En el capítulo anterior, las cosas se pusieron realmente feas. Sobre todo, en lo que Anzu se está arriesgando a hacer. ¿Las cosas saldrán bien?
VAYAMOS AL CAPÍTULO!
Capítulo 7: Sentimiento compartido.
Los brazos de Anzu temblaban, no quería matar a nadie. Pero si no llegaba con la niña a salvo, la familia de Atem perdería toda esperanza.
—… Escuche, señorita…— Comenzó Vivian con la voz temblorosa. — No se lleve a la niña, de lo contrario… ¡Me matarán a mí!
— Pues si no me la das, yo te mataré. Dame a la niña, por favor. No quiero… No quiero hacerte daño.
— ¿Acaso eres la madre?
— ¿Qué demonios te importa? — Avanzó mientras ella retrocedía. Vio en la esquina del comedor a la niña llorando. — Y más vale que esa niña esté en perfecto estado, si no es así… Lo pagará caro.
— No tendré que pagarle nada, entonces. — Sonrió nerviosa. — La he cuidado como si fuera mi hija…-
— ¡Basta de charlas! ¡Deme a la niña, ahora! — Comenzó a sudar. Estaba muy asustada, honestamente. Era la primera vez que tenía un arma en sus manos. Temía que se le escapara un tiro.
—… Escucha, hay gente peligrosa que no es tan comprensiva como yo, así que…
— No te preocupes, los conozco perfectamente. Y sé cómo lidian con la gente como yo.
Ambas se paralizaron al oír unos autos detenerse cerca de la casa. Vivian fue la primera en reaccionar y se abalanzó hacia Anzu. Ambas cayeron al suelo, forcejeando con el arma. La pelinegra logró tomar el arma y golpeó su frente con la parte trasera de esta. Anzu soltó una maldición y volvieron a forcejear. La castaña logró quedar encima de la mujer y le propinó un buen puñetazo. Le dolió, era la primera vez que golpeaba de esa manera. Se levantó y estuvo a punto de agarrar el revólver cuando sintió un jalón en la parte trasera de su cabello y azotó su nuca contra el suelo con fuerza.
Soltó un jadeo de dolor. Ese golpe le había aturdido bastante. Se levantó hasta quedar sentada, sin embargo se quedó callada cuando Vivian estaba parada, respirando agitada mientras apuntaba con el arma hacia ella. Sonrió, victoriosa.
— Lástima, señorita. Tendrá que irse, pero con los pies por delante. A mí… ¡Nadie me apunta con un arma! ¿Sabes lo que pasó con la única mujer que se atrevió a amenazarme de esa forma? — Se rió descaradamente.
Anzu supo enseguida de quién estaba hablando.
Esmeralda.
— Pues esa mujer terminó en el infierno, ¿sabes? — Atem tenía razón, esa mujer estaba completamente loca. Se reía como si fuera lo más maravilloso del mundo contarle eso. — Se la regalé a un amigo mío. Disfrutó de ella… Y la mató.
La ojiazul se paralizó.
Atem le había dicho que Bakura había sido el único responsable.
Y ahora esa mujer decía que ella había dejado a Esmeralda en manos de Bakura.
—… No puede ser. — Las piezas encajaron.
— ¿Sabes de lo que soy capaz? — Se rió. — Fui capaz de condenar la vida de una diabla sin entrañas.
—…— Vio como prepara el arma para disparar.
Anzu cerró los ojos con fuerza, esperando el impacto.
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Atem miraba la ventana del asiento trasero en un semblante pensativo. Seto manejaba en silencio y Jonouchi estaba sentado en el copiloto. Miró de reojo a su amigo.
—… ¿En qué piensas?
—… Es Esmeralda, Jou.
—… ¿Cuál de las dos? — Escuchó una risa cansada de él.
— En ambas… Pero más que nada, recuerdo cuando estábamos matando a esos tipos y cuando volvimos vimos a Mai con tu hija en brazos. Eso nunca lo olvidaría.
—… Dime, Atem… Esa chica Anzu…
— ¿Qué hay con ella?
Seto se tensó.
