Misterio sin resolver

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Dohko de Libra había vivido más de lo que era humanamente posible (o aceptable), por ello había visto muchas cosas y conocido a tantas personas que ya no era capaz de dar una cifra estimada. También, por los Cinco Picos habían pasado, uno tras otro, cientos de niños que terminaban por convertirse en Santos. Por convertirse en hombres que a los escasos quince años ya sabían demasiado de la vida y sobre todo, demasiado de la muerte.

Había vivido lo suficiente para amarlos como a sus propios hijos y había vivido para llorar sus muertes. Habían sido cientos de hijos, cientos de muertes y era, precisamente por ese elevado número, que no era capaz de comprender qué era, exactamente, lo que provocaba aquel sentimiento de adoración por la pequeña Shunrei. Su pequeña Shunrei. No comprendía porqué a veces sentía las ganas irrefrenables de meterla en una cajita de cristal y aislarla del mundo, para que nadie la tocara, para que nadie la lastimara. Él no era una persona a la que se pudiera tildar de sobreprotectora, de hecho, recordaba que en alguna ocasión Shion lo había regañado por haber llevado a Tenma al Santuario y haberse largado, dejándolo sin tutor.

Sobreprotección. Esa era la palabra que describiría perfectamente lo que sentía en aquel momento. Probablemente también podía agregarse la palabra "celos", pero de eso no estaba tan seguro. De cualquier forma, no pudo evitar dar un beso en la mejilla tersa y nívea de su hija y sonreírle muy sincero cuando ella le preguntó cómo se veía.

—Preciosa—le había dicho y ella se sonrojó.

Se había atado el cabello en un gran moño rosa y sus labios brillaban ¿se había puesto brillo labial acaso? Pero, sobre todo lo demás, se dio cuenta que Shunrei se había pintado las uñas. Eran color verde y desentonaba total y absolutamente con el resto de su bonito vestido y moño rosados.

Quizá Dohko pasaba de los doscientos años de edad y no sabía mucho de moda. Pero sí era suficientemente capaz de notar que el verde de las uñas y el rosa de su ropa, no eran colores que una mujer usaría juntos comúnmente. Aun así, decidió no preguntar.

Shiryu interrumpió sus pensamientos cuando llegó a la cascada y se inclinó frente a él con un gesto solemne, dándole las buenas tardes. Correspondió al saludo y apretó un poquito más fuerte las manos de Shunrei cuando ella lo miró y sus ojos se iluminaron. Él se había atado el largo cabello negro con una liga y había cambiado su usual traje chino color lavanda por unos pantalones negros y una camisa blanca.

Irían a la ciudad, a la Fiesta de Primavera y Dohko sentía ya no sólo que sus hijos estaban creciendo y aquella sensación de orgullo que lo embargaba siempre que los dejaba ir; sentía además una especie de sensación de paternidad (reprimida durante siglos) que le obligó a pedirle a Shiryu que la cuidara bien.

Antes de que se fueran, el anciano sacó de entre sus ropas dos sobres rojos que entregó a cada uno. Sonrió, sencillamente, no había necesidad de explicar nada. Ellos sonrieron, lo abrazaron y agradecieron emocionados.

Shiryu tomó la mano de ella y pareció reparar en el curioso color de sus uñas. Dohko habría esperado que él reaccionara indignado, curioso y que le preguntara acerca de ese curioso detalle; así, de paso, también le resolvían la duda a él mismo. Sin embargo, el pelinegro sonrió y el anciano maestro podría haber jurado que sus ojos brillaron con complicidad, como si fuera algún secreto que compartieran entre ellos y Dohko de Libra supo que moriría sin saber, jamás, el significado oculto tras las uñas de Shunrei.

—Me gustan tus uñas—murmuró Shiryu cuando llegaron a la ciudad. El ruido del tumulto, las voces alegres y la música opacaban sus voces. Había tenido que acercarse a ella y hablarle muy cerca del oído; aunque había sido sólo un pretexto para rodearle la cintura con un brazo.

No había sido un comentario hecho al azar ni un intento por iniciar una conversación, ella sabía bien que Shiryu estaba consciente del motivo de que sus uñas desentonaran con su ropa, así que se limitó a sonreír, a caminar a su lado, admirando los adornos y curioseando los puestos de comida y artesanías, cogiéndole suavemente la mano.

Hacía mucho que Shunrei no se pintaba las uñas y Shiryu se había extrañado cuando ella eligió el esmalte color verde de entre toda la gama de colores que había en la tienda, aquel día que habían ido juntos a la ciudad a comprar la despensa. Le había preguntado y ella respondió que el color le recordaba a él, al color de su armadura y que así lo sentía más cerca. Así de sencillo.

Probablemente pensarían que Shunrei estaba loca, pero aquel había sido el mayor halago que pudieron hacerle, en toda su vida, a Shiryu de Dragón.

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*Sobre rojo: Es una tradición china durante el Festival de Primavera o Año Nuevo en el calendario Chino. Se da a los niños o personas menores que uno, un sobre color rojo que contiene algo de dinero como deseo de buena suerte.