N/A: Quiero partir agradeciendo todos los comentarios y apoyo que recibió el oneshot. No tenía en mente esta segunda parte, pero dado varios mensajes privados que recibí, decidí convertirlo en un twoshot. Es diferente a la primera parte, porque tenía varias cosas en mente que quería plasmar y, además poner algunos cambios de escena y de narrador.
Siento si no es lo que esperaban (en ese caso, consideren que la historia termina en la primera parte) y también quiero asegurarles que no se va a extender más. Aquí termina.
Disclaimer: Ni Glee ni sus personajes me pertenecen
Parte II
–Estamos atrasadas, Quinn –murmuró Rachel contra el oído de la rubia.
–No me importa –sentenció la porrista.
–Pero a mí sí, tengo un historial de asistencia que mantener.
–¡Ah, Berry! Eres tan insufrible a veces. Yo te consigo un pase con la entrenadora, si es necesario –dijo con cansancio Quinn, mientras seguía en su labor.
–No será necesario si dejas de atacar mi cuello en este momento, y cada una se va a la clase que le corresponde –señaló Rachel.
–No es mi culpa que tu olor a vainilla sea tan adictivo, Berry. No sé, si no quieres esto, deberías cambiar de perfume o jabón o lo que sea –sugirió Quinn sin dejar de besar el cuello de la morena.
–No estoy diciendo que no quiero tus besos, Quinn. Detesto cuando tergiversas mis palabras. Lo que intento comunicarte, es que tenemos clases a las que asistir y por mucho que quiera seguir besándote, lo correcto es que dejemos de hacerlo por ahora. Ya nos veremos en el Glee Club y luego podemos ir a mi casa –indicó la pequeña diva.
–Lo correcto está sobrevalorado. Además, en el Glee Club no te puedo besar y después tengo entrenamiento…
–Lo siento Quinn, no voy a faltar a clases.
–¿O sea que ir a clases es más importante que estar con tu…?
–¿Con mi qué? –preguntó la morena interesada.
–Con tu compañera de besos, ya sabes… lo que sea que somos –respondió nerviosa Quinn.
–Nos vemos en el Glee Club –manifestó Rachel alejándose de la rubia y tomando rumbo hacia el salón que le correspondía.
Habían pasado casi tres semanas desde la fiesta en casa de Finn y Kurt. Y pese a la primera reacción de Quinn cuando el divo las descubrió en la cocina, nada más había sucedido. Se besaban y acariciaban a escondidas, sin ningún título u obligación. Compartían en sus casas como amigas cuando sus padres estaban presentes, y como algo más, cuando no estaban.
Rachel estaba empezando a cansarse de aquello. Si bien los slushies se habían acabado, al igual que la mayoría de las burlas –por orden de Quinn, según había mencionado Mercedes–, nada más parecía haber cambiado públicamente. Las tres porristas desde antes de la fiesta habían comenzado a sentarse junto a los chicos del Glee Club, así que eso tampoco podía atribuirse a lo sucedido entre Quinn y Rachel.
La morena quería, al menos, ser capaz de sostener la mano de la porrista por los pasillos, como lo hacían a diario Santana y Britt, cuya relación aún mantenía el rótulo de "amigas". Rachel no quería que Quinn gritase a los cuatro vientos que era su novia. Bueno, tal vez sí. Pero se conformaba con unos simples gestos. Algo que implicase que ella era especial.
Y cada vez que intentaba hablar de ello con la rubia, ésta se cerraba y adoptaba su postura de HBIC. Y Rachel lo detestaba, pero también la excitaba un poco. Luego Quinn la besaba y todas sus cavilaciones quedaban en el olvido.
Rachel decidió dejar de pensar en aquello apenas llegó a su salón de clases, para centrarse en lo que la profesora de Historia Universal comenzaba a señalar en ese preciso momento.
Quinn estaba molesta. Rachel, su lo que sea que fuera, había interrumpido su sesión de besos para ir a clases, pese a su ofrecimiento de salvarla a través de un pase de la entrenadora.
