Antes del amanecer

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Como si fuera un aroma purificador, Shiryu aspiraba tan profundamente como le era posible, el aroma de la tierra mojada, metiéndose en los pulmones el aire gélido de la noche y el aroma suave y agridulce del agua contra la tierra y el asfalto. La lluvia en Japón era distinta a la de China y, más distinta aún de la lluvia de los Cinco Picos.

En medio de la noche y con un frío de los mil demonios, Shiryu se había quitado el abrigo, abandonándolo a medio camino entre la puerta de la mansión y la calle, recibiendo la fuerte lluvia en la piel desnuda de los brazos y la cara. El cabello lo tenía tan mojado que se le pegaba al cuerpo y en algún momento que no notó, la lluvia se transformó en granizo y el vendaval pareció furioso de que él estuviera ahí, como si la tormenta fuera un fresco rocío veraniego.

Un relámpago surcó el cielo negro e iluminó la figura esbelta de Shunrei. Lo miraba desde la puerta abierta de la mansión, refugiada de la tempestiva lluvia y envuelta en un abrigo que le quedaba grande. Ella nunca había entendido aquello, lo de la lluvia. Pero de todas formas le gustaba mirar a Shiryu mojándose, porque era entonces que parecía más feliz que en ningún otro momento. Se le veía tan relajado, tan contento, que casi se sintió estúpidamente celosa de un montón de agua.

—¡Ven! —le gritó Shiryu desde la calle, haciendo un movimiento de mano. Shunrei negó y se arrebujó más en su abrigo—. ¡Ven! —volvió a gritar, aquella vez acercándose con una sonrisa traviesa.

Shunrei soltó un gritito cuando el muchacho la jaló de la muñeca, le arrebató el abrigo y la llevó a donde estaba él antes. La lluvia la empapó en un segundo, y el frío la hizo temblar. Shiryu rio y la abrazó, dándole vueltas en el aire.

Shunrei nunca había entendido porqué a Shiryu le gustaba tanto la lluvia, ni porqué le fascinaba mojarse en ella. Aun así y tras acostumbrarse, terminaron persiguiéndose por la calle, echándose agua como si aquello pudiera mojarlos más y gritándose bromas acalladas por los truenos y la lluvia furiosa.

Tras los edificios y las lujosas casas, una tripa de luz anunció el amanecer y la lluvia se volvió apenas un chipoteo inocente hasta que terminó por extinguirse. Shiryu pareció entristecerse de que la lluvia se terminara, pero no dejó de sonreír el resto del día.