Creí que podría continuar pronto este fic porque mi mamá dijo que me repararía mi computador, pero por una pequeña pelea me dijo que no lo haría u.u Así que estoy escribiendo en otro, nya nya!
No crean que abandoné, es que me siento mal reescribiendo estas cosas. Ya saben, haces el fic con gran inspiración y se te ocurren cosas. Ahora me acuerdo muy poco de ellas y de verdad me frustra…
Bien, da igual! VAYAMOS AL CAPÍTULO lml!
Capítulo 1: Por lo que más quieras.
Anzu observaba desde lejos la entrada del edificio de Gozaburo Kaiba. De allí salía Bakura, su antiguo compañero de medicina, sostenía un bebé en sus brazos. No le dio buena espina la forma en que sonreía y la forma en que miraba a la criatura. Se subió a una limosina de su padre y se fue.
La castaña inhaló lentamente hasta finalmente llenarse de valor y entrar al edificio. Vio a uno de los hombres vestidos de negro mirarla con curiosidad.
— Señorita Anzu…
— Quiero ver a Gozaburo. Ahora.
Él le miró unos segundos hasta que asintió. La guió hasta la oficina del hombre y entraron.
— Señor, Anzu-san está aquí.
Kaiba alzó la mirada y le sonrió de una forma curiosamente amable a la joven, quien se tensó. Ya no creía en esas sonrisas.
— Bien, puedes retirarte. — El hombre obedeció. — ¿Dónde estuviste, Anzu? Me tenías preocupado.
— Preocupado. — Sonrió con una dolorosa ironía. —… Estabas preocupado, porque temías que me saliera de tu radar.
— ¿Por qué me hablas así? Por Dios, Anzu. — Gozaburo se acercó a ella y le acarició los brazos. Ella se estremeció con el tacto. Temía de la sangre que una vez tuvo ese hombre en sus manos. — No te sientas dolida. Sabes que mis negocios no me dejan pasar tiempo contigo. Además, últimamente tú también me tienes muy abandonado.
—… Hubiese sido mejor no volver. — Apartó con violencia sus brazos de él. — Quítate la máscara, ¡por favor! Estamos solos, no tienes que ocultar que tus "negocios" son solamente una lista de todas las personas que mataste, y matarás.
— Ay, Anzu. Otra vez con tus cuentos. — Apartó sus ojos de ella. No tenía pruebas, por lo tanto, no tenía por qué explicarle. — No sabes lo que dices.
— ¡CLARO QUE LO SÉ! — Sus ojos zafiros se llenaron de lágrimas. — ¡Es obvio! Gozaburo, confiesa ya.
— Si es por lo que oíste, sabes que son calumnias.
— Calumnias son tus palabras. — Escupió con rabia. —… Solo vine a decirte que me voy. Y que quiero ser libre de ti.
— ¿Qué estás diciendo? Eres…-
— Soy MAZAKI ANZU para ti, Kaiba. — Le calcó su nombre. — No quiero nada que tenga que ver contigo. No me sorprendería que me mandaras a matar por no querer estar cerca de ti. — Sonrió con crueldad. — Tú tienes tu vida, y yo la mía.
—…
— Lo único que me avergüenza y da rabia de todo esto, es que me hice una doctora famosa, a temprana edad, con el dinero… de UN ASESINO.
Dicho esto, salió corriendo de la oficina de ese hombre. No quería nada con él, ni con su situación, vida, camino.
Nada.
— Anzu, detente. — Un castaño de ojos azules la agarró del brazo.
— ¡No me toques, Seto! Tú también eres como él. — Ambos pares de ojos zafiros se enfrentaron. — Eres un ASESINO, igual que Gozaburo.
— No lo entiendes.
— Claro que sí. — Se soltó de su agarre. — Porque la vida de Kisara peligra. Por eso la dejaste, y trabajas para él. — Lo miró con rabia. — ¿Por qué no confiaste en mí? ¿Cómo pudiste dejar que esto pasara?