Además, en el almuerzo la había esquivado. No es que tuvieran muestras de cariño en público. Sólo pocas personas sabían que ellas mantenían esa extraña casi relación. Ella se había encargado de negarlo. Si alguno de los asistentes a la fiesta recordaba lo sucedido y se atrevía a mencionárselo, como lo había hecho Puck, por ejemplo, ella lo negaba. Era una experta en negar las cosas, pensó la rubia.
Volviendo al almuerzo... el punto era que Rachel ni siquiera la había mirado y aquello no le gustaba. ¡Ella era Quinn Fabray, todo el mundo la miraba! Todos menos Rachel, y esa era la única mirada que quería.
–Deja de rabiar contigo misma –susurró Santana en medio de la clase de Biología, la última antes del Glee Club.
–Déjame tranquila y métete en tus cosas –rebatió Quinn.
–Muy en el fondo me preocupo por ti y no quiero que te arrugues a temprana edad, Q –ironizó la latina–. Si sigues frunciendo el ceño de esa manera, te tendré que recomendar a mi cirujano plástico antes de lo que pensaba.
–¿Podrías callarte y permitirme escuchar la maldita clase? –murmuró Quinn en el tono más alto que podía sin ser escuchada por la profesora.
–Tranquila, Q. Cualquiera diría que el gnomo no te está atendiendo bien…
–Te he dicho no que la llames así –apuntó Quinn–. ¡Y no seas grosera, por favor!
–No te hagas la puritana con la tía San –señaló Santana–. Tú y yo sabemos que el gnomo hace que mojes tus panties.
–¡San, por Dios! –exclamó Quinn sonrojada.
–¡Wanky! –celebró la latina porrista.
–Hoy estás insoportable –bufó la capitana de las porristas–. De verdad, no quiero seguir hablando contigo.
–Entonces no querrás que te diga lo que Britt escuchó –expuso Santana.
–No –sentenció Quinn.
–Okay. Me guardaré lo que me dijo Britt sobre Finn y sus planes con el gnomo… –comentó la latina con una sonrisa cargada de suficiencia.
–¿Qué? ¿Finn con Rachel? ¡Él no tiene nada con Rachel! –los celos embargaron a la rubia.
–Al parecer él no cree lo mismo, pero me callaré y no te molestaré más –dijo Santana tranquilamente.
–¡No! Tienes que decirme que planea ese idiota –exigió Quinn.
–¿Estás segura? –preguntó Santana.
–San, deja los rodeos y habla antes que te golpee –amenazó la rubia porrista.
–No hay necesidad de ponerse agresivas, Q. Además, tú sabes que me pongo toda Lima Heights Adjacent y saldrás perdiendo –expuso la latina.
–Termina con esa historia. Sé dónde vives y lo que te rodea. Que tu barrio limite con Lima Heights Adjacent no te hace de allí.
–Estás perdiendo el punto, Ice Queen.
–No, Santana, tú lo perdiste. Ahora dime que dijo sobre Rachel –exigió Quinn.
–Está bien, pero sólo lo hago para que dejes de fruncir ese ceño –bromeó Santana fiel a su estilo–. Britt escuchó en su hora libre a Finnepto y Trouty Mouth hablar sobre cómo podía recuperar a Rachel, porque estaban destinados y todas esas ridiculeces que puede pensar con su cerebro del tamaño de una almendra. Finnepto dijo que planeaba ganarse al gnomo de nuevo, que hoy en el Glee Club ejecutaría su plan.
–¡Pero qué se cree! –exclamó Quinn y Santana la miró pidiendo que bajara la voz si no quería que la profesora las expulsara de la clase–. Su historia está más que terminada. ¿Destinados? ¡Já! El muy estúpido probablemente ni siquiera sabe lo que destino significa. ¿Y Sam lo apoyaba en todo eso? Pensé que habíamos terminado bien, que al menos éramos algo similar a amigos.
–No sé más que lo que acabo de decirte Q. Probablemente, Trouty Mouth sólo lo escuchaba, nada más –sugirió Santana.
