprovechaban del acuerdo con el famoso prostíbulo. Tiempo después llegaron tres artilleros junto con el único sastre y dos de sus costureras a mi alcoba. Aterrados y temiendo por su vida hicieron su trabajo.

- Saben, deseo de un parche para mi ojo derecho y un saco azul marino –que esté ajustado en mis costados, pero con largos holanes en las mangas–, junto con un sombrero con plumas oscuras y unos pantalones grises o negros. – decía mientras me tomaban las medidas con las manos temblorosas. - ¿Cuándo podré usarlas?

- Cuando usted lo desee, Señor Capitán. – respondió con falso respeto el miedoso sastre.

- Huh. – lo vi a los ojos, detenidamente. – Parece no entender, sastre.

- ¿Eh…?

- Quiero que las prendas que me va a elaborar sean las mejores que vaya a hacer en toda su miserable existencia. – coloqué mi mano en la mejilla del anciano sastre, sonriendo amablemente. – Así que, hoy, estando de buen humor, le daré la oportunidad que me diga cuando podrá terminar mis prendas, claro, antes del día siete. Responda claramente, señor. – terminé con un gran énfasis en la última palabra, soltando la mejilla del anciano para después tomar a una de las costureras y balancearla en mis brazos, como si de un baile se tratase, pero aquello me cansó rápidamente y la solté, dejando que ella azotara al suelo, ésta nunca se quejó de dolor o de disgusto, sólo se reincorporó velozmente y se escondió detrás del anciano sastre que vio horrorizado cómo la traté y de lo que era capaz de hacer. No sé por qué le asustó, yo sólo quería bailar con una mujer que no protestara mis nulos conocimientos de danza.

- L-lo tendremos dentro de 4 días, sin falta y le aseguro que le encantaran las prendas, Amo y Capitán Kirkland. – acertó el anciano, sonreí tranquilo. Odiaba que me dijeran "señor", no soy tan anciano para ese título. Pero acá entre nos, pueden decirme Señor de los Mares.

Acepté el trato feliz y los dejé ir, y me dispuse a dormir, pues hoy por la mañana hablaría con Mercedes. Su compañía me fue grata aquella ocasión y otra charla a nadie haría daño, además que es gratis y yo amo las cosas gratis a pesar de que no lo sean, pero ¿ustedes entienden, no? tomaré lo que pueda ser robado o eso pensé cuando puse mi cabeza sobre mi sucia almohada que huele a ron regurgitado y a cerveza barata.

Cruzó la cubierta principal, bajó por las cuerdas amarradas al muelle del puerto, sus pasos eran veloces y su respiración era tan ligera que pasaba en las calles de piedra como si de un espíritu se tratara, era tal vez eso, un espíritu en pena recorriendo en la madrugada la ciudad tomada por maliciosos piratas de todo el mundo; tal vez se trataba de un hombre, un hombre que no puede olvidar los ayeres que atormentan los corazones de jóvenes que nunca aprendieron a amar.

Un velo azul enredado en su cuello, el crujir de las botas rotas, los hilos esmeralda de sus orbes europeos que iluminaban las penumbras de un callejón sin salida. Arrinconado, el hombre se vio en un dilema buscado…

El dilema del perdón.

Una sombra apareció ante él, toda de negro y silenciosa, de una casucha vieja y derruida por la humedad del mar. Las rocas salinas, lo molesto que podía ser un clima húmedo, ni caliente ni frío. Como le hubiera gustado saber más.

La sombra se interpuso ante él, aun sin rostro, para después, de un simple tirón, arrancar su negro rebozo, mostrando un mestizo y hermoso rostro en la oscuridad que remarcaba lo temible que pueden ser las mujeres de esta ciudad, y lo cuan preciosas pueden ser más de lo que en facto ya son.

Trigueña de ojos miel, morena de curvas envidiables; hermosa novia del mar.

- Sabía que vendrías… - habló ella, irrumpiendo el mágico silencio de la noche y el sonoro crepitar del mar contra las rocas y el fuerte. Irrumpiendo así el lamento del viento chocar contra los muros de la ciudad.

Él la observó con serenidad, conforme de tan sólo escucharle hablar. ¿Cuánto tiempo había pasado ya? Once años sin saber de ella, once años sin querer saberlo, pero deseoso, ahora, de saber más.

- Y no te equivocaste. – contestó él, para después sacar una pipa de su bolsillo, posarla en sus labios y sólo disfrutar del sabor a tabaco que éste tiene, sin prender fuego y sin tener tabaco dentro. Era una manía de él, una manía que trataba de quitar pero que la costumbre ya le había apoderado. Se sentó en el suelo, de espaldas contra el muro de una pared caída, desviando la mirada de la chica.

- Quería hacerlo. – respondió ella, recargándose en el muro, al lado de él, llevando su mirada hacia el muelle que estaba una colina abajo. – Pero aquí estas, como hace once años atrás.

