N/A: Esta viñeta está basada en el final de Do Cvidanja.
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Estrella fugaz
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Particularmente, Shunrei no era de esas personas que cada que ven una estrella fugaz piden un deseo.
Cuando ella era pequeña, apenas una niña de cinco o seis años, le gustaba sentarse en la cascada, junto al anciano maestro Dohko y mirar el cielo. Adoraba la manera en cómo ese hombre elevaba su dedo, señalaba las estrellas, le dibujaba las constelaciones y le contaba las viejas leyendas. Era feliz en aquella época y no necesitaba pedirle nada a las estrellas.
La vida es difícil, pero ella tiene todo lo que siempre quiso. Es cierto que perdió a su familia, pero ella era muy chica cuando se quedó huérfana, tan chica que ya ni siquiera recuerda los nombres o los rostros de sus verdaderos padres, así que tampoco puede decir que los extrañe mucho. Además, la vida sigue y Shunrei cree que al final del camino siempre hay una recompensa.
Como ya se dijo, ella creía que había una recompensa y una vez pensó que su recompensa había llegado cuando el viejo Santo de Libra la encontró y se la llevó consigo al sitio de ensueño que eran los Cinco Picos. Más tarde descubrió que esa no era la recompensa.
No lo tomen a mal. Shunrei de verdad cree que su nuevo y adorado padre es parte de esa gran recompensa que viene, pero definitivamente no la abarca toda ella. ¿Cómo llegó Shunrei a esa conclusión?
Gracias a las enseñanzas de Dohko, Shunrei cree en la magia y las criaturas mitológicas. Cree en hadas y ninfas y el día que conoció a Shiryu y escuchó un ligero murmullo de campanillas, pensó que las hadas o Afrodita o Eros, en todo caso, se estaban paseando por ahí, porque ella sintió claramente una corriente eléctrica recorrerla desde las uñas de los pies hasta la punta de su último cabello. Pura magia.
La siguiente vez que Shunrei vio a Shiryu, sintió que pasaban cosas muy extrañas en su estómago. Se sentía gracioso, eran como cosquillas y solían venir acompañadas de un sonrojo que le teñía las mejillas y le calentaba las orejas. Durante mucho tiempo, al menos hasta que cumplió los trece, creyó que era el hambre y el calor, porque casi siempre era a la hora de la comida cuando ella y Shiryu se veían nuevamente.
Cuando él consiguió por fin la armadura de Dragón, luego de esos largos y duros seis años, Shunrei no pudo evitar saltar sobre Shiryu y abrazarlo con toda su fuerza. Shiryu pareció recibirla encantado, porque desde antes de que ella se lanzara a abrazarle, los brazos de él ya estaban abiertos.
Shunrei sufrió mucho durante las guerras a las que Shiryu se marchaba. Era la fecha en que juraba, internamente claro, que su alma y corazón se habían pulverizado de pura desdicha en esos días y fue sólo hasta entonces, cuando el Dragón se fuera esa última vez a enfrentar a Hades, que supo que lo amaba y lo necesitaba como era necesario el respirar.
En esos días tampoco le pedía deseos a las estrellas, porque le habían enseñado que en el mundo que gira alrededor del Santuario y sus Santos, las estrellas que surcan el cielo y cruzan las constelaciones, significan la muerte de alguno de los guerreros. Y lo que más deseaba Shunrei era que ninguna estrella se acercara al Dragón ni por equivocación.
Cuando la guerra terminó, casi se sintió mal por la felicidad que la embargó cuando el Dragón volvió unos meses más tarde y le dijo que todo se había terminado. Cuando le dijo que sus amigos se habían marchado a distintas partes del mundo y que tal vez no volvería a verlos. No era que a Shunrei no le agradaran Seiya y los demás, pero no volver a reunirse, podría significar que no habría más guerras y que Shiryu no volvería a irse. Ojalá y cada uno de ellos se quedaran donde estaban.
Y, ciertamente, sí habían vuelto a reunirse, pero no por alguna guerra. Como llamados por una fuerza sobrenatural, Seiya fue el primero en llegar a los Cinco Picos, casi al borde de un colapso causado por la felicidad cuando les dijo que había encontrado a Seika. El siguiente fue Shun, que no había soportado la soledad y había decidido visitar a su amigo en China, llegando a encontrarse con la fantástica noticia.
Pocos días después llegó Hyoga, pero a todos sorprendió que Ikki apareciera de la maldita nada, alegando que todos eran unos egoístas por no invítalo a la reunión familiar.
Y mientras los cinco viejos amigos reían en la sala, la cascada sonaba a lo lejos y las estrellas cubrían el firmamento, Shunrei vio una estrella fugaz pasar y sonrió. No necesitaba pedir nada, porque su recompensa había llegado y todo lo que podría desea lo tenía ahí, consigo, a su lado.
Para siempre.
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N/A: ¿Alguien además de yo piensa que esta debió ser la viñeta final de esta colección? xD
