Aclaraciones & advertencias: Violencia y sangre. OoC, y uno de los capítulos más cortos de este fic, 2,607 palabras aproximadamente. Cronológicamente dentro de la historia, este "flash back"/ pesadilla de Hiashi tuvo lugar poco antes de la llegada de Hinata al clan Hyuga.
.
21
Efímera pesadilla
.
-O-
Mizuki era bella. Era amable. Era apacible. Hiashi gustó de ella desde la primera vez que la vio. Y la primera vez fue en aquella ocasión, que andaba de negocios con un cliente filipino, y éste, en el resguardo de su modesta casa, mandó a su hija a servir el té.
Y allí estaba ella, de largos cabellos de un profundo negro berenjena, una cara fina y blanca, y unos preciosos ojos café oscuro, que cuando se cruzaron con los de Hiashi, aquél pareció perderse en ellos y quedar conmovido por lo que miró: Ternura, un agradable calor; Mizuki destilaba ingenuidad y bondad. No era para menos, era por aquel entonces bastante joven, diecisiete años. De allí en más, Hiashi solía frecuentar la casa con la excusa de los negocios, aunque lo que buscaba era, a veces, únicamente la presencia de la chica, un cruce de miradas, un sutil roce de manos.
Su padre de Mizuki, que tenía un problema con las apuestas, le llegó a deber una considerable suma de dinero a los Hyūga; por ende, sabiendo el interés de Hiashi hacia su hija, la ofreció en matrimonio a cambio de liquidar sus deudas. Un matrimonio por conveniencia, algo bastante común todavía por ese entonces. Hiashi, sin pensárselo tanto, aceptó la oferta.
Con diez años de diferencia y siendo que ambos apenas habían cruzado siquiera palabra, Hiashi al inicio fue por demás, bastante amable y respetuoso con su nueva esposa. Ella era insegura al inicio de su matrimonio, pero intentaba ser agradable, Mizuki no tenía mucha opción. Cabía decir que ella no estaba de acuerdo con la unión, pero no le quedó de otra si con eso salvaba la vida de su desgraciado padre. Insatisfecha y resignada, la muchacha intentó acoplarse. Hiashi, por otra parte, podía ver que no era del todo feliz a su lado. Pese a todo, éste intentaba ganarse el afecto de la joven mujer con obsequios, flores y joyería. Hiashi complacía y consentía en exceso a Mizuki, y ella, al ser de clase baja toda su vida, se deleitó con ostentosos presentes. Quizá entre el dinero y el cariño que Hiashi le profesaba, fue que Mizuki se mostró más feliz a su lado; una clase de amor que nació a base de interés y objetos materiales, ¿podría ser acaso una buena base? A Hiashi no le interesó tal respuesta, sólo quería que su esposa lo aceptase y lo amase.
Mizuki, criada bajo los ideales machistas de su padre y de la sociedad que le rodeaba toda su vida, procuró ser la esposa modelo, siendo sumisa, tierna y amable. Entonces, Hiashi creía que por fin se había ganado el afecto de su esposa, cuando ésta le permitía tocarla, cuando le sonría cada mañana, cuando se interesaba por él y su salud, cuando dejaba que él recostara la cabeza sobre su regazo y ésta le limpiaba los oídos, o sencillamente acariciaba sus cabellos; más aún, cuando de manera desprevenida e inesperada, podía darle castos y cortos besos en sus suaves labios, y ella se sonrojaba. Hiashi amaba a Mizuki. Estaba profundamente enamorado. Jamás habría amado a otra mujer igual. Nunca.
Al año y medio de casados, Mizuki le concedió una hermosa hija. Era una preciosa bebé regordeta, de cara redonda y mejillas rosadas; de aspecto sano y frágil. Muy frágil.
—Ya sé—dijo Mizuki, una vez que se hallaba encinta, sentada en la roka junto a su marido. Sobaba su abultado vientre, giró a verlo con cándida sonrisa — ¿Por qué no llamarla Hinata? Tú sabes, significa sol, y Hinata Hyūga sería "lugar soleado".
Hiashi, al oír la propuesta, sonrió enternecido. Ver lo emocionada que estaba Mizuki por el bebé y que incluso había buscado la forma de hallar un nombre armonioso para su apellido, su apellido, le hizo sentir agradablemente feliz.
—Hinata—repitió sereno—. Me gusta.
Mizuki sonrió ligeramente, sus pupilas destellaban, su expresión destilaba afán —…Cálido y acogedor—comentó, acariciando la barriga de ocho meses—. Estoy segura que Hinata será esa clase de persona.
