Lo que siempre había deseado
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Cuando, segundos antes, Shunrei lo envolvió con sus brazos con toda la fuerza que le permitían sus delicadas extremidades, por un instante fugaz creyó que se doblegaría, que su voluntad se acababa ahí y no iba a poder sacar el valor suficiente para alejarse, para acudir al llamado de su deber.
La mano con la que separó de su pecho la de Shunrei le temblaba, la garganta se le secó y fue incapaz de decir cualquier cosa. Aquella vez, mientras se alejaba y la dejaba atrás, llorando y destrozada, no pudo ni siquiera decir su consabido "perdón", simplemente no pudo.
Shiryu de Dragón lo sabía, siempre lo supo, que aquello que deseaba era una estupidez. Nunca iba a ser. Era inútil desearlo con tanto fervor porque simplemente no iba a pasar. Punto. Los guerreros que peleaban por los dioses morían jóvenes y, en todo caso, no era correcto que un hombre de Atenea fuera a la guerra preocupado por esposas e hijos. Su deseo, egoísta, era incorrecto.
Se alejó, aguantándose el llanto. Armándose de valor.
Shiryu acudió a su deber. Marchó a la guerra contra Hades dejando tras de sí lo que siempre había deseado. Lo único.
Su deseo prohibido.
Peleó intentando sacarla de su mente. Subió por las Doce Casas intentando no recordarla. Mientras rompía el equilibrio de las dos Exclamaciones de Athena sólo tenía su imagen como único pensamiento.
Deseó dejar de desear. Porque moriría en esa guerra y la había dejado atrás sin decirle todo aquello que ardía en su alma.