—… ¿Por qué te salvó?
— Solo fue una coincidencia, aunque una muy extraña. Resulta que ella también desea vengarse de esa organización. Dice que por su culpa mataron a integrantes de su familia.
—… ¿Qué hay de sus padres?
— Nunca me ha hablado específicamente de ellos. Solo sé que su madre se había suicidado y Anzu había descubierto su cuerpo. — Seto escuchaba atento, tratando de notar si a la castaña se le había escapado un detalle sin querer, pero al parecer, no había dicho nada de más.
—… Y por cierto, ¿dónde está ella?
— ¿Quién, Anzu? No lo sé, desapareció.
— Cuando me dirigía al baño, aproveché de preguntarle dónde estaba, y luego la vi salir. — Mintió el castaño.
—… "¿Adónde habrás ido, Anzu?" — Se preguntó el tricolor mentalmente.
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— ¡VIVIAN, NO!
Anzu levantó la mirada para ver a Tenma mirándola desconcertado.
—… Pero… ¡Esta zorra quiere llevarse a la niña…!
— ¡DAME EL ARMA Y DEJA A ESA MUJER EN PAZ!
Anzu se puso de pie, aterrada. Oh, Dios. La habían descubierto, tenía que pensar, Y RÁPIDO. Tenma la agarró del brazo y se la llevó hasta la puerta. Ella se zafó de él.
— Señorita Anzu… ¿Por qué…?
— No tienes derecho a preguntarme nada. Lo que ustedes están haciendo es ilegal. Es de Kaiba todo este show, ¿verdad? — Se llevó la mano hacía la nuca, pues la sentía húmeda. Estaba sangrando.
—… Señorita, usted no debió…-
— No le dirás a Kaiba. — Lo miró, desconcertándolo con su mirada fija. —… Si se lo dices, sabrá que no cumpliste con tu trabajo y rodará tu cabeza. Así que… No lo hagas.
—… Ya buscaré una excusa para mis hombres. Ahora váyase. ¡LARGO!
Ella se fue, molesta y adolorida. El golpe en el sector derecho de su frente también sangraba un poco, pero tenía también realmente morado en sector. Subió al auto y escuchó el grito de espanto de Kisara.
— ¡¿Anzu…?! ¿Qué te pasó…?
— Estoy bien, vámonos de aquí. Ahora soy más sospechosa que nunca. — Apenas prendió el auto, aceleró a toda velocidad. Lo más seguro era que trasladarían de lugar a la niña. Y la noticia de la muerte de la mujer de Atem le había asustado de sobremanera. Esa mujer… Vivian. Estaba loca.
Llevaban manejando en silencio cinco minutos, hasta que la de cabellos blancos decidió hablar.
—… Anzu… ¿Estamos haciendo lo correcto? — Anzu la miró de reojo y veía como lloraba en silencio. —… Mira cómo quedaste… Estás herida… No quiero que terminemos así…-
—… Hicimos una promesa Kisara…
— Yo lo sé… Pero… Tengo tanto miedo… Por Seto… y por ti…
Anzu iba a decir algo más, pero se fijó de repente en el espejo y notó que la estaban siguiendo. Una camioneta roja, la conocía muy bien. ¡Era de Tenma!
—… Kisara… Colócate ese sombrero. — Señaló el de asiento trasero. Kisara le miró confundida. —… Hazlo… Para que no te reconozcan… En la próxima esquina… Te bajarás… Llamarás a Atem por el número de mi casa… Y le dirás que me están siguiendo, ¿sí?
—… ¡¿Qué?! ¡No! ¡Anzu…!
— ¡Estaré bien! ¡Lo prometo!
—… ¿Cómo crees que reaccionará cuando sepa que quisiste rescatar a esa pequeña…?
— ¡NO lo sabrá! Eso no se lo digas…— Se mordió el labio. Estaba a punto de frenar. Kisara se colocó el sombrero. Frenó bruscamente en el signo "PARE" y Kisara se bajó, aún llorando. — Apresúrate y llámalo. Estaré bien. — Le gritó antes de salir a toda velocidad, lejos de la camioneta.
