Espléndidos días

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La armadura de Dragón se tomó su tiempo para surgir de su lecho de descanso, desarmarse y volverse a armar sobre el cuerpo de su nuevo protegido, resplandeciendo y vibrando, con orgullo y algo que se le parecía mucho a la alegría.

Shiryu sintió cosquillas sobre la piel cubierta, junto a un calor vibrante que le reconfortó. Admiró el escudo, las muñequeras, el peto. Miró los detalles finos del casco y casi se sorprendió de lo pulida que estaba la superficie, en la que podía distinguir su reflejo como si fuera un espejo. Soltó una exclamación y su sonrisa parecía no querer abandonarlo nunca más. Elevó la vista hacia su maestro, que le sonreía con orgullo, ensanchando la propia sonrisa y elevando el puño al cielo, mostrando el escudo de la armadura. Dohko rio y Shiryu sonrió un poco más.

Shunrei había estado ahí todo el tiempo, apenas notada por el viejo maestro, esperando pacientemente a que la euforia del joven Dragón amainara un poco. Esperó largos minutos con una sonrisa tímida hasta que el muchacho separó, por fin, los ojos de la armadura para posarlos en ella. Se miraron y aunque Shunrei le sonrió amplio, Shiryu dejó de sonreír; componiendo la expresión como si le hubieran tirado hielo a la espalda.

Ella no supo que pensar ante el repentino cambio de ánimos que tuvo el otro, se acercó dos pasos y después trotó hacia él para abrazarlo, pero, aunque se forzó la sonrisa, algo había cambiado repentinamente.

De un momento a otro Shiryu fue plenamente consciente de que ahora era un Santo de Athena en todas las de la ley. Tenía una armadura y de ahora en adelante sería Shiryu de Dragón, Santo de Bronce, al servicio de Athena y protector de la humanidad. Fue dolorosamente consciente de que ya nada sería como antes. Hacía tan sólo unas horas era sólo un muchacho huérfano llegado desde Japón que tenía una meta impuesta; ahora lo había logrado, había llegado más lejos de lo que él mismo había imaginado y no sabía cómo enfrentarse a eso.

¿Qué seguía ahora? ¿Volvería a Japón a reunirse con sus viejos amigos como había prometido hacía seis largos años? ¿Se quedaría en China a esperar paciente la guerra? ¿Iría al Santuario?

Se paralizó frente a la incertidumbre. Quieto, muy quieto, como si quisiera que el tiempo no notara que él estaba ahí y lo arrastrara en su avanzar. No escuchó los preocupados llamados de Shunrei ni las preguntas de Dohko, inmerso en sus pensamientos.

Era un Santo de Athena y ya no podía jugar con Shunrei en el río. Era un Santo de Athena y ya no podía dejar que Shunrei le trenzara el cabello ni le peinara con flores. Era un Santo de Athena y ya no podía dejar a Shunrei montar a su espalda. Ya no podía darle vueltas en el aire, ni perseguirla fingiendo que era más veloz que él. No podía pasear con ella en las madrugadas, ni construir castillos con piedras, ni ayudarla a adornar los pasteles para el viejo maestro. Pero sobre todo, entendió que ya no podía prometer.

No podía seguir prometiendo que viviría muchos años. No podía prometer que se casaría con Shunrei cuando fueran mayores ni podía seguir prometiendo que ella era lo más importante en su vida.

Era un Santo de Athena y su vida entera, se acababa ese mismo día.

Ya no podía volver, a aquellos días.

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