El día de Quinn sólo empeoró con la confesión de su mejor amiga. Está bien, ella no tenía ninguna relación formal con Rachel, pero la morena no le había dado ninguna señal a Finn de estar interesada ¿o sí?
Lo que más la preocupaba era pensar en qué haría Rachel. ¿Lo aceptaría? ¿Lo rechazaría? Si los besos de la morena eran señal de algo, Quinn sabía que debía estar tranquila, pero lamentablemente su inseguridad era superior. Especialmente, porque la rubia sabía que Rachel había insistido con que hablasen y llegasen a un punto de acuerdo. Quizás la diva se había cansado ya. Quizás Finn le ofrecía lo que ella quería.
La capitana de las porristas tuvo que dejar sus pensamientos de lado una vez que la clase terminó. Junto a Santana, fue a dejar sus cosas a su casillero y luego en busca de Britt. Así, las tres porristas –el trío que reinaba la secundaria–, se dirigieron al salón del coro, listas para una nueva sesión con el Glee Club.
Si Quinn pensaba que su día no podía ir peor, la imagen con la que se encontró al llegar al salón le indicó lo contrario.
Finn conversaba con Rachel, mientras ésta le sonreía.
La capitana de las porristas ni siquiera lo pensó. En menos de tres segundos estuvo al lado de la morena.
–Berry, necesito hablar contigo –interrumpió Quinn de forma nada cortés la conversación.
–Está hablando conmigo, Quinn. ¿Podrías ser un poco más respetuosa? Todos sabemos que te crees la reina de este lugar, pero no lo eres –señaló Finn con una audacia que sorprendió a la rubia.
–No me importa lo que tú pienses, Hudson –soltó Quinn con frialdad–. Berry, por favor.
Rachel la miró y algo que vio en sus ojos, hizo que intentase alejarse de Finn para irse con ella. El resto del Glee Club parecía ajeno a lo que sucedía, salvo por el par de porristas que habían visto el cambio de Quinn.
–Rach, yo estaba hablando contigo primero –expuso Finn, deteniendo a la morena.
–Lo sé, Finn… pero podemos hablar después –dijo de forma conciliadora Rachel.
–Pero es importante –indicó Finn casi suplicante.
–Te dijo que después, Finnepto –soltó Quinn, quien no sólo recibió la mirada molesta del chico, sino también la de Rachel.
Quinn se alejó un poco y Rachel la siguió unos segundos, antes de que Finn la detuviese por el brazo.
–Rach, es algo serio –dijo Finn.
La rubia apenas vio cómo había agarrado Finn a Rachel, vio todo rojo.
–¡Suéltala, imbécil! –exclamó Quinn, llamando la atención de todos los presentes.
–Tú no eres nadie para decirme qué hacer. Quiero hablar con Rachel y lo hacía perfectamente hasta que tú llegaste a interrumpirnos –se quejó el quarterback.
–Quinn… –susurró Rachel al percatarse de la mirada asesina de la porrista.
–¿Tú crees que me importa algo lo que hacías antes que yo llegara? –ironizó Quinn–. Si te digo que sueltes a Rachel, la sueltas.
–¿Y tú quién te crees que eres para meterse en su vida? –preguntó Finn con soberbia.
–¡Su novia! –gritó Quinn con rabia. El idiota de Finn sólo quería alejarla de Rachel y ella no lo permitiría.
Silencio.
De no ser por aquel profundo silencio que se formó en el salón, Quinn no hubiese notado lo que acababa de decir debido a su obcecación.
–¿Qquué? –murmuró Finn
–Quinn… –dijo Rachel en un tono que a la rubia le sonó a reclamo.
–Lo siento, Rach, lo siento… no sabía cómo hacerle entender que tú no estás interesada en él… porque, ¿no lo estás, cierto? –preguntó Quinn nerviosa.
–Claro que no –respondió tajantemente Rachel, mientras Finn murmuraba un "pero…"–. Y dado que todos están prestando atención, quiero dejar en claro que Quinn y yo no somos novias.
