Hola, chicos! De nuevo con otro capítulo que te dará mini paros cardiacos jejeje!

En este capítulo, la relación de Atem y Anzu peligrará por el buen corazón de ella.

Y una sorpresa que jamás desearon saber.

Capítulo 10: Infierno.

Cuando llegaron al aeropuerto en un incómodo y tenso silencio, estuvieron a punto de salir cuando escucharon otro auto avecinarse. Atem giró la cabeza y se tensó cuando notó que eran los hombres de Kaiba. Anzu jadeó de miedo y sorpresa, recordando a su amiga y a su hermano caído. El de ojos violetas entrecerró los ojos, logrando que se oscurecieran del rencor.

Ese sujeto…

Silenciosamente dejó a la bebé en brazos de Anzu, sorprendiéndola.

—…Dame un arma, Jou. — Musitó.

El rubio se giró a verlo, pero él rehuía su mirada. Se paralizó, esa actitud…

—… ¿Qué harás…?

— DÁMELA. — Ordenó con voz más fuerte y grave, asustando a los dos.

—…— Sin decir nada le entregó un revolver. Atem revisó que tenía seis balas, no le importó. Se inclinó para abrir la puerta del vehículo cuando dos manos se lo impidieron. La primera fue la de Anzu, que se había posado suavemente en su hombro, dirigiéndole una mirada llena de angustia. La segunda era de Jou, que había jalado su muñeca para alejarlo de abrir la puerta. Frunció el ceño, claramente molesto.

— Suéltenme.

— No me has dicho que harás.

— Alejar a ese bastardo de mi hermana y de mi familia.

— Atem…-

— Suéltenme. — Insistió.

— Pero…-

Sin esperar más, se deshizo del agarre de ambos, abrió la puerta y salió corriendo de ahí. Anzu, sintiendo que su corazón se le atascaba en la garganta, colocó a Esmeralda en los brazos de su padre y siguió al tricolor.

— ¡ANZU, ESPERA…!

Pero ella no quiso escuchar, siguió con menor velocidad a Atem para que no se diera cuenta de su presencia.

.

.

.

De un ágil movimiento, Atem utilizó la parte trasera del arma y golpeó en la sien a un sujeto que resguardaba a Kaiba. Avanzó hacia él y presionó la punta del arma contra su cabeza.

— Llegó tu hora, Kaiba. — Musitó en un tono que ni él mismo llegó a reconocer de su voz.

Pero no podía soportarlo más.

Su corazón dolía.

Dolía como nunca.

La bestia que tenía en su interior había despertado.

Y no había nada ni nadie que pudiera detenerlo.

— No hay que ponernos violentos, Atem…— Le respondió con humor el hombre. Pareciera que estaba seguro de que no moriría.

— Diles a tus hombres que se larguen de aquí. — Le ordenó. — Que se vayan del aeropuerto.

—… Mm… No me apetece, ¿sabes? Además, ¿con qué valentía te atreves a querer matarme? Estoy segura de que Jonouchi y su hija están muy cerca de aquí, matándome solo sentenciarás sus vidas a una muerte lenta y dolorosa.

—…

— Qué lástima. Que una pequeña que apenas comience a vivir tenga que pagar por tus errores.

—… Errores… ¡¿ERRORES?! — Terminó gritando. — ¡¿QUÉ ERRORES?! ¡Lo único que he hecho en mi vida es proteger a mi gente!

— ¡Ja! ¿Y a qué precio? ¿Con regalar la vida de tu mujer?

Esmeralda.

No.

— No te atrevas a decir su nombre, Gozaburo Kaiba. ¡No tienes el derecho!

— ¿Sabes? Bakura me contó lo mucho que se divirtió deshaciéndose de ella, y lo mucho que le gustó a lo lejos verte cómo sufrías.

—…— Tensó la mandíbula.

— ¿Qué se siente que la mujer que amas haya muerto por tu culpa?

Algo dentro de él se quebró.

Al parecer, eran las cadenas que sostenían a la bestia.

