En la palma de su mano
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No debería quererte. No debería sentir esto que me carcome por dentro ni debería sentir que desfallezco cuando dices mi nombre. No debería amarte porque ningún guerrero elegido por los dioses es longevo y tú deberías estar con alguien común, con alguien que pudiera protegerte sólo a ti, cuya prioridad seas tú. Mereces a alguien que te adore, que te ame y que no tenga nada que deberle a ninguna divinidad. No debería amarte, Shunrei y, sin embargo, aquí estoy, amándote.
Pasas junto a mí y me estremezco. Tu sonrisa me desarma y la risilla inocente suena como el coro celestial. Te inclinas y me besas, y si no fuera yo un Santo de Atenea, si no fuera yo un héroe de guerra ni una leyenda, gritaría de emoción y después desfallecería.
Te amo por esos ojos brillantes.
Te amo por el olor dulce de tu cabello
Te amo porque, aún con todo lo que te he hecho sufrir, aún rezas por mí. Aún me recibes con la emoción de la primera vez. Aún me amas.
Porque todavía me estremezco cuando te acuestas junto a mí en la cama. Porque ya no puedo pretender que mi cuerpo, mi mente, mi alma, mi vida, te perteneces. Daría lo que fuera por verte sonreír para siempre.
Y temo. Tengo miedo y a veces no puedo dormir, pensando en que el día siguiente podría ser llamado de nuevo, podría haber una nueva guerra. Que una vez más tenga que irme, tenga que abandonarte y te haga llorar, otra vez. Pero es mi deber, es mi condena y mi bendición, porque he enfrentado peligros que no te imaginas sólo para proteger, a ti, a nadie más. La humanidad, Atenea y el mundo son sólo una excusa.
Siempre has sido tú la razón por la que sigo luchando. Porque si algo te sucediera no quedaría nada de mí.
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