–Pero… –contradijo Quinn.
–Para ser novias, alguna tendría que haberle pedido a la otra, noviazgo y dado que tú evitas cualquier tipo de charla, ambas sabemos que eso no ha pasado. Así que no, no somos novias. ¡Yo estoy soltera al igual que tú y no es porque yo lo haya querido! –exclamó la morena antes de salir hecha toda una diva por la puerta.
–¡Wanky!
Aquella exclamación de Santana, sacó a Quinn de su aturdimiento y la hizo reaccionar. Sin esperar más tiempo, salió corriendo por la misma puerta tras Rachel.
Rachel se había refugiado en aquel lugar que tantas alegrías le brindaba: el auditorio.
Ella no pretendía armar una escena; pese a la opinión común, detestaba hacer esos arranques de diva, porque sabía que nadie la tomaba en serio. Probablemente Quinn estaba diciendo algo en este momento para justificarse y no quebrar esa máscara que portaba en el instituto.
Rachel no quería apresurar a la capitana de las porristas. Ella conocía la crianza conservadora de Quinn, entendía que debía ser muy difícil asumir tu sexualidad o una relación cuando aquello intervenía con tus creencias. La morena tenía el apoyo incondicional de sus padres y había crecido en un ambiente mucho más liberal. Eso no implicaba que no tuviese miedos, claro que los tenía, pero eran distintos. Por lo mismo, Rachel no buscaba que Quinn saliese del armario, no quería forzarla a aquello, pero sí quería sentir que lo que tenían era importante.
–¿Podemos hablar? –la voz de Quinn no sólo la sacó de sus pensamientos, sino que también sorprendió a Rachel de sobre manera.
–¿Tiene algún sentido que hablemos? –preguntó Rachel no queriendo mostrar flaqueza–. ¿Por qué ahora, Quinn? ¿Por qué no en alguna de las otras miles de veces en las que te pedí hablar? ¿Será siempre así? ¿Todo cuando tú quieres?
–Rach…
–Estoy cansada, Quinn. Sé que para ustedes yo no soy más que la chica que se cree diva y que cree que el mundo gira a su alrededor. Sé también que piensan que nada me afecta, porque acepto cada slushie, cada insulto, cada burla con la frente en alto… pero también tengo límites… estoy harta de ser usada por todos –confesó la morena.
–Yo no te estoy usando –expuso Quinn–. ¿Por eso quieres volver con Hudson, Berry? ¿De verdad piensas tan poco de mí?
–¿Volver con Finn? ¿De qué hablas? –preguntó confundida Rachel, antes de volver a hablar en un tono más molesto–. No todo se trata de ti, Quinn. ¿Y de verdad crees que tengo mucho para pensar bien de ti? Nuestra relación se creó en base a slushies, insultos, dibujos burlescos y apodos…
–Eso era antes…
–Verdad. Ahora somos… ¿qué somos, Quinn? –cuestionó Rachel cruzándose de brazos.
–Somos… bueno… somos… –balbuceó Quinn–. Eres mía, ¿okay? Mía. No sé qué somos, pero tú eres mía y no voy a dejar que Hudson intente alejarte de mí –sentenció de pronto.
–¿Por qué sigues involucrando a Finn? Ademas, espero que tengas claro que no soy tuya, ni de nadie… quizás sólo de Broadway.
–Porque Finn quiere que vuelvas con él. Quiere recuperarte. Se lo dijo a Sam –explicó Quinn molesta–. ¿Sólo de Broadway? No, eres mía, Rach… dímelo…
–Quinn, no soy un objeto… no soy propiedad de nadie… Pertenezco a Broadway, el destino lo sabe y yo lo sé… por eso lo digo –intentó explayarse la morena.
–Mía, eres mía –dijo Quinn tomando la cara de Rachel para besarla–. Mía… por favor… dime que eres mía… –pidió la rubia dejando nuevos besos en la boca de la cantante.