Seto la miró en silencio. No iba a contradecirle. Era la pura verdad. Él se vio amenazado y no tuvo otra opción que formar parte de ello. Aun si Kisara no se lo perdonaría jamás.
Y Anzu tampoco.
—… Ojalá que no vuelva a verte. — Se limpió las pocas lágrimas que escaparon de sus ojos y siguió su camino.
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Anzu caminaba por las calles en un aire ausente. No tenía ganas de nada, ni de trabajar. Si bien era consciente de que necesitaba hacerlo, no podía en esas condiciones. Podría cometer un error y costarle la vida al paciente. Cerró los ojos con fuerza para luego mirar al cielo.
Grande fue su sorpresa cuando vio con horror que una avioneta, partida en dos caía a una zona de estacionamiento, a una cuadra de su posición. Con su gran vista, localizó un cuerpo que caía del aparato y destrozó el techo de una tienda al lado del sector donde todo cayó.
El accidente logró que el suelo temblara con violencia, provocando que la castaña se tambaleara. Sin embargo su instinto de salvar a la persona que vio no desaparecía. Se hacía aún más fuerte. Corrió hacia la tienda y se apartó un poco cuando cayeron trozos del avión y el techo. Entró con sigilosa rapidez y trató de localizar el cuerpo, aunque con tanto humo le resultaba difícil.
— ¿Qué fue eso? — Escuchó los alrededores, deteniéndola.
— ¡Oigan! ¡Llamen a una ambulancia por favor! ¡Cayó un cuerpo! — Gritó ella para seguir su camino.
Se asustó cuando vio un montón de chatarra moverse en medio del desastre y pensó lo peor. Le había caído todo encima.
Corrió hasta allí y quitó rápidamente lo que pudo con su fuerza. Allí vio a la persona.
Era un muchacho.
Lo levantó suavemente para analizar sus heridas.
— Dios mío, sigue con vida a pesar de todo lo que le cayó encima. — Murmuró sorprendida. — ¡Ayúdenme! — Gritó mientras arrastraba el cuerpo del chico fuera de peligro.
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Jonouchi paseaba de un lado a otro, desesperado, asustado. Yugi le seguía con la mirada mientras apretaba con fuerza la mano de Rebecca. Shizuka estaba sentada al lado de Honda, quien acariciaba su cabello para tranquilizarla.
—… Esto me está sacando de quicio. — Masculló el rubio molesto. — ¿Cómo es posible que no tengamos noticias de mi mujer y de mi mejor amigo? — Los miró. — Además, la ciudad es enorme, ¿cómo encontrarán a mi hija en un lugar como ese?
— Tranquilízate, Jou. — Le pidió el castaño con voz severa. — Debes confiar en ellos. Atem nunca te ha fallado, y Mai es fuerte.
—… Lo siento, Honda, es solo que… Mierda…
— ¡CHICOS!
Todos se giraron bruscamente para ver a Ryu, el gemelo de Bakura, solo que este tenía el cabello corto, corriendo hacia ellos con lágrimas en los ojos.
— Chicos… Yo… Fui al pueblo para ver la televisión para saber noticias y… Ocurrió algo… Horrible…— Respiró agitado. — La avioneta en la que iban Atem y Mai… Explotó.
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—… ¡¿Qué?!
—… No… No, mis hermanos…— Yugi se llevó ambas manos a la cabeza.
Atem y Mai eran sus hermanos mayores, eran lo más preciado que tenía él, lo único que le quedaba de familia… No podía perderlos… No así, no con esa injusticia…
— No…
— ¡ESO NO PUEDE SER! — Estalló Jonouchi. — ¡ATEM NUNCA MORIRÍA POR ALGO ASÍ! ¡MAI…! ¡MAI TAMPOCO!