Lo volteó con fuerza y le propinó un buen puñetazo en el rostro, haciéndolo tambalearse. Sin embargo, no lo dejó caer. Lo agarró fieramente de la corbata y lo obligó a mantenerse de pie. Notó que estaba rodeado de los hombres de Kaiba. Eran como diez.

Si moría allí, lo mataría a él primero.

Apuntó nuevamente hacia su frente y miró a los mafiosos.

— ¡BAJEN SUS ARMAS O LO MATARÉ! — Bramó con fuerza.

Tenma soltó una maldición y les hizo una seña a sus compañeros. Todos obedecieron.

— Retrocedan.

Ellos volvieron a obedecer.

— Sabes que te matarán después.

—… Tal vez, pero no me importa. Te mataré a ti primero… ¡Y ASÍ NO LE HARÁS DAÑO A NADIE MÁS!

Soltó el seguro del arma.

— ¡ATEM, NO!

Se paralizó.

Esa voz.

Todo ese tiempo que estuvo prisionero de ese odio, había olvidado por completo la existencia de esa joven. Solo pensaba en ver correr la sangre de ese sujeto.

La vio correr hacia él, entre los hombres de Kaiba con una expesión de miedo y angustia que le desgarraban el alma.

Pero…

Volvió a componerse y le apuntó.

— ¡Atem, detente! — Insistió la joven a unos metros de él y de Gozaburo. —… Es mi padre, Atem… Por favor…— Sus orbes zafiros se llenaron de lágrimas. — Te lo suplico.

Ella sabía que Kaiba era un asesino.

¡Maldita sea, todos en su familia habían muerto por su culpa!

¡Mató a Kisara!

¡Mató a Seto en frente de sus narices!

Pero…

Por sobre todas las cosas…

Era su familia.

No estaba dispuesta de perder a nadie más.

Estaba…

Cansada de eso.

. . .

Notó que los hombres de Kaiba se acercaban sutilmente a sus armas, pero Anzu los detuvo con un grito.

— ¡NI SE LES OCURRA! — Todos la miraron con cierta sorpresa. — ¡RETROCEDAN!

Al menos había heredado algo bueno de Kaiba, y eso era imponer orden y respeto cuando desesperadamente lo necesitaba.

Sin embargo en medio del grito, su voz se quebró y las lágrimas cayeron nuevamente. Respiró entrecortadamente y se giró a ver a Atem, quien parecía pasar por alto su angustia y miraba con un sentimiento que no logró identificar dirigido a su padre.

—… Atem…-

— Anzu, vete. — Le cortó.

La castaña contuvo el aliento.

Miedo.

Tenía miedo de Atem.

Sus ojos se veían oscurecidos del rencor y enviaban una venenosa mirada que le paralizaba. Pero no podía permitirlo, no quería que su padre muriera.

Además…

Atem le había dicho que todos los asesinatos que había cometido habían sido necesarios para salvar a su gente.

Pero ahora…

Él solo quería matar, por venganza, por odio, para satisfacer en alguna parte de su alma ese malestar.

— Es mi padre, Atem. — Apretó sus puños. Estaba temblando, podía jurar que si lo provocaba lo suficiente, el tricolor terminaría matándola. — ¡No permitiré que lo mates!

— Intentó matar a Mai… a mi sobrina… Y a Jonouchi. — Susurró y sonrió con malicia. — ¿Por qué habría de pasar por alto todo lo que me ha hecho? Por su culpa, Esmeralda está muerta.

Esa última oración fue una patada en el estómago para Anzu.

—… Atem…— Respiró con paciencia, tratando de calmar el dolor de sus palabras. Entonces… Todo lo que habían pasado fue pasajero.

Después de todo…

Esmeralda vivió toda su vida al lado de Atem.

¿Qué oportunidad tenía ella?

—… Prometo que mi padre no te perseguirá, y yo…— Más lágrimas mojaron sus mejillas. — Yo desapareceré también de tu vida, así que…-

— No. — La cortó Gozaburo. — Este sujeto tiene los segundos contados.