Kisara se limpió las lágrimas y corrió hacia el teléfono público más cercano.
Marcó rápidamente y esperó.
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Atem abrió perezosamente los ojos por el ruido del teléfono. Lo cogió mientras soltaba un sonoro bostezo. Había llegado hacía un rato después de verse con Jou y con Seto, quiso descansar pero ese aparato infernal que no usaban mucho en sus tierras era realmente molesto.
— ¿Hola?
— ¿E-Eres At-tem cierto? — Escuchó una llorosa voz al otro lado de la línea. Eso provocó que sus sentidos se pusieran alerta enseguida. — S-Soy Kisara, ¿recuerdas? La amiga de Anzu…
Sí, era la joven de cabello blancos que le había reprendido por la forma en que le había hablado a Anzu cuando apenas se conocieron.
— Sí, soy yo. ¿Qué sucede, Kisara?
—…— Sollozó. — Es que… Tengo miedo por Anzu. — Atem sintió su corazón paralizarse del miedo. — Estaba con ella… Y luego me dijo que me bajara del auto porque… La estaban siguiendo… M-Me dijo que te dijera p-para que estuvieras listo. Ella prometió que estaría bien…— Jadeó por el llanto. — Pero estoy preocupada… Estaba sangrando y…
— ¡¿Qué?! ¡¿Anzu sangrando?!
— S-Sí… La golpearon…-
— ¡¿Quién la golpeó?! — Escuchó como Kisara lloraba más fuerte.
— ¡N-No lo sé…! Cuando vino… Estaba así… Por favor… Cuídala mientras está lejos de mí… No quiero perderla… Ya perdí a Seto…
—… Sí, la protegeré. Lo prometo.
—… Gracias…— Dicho esto, colgó.
Atem se dejó caer pesadamente en el sofá. Su corazón latía agitado, preocupado. Una angustia enorme invadía su cuerpo con la fuerza un huracán. Tenía que esperar a Anzu y asegurarse de que se encontrara bien. No entendía por qué temía tanto por la vida de esa joven, la conocía hacía unas semanas con suerte. Agradecía su amabilidad y su comprensión, incluso la consideraba una aliada brillante cuando se trataba de idear movimiento en contra de la organización. Pero también estaba su inocencia. Lo sucedido en el burdel lo había conmovido profundamente, que ella jamás se haya enamorado de alguien, de la timidez que mostró, pero a la vez del miedo que opacaban sus ojos azules. Esa joven, por más fuerte que se hiciera, era frágil, tan frágil como el cristal. Si caía, se rompería no podría recomponerse.
Y la maldijo por eso.
Porque ahora sentía un fuego creciendo en su pecho. Un incontrolable deseo de protegerla. Pero no tenía ningún alcance cuando ella estaba peleando sola.
Anzu se había vuelto muy importante para él.
Y no entendía por qué.
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— ¿Qué es eso que querías decirme de forma personal y privada, Tenma? — Preguntó Gozaburo Kaiba a su mano derecha. El hombre vestido de negro, por primera vez se vio preocupado y nervioso. Eso le llamó la atención al jefe.
—… Kaiba-sama… Tiene que ver… con la señorita Anzu. — El hombre se giró abruptamente apenas escuchó el nombre.
—… ¿Qué tiene que ver Anzu?
Tenma se quería morder la lengua. Le había pedido a sus hombres que utilizaran su camioneta para alcanzar a Anzu, para verificar sus sospechas. Pero no estaba seguro si sus compañeros la distinguirían. Podrían matarla, y ahí estaba el riesgo.
—… La señorita estuvo en la mansión de su madre… Donde resguardaba a Vivian con la niña. — El hombre se puso de pie. —… No sé cómo se enteró del asunto de la pequeña, Kaiba-sama.
—… ¿Cómo estás tan seguro que sabía de la niña? Pudo haber ido a casa de su madre por melancolía.
