Resistiendo el impulso

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Shunrei se preguntó muy seriamente, casi sin su habitual inocencia infantil, qué era lo que realmente había esperado durante todos esos años de Shiryu. Ella sabía que él había llegado a Rozan para convertirse en Santo, para pelear batallas, morir en guerras y no sabía qué serie de pensamientos estúpidos la habían orillado a creer que él nunca se iría de ahí. Que nunca partiría a cumplir con su deber.

Con los años, se había formado una historia en la cabeza, en la que ella y él vivían una vida de ensueño, allá en su casita en las montañas, cultivando su huerto y criando a sus rollizos hijos. Pero esos eran los sueños de una niña estúpida y había sido el mismo Shiryu el que la había despertado de una patada.

Siempre que lo veía marcharse le surgían las ganas irrefrenables de suplicarle que no lo hiciera, de pedirle a cambio de lo que fuera que se quedara con ella; pero aún si cedía al impulso, Shunrei sabía que era en vano. Él tenía demasiado honor, era demasiado fiel y nada de lo que pudiera decir iba a detenerlo. Ella debía conformarse con rezar y esperar.