BIENVENIDOS A OTRO CAPÍTULO DE "Apostando Todo"! Comencemos enseguida, que este capítulo se les caerá el alma a los pies!
PD: ¿Quién dijo que Jonouchi está muerto? ¡JA! Lo insinué, pero nunca lo dije.
Capítulo 12: Una vida a cambio del fin.
— Está herido, pero no lo suficiente.
Abrió sus ojos y se atragantó con su propia saliva al ver a Bakura y a Marik sonriéndoles con una macabra sonrisa.
— Hola, Katsuya-kun. — Bakura se mofó. El rubio le dirigió una mirada llena de odio. — Oh, no me mires así. Me harás llorar. Te mantendremos aquí hasta que mueras o hasta que venga Atem, lo que pase primero. A menos que nos digas dónde se está escondiendo.
—…— Respiró agitado. La bala que había recibido en el pecho le dolía. — Jamás. — Jadeó.
— ¡Vamos, no seas así! Es mejor que hables… Si lo haces, desistiremos en matar a todos, claro, a excepción de Atem. — El rubio frunció el ceño. — Si nos dejas matar a Atem, dejaremos a sus hermanitos tranquilos, incluyendo a tu mujer y tus amigos. ¿Qué te parece?
—… Vete a la mierda.
La sonrisa de Bakura se borró y soltó un bufido, molesto.
— Al parecer Esmeralda te contagió su altanería. — El rubio se estremeció. — ¿No es así?
— Tú… ¡¿Cómo pudiste, Bakura?! ¡Éramos amigos! — Escupió todo lo que había querido decirle durante muchísimo tiempo. Se enfureció más al ver la indiferente expresión en su rostro. — ¡No puedo creer que nos hayas hecho esto…! ¡Que le hayas hecho eso a Atem! ¡¿Cómo pudiste matar a Esmeralda?! ¡Ella no se lo merecía…!— Calló cuando Bakura soltó una sonora carcajada junto con Marik.
— ¿Lo escuchas? ¡¿Amigos?! — Se burló Marik. Jonouchi rechinó los dientes.
— Escucha, desamparado estúpido. — Se inclinó a la altura del rubio que yacía sentado en la choza. — Ustedes nunca me importaron. Yo solo vine aquí para investigar y conocer todos los puntos esenciales de esta hacienda y la de Esmeralda. — Le sonrió con fingida amabilidad. — Atem es solo un pobre diablo que no sabe vivir sin una mujer al lado, ¿no crees?
— ¡MALDITO!
— Y Esmeralda era una zorra. — Se rio. — Le encantaba provocar a todos los hombres con su belleza, pero nos dejaba con las ganas. ¿Sabes lo cruel que es eso?
— ¡MALDITO BASTARDO! ¡SABES QUE ESMERALDA ODIABA ESO!
— Sin embargo, no cambiaba su belleza. Vivian me la ofreció en bandeja de plata, así que, ¿por qué desperdiciar una oportunidad como esa?
—…
Agradecía que Atem no estuviera en su lugar. Si Bakura le estuviera diciendo esas cosas a su mejor amigo, este hubiera escupiendo fuego de la rabia.
— En fin. Te dejaremos morir aquí, adiós. — Dicho esto, ambos se retiraron.
Jonouchi trató de mover sus brazos, pero se dio cuenta tardíamente que estaba atado de manos tras su espalda y pies. Soltó una maldición.
Solo esperaba que Atem estuviera bien.
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Atem y Anzu estaban escondidos en los arbustos de la hacienda del tricolor. Habían visto cómo le habían disparado a Jonouchi y lo habían traído allí. No sabían que esperar, si lo llevaron para matarlo o mantenerlo allí, cautivo.
Anzu miró de reojo a Atem. El pobre estaba más pálido que una hoja y sus ojos irradiaban un temor tan grande que logró estremecer a la castaña. Se abrazó a sí misma y contuvo el aliento.