Una sonora carcajada se escapó de la garganta del joven de ojos violetas y miró con cinismo a Kaiba y a su hija. Todos, incluso los mafiosos se estremecieron del miedo ante esa actitud por parte del heredero de la hacienda.

— ¿Crees que eso me importa? Lo único que tengo de objetivo para vivir es matarte, después morir no me importará.

— Bien, muere. — Se rió el mayor. — Pero tu gente también, no estarás ahí para protegerlos…-

— ¡NO METAS A MI FAMILIA EN ESTO!

— ¡Están metidos en el fondo!

Anzu comprendió lo que Kaiba pretendía. Lo estaba provocando, y lo estaba logrando. Terminaría muriendo si no se callaba.

No.

Su padre tenía que vivir.

Y pagaría sus errores.

Pero de la manera correcta.

No así.

Así que, tomó una decisión.

. . .

Avanzó con suaves pasos, notando que Atem desviaba su atención de Gozaburo hacia ella. Lo vio fruncir más el ceño, sin saber qué pretendía. Anzu seguía sin decir nada, no lo haría hasta llegar a su objetivo. Cuando alcanzó el punto exacto, se detuvo.

Gozaburo contuvo el aliento.

Y Atem la miró con un silencioso horror prendado en sus bellos ojos violetas.

Anzu se había puesto entre su padre y Atem. Por lo tanto, el revólver del tricolor apuntaba la frente de la joven doctora.

Los ojos azules de Anzu se veían fieros y determinados.

Los de Atem reflejaban sorpresa y miedo.

Toda la ira había desaparecido.

A pesar de estar siendo valiente, la castaña lloraba en silencio, aceptando su destino.

—… Mátame a mí.

.

.

.

Nunca creyó que solo tres palabras podrían causar ese efecto en él. Su corazón latía tan fuerte y dolorosamente que se le saldría del pecho.

¿Matarla a ella?

¿Después de todo lo que había hecho por él?

—…Mátame, Atem. — Susurró nuevamente. — Yo pagaré los pecados de mi padre. Tú mejor que nadie sabe lo doloroso que es perder un ser amado. Si acabas conmigo, lo destruirás a él.

Gozaburo miraba sorprendido a su hija. A pesar del rencor que le profesaba, ella estaba delante de él, protegiéndolo.

—… Anzu, no lo hagas. — Musitó su padre.

—…— Ella le ignoró.

Atem endureció la mirada.

— Quítate.

— No.

— ¡QUE TE QUITES!

— ¡NO! — Le devolvió el grito y sollozó. — No lo haré. Si quieres matarlo, bien. Pero primero, me matarás a mí.

—…— Su brazo comenzó a temblar.

— ¡HAZLO!

. . .

Siempre supo que Anzu era una mujer especial. Era valiente, decidida, tenía su camino señalado, pero ella se desviaba de él para hacer lo correcto. En sus venas corría sangre asesina, pero ella controlaba su naturaleza. Ella quería ser alguien mejor en la vida, que siempre viviera su vida sin ningún remordimiento.

Ella era increíble.

Y por eso…

Por eso no quería matarla.

Porque lo que sentía por ella se lo impedía.

Ver la decisión de aceptar su muerte le destrozaba el alma, más de lo que había visto cuando Seto cayó muerto al suelo.

Anzu era una criatura inocente en un infierno tan miserable.

Pero si era eso lo que ella había decidido.

Relajó su rostro y mostró una neutra expresión, asustándola.

— Nunca más… Vuelvas a ponerte en frente del arma que uso.

Apenas terminó la frase, estiró su otra mano para agarrarla de la camisa y tirar de ella para que chocara su cuerpo con el suyo. Anzu soltó un chillido de sorpresa y horror. La joven pataleó y golpeó su pecho con fuerza, tratando de separarse de él, pero él era mucho más fuerte que ella.

Con su otro brazo, seguía apuntando a Kaiba.

