Frente al espejo.

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Toda su vida había sido criado para representar al menos la media de lo que debía ser un guerrero al servicio de los dioses. Había entrenado arduamente, resistido los peores climas y sobrevivido a terribles enfermedades, dolencias y a varios huesos rotos desde una edad en la que la mayoría de los niños se dedican a jugar en sus jardines y lloran ante el menor raspón. Con el tiempo se había convertido en un Santo respetado, ejemplar, y se recordaba a sí mismo portando su armadura con desfachatada vanidad, casi impropia hasta para un Santo de Athena.

Dohko tenía doce años el día en que se convirtió en Santo de Libra, en medio de un despliegue de poder y habilidades que dejaron extasiados a varios cientos de espectadores y le valió el respeto de sus compañeros de rango, todos ellos mucho mayores que él o al menos hasta que Shion obtuvo su derecho a la armadura de Aries. A los trece años de edad, Dohko había matado a su primer hombre y ya había olvidado lo que era ser un niño, de hecho, el sólo concepto lo ofendía. Detestaba a los aprendices, sus risas, sus voces chillonas y sus lloriqueos tan agudos que sentía que los tímpanos le explotarían en cualquier momento. Ni siquiera los miraba cuando se cruzaba a alguno y si se le interponían en el camino, no tenía problema alguno con pasarles por encima.

Cuando cumplió catorce años re-descubrió a su cuerpo y se encontró con aquellas necesidades físicas de las que su maestro jamás le había hablado y con las que no sabía enfrentarse por completo. Comenzó a notar las formas de las mujeres y, en general, sólo las notaba más. Aquello no le gustaba, para él en aquella edad tan tierna, las mujeres representaban más un problema. Siempre tan viscerales, siempre controladas por sus emociones y propensas a la insurrección. Las había conocido leales y devotas, pero hasta eso le parecía chocante en ellas. Durante poco más de un año, se mantuvo alejado de cuanta figura femenina se cruzaba y logró tener a raya aquellas nuevas necesidades y aquellos extraños sentimientos.

Poco después de cumplir quince años conoció en Rodorio a una linda joven de aspecto grácil y probablemente la criatura más bella que había visto. Bajo el cabello negro, tenía el cuello moreno de trabajar bajo el sol en su parcela y las manos calludas de tanto fregar trastos y ropa, pero Dohko la adoraba y al final tuvo que rendirse ante aquellos sentimientos que con tanto fervor deseaban ser escuchados. La rondó durante un tiempo hasta que se decidió a dirigirle unas palabras, después la ayudaba a cargar sus compras y a veces hasta la ayudaba a labrar la parcela de las verduras. Un tiempo después conoció a su padre, un hombre amable, pero increíblemente huraño que no tardó en exigir explicaciones respecto a sus intenciones con su hija.

Dohko la pidió en matrimonio y ahí empezaron los problemas.

La vida de un hombre al servicio de un dios ya no es realmente de él. Desde el momento en que se pisan los terrenos del Santuario la vida, el destino, todo en absoluto cambia y pasa a ser propiedad y diligencia de la divinidad. Dohko le pertenecía a Athena y aquello no lo entendieron ni su joven prometida ni sus padres que cada vez se ponían más tensos cada que él se marchaba a alguna misión sin la promesa de volver con vida.

A sus dieciocho años, cuando Hades despertó de su letargo e inició la guerra por la que tantos años se había estado preparando, él estaba en el pueblo, sentado frente a la fuente de centro mientras escuchaba a su linda prometida ponerlo al día de todo aquello que se perdió durante su ausencia en una misión. Lo sintió en un instante, el cosmos divino, poderoso y terrible del dios de la Muerte elevarse como una explosión. El cielo se oscureció y una lluvia de estrellas bañó el cielo en dirección al Santuario.

—No vayas—suplicó ella, envuelta en llanto al leerle las intenciones de partir. Ya antes le había solicitado aquello y ya antes la había dejado atrás llorando, pero en aquel momento supo que esa era la última vez que se verían. Que si se iba, probablemente no vivirían para contarlo.

Dohko ni siquiera se molestó en dar explicaciones ni en jurar nada. Sólo la miró un momento y al siguiente segundo desapareció de su vista para siempre.

La batalla fue terrible y aunque sobrevivió, el Santo de Libra se marchó casi tan pronto terminó la guerra hacia China. No quiso comprobar cuantos ni quiénes eran los muertos civiles de los pueblos aledaños, se marchó como un espíritu a cumplir con su misión pero vuelto un hombre diferente. Con el paso de los años, comprendió el valor de los sentimientos, entendió que su vida no le pertenecía a él para vivirla y también empezó a extrañar a los aprendices, a sus ruidos y sus banales conversaciones.

Shunrei fue una bendición y Shiryu un orgullo.

Y él estaba ahí, sentado en su perpetua roca. Vigilante, pero no le prestaba atención a la cascada, en cambio veía el desarrollo de la escena que estaba delante de sus ojos.

Allá, delante de él, Shunrei lloraba porque Shiryu se marchaba al Santuario. Ciego, herido, pero leal como Dohko le había enseñado a ser. Como era lo correcto. Shiryu pidió perdón como si lamentara ser la razón por la que ella lloraba, pero no se detuvo y sin darle una sola palabra de consuelo, sin prometer volver, se marchó.

Dohko estaba ahí, viendo partir a su reflejo.

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