Promesas

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El tiempo pareció detenerse a su alrededor. El sonido de la cascada rompiendo contra las rocas del fondo sencillamente se disolvió en el aire; mismo aire que dejó de sentir, a pesar de ser consciente que su cabello y sus ropas jugueteaban con el viento.

Sólo había oscuridad y silencio.

Oscuridad y el golpeteo en su pecho de un corazón agonizante, despedazándose tan lenta y dolorosamente que pensó que los dioses no podían ser más crueles con su sufrimiento.

Él dijo que siempre estarían juntos, que nunca iban a separarse, que iba a protegerla por sobre todas las cosas y que la acompañaría en todo momento. Pero, una vez más, él se había ido para proteger a Athena y en compañía de alguien que no era ella.

¿Dónde habían quedado todas esas promesas? ¿A dónde se habían ido sus palabras?

Palabras.

Sólo eran eso: viles, crueles e hipócritas palabras que ahora simplemente eran sonidos carentes de sentido. Carentes de verdad. ¿Qué haría con ellas? Si no estaba él para decirlas no servían de nada.

—"Nunca nos separaremos".

—"Yo siempre estaré a tu lado".

—"Nunca más estarás sola…"— ¿y cómo creía él que se sentía ahora?

Era una tonta. Tantas palabras que se guardó para decirlas en otro momento, tantas cosas que debió decirle antes de que se marchara. Debió decirle que lo amaba en cuanto volvió a verlo, decirle que era la única persona capaz de comprenderla, que una sola sonrisa suya le iluminaba el día. Pero fue muy ilusa al pensar que podría decirlo después, en un mejor momento…que tendría mucho tiempo por delante que compartir.

Muy tonta al no recordar que Athena estaba sobre cualquier cosa o persona. Que estaba sobre ella.

De pronto se sintió furiosa, pero Shunrei no sabía lo que era estar furiosa. Tampoco sabía cómo sacar su enojo para que éste dejara de aplastarle el pecho. Lo único que ella sabía hacer era llorar de tristeza, de dolor…de furia; pero ya no lo quería más, no quería continuar derramando más lágrimas por culpa de él, porque con cada una que le mojaba las mejillas, sentía que su alma se secaba.

Las limpió con el dorso de su mano y miró el cielo, contemplando las estrellas fugaces que cruzaban el firmamento desde que Shiryu se fue. Algunas caían hacia abajo, perdiéndose en el horizonte: muertas. Pero otras surcaban el cielo en direcciones distintas: la primera fue una muy grande que se perdió entre la constelación de Tauro, después una más a Virgo y aún cuando no quería, su respiración se agitó y nuevas lágrimas frustraron sus deseos de no seguir llorando. Sabía que en algún momento dos de esas estrellas se elevarían hacia la constelación de Dragón y Libra respectivamente; tigre y dragón morirían esa noche dejándola sola.

Quizá Shiryu de Dragón fuera un mentiroso, quizá lo único que no había aprendido del maestro Dohko era a cumplir sus promesas. A simplemente callarse. Pero ella sí sabía hacerlo, ella cumplía sus promesas a costa de lo que fuera, por eso mismo se prometió a sí misma que esa sería la última vez que lloraría por él.

Si volvía: bienvenido seas, diría. Y si no, elevaría una plegaria diaria por su alma. Pero ni una lágrima más.

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