A su lado

.

.

Temprano en la mañana, antes de que el Sol comenzara a despuntar por el horizonte, Shunrei se había levantado para tener el desayuno listo. Todo fuera para que Shiryu no se fuera a trabajar la tierra con el estómago vacío, lo que hacía cada que ella, agotada, no despertaba a tiempo y en rotundo se negaba a que no tuviera ni un mísero plato de arroz en el estómago.

Hacendosa, se apresuraba a cortar verduras y a cocer arroz, mientras avivaba el fuego de los leños de su estufa. Tan concentrada se encontraba en esto que el repentino sonido de un llanto la asustó tanto que casi se cae de espaldas. Se quedó rígida como una columna y aguzó los oídos con plena atención, olvidándose de sus leños y su arroz. No escuchó nada, pero estaba segura de haber oído un ligero llorar.

Intentó regresar su atención a la comida, pero no pudo dejar de pensar en lo que había oído. Suspirando, abrió la puerta de la cocina, que daba al patio en que tendía la ropa, y asomó la cabeza con cautela. Volvió a concentrarse y entonces volvió a oírlo, débil, diáfano y lejano, un llanto de bebé. Asustada y llena de sorpresa, dejó caer el abanico con que avivaba el fuego y salió corriendo de la casa, casi con desesperación, en la dirección en que provenía aquel sonido. Corrió y corrió, mirando a su alrededor y tratando de distinguir algo entre la penumbra de la madrugada hasta que, finalmente, dio con el origen de aquellos sollozos.

Ahí, en medio de la tierra húmeda y el césped salvaje se encontraba un bebé de apenas unas horas de vida. Todavía estaba húmedo de placenta y el ombligo le colgaba de la barriga con un torpe nudo de cuerda al final. No tenía ningún cobijo y parecía haber sido dejado ahí con toda la intensión de que muriera. Shunrei sintió sus ojos aguarse, mientras lloraba, se sacó el abrigo para envolver con él a tan desvalida criatura. Lo acunó entre sus brazos y le susurró palabras tranquilizadoras, todo ello con la voz en un hilo y las mejillas empapadas de lágrimas.

Corrió con él de vuelta a la cabaña y, haciendo a un lado la olla del arroz, se sentó frente a la estufa, frotando al niño para devolverle un poco del calor perdido.

Shiryu apareció entonces, somnoliento y aturdido por los extraños susurros de Shunrei.

—¿Qué sucede? —preguntó con verdadera preocupación. Shunrei estaba encogida sobre sí misma, susurrando y meciéndose delante de la estufa, peligrosamente cerca del fogón.

—¡Shiryu! —exclamó ella, levantando la cara y mirándolo enajenada de desesperación y llanto— ¡Se muere!

De entre los brazos de ella, encogido y como dormido, Shiryu pudo distinguir al recién nacido. Sorprendido, con cientos de preguntas amontonándose en su cabeza, pero con la urgencia de hacer algo para evitar que muriera, se acercó con velocidad, casi arrebatándoselo a Shunrei de las manos, para acunarlo entre sus brazos. Ahí, el niño parecía diminuto, con sus labios azules, su piel blanca y quebradiza como un papel, Shiryu sintió que se le encogía el corazón.

El Dragón encendió su cosmos, envolviendo con él a aquel ser, cuya respiración era apenas perceptible. Lo calentó en medio de un espectáculo de fluctuaciones de luz y color. Cuando su cosmos fue invisible para los ojos de Shunrei, una sonrisa de alivio se había adueñado de su rostro.

—¿Cómo lo llamarás? —preguntó el Dragón, devolviéndole al niño para que lo aseara.

—Shoryu…

Shiryu pasó por alto el obvio parecido con su propio nombre y se limitó a sonreír, siguiendo a la jovencita por la casa, ahora inusualmente feliz.

.

.


N/A: Ésta viñeta está basada en lo que aparece en Next Dimension, donde Shiryu trabaja sus tierras y cuidan de su "hijo", al que posteriormente se aclara que Shunrei "encontró" en el bosque.