Rachel notó cómo las lágrimas corrían por las mejillas de Quinn.
–¿Quinn, por qué lloras?
–Porque te voy a perder –sollozó la capitana de las porristas.
–¿De qué hablas? –Rachel estaba molesta, pero no pensaba terminar las cosas para siempre con Quinn… ella sólo quería algunas respuestas y definiciones.
–Vas a volver con Finn. Siempre lo haces… Él no tiene problemas con decirle a todos que es tu novio y llevarte de la mano y todas esas cosas que quieres… Yo en cambio, sólo arruino las cosas. Nunca soy la opción de nadie, Rachel... ambas lo sabemos. Ni siquiera mi propio papá me quiere…
–Quinn… –susurró Rachel antes de tomar el rostro de la rubia y besarla.
Esta vez el beso fue diferente, cargado de algo que ninguna podía explicar. De alguna manera, Rachel quería trasmitirle a Quinn cuán equivocada estaba en todo lo que había dicho, porque por más golpes que la rubia intentase darle, Rachel siempre estaría para ella.
Rachel se preocupó de secar las lágrimas de Quinn antes de volver a hablar.
–No voy a volver con Finn –manifestó con seguridad la morena–. No estoy interesada en él. ¿Cómo puedes pensar algo así? Apenas en la mañana te estaba besando como nunca lo he besado a él, Quinn –añadió–. Y lo nuestro, lo que sea que es, no está arruinado. Lamentablemente para ti, yo no soy del tipo de persona que baja los brazos, y voy a luchar por esto con uñas y dientes.
–¿De verdad? –preguntó Quinn con una sonrisa.
–De verdad. Voy a tener que enseñarte un poco sobre seguridad en sí mismo. Quizás podrías ir a una de mis clases de actuación, sirven mucho…
–Quizás…
–¿Lo dices en serio?
–Claro que sí… no quiero arruinarlo, Rach –se sinceró Quinn.
–Y no lo harás, o quizás sí… y quizás yo también lo arruine… pero vamos a arreglarlo cada vez, juntas –expuso Rachel–. Y no quiero que pienses que debes hacer cosas que no sientes. No quiero presionarte a salir del armario o que le grites al mundo que estamos juntas… ¿Porque lo estamos, cierto?
–Cierto.
–Muy bien –dijo Rachel sonriendo–. Esas cosas me encantarían, pero puedo esperarte el tiempo que necesites, mientras no sea más que el tiempo que requiero para triunfar en Broadway, porque de verdad quiero nombrarte en mis discursos de aceptación de premios.
–¿De verdad crees que estaremos juntas tanto tiempo? –preguntó Quinn esperanzada.
–Claro que sí, además tenemos una promesa, un trato y yo soy una mujer de palabra –respondió Rachel besando los labios de Quinn.
–Yo creo que podríamos decirles al Glee Club que estamos juntas… –sugirió Quinn–. Es decir, ya deben estarlo pensando luego del show que armé…
–Está bien… –acordó Rachel–. Y en caso que Finn aún no entienda, yo se lo recordaré las veces que sea necesario. Quiero que lo tengas claro: quiero estar contigo, no con él.
Quinn asintió y la volvió a besar, esta vez con más pasión y energía.
De pronto las manos de Rachel no pudieron quedarse quietas en el cabello de la rubia y comenzaron a explorar el cuerpo de Quinn sobre el uniforme. La porrista no quiso quedarse atrás y sus manos se colaron bajo la corta falda de Rachel, hasta llegar a su trasero, el que apretó.
–¡Quinn! –gimió Rachel–. Aquí no… –pidió.
–¿Pero en otro lugar si? –preguntó con coquetería Quinn volviendo a besar a Rachel.
–Si ya terminaste de sacarte las ganas con el gnomo, Q… ¿Podrían regresar al salón? Schuster quiere ensayar un número –gritó Santana desde la puerta del auditorio.
–¡Santana te he dicho que no la llames así! –exclamó Quinn.
–Es con cariño –se burló la latina–. ¿Se pueden apurar? No tengo todo el día –se quejó.