—… No es posible eso, señor. Porque ella había llegado con un arma a robarse a la niña. Vivian se lo impidió, cuando quiso matarla…— Gozaburo lo miró fijamente. — Yo había llegado y la detuve. — El hombre del bigote suspiró aliviado. Puede que Anzu no quisiera saber nada de él, que lo odiara. Pero él tenía afecto por ella, no lo podía evitar. — Vivian no sabía quién era la señorita en realidad. No entiendo cómo se pudo haber enterado.
—… ¿Qué hiciste con Anzu después?
—… La dejé ir, transporté a Vivian y a la niña a otro lado. Ah, y le pedí a mis hombres que siguieran a la señorita Anzu.
—… Entonces, es cierto. — Sonrió con amargura. —… Anzu está atacándome sin que me diera cuenta. Ya no me importa lo que ha hecho. Esto… Es TRAICIÓN. — Miró a Tenma. — Encuéntrala. Y cuando la encuentres, darás con uno de los Muto. Tráeme a ambos.
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Atem dio un respingo al oír un auto aproximarse. Agarró el arma y se escondió detrás de la puerta. Escuchó unos inseguros pasos y aguantó el aliento cuando vio entrar a Anzu. Como su cabello le cubría el cuello, podía ver un poco del nacimiento de su blusa crema manchada de rojo. El guardó lentamente el arma y tragó saliva.
—… ¿Anzu?
La castaña se giró bruscamente ante ese susurró. El de ojos violetas sintió una punzada dolorosa en el pecho al verla. Estaba pálida y en su frente se veía un raspón que había sangrado poco, pero que la zona había quedado realmente morada. Pasaba desapercibida por el flequillo de su cabello, pero él tenía una buena vista. Y se sintió mal de verla en ese estado.
—… ¡Dios, Atem! ¡Me asustas…-!
No terminó la frase cuando él se acercó rápidamente a ella y rodeó su cuerpo con sus brazos. Eso la sorprendió y dejó su mente en blanco. Atem solo tendió a respirar de forma titubeante. Anzu no reaccionaba. ¿Por qué estaba así? ¿Por qué la abrazaba? Aún confundida, alzó los brazos para corresponderle el gesto.
—… Um… Atem, ¿qué?
—… Kisara llamó. — Murmuró sin soltarla. — No tienes idea de lo preocupado que estaba, Anzu. Creí que…— Estrechó el abrazo. — Admito que detesto la forma en que me encariñé tan rápido de ti, pero… Fue inevitable. Me alegro de que estés bien. — Suspiró todo el aire que había estado conteniendo. Se separó de ella y la miró.
—… Estoy bien. — Le sonrió. — Solo… Un poco alterada. — Luego se tornó seria. — Pero nos vamos ahora. Estoy segura que los perdí, pero fue temporalmente. Estoy segura de que llegarán aquí. Tenemos que irnos. YA.
Él asintió y sacó de un cajón las municiones del revólver que llevaba escondido en su bolsillo. Con rapidez fueron al auto mientras escuchaban como se aproximaba otro vehículo. Anzu arrancó a toda velocidad para perderse en la carretera con otros autos.
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Maldición, llevaban unas dos horas tratando de perderlos y cuando lo habían logrado, Atem decidió hablar.
—… Anzu, esas heridas…
— Estoy bien. — Insistió. — Fue un descuido.
—… Pero, ¿cómo pasó?
—…— Maldición, ¿qué podría decirle? "Fui a buscar a tu sobrina porque sé dónde está porque conozco de pies a cabeza esa estúpida organización." NO. Ni hablar. —… No hablemos de eso, ya me duele la cabeza lo suficiente como para no querer hablar.
—… Déjame bajar aquí, Anzu. — Apartó sus ojos de ella. Anzu le miró mal.
— ¿Otra vez con eso? Atem, ya te dije que NO me iré de tu lado para que te maten. NO insistas.
Ambos recordaron la charla que tuvieron luego de haber escapado del burdel. Anzu había sido herida con sus palabras y Atem era consciente de ello, pero no podía evitarlo. No quería que le pasara nada a la doctora.
—… Anzu, escucha…-
— ¡Escúchame tú! — Le interrumpió molesta. — ¡Yo NUNCA comienzo algo y lo dejo a medias! Siempre termino mi camino, no importa el que sea. Y en este caso, seguiré hasta el final. ¡Es MI decisión!