— De rodillas, Kaiba.

— ¡ATEM, POR FAVOR…!

— ¡DE RODILLAS!

Kaiba miró con desprecio al de ojos violetas, tratando con tanta violencia a su hija. Se arrodilló sin quitarle la mirada encima.

— ¡Atem, te lo suplico! — Anzu usaba todas sus fuerzas para zafarse, pero Atem la tenía firmemente agarrada de las caderas y apresaba sus brazos presionados con fuerza en su pecho. — ¡Suéltame! ¡No lo hagas…!

Atem le dirigió una fría mirada y sin ninguna delicadeza la soltó y le entregó unas esposas.

—… ¿Qué…?

— Pónselas.

—… ¡¿Qué?!

— Pónselas. — Le sonrió con crueldad. — ¿No querías que pagara de forma justa? Me encantaría ver que su propia hija es quien lo apresa.

Anzu no dijo nada, la persona que tenía en frente le era un completo desconocido. Y lo odiaba por eso. Estaba siendo un monstruo, no solo estaba humillando a Kaiba, sino que también a ella.

— Hazlo, doctora. Ejerce tu utópica justicia.

No quería provocarlo más. Caminó despacio hacia su padre, lo agarró de las muñecas para ponerlas en su espalda y terminó de esposarlo. Se puso de pie lentamente y miró al chico.

— Ahora ven aquí.

Con un gran estremecimiento caminó hacia Atem y se colocó a su lado.

Sus ojos ardían. Llevaba todo el día llorando, por Kisara, por Seto… Y ahora por esto. Miró de reojo a Atem, quien seguía apuntando a Kaiba con una sonrisa satisfactoria.

Sádico.

Era la única manera de describirlo en ese momento.

— Agradécele a tu hija, Kaiba. De no ser por ella, respirabas hasta el día de hoy.

Volvió a ponerle seguro al arma y agarró a la castaña de la muñeca para jalar de ella para marcharse en dirección de la entrada del aeropuerto.

.

.

.

.

.

.

— ¡Al fin! — Apareció Jonouchi con Esmeralda en sus brazos. — Creí que no lo lograrían…-

Calló abruptamente ante lo siguiente.

¡Plaff!

El rubio miró atónito la escena. Los había visto llegar en silencio. Atem no tenía rastros de sangre, así que Anzu debió detenerlo…

Pero si fue así…

¿Por qué…?

Miró con cierta inseguridad a Atem, que miraba furioso a la castaña que tenía la cabeza ladeada y la mejilla enrojecida por la bofetada que el chico de ojos violetas le había dado. Más lágrimas escaparon de los ojos azules de ella, pues Atem había usado mucha fuerza, realmente le había hecho daño.

Levantó suavemente la mano para posarla en su mejilla hinchada y rosada. Sollozó sutilmente y miró el suelo. No quería verlo, no quería encontrarse con sus ojos.

Temía tanto de él.

— ¿Qué querías lograr?

—…— Tensó al mandíbula. No tenía por qué contestarle.

— ¡¿Qué demonios pensabas arriesgándote de esa forma?!

— Oye, Atem… Cálmate…-

— Silencio, Jomouchi. — Le cortó sin mirarle. — ¡Contéstame, Anzu! ¡Y para colmo de males, LO DEFENDISTE A ÉL!

— ¡Atem!

— ¡Nunca me dijiste que era tu padre! ¡Nunca confiaste en mí! ¡Dices que no me traicionarás y lo primero que haces es saltar a los brazos de ese soberano hijo de puta!

—…

— ¡MALDITA SEA, ANZU! ¡DI ALGO…!

— ¡BUENO, YA BASTA! — Se interpuso el rubio. — ¡¿Qué demonios te pasa, Atem?! ¡En vez de gritarle a Anzu deberíamos estar corriendo hacia la estúpida avioneta!

—…— Anzu retrocedió torpemente, llamando la atención de ambos.

—…— Jonouchi tragó saliva.

