¿Bailamos?
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Un, dos, tres.
Un, dos, tres.
Los días de lluvia en los Cinco Picos son hermosos. El aire huele a tierra mojada y las gotas de agua caídas del cielo gris crean una melodía de altos y bajos al golpear las ventanas. Era una música compuesta de una sola nota, monótona, pero que de pronto el sonido producido se hace diferente, continuo y rápido, después aminora, dejando largos intervalos entre un golpe y otro.
La melodía de la lluvia marcando su particular ritmo. Un ritmo disfrazado de tempestad que a ratos crea una armonía de truenos y relámpagos. Segundas voces que se escuchan dentro de la habitación, que dan mayor intensidad al ritmo al que ahora le deben cada buena risa.
Los días de lluvia en los Cinco Picos son perfectos para la clase de imágenes indecorosas que una buena atmósfera, un tazón de fresas y un baile improvisado crean. Esos días son perfectos para olvidar. Para recrear. Para tener y desear.
Viene, va. Un, dos, tres; adelante y atrás. Un giro y pegan sus pechos de nuevo, soñando con los ojos abiertos.
Hipnagógicas ilusiones que acompañan la música de la naturaleza. Dos, tres… sus pupilas crecen, se dilatan ante la imagen del otro mientras sus dedos se encogen en su mano, las uñas se clavan, los ojos se niegan a cerrarse frente a la temida posibilidad de que todo fuera un sueño y, al abrirlos, todo desapareciera.
Se aferran más…
Sonríe. Ella sabe que él se irá por la mañana, que ha perdido el tiempo. Pero no lo lamenta. Todo ha valido la pena si por un momento, si por dos estrofas, siente que su corazón palpita al mismo tiempo, al mismo ritmo y junto al suyo.
Paso a paso hablan de todo y a la vez de nada, la voz de él es canción y la lluvia la mejor música compuesta. Su sangre enloquecida recorre sus venas, tiñendo de rojos sus mejillas y transmitiendo su calor a él que, presa de una inexplicable necesidad, quiere atrapar su piel contra la suya, respirar su exhalación, hacer propio lo que se le ha escapado.
Una mano en la cintura, una mano en el cuello. Paso adelante, paso atrás.
Un, dos, tres.
Ella lo observa, tratando de decirle sin hablar que sólo haga la pregunta, que le pida ser suya y lo será por siempre. Que haga arder el amor hasta que se consuma en llamas y por fin la abandone.
Muerde su labio, nerviosa. Quiere hacerlo olvidar por sólo una noche.
El día se alarga y la noche se acorta; de ese modo ella sólo gana, no pierde más. Desea que la suba a lo alto de su chimenea, que pierda la razón y le recite lo que jamás dirá.
Ven, bailemos el último vals.
Y sólo espera que con esa balada de amor inexistente, que se pierde entre la música de la lluvia, se produzca el tatuaje de sus besos sobre la piel.
Júrame que jamás me olvidarás.