— Jonouchi…— Sollozó el peliblanco. — No lo hagas más difícil… Acéptalo… Atem y Mai… Están muertos…
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— ¡Anzu! — Miró sorprendida a la castaña que llegaba corriendo mientras llevaba en una camilla al chico. — ¿Qué…?
— Kisara, ayúdame. — Jadeó. — Ayúdame a limpiarme rápido. Necesito atenderlo ahora, YA. — Se quitó su abrigo.
—… Claro. ¿Cuál es el estado del paciente?
—… Pues, debe tener trauma severo. Por el accidente, debió inhala gases que son tóxicos para el cuerpo en tal estado. Yo presencié el accidente. — Mencionó cuando entraron a la sala de operación. Se quitó todo lo que le estorbaba y se bañó las manos con alcohol. Se las secó para luego colocarse sus guantes y el gorro. — Posee múltiples heridas internas. Cayó a una altura bastante peligrosa, se estrelló con el techo de una tienda, y el resto del techo le cayó encima.
— Dios santo…— Se cubrió la boca.
—…— Utilizó el estetoscopio. — ¡Está muy mal! Se nos está muriendo. ¡Vamos!
Pocos ayudantes entraron a la sala. Si había alguien que podía hacer volver a alguien de la muerte, esa era Mazaki Anzu. Una doctora muy joven, pero no por eso menos hábil.
Kisara presionó el pecho del paciente varias veces, pero no resultaba. La máquina sonó en tono de advertencia, logrando que Anzu se mordiera el labio. Cogió las paletas.
— Gel. — Ordenó. Uno de ellos le echó en una de las paletas. — Carguen. — Frotó el gel entre ambos utensilios.
— ¡Listo, doctora!
— ¡Despejen! — Alzó la voz. Kisara se apartó y Anzu posó ambas paletas en el pecho del joven de cabellos tricolores. Este se arqueó y cayó. Nada había ocurrido. — Maldición. — Kisara volvió a hacer presión. — ¡Carguen de nuevo!
— ¡Listo!
— Kisara. — La aludida se apartó para dejar que la castaña presionara una vez más las paletas en el cuerpo del chico.
— ¡No reacciona, doctora!
— ¡No digas tonterías! Lo último que se pierde es la esperanza. — Murmuró lo último.
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—… Fueron asesinados. — Murmuró el rubio. El resto lo miró.
—… ¿Qué dices, Jonouchi?
— Que fueron ASESINADOS. — Se puso de pie. — Díganme. Justo, cuando ganamos la batalla, cuando recuperamos la hacienda El Nilo, secuestran a mi hija, y mueren dos personas que son poderosas. Mai y Atem eran herederos de esta hacienda. — Yugi miró el suelo. — Yugi es el único que queda. Y está en peligro, todos lo estamos, porque vivimos aquí. — Apretó los puños. — Solo porque esta hacienda posee petróleo, muchos desearon apoderarse de ella. Como Bakura y Marik.
—… Sí. — Susurró Ryu.
—… Y yo los voy a vengar. — Concluyó el rubio. — Porque me quitaron a mi hija, y mataron a mi mejor amigo y a su hermana. Yo no dejaré a mi hija sola. NUNCA. — Dicho esto, salió corriendo.
— ¡Jonouchi!
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— Tch. — Anzu presionó con sus manos el pecho del tricolor mientras oía ese detestable sonido que anunciaba que debía rendirse. — ¡Madición, Kisara! ¡Carga las paletas ahora!
— Se fue, Anzu. ¡No podemos hacer nada!
— ¡Este hombre NO SE VA A NINGÚN LADO! ¡Utilicemos adrenalina! ¡Intravenoso!... ¡Rápido! — Presionó con más fuerza y miró su rosto que tenía un gran moretón en el sector derecho de su frente y una raspadura en su mejilla. — ¡Hazlo por lo que más quieras! — Miró a Kisara. — ¡Carga paletas!