¿Qué mierda había pasado?

Atem nunca había llegado a golpear a una mujer.

¿Por qué ahora?

—… Váyanse ya. — Susurró la castaña.

— ¿Eh?

— Váyanse. — Se abrazó a sí misma, aún no se recuperaba del terror. —… Yo ya cumplí… Y-Yo ya no tengo… Nada que ver con ustedes… Solo soy un estorbo. — Sollozó. — Váyanse…

Atem intentó dar un paso hacia ella, pero Jonouchi se lo impidió dirigiéndole una mirada de advertencia. Pero ambos notaron que Anzu si se había dado cuenta de que Atem quiso acercársele, por lo que dio un respingo y alzó la mirada.

Sus ojos estaban cristalinos y rojos. Sus mejillas mojadas, pero una de ellas sonrosada. Dirigía sus asustados orbes hacia el tricolor.

— N-No… Y-Ya no…— Retrocedió rápidamente. — No te me acerques…

—…— Jonouchi sintió una aprensión en el pecho. No quedaba nada de la valentía que tenía esa joven. La pobre temblaba con violencia y sollozaba incontroladamente del miedo.

Suavizó su mirada y se acercó a ella con cautela. Ella no rechazó su cercanía, al parecer, solo temía de Atem.

— Anzu, escucha. Tú eres una excelente doctora. — Ella miró el suelo. — Y te necesitamos para cuidar a la niña…— Pausó. —… Luego podrás irte cuando nos aseguremos de que no le han hecho nada.

—…

— Solo acompáñanos y apenas tengamos la oportunidad, volverás. — Le aseguró. Extendió a Esmeralda a sus brazos, Anzu reaccionó y la cogió. — Hazlo por ella, ¿sí? — Le sonrió con suavidad.

Les temblores de su cuerpo se suavizaron y tragó saliva para dejar de llorar. Asintió suavemente.

— Gracias, Anzu. Sube a la avioneta, ¿sí?

Ella asintió y siguió al dirección que el rubio el indicó. La castaña se fue sin decir nada.

Apenas la vio perderse en la lejanía, le dirigió una asesina mirada a Atem.

— ¿Qué fue lo que le hiciste?

—…— Tragó saliva.

Miró su mano derecha, la que había utilizado para golpearla. La cerró y la hizo un puño, sintiendo un gran arrepentimiento.

¿Qué demonios le había pasado?

Nunca en su vida se había descontrolado de esa manera.

Pero la imprudencia de Anzu lo había enfurecido.

¿Cómo podía entregar su vida a cambio de la de un completo bastardo que no merecía su misericordia?

Pero…

No justificaba el hecho de cómo había reaccionado.

Había sentido la garganta seca en el momento en que estuvo a punto de matar a Gozaburo.

Quiso ver su sangre, verlo morir.

. . .

Inhaló entrecortadamente el aire que había desaparecido de sus pulmones y exhaló en un suspiro inseguro. Le contó lentamente a Jonouchi con cada detalle lo sucedido, dejando al rubio en un exasperante silencio.

—…

—… Jonouchi…-

— Atem. — Le cortó y se llevó una mano a los cabellos para revolverlos con rabia. — ¿Te estás escuchando? ¡Maldita sea, ¿lo haces?! — Alzó la voz. — ¡¿Querías matarlo?! — Atem iba a decir algo, pero el rubio lo interrumpió. — ¡Y lo peor es la forma en que actuaste en frente de Anzu! ¡¿Acaso la viste?! ¡La has aterrorizado! — La última oración se le clavó en el pecho al tricolor. Claro que ella le tenía miedo. Cuando sus ojos se encontraron antes de que se fuera a la avioneta, ella le miraba con espanto, con un miedo que ni siquiera sintió con los mafiosos de su padre. — La humillaste, la asustaste… ¡Y PARA COLMO LA GOLPEASTE! ¡Se supone que el imbécil de nosotros dos soy yo! ¿Cómo pudiste hacer algo como eso? ¡Tú no eres así! ¡Siempre dices que los matarás, pero siempre terminas haciendo justicia! Ahora…— Bajó el volumen de la voz. —… De no ser por Anzu… Te habías vuelto como ellos… ¡En un sanguinario!