No dijeron nada más y continuaron contemplando el bonito jardín. Unas semanas después, nació Hinata.
Hiashi se hallaba sumamente feliz, eran pocos los días en donde una felicidad abrasadora consumía su pecho. Tuvo la oportunidad de sostenerla en brazos cuando recién había nacido. Era tan pequeña, tan rosada, apenas poco y nada de cabellitos en la cabeza; finos y casi imperceptibles, pero allí estaban negros como carbón. La miraba con infinito cariño, justo como un padre debe mirar a un hijo, más siendo el primero: Con amor, admiración, sorpresa, dicha. Llevó su dedo índice a las pequeñísimas manitas de ella y sonrió casi abiertamente cuando ésta, con suma delicadeza, cogió el enorme dedo, apretando con casi nula fuerza, con tan diminuta mano. Un tacto suave y tibio. Se dejó llevar por el tierno tacto de su hija, el mundo se detuvo por minutos y sólo tenía atención para la pequeña que sostenía con especial cuidado. Esas fueron de las pocas veces que sintió verdadera calma y tranquilidad, de las pocas veces que sintió una clase de amor tan cálido y tan bello.
—Hola, Hinata…
Días, semanas, meses, años pasaron…Todo parecía ir como debería. Hiashi era feliz con su esposa e hija. A ésta última, solía consentirla también. Le compraba toda clase de peluches, juguetes, ropa, zapatos, muñecas… Y pese a ser un hombre mesurado, a veces, permitía a Hinata sentarse en sus piernas y le contaba cuentos e historias típicas tales como: Las lágrimas del dragón, Tanabata, La tortuga del pescador Urashima y su visita al fondo del mar, Momotaro, Yosaku y el pájaro mágico, las sandalias de madera mágicas*, etc. Y Hinata a sus tres y medio años, era feliz escuchando las narraciones de su padre. A ella no le faltaba nada de ellos; ni el amor, ni sus atenciones. Incluso mantenía una muy buena relación bastante fraternal con su primo Neji y hasta con su tío Hizashi, quienes también vivían en la enorme mansión junto con ellos.
Podría decirse, que aquella fue la pequeña utopía que Hiashi Hyūga vivió; porque tenía salud y amor, dos cosas básicas para una buena vida. Por lo demás, quizá el clan Hyūga no gozara de gran prestigio como el clan Uzumaki, o los Uchiha de Tokio; pero no eran pobres, estaban estables, y gracias a que, Hiashi y su hermano eran bastante trabajadores y emprendedores provocó que poco a poco el clan ascendiera.
¿Cuál sería la última memoria más feliz que recordara?
Posiblemente un paseo al parque Urashino; cuando daba un recorrido junto a Mizuki y Hinata. Hacía rato que no salían; el trabajo lo había mantenido muy ocupado, pero una simple y apenas escueta sugerencia de su hija, le hizo tomarse un descanso y llevarse a ambas a dar una pequeña caminata.
Fue en la tarde, lo recordaba bien; porque esa tarde el cielo se pintó curioso, de color sepia. Un agradable y apacible ambiente. Eran finales de otoño; las hojas caían, Hinata subía por el pequeño tobogán; Hiashi y Mizuki la vigilaban en la distancia mientras mantenían trivial conversación. Hiashi había notado, en tal momento, que su esposa se veía un poco más delgada, un poco acabada; ésta se excusó diciendo era sólo cansancio. Últimamente no pasaba mucho tiempo en casa, así que le creyó y permitió (aprovechando que casi no había mucha gente) que recargara su cabeza en su hombro, y reposara por unos minutos. Mizuki lo hizo, disculpándose por las molestias; pero a Hiashi no le importó, tener su cabeza con olor a fresco y limpio sobre sí; tampoco le importó estuvieran en lugar público. Fue a la única con la que se dejó ese tipo de detalles. Sólo ella y nadie más. Nunca más.
—Papá, ¿me compras un helado?
Hiashi asintió con queda sonrisa. Había llegado la hora de partir. Hinata, con una mano, tomó la de su padre; y con la otra, la de su madre. Los tres partieron agarrados de las manos. La pequeña niña sonreía de oreja a oreja; Hiashi sólo sentía interna alegría, que era inmensa, y, apenas nada de lo que su liviana curva en los labios expresaba.