Al tenerlas en sus manos, presionó con toda su fuerza y esperanza en que con esta, el joven reaccionaría.
— ¡Por lo que más quieras! ¡Reacciona!
Por lo que más quieras.
Lo que él quería.
Él… amaba a su hermana, a su hermano. A sus amigos. A su gente.
Era sencillo, era un joven sencillo, sin mucho que perder, hasta que supo que era heredero de la hacienda. Vaya que se sorprendió, pero lo que lo descolocó fue la presencia de petróleo de su territorio.
Y eso desató el caos. El infierno.
Su amigo Bakura lo había traicionado. Por ambición.
Descubrió que su padre también había asesinado para obtener esas tierras.
Su antigua amiga, Vivian, tampoco fue la excepción.
Marik tampoco.
Tanta traición de personas que él confió ciegamente fue demasiado para él. Demasiado dolor.
Solo quería que parara.
…
Y lo haría cuando rescatara a su sobrina.
Era lo que más quería.
— ¡Reaccionó!
Anzu sonrió, satisfecha y aliviada. Lo había salvado. Se limpió el sudor de la frente. Había estado bajo mucha presión ese mismo día. Jadeó.
—… Quiero que le hagan un informe completo, escanografía y exámenes de sangre. — Escribió lo que necesitaba en el informe del sujeto. — Cuando estén listos, me los dan lo antes posible. — Pausó unos segundos. — Parece que tiene hemorragias internas, aunque lo dudo. Pero es mejor revisar. — Les sonrió. — Gran trabajo, chicos. Y no olviden preguntarle a la policía. Tenemos que saber quién es, e informarle a los familiares de él. — Miró al chico. — Y aún hay peligro de que empeore, así que avisen lo antes posible.
Ya en el anochecer, Anzu estaba en su escritorio cuando Kisara entró con una sonrisa a su despacho.
— Hola, Anzu. Tengo tus amados informes. — La castaña sonrió de vuelta.
— Gracias, Kisara. Lo aprecio. — Los leyó mientras comentaba. — Es increíble, estaba muy grave. Tiene una fortaleza impresionante.
— Pues sí. No posee hemorragias internas, solo unos golpes y una fisura en el hombro y un fuerte shock. Me dijiste que cayó de…
— Una avioneta. — Terminó. — Yo lo vi, Kisara. Fue… Espantoso. — Se estremeció. Por un segundo dudó que ese muchacho saliera con vida…-
Calló abruptamente cuando leyó su nombre.
Muto.
Atem Muto.
—… No puede ser…
"¡Los Muto tendrían que estar muertos, maldición!"
—…
— ¿Te encuentras bien, Anzu?
Alzó rápidamente la vista y dejó los papeles allí con rapidez, como si su textura le quemara.
—… Sí, sí… Estoy bien. ¿En qué habitación está?
— En la 182.
Ella asintió y se dirigió rápidamente hacia allá. Al abrir, le dio la bienvenida al sonido de la máquina que delataba el estado del paciente. Su corazón latía un poco deprisa, pero no era alarmante. Entró lentamente para admirar sus facciones cansadas.
—… No sé quién eres… Ni tampoco sé por qué eres una amenaza para Kaiba. — Entonces lo entendió. — Kaiba… Oh no.
No, no, no.
El accidente salió en las noticias, y su nombre lo delataba.
Era el blanco de Kaiba.
Pronto todo su esfuerzo de haberlo salvado se iría a la basura.
Sin mencionar que no podía permitir que otra persona muriera en manos de ese hombre. Vendrían por él. Miró al chico. No lo soportaría…
Por culpa de Gozaburo Kaiba, no podría soportarlo de nuevo.
-H-a-c-e—T-r-e-s—M-e-s-e-s-
— ¿Hola?
—… Anzu…
— ¿Noah? ¿Qué sucede? — Preguntó mientras se preparaba un café. — ¿Por qué llamas del teléfono de Mokuba?
