Engaño mutuo

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Shunrei sonreía y miraba la oscuridad de su habitación, que de hecho no era tan oscura. Había luna llena esa noche y en su hogar, en lo alto de las montañas de China, la luna era más grande, más hermosa y más brillante. Allá arriba como un globo fluorescente, penetraba sin permiso a través de sus cortinas e iluminaba de blanco-azul su modesto cuarto.

No había mucho que admirar ahí dentro. Sólo tenía una cama con un deliciosamente cómodo colchón de paja, un pequeño escritorio, un armario, algunos cuadros y una lamparita en su mesita de noche. Pero Shunrei no necesitaba lujos cuando tenía al padre más maravilloso del bendito universo, ni cuando Shiryu estaba ahí, a su lado, hundiendo besos en su sien uno tras otro como si vida dependiera de no dejar un sólo milímetro de piel sin ellos. Luego bajaba por su mejilla y recorría el camino hasta la punta de su nariz, causándole cosquillas. Después, tal como la suave brisa desprende los pétalos del cerezo, dejó caer uno y más besos sobre su boca.

—Dioses…no me cansaría de besarte nunca—susurró Shiryu, sonriendo y mirándola a través de sus ojos grises que en ese momento se le antojaban más bonitos, mucho más bonitos, que la misma luna.

—¿Por? —preguntó casi con inocencia, sonriendo. Milagrosamente no lloraba de la emoción contenida, estaba sonriendo.

—Porque eres dulce, como algodón de azúcar.

Shunrei sintió que el espiral de la alegría se apretujaba en su interior buscando salir de alguna manera. Él le acomodó el cabello tras las orejas y le besó el labio inferior, y ella seguía sonriendo, seguía sin llorar.

Sin darse cuenta, sus manos habían viajado hasta su cintura, sólo para abrazarla, para estrecharla con gentileza. ¡Y seguía sin llorar! Fue entonces que, apoyada contra el pecho de Shiryu, escuchando su corazón latir con pasmosa tranquilidad, frunció muy ligeramente las cejas. Levantó la cara, encontrándose con los ojos grises y le tomó el rostro con las manos, paseando los dedos por sus mejillas como si deseara comprobar que era de carne y hueso.

—Shiryu…

—¿Sí?

—¿De verdad estás aquí? —Shiryu enarcó una ceja y sonrió de lado, volviendo a besarla.

—¿Ves a alguien más?

—Bueno…es que no estabas aquí cuando me vine a acostar—dijo, asintiendo ligeramente con la cabeza para reafirmar sus palabras.

—Eso es verdad—asintió él, con un gesto pensativo como si al fin hubiera caído en la cuenta de todo el asunto. Pero después sonrió y le besó la punta de la nariz—. Bueno ¿qué te parece si hacemos de cuenta que he estado aquí todo el tiempo? Que yo estaba aquí desde antes de que vinieras a acostarte ¿sí?

—Pero es mentira.

—Sólo haremos de cuenta. Tú tienes mucha imaginación, Shunrei—dijo, de pronto con un gesto serio deformándole el entrecejo y los labios—. Todos los días te imaginas que yo no te extraño, imaginas que no te quiero, que no te necesito y que hasta me pareces fea. Si puedes imaginarte todas esas locuras, entonces también puedes imaginar que he estado aquí todo el tiempo. Que estaré aquí toda la noche. Y mañana. Y pasado mañana también.

—Esto…es un sueño ¿verdad?

—Si…—suspiró él, decepcionado. A Shunrei le dio la impresión de que él había esperado que ella no lo dijera, al menos no en voz alta.

—Está bien.

Y por fin entendió todo. Pero mágicamente no lloraba, era como si en ese mundo onírico las lágrimas no existieran y sólo existieran las caricias, los besos y las frases que ella intentaba grabarse de memoria para poder rememorarlas más tarde, cuando él se fuera y ya no estuviera ahí.

—Debería estar llorando. Siempre lloro—murmuró ella para sí misma. No se había dado cuenta que lo había dicho en voz alta sino hasta que Shiryu se detuvo y la miró con una sonrisa tierna.

—Este también es mi sueño, Shunrei. —Sonrió, pegando sus frentes y retrasando el momento de un beso nuevo por una última oración—: Y en mis sueños…tú nunca lloras.

—Oh…—murmuró sorprendida, pero sonriendo—. Entonces hagamos de cuenta que yo nunca lloro y que tú nunca te vas.

Shiryu asintió con énfasis, reiniciando los besos, las caricias y las palabras que a ella tanto le gustaba escuchar. Pero de repente, las mejillas de Shiryu dejaron de ser suaves, su cuerpo dejó de ser cálido y sus cabellos dejaron de hacerle cosquillas en los hombros. Sus labios dejaron de ser dulces y pasaron a ser ásperos, rasposos. Shiryu de pronto se había convertido en un montón de plumas envueltas en tela de las que ella se aferraba, negándose a aceptar que había terminado.

Sus párpados se separaron y con una mezcla extraña entre frustración, coraje y tristeza, empujó la almohada, tirándola de su cama. Era ya la misma hora de siempre, en el mismo cuarto de siempre. La misma mesita de noche, la misma lamparita, el mismo armario, la misma cama y la misma ventana por la que el sol se metía sin ninguna autorización suya.

Se sentó y colocó los pies en el suelo, esperando sentirlo frío, pero no hubo ningún cambio.

Nada cambiaba.

Ahora iba a levantarse, prepararía el desayuno y lo tomaría con el maestro Dohko frente a la cascada. Él seguramente le hablaría de cosas muy interesantes que la distraerían un segundo precioso del recuerdo del Dragón, pero que invariablemente, por una u otra razón, terminaría con él como el protagonista de sus conversaciones.

Eso era ya de todos los días. La misma rutina que no lo incluía a él.

Extrañarlo ya era la rutina de todos sus días.

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