—… ¿No sería mejor decirle a los demás? — Atem la miró. — Es decir… No debemos perder la cordura en todo esto…— Inhaló lentamente cerrando los ojos. Soltó el aire y los abrió nuevamente. — Hay que tener la cabeza fría. Es probable que usen a Jonouchi como un señuelo.
—… Por eso hay que advertirles a los demás.
— Así es.
Atem miró nuevamente su casa y tragó saliva.
— "Saldrás de allí, Jonouchi. Sano y salvo. No sé cómo, pero sé que será así." — Prometió mentalmente para luego acceder a la petición de la castaña e irse de allí.
Se escabulleron con cuidado para subirse al caballo de Atem y cabalgaron silenciosamente. Cuando notaron que ya estaban lo suficientemente lejos, aceleraron hasta alcanzar al casa grande de El Reino. Atem abrió la puerta rápidamente, provocando un respingo en su familia.
— Se lo llevaron.
— ¿De qué estás hablando? — Yugi se puso de pie, pálido.
— A Jonouchi…— Anzu habló suavemente. — Umm…
— Le dispararon cuando lo divisamos a lo lejos. — Atem se cruzó de brazos mientras cerraba los ojos con fuerza.
Todos jadearon de horror.
—… Mi hermano está…— Shizuka se llevó ambas manos a su boca, tratando de evitar llorar.
— No estamos seguros de eso. — Anzu trató de tranquilizarla. — Estaba vivo cuando lo vimos, y se lo llevaron a la hacienda.
— ¿No trataron de infiltrarse y sacarlo? — Preguntó Mahado.
— Yo pensaba hacer eso. — Admitió el tricolor mayor. — Pero era muy arriesgado, habían muchos hombres en guardia. Era imposible. Además, usarán de carnada a Jou.
— Así es. — Anzu continuó. — Yo pensé que lo mejor era decirles, pues… Para que estén listos si algo malo ocurre en cualquier momento.
Mahado alzó una ceja. Esa muchacha era brillante. Le sorprendía que haya convencido a Atem de no hacer una locura. El tricolor siempre fue impulsivo, podría considerarse más una virtud que un defecto, pero cada cosa que hacía traía sus consecuencias, siendo buena o mala. Sin embargo, admitía que la idea de Anzu era muy buena. Había que mantener la calma si querían acabar con esta guerra.
—… Comprendo. Atem y los chicos buscarán las armas. — Ordenó. El tricolor asintió y se fue para buscarlas. — Las chicas también estarán armadas. Pero no saldrán a pelear.
Mana se puso de pie rápidamente para protestar.
— ¡Eso no es justo! Ustedes irán a pelear y nosotras…-
— Serían un estorbo. — Le cortó fríamente. Mana hizo una mueca, herida por sus palabras. — Además, deben cuidar a la niña. — Dijo, refiriéndose a Esmeralda, quien dormía en los brazos de Rebecca. — ¿Entendido?
Las chicas asintieron, muy a su pesar.
Anzu solo suspiró y salió para pensar. El viento relajó su tensión y miró el cielo. No sabía qué hacer…
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Atem se adentró en el cuarto donde le habían indicado la ubicación de las escopetas y pistolas. Abrió la puerta de la habitación, parecía ser un despacho. Tosió un poco por el polvo. Parecía muy abandonado. Iba a coger las armas cuando un pequeño cajón del escritorio le llamó la atención. Se acercó y trató de abrirlo, para luego notar que estaba con llave. Vio la forma de la herradura. Le parecía muy familiar…
Abrió más los ojos, sorprendido.
-F-l-a-s-h—B-a-c-k-
Cuando llegaron a la casa de Jonouchi para tratar la herida de Atem, quien había recibido un disparo, Esmeralda disponía a irse, pero se detuvo.
Se giró suavemente para ver a Atem devolviéndole la mirada. La ojiazul le sonrió.
— Hey.
— ¿Mm? — Murmuró un poco somnoliento. Le habían inyectado un calmante y tenía unas grandes ganas de dormir.
— Ten. — Se sentó en el borde de la cama y le extendió una cadena. El dije era una pequeña llave dorada.
—… ¿Po qué me das esto?