Pero, sin preverlo, sigilosa como la noche; que a veces sólo se percata cuando ya está oscuro, iniciaron sus desgracias. Primero fue su hermano. Tuberculosis. No fue tratado a tiempo ni como se debió hacerlo, Hizashi fue necio a la hora de ir con un médico. La muerte de éste dejó un enorme vacío, no sólo en su hijo o en su hermano, sino en el clan en general. Le siguieron varios problemas financieros, una racha de mala fortuna; depresiones, deudas… Pero Hiashi habría salido adelante, habría sopesado la carga y mantener su sanidad mental de no ser porque ocurrió lo inesperado; aquello que por ningún motivo, jamás se le hubiera cruzado en la cabeza pasaría. Algo que no era superable, no al menos para él. Algo que lo atormentaría hasta el final de sus días, algo que lo iría acabando, lento y cruel; eso que por siempre le quitaría la razón, las noches tranquilas y el amor.
Hinata estaba en la guardería y pronto su tutora la recogería para traerla de vuelta a casa. Mizuki estaría en ella, haciendo los deberes hogareños (que debido a la falta de dinero y por ende de servidumbre, había tomado tales responsabilidades). Hiashi llegó temprano ese día, su socio le había cancelado. El seguía pensando que, al llegar, Mizuki lo recibiría. Pero no fue así, no encontró a nadie. Pensó que estaría en su habitación, durmiendo; ese último año la mujer se veía más y más acabada y cansada, Hiashi creyó era normal por todos los problemas que pasaron (pues él también había perdido peso y su semblante era un tanto enfermizo).
Cada que se acercaba a su cuarto, oía extraños ruidos; que más tarde reconoció como gemidos y suspiros. Se puso frío, sintió miedo y dolor, pues era obvio qué clase de sonidos eran esos. Temeroso con lo que sea que pudiera encontrar dentro del cuarto, recorrió la puerta. Rezó que estuviera equivocado, que todo fuera un mal entendido. No quería correr aquel fusuma (y aún ahora seguía arrepintiéndose de haberlo hecho) pero tenía curiosidad de igual modo, desesperado por confirmar sus miedos, la abrió.
El color se le fue del rostro, apretujó la mandíbula. Mizuki, desnuda, se movía en vaivén frenética estando sobre su amante. No sólo eso, en el mueble de junto había cocaína, estaban drogados.
Nunca lo comprendió, ¿por qué? ¿Por qué Mizuki lo habría engañado? ¿Por qué habría acabado de tal modo, en tal situación, en tal estado? Siendo que le dio todo, absolutamente todo; jamás advirtió en qué momento exacto pasó, cuáles fueron las motivaciones de ella, ¿cómo es que no se dio cuenta? ¿Por qué? ¿Cuándo? ¿Cómo? Preguntas que nunca fueron verdaderamente resueltas. Hiashi desenfundó la katana que cargaba en el cinto. El dolor, la tristeza y la ira lo volvieron loco, lo cegaron y lo aturdieron.Sólo se adentró a la habitación con paso raudo.
Lo siguiente que recordaba era tener a Mizuki enfrente suyo; de rodillas, llorando, suplicando, gimoteando; desnuda, manchada de sangre (no de ella, de su amante, cuyo cuerpo mutilado yacía sobre la cama, la cara rebanada en dos). La katana escurría sangre, Hiashi había ensuciado igualmente su rostro y manos de un carmesí oscuro. Lo sorprendente, es que sólo miraba a su mujer con profunda pena y decepción.
— ¡Hiashi, perdóname, perdóname! ¡Fui débil, fui débil! —chilló, tembló, sollozó y gimoteó. Se atrevió a alzar la cara. Pálida y con la mirada apagada y confundida, alcanzó a musitar—…Por favor, Hiashi, mátame…Soy débil, muy débil, me lo merezco…Anda, por favor…
¿Débil? ¿Esa era acaso su razón? ¿Su miserable excusa? Jamás lo supo con certeza. Pero en aquel instante, no hizo nada más que observarla con la misma lástima y dolor. Hiashi cerró los ojos, apesadumbrado; no quería verla, no tenía ganas de verla. Podía, podía matarla, pudo haberlo hecho, pero no quiso.
—Por favor, mátame, anda…—suplicó. Pero el hombre siguió sin hacer nada; Mizuki, cegada de igual manera por la droga, el impacto de un asesinato, y ser descubierta, entró en una crisis nerviosa, una extraña psicosis; sus ojos perdieron cordura, bramó—: ¡Hazlo, maldición!