—… Me estás ocultando algo, Anzu.
Las palabras del chico la desconcertaron tanto que casi provocaba un accidente con el auto. Tragó saliva e hizo como que no le escuchó.
—… Anzu. — La llamó, frunciendo el ceño. —… ¿Qué me estás ocultando? ¿Por qué te arriesgas tanto por un desconocido como yo?
—… ¿Acaso lo olvidaste? Esos hombres… Son los mismos que mataron a mis hermanos…— Aceleró, sintiendo un gran rencor invadiendo su corazón lastimado. — ¡Así que no te creas el centro del mundo! ¡No solo lo hago para ayudarte, también hago esto por mí!
—… An…-
— Fin de la discusión. — Aceleró aún más, furiosa.
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Kisara estaba en el departamento de Anzu rezando a Dios que por favor a su amiga no le haya pasado nada. Dio un respingo cuando tocaron furiosamente la puerta. Se puso de pie y caminó a la puerta, pensando que sería Anzu, pero frenó rápidamente.
… No podía ser Anzu.
Ella estaba huyendo.
—…
La puerta se abrió lentamente, haciendo que ella retrocediera. Su sangre se congeló cuando vio a Gozaburo entrar con aires orgullosos al departamento, seguido de Tenma. La de cabellos blancos frunció el ceño y miró con odio al mayor.
—… Kisara. — Saludó cortés.
—… Kaiba. — Escupió las letras con rabia. — ¿Cómo se atreve a entrar aquí como si fuera su casa? ¡Descarado infeliz! — Tenma la agarró del cabello y rodeó su cuello con su brazo. La joven soltó un gemido de dolor y miró al mayor.
—… ¿Dónde está Anzu?
— ¿Acaso la ve aquí? ¿Cómo lo voy a saber? — Contestó de forma altanera, a pesar de que su corazón latía desbocado y con un terror indescriptible. Gozaburo caminó lentamente hacia ella, inspirando un gran pavor.
— Te lo repetiré. ¿Dónde está Anzu?
— ¡No lo sé, maldita sea! ¿Cómo voy a saberlo?
— Está con Muto, ¿no es así? — Kisara palideció más de al cuenta. — ¿Atem Muto? — Sonrió. — ¿Sabes algo? No sabes el placer que me causa quitarte del medio, nunca fuiste una buena candidata para mi hijo.
— ¿Usted cree que es placentero para mí saber que el hombre que amo esté trabajando para matar gente solo para protegerme de una basura como usted? — Soltó un gemido cuando Tenma agarró su brazo y lo torció. Ejerció fuerza, provocando que la joven se arqueara de dolor. — ¿También cree que es divertido saber… Que la mamá de Anzu se suicidó por SU culpa?
Gozaburo plantó una sonora bofetada en la mejilla de Kisara, quien ladeó la cabeza sorprendida por la fuerza y cayó de rodillas al suelo.
—… Esta será tu última noche con vida, mocosa.
—… Quisiera verlo. — Sonrió con malicia.
El mayor solo se rió de su reveladora actitud. Tenma la sentó en la silla del comedor y la obligaron a extender ambos brazos. El hombre joven sacó una navaja y comenzó a acariciar las blancas muñecas de la joven con la punta del arma. Kisara se estremeció.
—… ¿Sabes? Algo me dice… Que tendrás el mismo destino que tuvieron esos mocosos.
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Anzu y Atem salieron del auto. Ya era muy tarde y tenían un hotel en frente de ellos, pero era pequeño, no sabían si habría una habitación para ellos. La castaña le murmuró que se quedara allí y caminó al lugar a preguntar. El tricolor se quedó viendo la silueta de la joven, sin comprender aún por qué había temido tanto por la vida de Anzu. Aún sentía sus palpitaciones aceleradas y la angustia de su pecho. Suspiró levemente cuando la doctora había vuelto con una sonrisa aliviada.
— Tenemos suerte, Atem. Hay una habitación. — Dejó de sonreír al ver su rostro pensativo. —… ¿Estás preocupado?