- No lo recuerdes, en ese entonces sólo era un mozo que no podía usar un acabucillo o un arcabuz, sólo sabía usar el alfanje.

- Y con eso era suficiente para hacer retroceder a quienes trataban de abusar de ti.

- Ah. – expresó el hombre, sin saber a dónde se dirigía este inusual encuentro. – No me disculparé, yo no hice nada malo, al menos no a ti.

- No creas que lo olvidaré.

- Muy bien, no pretendo que lo hagas. – se quitó la pipa de la boca y la guardó nuevamente, para ponerse de pie y recargarse en el muro, observado con ella el muelle que estaba muy cerca.

- ¿Sigues leyendo poesía? – preguntó ella

- He perdido todos mis libros en el ataque por parte de la tripulación de Kirkland. No ha quedado ninguno, sólo están en mi cabeza y mis labios que recuerdan lo maravilloso que puede ser sólo leer un párrafo… - calló por unos segundos, taciturno de lo que sus recuerdos le mostraban. - …he olvidado la mayoría de ellos. – recordó a aquella bella prostituta de nombre Annabel, tan afable y amable, tan hermosa y cariñosa. Sacudió la cabeza, desmembrando sus amargos recuerdos.

- Recita un poema, uno que te acuerdes. – pidió la morena, sin apartar la vista del muelle. – Yo no conozco la maravilla de leer, además de que Annabel realmente gozaba escucharte recitar.

- No soy bueno recitando poemas. – dijo él, un tanto sonrojado, pensando en el poema que podría a ella gustarle. – Sólo recuerdo este párrafo, que dice así: "¡Qué maravilla, oh Crimthann Cass! Es cerveza lo que cae cuando llueve. Todo ejército en marcha tiene cien mil guerreros: Y va marchando de reino en reino."

- ¿Cerveza? ¿Enserio? – comenzó a suprimir su risa, divertida.

- Bien, ¿qué tal éste? – dio dos pasos al frente y llevó su mirada al cielo, preparándose para recitar el corto poema. – Dice:

"El pájaro

ha silbado

desde la punta de su pico

de vivo amarillo.

Canta su reclamo

sobre el lago Laíg

un mirlo en una rama,

un montón de amarillo."

- Un mirlo… - dijo pensativa, con un negro pájaro de hermoso cantar.

- ¿Qué tal la vida de prostituta? – dijo éste sin medir sus palabras, sólo fue directo, no había mucho en el que podía desperdiciar con alguien como ella. La pregunta la tomó por sorpresa, pero sonrió tranquila poco después.

- Es como me la imaginaba. – respondió en voz baja, queriendo no ser escuchada. – Uno hasta a lo malo se acostumbra, ¿y qué me dices tú, eh? ¿La vida de contramaestre es como la imaginabas o acaso mejor?

- Ni mejor, ni muy mala. Sólo estoy esperando que el cejudo capitán se lo lleve un cañón.

- Qué rudo. – torció la boca, desaprobando lo recién dicho del neerlandés.

- Se cree el mejor pirata entre los piratas, pero sólo es un cobarde que cambia de nombre a cada rato para que nadie lo reconozca y forjar la leyenda de "un pirata sin nombre en los libros de historia" y esas cosas. A decir verdad, yo sólo quiero el motín, coleccionarlo por montón. – dijo con un extraño brillo en los ojos verde canario. El joven contramaestre no era muy bueno socializando, sin embargo, nadie podía negar que él era alguien ya de por si amable, o eso Mercedes pensaba cuando tomó la mano del neerlandés y frotándola con la suya, sopló quedamente.

- Las manos de alguien tan avaro como tú son siempre tan frías. – dijo ella, observando directamente al castaño claro, aun sin soltar su mano.

- Eres buena reconociendo a los avaros como yo. – sonrió levemente.

- Mi trabajo es reconocer quien me va a pagar más por mis servicios. – ésta también sonrió.

- Já, no pienso darte ni una onza de cobre, Mercedes.

- Suficientes problemas me has traído como para que quiera algo más de ti; no gracias, no gracias. – decía mientras negaba con la cabeza, orgullosa.

- Fue un alivio para mí conocerte, al menos en esa difícil época…

- No lo menciones, porque recordaré el por qué quería castrarte ayer en la tarde.

- Bien, no diré nada. – guardó silencio y volvió a recargarse de espaldas contra el muro, observándola de frente. - ¿Cuántos años tienes ahora?

- 24 años.

- Eres muy joven para tu ardua profesión.

- Cállate, me gradué a los 9 años. – bajó la mirada, no estaba avergonzada, sólo dolía recordar cómo, aun siendo una niña, le arrebataron todo deje de inocencia por perversión.

- Por hoy, callaré lo que quiero gritar… sólo por hoy, otra vez.