Pero él soltó su katana y le dio la espalda dispuesto a marcharse del lugar, lejos, muy lejos de ella. Su intención nunca fue hacerle daño, cuando dejó caer la espada no fue una indirecta para que ella misma hiciera el trabajo sucio. Así que no previó que Mizuki empuñara el arma y con ella se atravesara a sí misma el vientre, tal como un ritual seppuku*; con movimientos de izquierda a derecha, se introdujo profundamente el filo. Hiashi intentó detenerla, pero ya había sido demasiado tarde para cuando le retiró el arma. Colocó rápido y desesperado las manos sobre la honda herida, intentando detener la hemorragia, de la cual brotaba mucha sangre y se podía sentir alguna víscera. Lloró desesperadamente y suplicó que no muriera, pero Mizuki sólo sonreía sutilmente, mirándole a la cara…Hiashi fue testigo de cómo la vida escapaba de aquellos ojos cafés; como el brillo se apagaba y nada más quedó un color opaco. Finalmente, falleció. Gimoteó, contuvo la dentadura al grado de hacerse daño. Ya sólo quedó su llanto, más tarde, únicamente silencio, un hondo y oscuro silencio.
Cuando se decidió a salir de la habitación, y volvió a correr la puerta, no previó que Hinata estuviera afuera. No sabía cuánto llevaría parada allí, pero supuso no fue mucho. Miró cómo su hija le observó curiosa, pues estaba manchado de sangre, y a sus espaldas yacían dos cadáveres. Notó cuando Hinata asomaba un poco la cabeza, y entonces cerró la puerta tras sí, evitando que la niña mirara de lleno. Y antes de que la pequeña preguntara nada, Hiashi llamó a su tutora para que se la llevara de allí.
Pasó. Ocultó aquel incidente. Mintió de lo que realmente ocurrió. Nadie se enteró y los que sí, temieron preguntar y sacar el tema a relucir, pocos fueron los cómplices de encubrir todo. Y aunque se intentó que las cosas siguieran igual, como si nada hubiera ocurrido, como si Mizuki jamás hubiese existido, lo cierto fue, que nada volvió a ser como antes.
—Papá, ¿y mamá? —inquirió Hinata.
—Se fue.
— ¿Cuándo volverá?
—…No lo hará.
Y no lo haría, lo sabía, nunca lo haría. Mizuki ya no regresaría, al igual que el tiempo, al igual que una palabra pronunciada, una sonrisa, su sonrisa. Hinata preguntaba, la respuesta siempre fue la misma. Su hija crecía y se parecía a ella,cada día se parecía más y más a ella; cabello, facciones, actitudes... Llegó el momento de entrenarla, entonces Hinata demostró ser débil.
«Fui débil, fui débil». El rostro de Mizuki,, su voz desgarradora, su penosa imagen le veían a atormentar la cabeza. Su pobre y jodida cabeza. Veía a su hija, que se parecía tanto a su desgraciada y difunta esposa. Y la odió. La odió profundamente.
Porque cuando se ama tanto, también se tiene el riesgo de odiar tanto.
O.O.O
Se levantó de golpe. Estaba sudando frío y tenía la respiración agitada. Se llevó una mano a posar en la mitad de su cara, palpando el frío líquido que emanaba. Se intentó tranquilizar.
— ¿Otra vez soñaste conmigo, mi amor?
Hiashi frunció el ceño, apretó la mandíbula. No quería girar a ver, no quería toparse otra vez con esa estúpida ilusión que parecía ser tan real, porque Mizuki ya estaba muerta, estaba consciente del hecho. Pero allí estaba, imaginando muertos, hablando y escuchándolos de cuando en cuando; aunque, en esos últimos cuatro años las cosas habían empeorado.
— ¿Amor?
— Cállate—masculló.
-O-
Mizuki: Significa "bella luna".
Cuentos citados*: En realidad existen, todos esos títulos de cuentos citados que Hiashi leía a Hinata. Sí gustan pueden googlearlos un día de estos, la mayoría son muy bonitos y buenos, otros están bien raros xD.
Seppuku*: El seppuku, haraquiri, harakiri o hara-kiri, es el suicidio ritual japonés por desentrañamiento. El seppuku formaba parte del bushidō, el código ético de los samuráis, y se realizaba de forma voluntaria para morir con honor en lugar de caer en manos del enemigo y ser torturado, o bien como una forma de pena capital para aquellos que habían cometido serias ofensas o se habían deshonrado. La ceremonia del seppuku es parte de un ritual más elaborado que se realiza generalmente delante de espectadores clavándose un arma corta en el abdomen, tradicionalmente un tantō, y realizando un corte de izquierda a derecha.