— Extraño a mi caballo. — Dijo al aire. Anzu se rió suavemente.
— Eres alguien muy extraño, ¿lo sabes?
— Es mejor ser amigo de un caballo que de una persona, ellos son de fiar, no los seres humanos. — Murmuró en un aire reflexivo.
—… Supongo que tienes razón. — Sonrió con tristeza. — Anda, vamos.
Ambos se acomodaron en la pequeña habitación sin decir nada. Atem estaba sentado en una silla mientras Anzu estaba sentada en la cama limpiando las heridas de su frente y de su nuca.
— Tu gente… Y tu familia… Deben estar orgullosos de ti, Atem. — El chico la miró. — Eres muy joven, y estás heredando una hacienda como esa, la estás defendiendo como si también fuera un integrante más de tu familia.
—…— Sonrió. — Y no te equivocas, Anzu. En esa hacienda yo nací, fui criado allí… Y tengo planeado morir en esas tierras si Dios lo permite. — Suspiró. — En esas tierras ocurre de todo, Anzu… Festejos, tragedia, vidas, muertes… Amor… Odio…— Sus ojos mostraron la tristeza que sentía. Anzu se acomodó en la cama cuando terminó de ponerse el parche en su frente.
— ¿Quiénes más están en la hacienda? Me has hablado de Jonouchi, de Mai-san… Y de Esmeralda. — La joven se conmovió, Atem sonreía apenas escuchaba ese nombre. Debió amarla mucho. —… ¿Te molesta que haya mencionado…?
— No, no… Es solo que… Supongo que tengo asumido que tengo que vivir sin ella. Que tengo que encontrar mi felicidad en algún futuro cuando todo esto acabe, es todo. Sin embargo nunca la olvidaré. Después de todo… El primer amor nunca se olvida. — Anzu lo miró detenidamente. —… En tu primera relación cometes errores de los cuales no eres consciente, o tal vez sí… Y eso ayuda mucho… Porque de esos errores… Aprendes para no volver a cometerlos.
—… Sí.
—… Bien… ¿Querías saber de mi familia?
— ¿Eh? Sí.
— Pues tengo otro hermano, su nombre es Yugi. Se parece mucho a mí, pero en la actitud no. Es… Un chico muy bueno, a comparación de mí. — Se rió sin gracia. — Tiene una novia.
— ¿De verdad?
— Sí, aunque es más pequeño que yo, no desaprovechó y estuvo con Rebecca. Ella es una muchachita amable, pero realmente competitiva. — Anzu se rió. — Mana y Mahado también se criaron conmigo y con Jou, esos dos se quieren, pero son demasiado tercos. Solo espero que cuando esto acabe, se casen de una vez. Han intentado casarse cinco veces.
—… ¡¿Qué?!
— Es una larga historia. — Se rió. — También está Shizuka y Honda. Shizuka es la hermana de Jonouchi.
— ¿De verdad?
— Sí, pero tienen apellidos diferentes. Cuando nació ella, sus padres se separaron. Jou se crió conmigo y Shizuka con la familia de Rebecca. Honda está con ella a escondidas de Jonouchi, porque él no aprueba su relación.
—… ¿Y por qué no?
— Por nada en especial. Jonouchi es muy celoso. — Miró a la ojiazul. —… ¿Qué puedes decirme de ti, Anzu?
—…— Sonrió. — Nada en especial. — Negó con la cabeza. — Te contaré cuando me duche. — Se levantó. — Vuelvo enseguida. — Dicho esto, se encerró en el baño.
Atem se quedó mirando unos segundos esa puerta. Estaba seguro, que Anzu le estaba ocultando algo.
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Cuando Anzu salió, traía ropa de cambio. Llevaba una blusa negra, acompañada de una chaqueta del mismo color. Llevaba unos jeans azules y unos zapatos con taco del mismo color. Estaba a punto de decir algo cuando notó que Atem miraba la ventana mientras sostenía un vaso de…
— ¡Atem, por Dios! — Le quitó el vaso. — ¡No puedes beber alcohol! Estás con medicamentos, ¿recuerdas? — El tricolor hizo una mueca y suspiró.