—…— Se sentía avergonzado de sí mismo, sentía sangre en las manos aunque no tenía ninguna.

— Tú deberías saber lo mucho que duele perder a un integrante de la familia, Atem. Pudiste haber matado a Kaiba en frente de Anzu.

— ¡Pero él mató a su propio hijo! — Protestó, recordando a Seto.

— ¡Por eso mismo…! ¡ESTÁS SIENDO COMO ÉL! — Lo empujó. Atem se paralizó. ¿Era como él?

—… ¿De qué estás hablando?

— Seto murió en frente de Anzu, por Kaiba. ¿Y tú que hiciste? Apuntaste hacia su propio padre mientras ella te suplicaba a que no lo hicieras. ¿Qué diferencia hay?

—… Kaiba es un asesino.

— ¿Y tú no? — Sabía que sus palabras eran crueles. ¡Pero era la verdad! — Yo también lo soy, Seto también lo fue. Esmeralda también. Mai también. Lo más probable es que a estas alturas, Yugi ya haya matado a alguien para proteger la hacienda.

—…

— Anzu es la única de todos nosotros que no se ha dejado llevar. Te has dejado llevar por el odio, yo por el dolor, Mai por la desesperación y Esmeralda por Bakura para tu protección. Anzu es la única que ha evitado su destino, nunca quiso ser una asesina, interfirió en los planes de su padre para salvarte. ¡A ti, Atem! ¡A un desconocido! ¡Te ha cuidado como nadie! ¡Ni siquiera nosotros te dimos esos cuidados!... — Suavizó su mirada al ver la expresión de agonía de su amigo. —… ¿Y tú con qué le pagas?

Le pagó con cinismo.

Con crueldad.

Con odio.

.

.

.

Y con un golpe.

—… ¿Qué demonios me pasa? — Se preguntó a sí mismo. Jonouchi miró con tristeza a su mejor amigo. — Yo… Yo… L-Lo siento, Jonouchi.

El rubio negó con la cabeza.

— No me las digas a mí, díselas a ella. — Suspiró. — Anda, vámonos. Pero te advierto que no te sugiero que hables con Anzu ahora. De seguro llegaría a saltar de la avioneta si quieres hablarle.

Él chico asintió y siguió al rubio.

.

.

.

.

.

.

.

.

.

Cuando estuvo en la avioneta con Mai, juró que no hubo más incómodo silencio que ese.

Pero ahora se arrepentía.

Porque ahora, iba piloteando él la avioneta para distraerse de lo sucedido horas atrás. Anzu sostenía en sus brazos a la pequeña en un semblante ausente, al parecer era su única razón por al cual iba con ellos. Ese pensamiento le dolió.

Pero era su culpa.

No tenía por qué quejarse.

De vez en cuando oía la voz nerviosa de Jonouchi, tratando de animar a la castaña, pero ella parecía estar absorta en su mundo.

Suspiró.

— Ya vamos a llegar. — Anunció. Vio de reojo que Anzu había temblado escuchando su ojos se oscurecieron se tristeza y miró donde aterrizarían.

— Mira, Anzu. Aquí vivimos.

La castaña miró a Jonouchi y dirigió su vista a la ventana.

Todo el terreno era verde, a lo lejos se veía el pueblo, pero era bellísimo.

— Es hermoso. — Susurró.

— ¡Sí, lo es! ¡A Esmeralda le encantará el llano cuando crezca!

La castaña dirigió sus ojos hacia la criatura y acarició el cabello rubio.

. . .

Salieron de la avioneta con precaución. El sector se veía realmente desierto y silencioso.

Eso era muy sospechoso.

Miraron los alrededores, no había rastros de nadie. No había peligro.

Pero a Atem le angustiaba el horrible silencio.

