Un mal consejo
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Llevaban toda la mañana buscando a Shun, desde que al despertar, notaran que no se encontraba en la mansión. Shiryu lo había encontrado en el malecón, sentado en una banca y con la mirada perdida en el horizonte. El muchacho tenía una ramita de cerezo en su mano, que mareaba entre sus dedos sin mucha atención de lo que hacía.
En silencio y tratando de no perturbarlo, Shiryu se sentó junto a él y se quedó ahí, quieto.
—Iba a volver por la tarde—le dijo Shun, suave y casi como una disculpa.
—Lo sé—respondió Shiryu, sonriéndole.
Con un suspiro que podrían haber escuchado las sirenas en la Atlántida, el muchacho continuó mirando hacia el horizonte, donde el sol se reflejaba en el mar y lo obligaba a entrecerrar los ojos, deslumbrado. Después de un rato, volvió a mirar al Dragón y le puso una mano en el hombro para llamar su atención.
—Vete, Shiryu—dijo, tomando por sorpresa al otro, que sólo supo elevar las cejas con incredulidad—. Algo va a pasar, lo presiento. Algo grande…algo…muy malo.
—¿Una guerra? —Shun asintió, olvidando por un instante que Shiryu no lo veía.
—Quizá…deberías irte—repitió, insistente—. A China, es decir. Quédate allá, con ella, hasta entonces.
—¿Por qué?
—Porque de está no volveremos…