- He llegado. – dije al cruzar la entrada del prostíbulo, haciendo de gala mi sombrero de plumas de gallo, todas las chicas me observaron temerosas, pero ocultaron su latente miedo y con una sonrisa me recibieron, como si yo me tratase de su proxeneta que se beneficia de su mercancía con voz o algo así.

Dos hermosas chicas me tomaron de ambos brazos y me hicieron sentarme en uno de los sillones del local, donde además estaban algunos de mis hombres, disfrutando del gratis cariño de estas mujeres. Me crucé de brazos y subí las botas a la pequeña mesa que estaba frente mío.

- ¿Dónde está la Señorita Mercedes? – pregunté a una de las chicas que, sin desearlo, se sentó a mi lado. Ésta me miró con sorpresa y salió disparada a los cuartos donde todas ellas se vestían y maquillaban, buscando a Mercedes. - ¿Qué pasa?

- Oh, no se preocupe, Mercedes ha estado trabajando desde esta madrugada. – dijo una prostituta que oyó mi inquietud.

- ¿Qué?

- Uno de sus hombres la pidió.

- ¿Quién? – pregunté interesado, pues sería muy descarado que uno de mis mozos, limpia-cubiertas, de menor rango pidiera a la cabeza del local, siendo yo el único que puede darse ese lujo sólo por el simple hecho de que soy el capitán de la tripulación. La mujer tartamudeó por un instante y miró al techo, tratando de recordar algo.

- Uhm… seré sincera, pero desconozco el nombre del hombre. – dijo con calma, dando unos pasos atrás; estaba nerviosa.

- ¿Cómo era?

- Con el quien Meche discutió ayer en la tarde, el pirata con la cicatriz en la frente, de ojos verdes.

¿Govert? Pensé que a él no le interesaba el sexo…

- Al parecer ellos dos fueron amigos hasta cierto punto cuando atacaron hace once años atrás. – se entrometió otra prostituta de avanzada edad, y que además fumaba tabaco con presunción. – Y es natural, la Señorita Annabel cuidaba de Meche como a su propia hija y cuando esos rufianes llegaron, Annabel también cuidó de su actual contramaestre por unos meses; y eso es lo único que sé, Capitán Kirkland.

Me quedé en silencio.

Había tantas cosas que desconocía, a pesar de que era el capitán, el legendario Capitán Kirkland.

...

Quiero saltar al plot, pero por el momento haré esto ;)

En los barcos piratas había un orden muy específico para la repartición de las actividades, que responden a las habilidades y destrezas de cada tripulante, y estos son los roles dentro de las etiquetas piratas:

a) Capitán, mayor rango (el quien decidía el curso del barco y comandaba al resto de la tripulación; gran habilidad de mando); b) Contramaestre o Primero Oficial, el quien suplía al capitán cuando éste muriese (Gestión; su trabajo era asignar las actividades, administrar el castigo y dividir el botín y conducir el timón si tuviese el permiso del capitán); c) Maestre, el experto en rutas de navegación y localización (mayormente era el guía del grupo, el quien orientaba las acciones del capitán para un mejor desempeño); d) Segundo oficial (el encargado del mantenimiento y limpieza del barco pues éste requería un incesante cuidado; así como el supervisor de las velas y aparejos), e) Vigía (en la cofa del mástil mayor, era quien avistaba las tierras, enemigos y posibles presas, su labor era muy significante); f) carpintero (estaba bajo el mando del segundo oficial, pues es quien mantiene literalmente el barco a flote, remplazando la madera dañada, tapando agujeros y arreglando los aparejos y las velas rotas); g) Artilleros (quienes se encargaban de dominar toda la batería de coñones para hundir a los demás barcos en asedios, requieren de una asombrosa puntería y precisión, son los responsables del éxito de la misión, tenían sus propios ayudantes); h) Cirujano (el responsable de la salud de la tripulación, así como el quien extraía las balas, amputaba miembros y trataba las heridas de los piratas heridos en un asedio o ataque); I) Polvorillas ("Era un puesto inferior asignado a los grumetes que ingresaban en las tripulaciones piratas. Su misión era cargar y limpiar los cañones. Si sobrevivían eran ascendidos…"); h) Cocinero; y k) Mozo(s) de camarote ("jóvenes que no recibían el puesto de polvorillas trabajaban como mozos de camarote, y tenían que limpiar el camarote del capitán, ayudar al cocinero y echar una mano en general").

Filibusteros, son los piratas que atacaban sólo en el caribe en balandras (barcos de menor tamaño, livianos y veloces). Estos normalmente eran procedentes de Europa pero que residen en colonias británicas u francesas (sobre todo Jamaica y Haití).

Allistor: OC de Escocia :3 (no mío)

Densen: Simon Densen; uno de los posibles nombres para Dinamarca, según Hidekaz.

Gracias por los lindos comentarios, y síp, Antonio y Annabel tendrán su aparición próximamente :3 nadie se resiste al ship de Spain/Belgium :3 Muchas gracias por tomarse su tiempo y leer! :')

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Nos vemos~