Quinn tomó de la mano a Rachel, sorprendiéndola y la guio hasta donde Santana las esperaba para regresar al salón.
–Asumo que esto significa que tendremos que soportar al gnomo con nosotras –dijo la latina al verlas tomadas de la mano.
–Asumes bien y si no puedes llamarla Rachel, acostúmbrate a decirle Berry… nada más… o hablaré con Britt –amenazó Quinn.
–Eso es un golpe bajo, Q. Haré lo posible por tratar a tu chica lo más decentemente posible… dentro de lo que yo pueda permitirme ser decente, claro está.
"Tu chica", a Rachel le fascinó aquella expresión. Quizás no se lo gritarían al mundo, pero una persona aparte de Quinn ya la considera su chica y eso era más de lo que había esperado al comenzar el día.
Habían pasado ya cinco semanas de aquella charla de reconciliación en el auditorio, por llamarla de alguna manera, y las cosas no podrían ir mejor para Rachel y Quinn.
Si la capitana de las porristas era honesta, no había sido tan fácil… especialmente, porque se vio forzada a salir del armario frente a su madre sólo diez días después de aquella charla. Y lo peor es que no podía culpar a nadie más que a ella misma. Ella y su incapacidad de contenerse cuando Rachel estaba en frente suyo.
Lamentablemente para Quinn, su mamá la descubrió besando a Rachel en el salón, justo cuando, segundos antes, la morena le había pedido que no lo hiciese, que era peligroso. Judy Fabray sólo murmuró un permiso y se encerró en la cocina, mientras una inconsolable Quinn corría a su habitación en busca de un bolso para guardar sus objetos más preciados. Rachel, a su lado, murmuraba que de alguna forma todo mejoraría. No pasaron ni diez minutos, cuando Judy apareció nuevamente, ahora en el cuarto de Quinn, pidiéndole a su hija que hablasen. Para asombro de Quinn, Judy sólo le preguntó si era feliz, Quinn se limitó a asentir, incapaz de pronunciar palabra. Entonces, su madre le dijo que no sería fácil y que le tomaría tiempo. Que le pedía paciencia y respeto, pero que la amaba por sobre todas las cosas y no volvería a abandonarla, como ya lo había hecho una vez.
Rachel, por su lado, días después, le hizo una presentación PowerPoint a sus papás explicándoles su nueva relación con Quinn, justo minutos antes de que la rubia llegase a visitarla. Obviamente, la porrista se vio sometida a un interrogatorio apenas cruzó la puerta de los Berry, sin entender nada. Aquello las llevó a discutir y a reconciliarse minutos después.
Tras revelar su relación a sus padres, las cosas fueron poco a poco volviéndose más sencillas, en especial para Quinn.
La rubia seguía sin gritar a los cuatro vientos su noviazgo con Rachel –que se había oficializado en un improvisado picnic organizado por la morena bajo las graderías del campo de fútbol–, pero ya no temía tomarla de la mano en público o dejarle un beso en la mejilla al despedirse. Ya no le importaba lo que el resto dijese. Bueno, aquello no era verdad, pero cualquier mal comentario venía seguido por una orden de slushie, porque Quinn seguía siendo la HBIC del McKinley. Así que más por temor que por otra cosa, los malos comentarios se habían reducido al mínimo. Aquello había implicado una gran mejora para Rachel, quien ya no sufría el acoso de ningún estudiante. Es más, algunos incluso la miraban con respeto.
Les quedaban muchas cosas por vivir y experimentar, Quinn estaba segura de ello. Pero no tenía ninguna prisa, casa día junto a Rachel era mejor que el anterior.
Y aunque la botella nunca la hubiese elegido, la rubia sabía que estaba unida a Rachel. Ellas estaban destinadas a estar juntas.
Cuando Rachel pronunciara su primer discurso de aceptación y la nombrara, Quinn tomaría aquella botella –que aún guardaba de recuerdo–, y le diría: Te lo dije… debiste haberme elegido.