— Perdona, Anzu. Necesitaba que algo me quemara la garganta antes de que me echara a gritar por las calles. — Estaba un poco mareado, las pastillas y el alcohol lo mandaron a volar por las nubes. Pero a la vez se sentía extraño. Se tornó serio y la miró a los ojos. —… ¿Dijiste que esos hombres mataron a tus hermanos?
—…— ¿A qué venía esa pregunta tan de repente? —… Pues sí.
— ¿Qué tuvieron que ver unos simples niños con mafiosos como esos?
—…— Mierda, quería acorralarla. Quería que le dijera la verdad. —… Y… ¿Qué tuviste que ver tú con ellos? — Contraatacó, nerviosa. Atem sonrió.
— Creí que ya lo sabías, te dije que nosotros los Muto, tenemos una hacienda repleta de petróleo. — Oh, Dios… Anzu se mordió el labio.
—…
— Vamos, Anzu. — Insistió.
—… Pues… Al parecer… Mokuba y Noah sabían algo, o descubierto algo de ellos…
— ¿Y qué era?
—… No lo sé. — Dijo honestamente. Ella creía que era porque los habían descubierto, que eran mafiosos y ya. Pero no estaba segura.
—… ¿No lo sabes…? ¿O no me lo quieres decir? — Se acercó lentamente a ella.
La verdad era, que lo que ella tenía en teoría era lo más probable. Pero si le decía eso, tendría que dar explicaciones. Y eso sería… Revelar quién era ella en realidad. Y eso no quería hacerlo.
—… ¿Sabes qué? No me lo digas. — Resopló, frustrado. Esa chica jamás hablaría. — Pero si te diré algo, Anzu. — Se acercó más a ella. La joven comenzó a ponerse nerviosa, tenerlo demasiado cerca hacía que su corazón bombeara con energía. — Si crees que con ayudarme lograrás vengarte, estás MUY equivocada. Solo estás arriesgando tu vida para ayudarme. — Aclaró de forma resumida. Anzu frunció el ceño.
—… Estás resentido por lo que dije antes… Que no eras la única razón por la cual hacía esto. — Notó. Atem apartó sus ojos de ella. — Tal vez lo dije de una forma grosera, pero sabes que el hablar de mis hermanos…— Tragó saliva. —… Es un tema del cual nadie se ha atrevido a hablar por tanto tiempo. Y contigo es casi todo el tiempo, no estoy acostumbrada a… Recordarlos. — Confesó. — Así que, disculpa, ¿bien? Pero no tienes por qué hablarme de esa forma. — Apretó los puños. —… La primera vez te salvé por casualidad, luego, al recordar a mis hermanos, quise venganza… Lo admito. — Se mordió el labio. —… Pero también te tengo aprecio, Atem. ¿Crees que no me angustia el hecho de que corres peligro cada vez que ponemos un pie en la calle? Y cuando me dijiste todo esto, lo del petróleo, la hacienda, de tu familia… Las traiciones… De Esmeralda… Yo, sentí que debía hacer algo. Eres… una persona maravillosa. — Sus ojos se empañaron un poco. — Y no mereces esto. Porque… Yo he vivido en carne propia tu dolor, incluso antes de conocerte… Yo quiero protegerte, ¿comprendes?
Un largo silencio se hizo presente. La castaña se puso tensa y nerviosa. ¿Sus palabras habían sonado extrañas? ¿Lo había ofendido de nuevo? Y es que no sabía que pensar… Los ojos violetas del chico no se despegaban de los suyos, estos penetraban en lo más hondo de su alma y se sentía expuesta.
—… ¿At…-?
Atem la agarró de los hombros y la besó, desconcertándola.
Era un beso desesperado, lleno de angustia, de tristeza, pero también de un sentimiento que ella conocía muy bien. Ese sentimiento que había comenzado a atormentarle hacía algunos días.
… Atem sentía lo mismo por ella.
Continuará…
OH MY GOD! CAPÍTULO APASIONADO! Espero que les haya gustado, que les haya FASCINADO y quieran más. ¡Yupiiiii!
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