Nunca lo olvidaría

.

.

El día de su séptimo cumpleaños, Shiryu lo pasó como había pasado cada día de aquel año tan largo y duro. Entrenó hasta que los músculos de los brazos le ardieron, las piernas le flaquearon, el aliento no le alcanzó y escuchó su corazón latirle en los oídos. Ni siquiera el momento teórico significó descanso; se había sentado junto al viejo maestro, mirando la cascada mientras lo escuchaba hablar sobre dioses, fuerzas divinas en guerra, criaturas mitológicas y otras tantas cosas que aturdían la mente todavía infantil del muchacho. Con frecuencia, al final del día, se sentí estúpido por no comprender a profundidad las historias del maestro y siempre cometer errores durante el entrenamiento.

El día de su séptimo cumpleaños, Shiryu lo había olvidado. No sabía ni siquiera en qué mes estaba viviendo, por lo que no le prestó mayor atención al asunto. Pero al final del día, cuando Dohko le permitió irse a descansar luego de un arduo estudio de las estrellas, el niño lo recordó de golpe. Se detuvo a sólo unos pasos de la cabaña y suspiró nostálgico y entristecido. Si Seiya hubiera estado ahí, nadie lo hubiera olvidado, ni siquiera él mismo. Habría gritado, cantado y hecho bromas, jalando consigo al resto de los niños en un festejo improvisado.

Cómo extrañaba a Seiya.

Suspiró una vez más y salvó los pasos que le faltaban hasta la cabaña. Entró con cautela, cuidándose de no hacer ruido para no despertar a Shunrei, quien con seguridad dormía a esas horas. Avanzó hasta su diminuta habitación y cuando estaba por entrar, se detuvo con el aliento arrebatado.

La pequeña Shunrei estaba acostada en su cama, profundamente dormida. A su lado, en una improvisada mesa hecha con una tabla y dos sillas, se encontraba una diminuta tarta casera, estaba algo dispareja, poco esponjada con todo y su betún enrulado en la cima a punto de derretirse. Al lado del pastelito había una caja igual de pequeña, envuelta en papel marrón y con un lazo de cáñamo por moño, enfrente de todo eso había una hoja de papel.

Recuperándose de su conmoción inicial, Shiryu se acercó al lugar para tomar el papel; era un dibujo echo con crayones del maestro Dohko, Shunrei y él en lo que aparentaba ser la roca frente a la cascada, debajo, con símbolos chinos de esmerado trazo que debieron tomar a la niña varios minutos, decía: "Feliz día". Shiryu sonrió, miró a la niña durmiente y se aguantó las lágrimas por puro orgullo.

Dejó el dibujo a un lado y abrió la caja, teniendo cuidado de no romper la envoltura. Era una pulsera tejida a mano, verde y azul sin mayor adorno; Shiryu había visto a Shunrei haciéndola sin que ella se diera cuenta, había intentado esconderse y había pasado días esmerándose en que el hilo estuviera bien encerado y la trenza quedara derecha. Se la puso, rodeando su muñeca izquierda, le venía algo grande pero ya vendría el día en que le quedaría bien ajustada. Probó el pastelito con una mordida cautelosa; pese a su mala pinta, tenía un sabor agradable.

Sonrió otra vez.

Se acercó a la cama, acariciándole el cabello a la niña con afecto. De repente se dio cuenta que lloraba y se refregó los ojos con fuerza, sin poder dejar de sonreír. Tras un rato en el que siguió contemplándola, se acostó a su lado y se dejó arrastrar por el sueño.

Un agradable latido de corazón le inundó justo antes de dormirse por completo.

El día de su séptimo cumpleaños, Shiryu nunca lo olvidaría.