Cuatro paredes

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Shunrei se había mostrado extasiada cuando vio regresar a Shiryu de aquella última guerra. Había corrido, llorado, gritado y se mostró incontenible de felicidad. Pero en poco tiempo aquello había cambiado de manera inimaginable. Era impresionante la diferencia que había entre la mujer que recibió a Shiryu en aquella ocasión, a la que ahora se encontraba ahí sentada, despidiendo conformismo.

Ella, desde la infancia a la adolescencia, había amado a Shiryu como hombre. Había sido su anhelo y su deseo inalcanzable, siempre quedándose con las migajas de un cariño fraterno producto de la convivencia y el honorable deber de proteger a la familia. Siempre deseando ser amada como mujer, no como hermana. Amada como ella lo amaba a él.

Pero nada había sido como esperaba. Shiryu había vuelto por mero deber, por pura culpa y porque había prometido al maestro Dohko cuidar de ella. Jamás iba a verla como la mujer que era, jamás la amaría y en el siguiente llamado a la batalla, se iría de China sin mirar atrás, sin detenerse por ella.

Qué estúpida había sido.

—Me iré ya al trabajo—anunció la voz de Shiryu con serena alegría. Ella asintió, forzando una sonrisa. Él le sonrió con ternura—. ¿Es que has llorado otra vez, pequeña?

Shiryu se acercó a ella, le acarició los cabellos con cariño y le plantó un ligero beso en la frente. Él creía que su tristeza era por causa de la muerte del anciano Santo de Libra, por su repentino abandono del que ni siquiera tuvo oportunidad de despedirse. Pero era mejor así, que siguiera creyendo aquello para que no se alejara de su lado al menos en un tiempo. Ella le apretó una mano con sus dedos delgados y le dio un beso en la mejilla, tímido, apenas un roce. Lo más cercana que estaría nunca de su boca.

—Ten un buen día—. Shiryu asintió, le dio una palmada juguetona en la mejilla y salió al campo cargando todas sus herramientas.

Shunrei comenzó a llorar. Era siempre lo mismo. Después de dos años y de aquellos escasos contactos donde sentía todo eso que con frecuencia deseaba dejar de sentir: dolor, amor, tristeza, ternura, añoranza…

Si fuera un poco más valiente le habría pedido a Shiryu que se fuera o ella misma se habría ido. Habría buscado a alguien que pudiera corresponder a sus sentimientos y quizá tendría un poco de felicidad auténtica, pero Shunrei era débil y no podía concebir su mundo lejos del Dragón. Se conformaba con tan poco y se obligaba a sí misma a permanecer ahí, confinada en su cabaña, a su rutina y a su dolor.

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