Trató de comunicarse al pueblo para anunciarle su llegada a Yugi, pero nadie contestó.

—…— Apretó los dientes.

— Tch, ni siquiera hay caballos cerca. — Se quejó el rubio.

—… Tendremos que caminar. — Se decidió el tricolor.

Miró de reojo a Anzu, que ahora estaba sonrojada por los grandes rayos de sol. Pero lo que más le llamó la atención fue su mejilla más roja. Se quitó la chaqueta y se la entregó a la castaña, provocando que ella diera un salto del susto.

— Cubre a Esmeralda con ella, así el Sol no le hará daño.

La castaña no le dijo nada.

Él soltó una maldición.

Maldecía una y otra vez lo que le había hecho.

¿Por qué no pudo…?

— No te preocupes.

Alzó rápidamente para mirar los ojos entristecidos sin brillo de la castaña.

— Pronto me iré, así que no pongas esa cara.

Él la miró casi destrozado.

¿Ella creía que su angustia era que ella estorbaba?

La joven comenzó a seguir a Jonouchi sin decir nada.

—… Pero yo no quiero que te vayas, Anzu.

Ese susurro fue solo escuchado por el viento.

Anzu no le había escuchado.

.

.

.

Jonouchi frunció el ceño al ver la hacienda tan silenciosa y deshabitada. Ninguno de los tres quiso entrar porque el lugar se veía realmente deshabitado, así que se había escondido en unos arbustos con unos diez metros de distancia de la casa grande.

Pareciera como si…-

El rubio giró la cabeza con desesperación.

No.

Ellos estaban bien.

Yugi, su hermana, todos…

Todos estaban bien.

DEBÍAN estarlo.

¿Verdad?

. . .

Sin embargo las esperanzas tanto de Atem como de Jonouchi se vinieron abajo cuando vieron que alguien salía de la casa, y no era nadie de su familia.

Creyeron que él estaba preso, encarcelado.

Entonces… ¿Por qué?

¿Qué hacía Marik en la hacienda?

Esta vez, los tres jadearon de la sorpresa cuando vieron a un segundo individuo salir de la casa. Tenía una escopeta y apuntó al cielo, soltando un disparo.

Anzu estrechó con fuerza al bebé que tenía en sus brazos. La niña se había asustado, pero la acarició para evitar que comenzara a llorar.

— ¡Hola, malditos mequetrefes! — Gritó el albino con una sonora carcajada.

Anzu lo veía con terror, en cambio el rubio y el tricolor le dirigían una furibunda mirada a lo lejos.

Vieron a muchos extraños agruparse para estar frente de los "nuevos patrones".

— ¿Qué hacen allí sin hacer nada? ¡Váyanse a trabajar! — Bramó Marik.

Ellos asintieron y se volvieron a dispersar.

Bakura se rio en silencio al apuntar sutilmente al hombre más cercano que tenía y le disparó, matándolo al instante.

— ¡Sí, otro más en mi colección! — Se rio como si hubiese conseguido un juguete nuevo.

Atem sintió su corazón dejar de latir en ese momento.

¿Por qué Bakura tenía su hacienda?

¿Dónde estaban todos?

. . .

¿Qué pasó con Yugi?

Continuará…

Siento que este capítulo fue muy corto, pero fue preciso. En fin, este capítulo quebró la confianza que se tenían Anzu y Atem. Aunque admitamos que fue culpa de él, se dejó llevar de la peor manera, pero es mi culpa por escribirlo XD

Espero que les haya gustado y recen a que a Yugi ni a nadie la haya pasado algo malo.

Porque saben que alguien más morirá.

Solo uno.

De todos los personajes que han aparecido hasta ahora, solo UNO morirá.

¿Quién?

Muajajajajá

No les diré.

En fin, recen mucho para bendecir a estos personajes y que la relación de Anzu y Atem vuelva a retomar fuerza.

¡Atem, discúlpate! :c

Jajaja

Nos vemos!

Rossana's Mind.

Reviews?