¿Por qué no?

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Estaba ciego.

Habían regresado a los Cinco Picos con la esperanza trémula de que el sabio y viejo Dohko le dijera, con un tono de reproche pero a la vez orgulloso, que tenía el remedio perfecto para ello y, sin embargo, su maestro le había dicho que no tenía manera de remediar su inminente ceguera.

El Dragón había aceptado sus palabras con un resignado asentimiento de cabeza, a la vez que Shunrei le decía que seguramente Seiya o alguno de sus amigos encontraría la manera de ayudarlo. Porque debían ayudarlo. Pero Shiryu lo dudaba sinceramente.

Sus ojos estaban dañados para siempre y no habría manera de arreglarlos.

En su habitación y aunque no podía escucharla por lo quieta y silente que ella estaba, Shiryu sabía que su adorada Shunrei no se había separado de su lado ni un segundo. En más de una ocasión, sintió la imperiosa necesidad de llamarla, de pedirle que lo abrazara y llorar con el rostro escondido en su pecho ante una realidad que lo superaba, que se le estaba escapando de las manos. Pero sabía que si hacía aquello, si él se derrumbaba, ya no habría nadie que la sostuviera a ella y se arrastrarían mutuamente en un vertiginoso espiral de depresión. Él debía ser fuerte, por ella, por sus amigos. Era un Santo de Athena, después de todo.

Pero ¿qué clase de Santo de Athena podía llegar a ser? Estaba lisiado, dependía totalmente de Shunrei y no podía dar ni tres pasos sin tirar o romper algún objeto. No podía ni siquiera tomar adecuadamente sus alimentos o siquiera acudir al sanitario sin estrellarse contra alguna mesa o la pared misma.

Se había inutilizado él mismo.

Shiryu no estaba seguro de que, mientras luchaba contra Argol de Perseo, estuviera realmente en sus cabales. No estaba seguro de que aquello que pasaba por su cabeza fueran pensamientos. Simplemente estaba desesperado por conseguir vencerlo, por salvar a Seiya y a Shun. Tuvo las ganas de darse por vencido y, sin embargo, lo mejor que se le ocurrió fue dejarse ciego cuando todos sus anteriores intentos se vieron frustrados por el Santo de plata.

El silencio, sumado a su oscuridad, lo hicieron sentir increíblemente solo. A lo lejos podía escuchar la cascada precipitarse sobre las rocas. Podía escuchar su furiosa caída y casi podría haber jurado que, en contraste, se oía la respiración tranquila y adormecida de su maestro. Un rayo de sol le calentó la piel de la mejilla y una brisa fresca se coló por la ventana, lamiéndole la piel.

—Hace un día maravilloso—murmuró Shunrei, fingiendo una alegría que no sentía—. Salgamos a dar un paseo.

Shiryu sintió la delicada mano sobre su brazo. Temerosa, rodeó el bíceps y le dio un jaloncito, pero entonces él ladeo el rostro en su dirección, a sabiendas de que no la vería de todas formas.

Shunrei era infinitamente amable, infinitamente amorosa y había sacrificado todo para quedarse ahí enclaustrada a cuidar de él. Ella ya no salía de la cabaña a no ser que fuera absolutamente necesario y dedicaba todo su tiempo a satisfacer todas y cada una de sus necesidades. No había reclamado nada, no había llorado ni una sola vez y no se había dejado arrastrar por el pesimismo. No como él. Cada día entraba a su habitación, le daba los buenos días acompañados de un beso en la mejilla. Shunrei podría parecer delicada cuando era más fuerte que el Santo de Dragón. Y a pesar de que Shiryu sabía que iba a ser egoísta, lo que dijo, lo dijo sin la mínima pizca de remordimiento.

—No quiero ir.

—¿Por qué no? —preguntó Shunrei, sonando como alguien a quien acaban de abofetear.

Shiryu estiró una mano hacia donde creía que estaba ella. La mantuvo extendida esperando pacientemente a que ella la tomara y cuando sintió los dedos cerrarse en torno a los suyos, la jaló hacia sí, casi tirándola encima suyo. Subió una mano y acarició la mejilla. Sintió el tacto de esa piel y por primera vez supo que esta no era tan suave como se veía.

También supo que cabello era tan suave como una pluma y que olía a flores. Nunca antes había notado todos esos pequeños detalles.

Shunrei tembló entre sus brazos y un sonidito de confusión y nerviosismo se le escapó por la comisura de sus labios cuando él la hizo sentarse sobre sus piernas. La abrazó y escondió el rostro en la curva de su cuello, quedándose ahí tanto tiempo como su corazón tardó en regresar a su ritmo natural.

—Te quiero—murmuró él en voz baja, sin atreverse a variar su posición.

Shunrei sintió que estaba a punto de desmayarse. Su corazón se aceleró y hasta dejó de pensar. Shiryu no recibió ninguna respuesta en palabras, sencillamente sintió el peso de la frente de ella sobre su cabeza, y el sonido de un llanto. También las lágrimas calientes que empezaron a mojar sus cabellos negros.

No dijo nada, ella había esperado todo ese tiempo para llorar. Él debía recompensarla dándole el simple consuelo de la presencia.

Había perdido la vista, ya era inútil para Athena en esas condiciones. Así que se permitió prometer que ya jamás se iría de los Cinco Picos, porque su Shunrei ya había esperado suficiente.

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Todos sabemos que Shiryu no cumplió esa promesa. Disculpémoslo pensando que en ese momento él creía que ya no sería útil para la diosa.