Cuando todo falla
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Si Shiryu se esfuerza un poco, puede recordar casi con exactitud fotográfica, los grandes ojos, azules como el cielo y brillantes como el sol reflejado en el agua del río. Puede perfilar el contorno de las largas pestañas negras y si se esfuerza otro poco, puede casi ver las cejas delgadas y curvas.
Si se esfuerza mucho, puede distinguir en la oscuridad la silueta menuda, delgada, frágil, de un cuerpo blanco y con algunas manchas de pecas que atraviesan su nariz como un reguero de gotas de miel. Y si, casi con pesar, hace trabajar a su memoria con tanto esfuerzo que le duelen las sienes, puede recordar cómo se veían sus mejillas cuando sonríe, con los labios finos y rosados.
Las cosas se vuelven difusas mientras el tiempo pasa. Cegado por su propia mano y ya rotas todas sus esperanzas por recuperarse, Shiryu intenta no flaquear ante su discapacidad, intenta no sentirse inferior, intenta no saberse inútil para las tareas más básicas. En cambio, pasa su tiempo intentando recordar las cosas que antes veía, intenta visualizar la cabaña y sus adornos, la cascada y su verde vegetación, pero con el tiempo las formas se vuelven diáfanas y los colores se distorsionan. Pero si Shiryu se esfuerza muchísimo, aún puede ver cada detalle de Shunrei y eso, aunque poco, aún lo mantiene cuerdo.
Aún le da esperanza.