— Anzu, no es tiempo de explicarte eso… Necesitamos que vengas. — Dijo rápidamente el menor. Anzu frunció el ceño. La voz del chico de 13 años temblaba.
— ¿Por qué?
— Necesitas saber algo de Gozaburo. Solo ven, por favor.
—… Pero… ¿Por qué él?
—… Ven, por favor…
Ella asintió, no muy convencida. Así que, con prisa, salió directo al departamento de Seto. Sabía que el castaño no estaría porque él trabajaba con su padre a esa hora. Además, tenía llaves de su departamento. Abrió y se tensó al sentir el tenebroso silencio.
—… ¿Noah? ¿Mokuba? Ya llegué…— Anunció, un poco asustada. Abrió la habitación de ambos. — ¿Qué pas…-?
Todo su cuerpo se congeló.
Allí, se encontraban dos pequeños muertos. De cabellos celestes yacía tirado en la cama bañada de sangre por el profundo corte realizado en su cuello. Sus ojos inertes pero mojados por las lágrimas que de seguro había derramado estaban fijos en el cuerpo del otro niño de cabellos oscuros. Mokuba estaba en el suelo, con el cabello empapado de sangre, acompañado de sus brazos cortados, mostrando sus venas abiertas.
Anzu retrocedió, horrorizada mientras dejaba salir un grito ahogado de su garganta.
Solo algo se repetía en su mente. Y era el tema del que el de cabellos celestes quiso hablar.
Gozaburo Kaiba.
-E-n-d-s-
Anzu cerró los ojos con fuerza. No quería recordarlo, pero le era imposible. Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—… No. — Miró a Atem. — No permitiré que termines igual que ellos. —… Kaiba no te hará daño. Ni a ti… Ni a nadie más. No mientras pueda evitarlo.
Salió corriendo a los casilleros. Siempre dejaban ropa en casos de emergencia. Grande fue su alivio de encontrar ropa grande para camuflar el hecho de ser una chica, porque era muy notorio por su forma. Se levantó el cabello corto para ocultarlo con un gorro y respiró con desesperación.
Haría una locura.
Pero si hacer eso significaba salvar a alguien de las manos de Kaiba.
Lo haría todos los días si fuese necesario.
Transportar el cuerpo de Atem en la camilla a la camioneta de ambulancia fue fácil, porque antes de cambiarse, había disimulado que lo cambiaría de habitación. Metió la ropa del chico debajo de la camilla, pues ahora tenía los pantalones del hospital, arriba no poseía nada salvo las vendas en su pecho y su hombro herido. Antes de salir de la parte de atrás de la camioneta, lo escuchó gemir de dolor. Lo miró rápidamente con pánico.
—… ¿Qué…?— Abrió con esfuerzo los ojos. Aunque estaba oscuro, su vista estaba borrosa.
— Por favor…— Musitó, presa del terror. Se sorprendió al ver que los ojos del chico eran violetas. Qué inusual, pensó. Pero eran bellísimos. — Por favor… No digas nada, tú tranquilo, yo… Yo te sacaré de este problema. — Le prometió.
Atem se aferró a esos ojos azules que lo miraban con súplica para que confiara en ella. Estaba muy cansado para luchar, así que suspiró y cerró los ojos nuevamente.
Anzu suspiró de alivio y sin más salió de la parte de atrás de la camioneta.
Vio por el rabillo del ojo que alguien la había descubierto a lo lejos. Y distinguió enseguida quién era el asignado para matar a Atem Muto.
—… Seto…— Susurró con lágrimas en los ojos.
No iba a dar marcha atrás. Sin más, prendió la camioneta y se fue a toda velocidad.
Continuará…
Espero que algunos aún tengan ganas de leer esta historia, les aseguro que es muy buena. Además, la idea no es originalmente mía, me inspiré de una telenovela.
Ojalá que les haya gustado
Rossana's Mind
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