En la radio

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Frente a él, iba sentado un anciano delgado y encorvado, con el pelo ralo y casi tan blanco como las cataratas de sus ojos. Vestido con un abrigo desteñido y una bufanda rojísima cubriéndole hasta la nariz, no podía saber si estaba tarareando o si estaba hablándole a él. A su lado llevaba encendida una vieja radio de antena que coda tanto se desintonizaba y emitía un horrible ruido; pero la mayor parte del viaje compartieron la música de una estación nostálgica.

El anciano se revolvió en su asiento, acomodándose y Shiryu suspiró, sintiendo que su estómago ardía, los brazos le pesaban y la sensación malsana del miedo acrecentando con cada metro que recorría, sentado en el tren.

he estado pensando durante mucho tiempo, estoy comenzando a cambiar…—entonó una voz a través de la radio del anciano. Shiryu lo escuchó cantar un momento y después sopesó la posibilidad de pedirle al viejillo que apagara su aparato.

Temeroso como si estuviera por enfrentar a su más grande y poderoso enemigo, Shiryu se descubrió retorciendo sus dedos sin piedad, tronándolos y dejándoselos rojos. Tenía la cara echa un amasijo de miedo e incertidumbre agobiante, con los ojos vidriosos y pequeños bajo el peso de su propia culpa. Suspiró y se refregó la cara con las manos sólo para evitar continuar con el castigo injustificado que les infligía, pero tan pronto sus manos se separaron de su rostro, volvió con el mismo suplicio a sus falanges y articulaciones.

Una parte de él quería bajar del tren que avanzaba con lentitud y regresar por donde había llegado, no le importaba tener que caminar los cientos de kilómetros de vuelta a Japón. O de regreso a Grecia. No importaba mientras no siguiera avanzando hacia allá, hacia los Cinco Picos.

Shiryu no sabía con qué cara y con qué valor iba a presentarse frente a Shunrei. No sabía qué iba a decirle y tampoco estaba seguro de que ella siguiera esperando ahí, donde él la había abandonado antes. El Dragón ni siquiera se había ocupado de dejar tras de sí una promesa incierta de que volvería, ni siquiera había tenido la decencia de pedir perdón.

Y se atrevía a volver.

—…creer que seremos como un cuento de hadasy viviremos felices por siempre…insistió la voz de la radio.

Él no supo cuándo, pero en el momento en que sabor saldo le llenó los labios y el ardor de los ojos le obligó a cerrarlos, Shiryu se dio cuenta que lloraba. Lo hacía en un silencio discreto, no sollozaba y las lágrimas, ardientes y saladas, arrastraban a su paso con cada una de sus defensas, de las raídas raíces de su valor. La voz de la radio seguí insistiendo con aquello de los cuentos de hadas y de vivir felices, con aquello de protegerse y el Santo siguió llorando.

Lloraba por perjuro, por mentiroso, por pusilánime y lloraba ante la incertidumbre de si Shunrei aún lo esperaba.

Ante el temor de que ella hubiera dejado de amarlo.

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N/A: La canción a la que se hace referencia es "Tong Hua" de Michael Wong.