Castillo de Arena
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Al final del cuarto día en que Shunrei había ido a ver el Santuario de Athena por primera vez, ella había aprovechado que Shiryu tenía que reunirse con la diosa para rondar por aquel sitio por su cuenta. Comparado con las Casas del Zodiaco o el Coliseo; el resto del Santuario no era en absoluto impresionante por su arquitectura. Era un lugar llano, arenoso y envuelto en una multitud de acantilados y cañones de piedra arisca; salpicado por ocasionales villas pobladas por aprendices o por soldados menores. La pequeña villa de Santos de Bronces y Plata estaba muy al norte y la de Amazonas, más al norte aún; o era al menos eso lo que Seiya le había contado un par de días atrás.
Con los pasos ligeros y silenciosos de un gato, Shunrei descubrió un camino que la llevó a la playa, ahí donde un bosque moría y desembocaba en una suave alfombra de arena. Sus pies se hundieron en ella cuando la pisó corrió hasta el agua, mojándose los pies y, como una niña pequeña, se dedicó a juguetear en ella durante un largo rato. Construyó una tortuga de arena que el mar rápidamente le destrozó, ella soltó un gritito de reclamo, como si aquello pudiera hacer sentir avergonzado al mar por semejante grosería. Pero dado que el mar no mostró ningún síntoma de culpa, ella optó por alejarse un poco más de la marea. Su segunda tortuga la protegió con una muralla alta y después le hizo una atalaya de vigilancia. Con una mueca, levantó un torreón y después otro; uno más y otro más. Al final, cuando los brazos le dolían por tanto acarrear arena, agua, aplastar y construir; su tortuga estaba ya protegida por un fuerte que casi lucía inexpugnable; con sus altas murallas, un foso y hasta un puente que unían dos alas del castillo y pasaba por encima de la tortuga; echo con ramitas y madera de deriva.
Shunrei sonrió con satisfacción y se sentó al lado de su poderosa construcción, mirando hacia el cielo.
—Ese es un rey tortuga muy imprudente—le dijo una voz a su lado. Ella volteó el rostro para mirar a Seiya, que se acercaba arrastrando los pies en la arena.
—¿Imprudente? —murmuró ella. Conocía a Seiya mejor que al resto de los amigos de Shiryu; con su inacabable jovialidad y aquella personalidad tan arrolladora, era el que no había tenido ningún inconveniente en saludarla en cada ocasión y hablar como si no se cansar nunca. A ella le agradaba mucho, aunque a veces la aturdiera con su hosco buen humor.
—La puerta no es lo suficientemente grande para que pueda salir. —La risa de Seiya ante la expresión de la chica y su creciente sonrojo, explotó como una granada, llenando la playa y contagiando a la muchacha que parecía un faro de lo roja que estaba.
—Qué tonta…—murmuró ella al final de la risa. Seiya no supo si se refería a la tortuga o a ella misma.
Cuando se sentó a su lado, Shunrei había ya regresado la mirada al cielo, por lo que él la imitó.
—¿Qué tanto miras?
—¿Ves esas estrellas de ahí? —le dijo, dibujando con su dedo la forma en el cielo. Seiya miró hacia arriba y sonrió.
—Es el Dragón—afirmó, llevándose los brazos a la nuca y dejándose cae en la arena.
—Si—murmuró sorprendida.
—¿Qué? Marín me metía zendas palizas si me olvidaba el nombre de una maldita estrella—. Rio y tras aclararse la garganta guardó silencio. Shunrei lo imitó y siguió mirando hacia la constelación, que aquella noche brillaba justo por encima del horizonte trazado por el mar—. Siempre quise algo así, ¿sabes?
—¿El qué?
—Alguien que trasnochara buscando mis estrellas y mirara mi constelación con tanto…—suspiró.
—Alguien las mira—le dijo—, alguien les reza…— Pero antes de que pudiera decir cualquier cosa, la voz de Shiryu llamándola la distrajo y Seiya no parecía interesado en indagar el nombre de quien Shunrei mencionaba.
Shiryu llegó a la playa con una de sus sonrisas que la desarmaban y tras despedirse de Seiya, ambos se encaminaron a la cabaña que les servía de hospedaje mientras estuvieran ahí. La chica se dejó conducir bajo el abrazo del Dragón, apenas logrando dirigir una mirada a Seiya, que los veía alejarse con una sonrisa tristona.
Shunrei podía ser recatada y tímida, pero no era ninguna tonta. Le habían bastado unos pocos días en el Santuario para darse cuenta de todo lo que Saori sentía por su fiel Pegaso y que, además, era mutuo. Era un amor demasiado intenso, tan fuerte y profundo, que Shunrei casi se sintió perturbada e impresionada de que nadie más lo supiera.
Seiya le hizo un gesto de despedida con la mano y volvió a echarse en la arena. Fue allí que ella se dio cuenta que él si sabía; que sabía que Saori le amaba con tanto fervor como él a ella y también supo con tristeza que ambos sufrían frente a lo imposible. Lo impensable.
—¿De qué hablaban? —le preguntó Shiryu cuando estuvieron lo suficientemente lejos de Seiya.
—De estrellas—respondió ella—. De lo afortunada que soy…
—¿Seiya te ha leído la mano? No le creas nada, es un charlatán—. La risa que Shiryu intentó ahogar cuando Shunrei le dio un golpecito en el brazo, fue un infructuoso intento, pues un instante después, se le escapó de entre los labios. Shunrei se le escurrió de entre los brazos y echó a correr entre risas, perseguida por el Dragón que fingía no poder derribarla y la dejaba ganar en los breves forcejeos.
