Palabras prestadas

.

.

¡Cuánta razón llevaba el maestro Dohko al decir: "tu corazón es el guardián de tus palabras, no su cueva. Porque tus palabras no pueden alojarse ahí para siempre…después, les dará miedo salir"!

Eran pequeños, Shiryu, Okko y Shunrei, cuando se sentaban frente al anciano maestro, con la cascada de Rozan azotando la armadura del Dragón en el fondo, escuchándolo narrar historias con las que ilustraba la enseñanza de aquel día. En aquel entonces Shiryu tendría siete años y escucharía aquellas palabras con total admiración, con encanto y las atesoraría eternamente, pero no sería, sino hasta otros siete años después, que las comprendería enteramente.

Su maestro no hablaba por hablar y era en ese momento que se daba cuenta que, efectivamente, al haber guardado sus palabras por tantos años, estas se negaban rotundamente a ser pronunciadas.

Había consagrado su vida a servir a Athena. Había vivido y muerto, muchas veces, por ella y por sus amigos. Había salvado al mundo tal y como las leyendas de Los Caballeros de Athena rezaban. Había llorado, había reído, había luchado…había sangrado y a cambio del dolor sólo pedía una única cosa.

Sólo la pedía a ella.

Y es cuando desearía extender los brazos y gritar "¡Te Amo!" hasta quedarse sin aire, que abre la boca y descubre que las palabras perfectas, las oraciones que, ordenadas y construidas con perfecta sintaxis en su mente, se rezagan a un rincón oculto de la mente, se pegan a las paredes de su cerebro y se aferran con sus uñas oníricas para no ser pronunciadas, porque, quizá, tienen miedo de salir y ser rechazadas.

Porque ya no son las palabras alegres y esperanzadas de un principio, cuando a cada vistazo suyo, se abría paso en su interior su alter ego que se daba aires de poeta y creaba una y otra vez situaciones cursis y románticas en las cuales jurarle amor eterno.

Abre la boca una vez más y no puede decirle que ella es la esperanza de cada mañana, la razón por la que el mundo se ilumina con sólo su sonrisa. No es capaz de decirle que es tan hermosa que las ninfas le tendrían envidia y tampoco puede decirle que la ama tan intensamente como el girasol ama al Astro Rey. No puede decirle que, al mirarla, imagina por un instante la pasión que sintió Paris por Helena y que, de ser mínimamente posible que la princesa fuese tan hermosa como ella, entendía por qué se había desatado una guerra.

Tampoco le confiesa que la única razón por la que deseaba salvar el mundo era porque ella estaba en él.

No puede decirlo.

Pelea contra el miedo, pelea contra la incertidumbre y descubre que es la batalla más dura que ha librado jamás.

Y pierde.

—Te amo, Shiryu. Siempre te he amado—confiesa ella, presintiendo que si no dice nada, el Dragón no lo hará nunca.

—El amor conquista todas las cosas; démosle paso al amor. —Ella no responde y él siente que su corazón se olvidó de latir. Pero Shunrei sonríe y el corazón de Shiryu continúa bobeando sangre, aliviado, alegre, tan feliz que ahora siente que se le saldrá del pecho por lo rápida de su carrera.

Al final, no puede decir todo lo que tenía que decir y se tiene que conformar con pronunciar palabras ajenas y rogarle a Virgilio, donde sea que se encuentre, que no se enfade por tomar prestadas sus palabras.

.

.