— Porque quiero. — Respondió simple. Atem se rio suavemente. — La verdad es que… Quiero que protejan esto. ¿Y quién mejor que tú? — Se rio. — Mantén esto a salvo, porque en un tiempo más… Vas a necesitarlo.
—…— Sus ojos estaban luchando por mantenerse abiertos. —… De acuerdo…— Musitó.
Esmeralda solo sonrió y le dio un suave beso en los labios. Atem dio un respingo, sonrojado. Su novia no era muy cariñosa, y no se quejaba, la quería como era. Pero las veces que se ponía tan… Tierna, de verdad lo descolocaban y conmovían.
— Descansa.
Él asintió y cerró los ojos.
Lástima que sería la última vez que la vería.
-E-n-d-s-
El cajón necesitaba una llave pequeña, tal y como esa que Esmeralda le había regalado antes de morir. Entonces…
Para eso era.
Salió rápidamente de la habitación.
Antes de irse, le había encargado esa llave a su hermano.
— ¡Yugi! — El menor se giró.
— ¿Qué sucede?
— ¿Aún tienes el collar que te pedí que cuidaras? — Yugi le sonrió. Medió su mano en su camisa a la altura de su cuello, para sacar de allí el objeto que Atem buscaba. Suspiró de alivio. El menor se la quitó y se la entregó.
— ¿Para qué la necesitas?
—… Honestamente no lo sé, pero… Al menos, lo sabré después. — Dijo para volver a la habitación.
O al menos eso quiso al escuchar un grito femenino.
— ¡CHICOS!
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Anzu entró a la casa con pavor.
— ¿Qué sucede?
— ¡Los hombres de Kaiba vienen!
— ¡¿QUÉ?!
— Vi avionetas y helicópteros aproximarse… Y tienen el logo de Kaiba Corp. — Susurró, agitada.
Mahado tragó saliva. ¿Ahora qué…-?
Cayeron al suelo al sentir impactos en el techo.
— ¡Nos están atacando!
— ¡La casa no es segura!
Todos comenzaron a salir por la parte de atrás, pero Anzu se detuvo.
¿Dónde estaba Atem?
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Al tricolor abrió el cajón al usar la llave y sacó una gran cantidad de papeles. Al escuchar el estruendo, supo que no podría salir, así que prefirió esconderse debajo del escritorio. Así, tendría tiempo de leer lo que eran esos documentos.
Se sorprendió de ver estafas de los Kaiba, seguramente registrados por los padres de Esmeralda. Habían una gran cantidad. Se detuvo en el testamento. Todo era indicado que esta hacienda le pertenecían a ella, pero… Ahora que estaba muerta…
Un sobre cayó entre todos los papeles. Parecía menos viejo que los otros.
Lo cogió con cuidado y lo abrió.
—… Esto es…
El testamento de Esmeralda.
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La puerta de las barracas se abrió abruptamente. Jonouchi dio un respingo y vio a una persona encapuchada entrar armada. Apretó los dientes. Estaba exhausto, llevaba más de una hora sangrando y sentía la garganta seca.
—… ¿Quién mierda eres tú? — casi llegó a escupir. Tosió un poco. Como estada atado, con sus manos en la espalda, no pudo detener el desangrado de su pecho. Soltó una maldición cuando la persona se acercó a él.
La capa de abrió levemente para dejar ver una bota. De ella, la persona sacó un cuchillo.
Mierda.
—… "Maldición… No puedo creer que esto me va pasar a mí…"— Jadeó.
Cerró los ojos, esperando que le enterrara el arma blanca en la clavícula o en cualquier lugar. Pero al oír el sonido de las cuerdas cortarse entre sus manos y luego en sus tobillos, abrió los ojos abruptamente.
Miró a la persona incógnita con sorpresa.
—… ¿Tú…?
La persona negó con la cabeza, sin dejarse ver el rostro aún. Es más, llevaba una máscara para ocultar su identidad, y gracias a la oscuridad, no denotaba el color de sus ojos.
Lo cogió del brazo y lo hizo levantarse. Jonouchi se levantó torpemente y respiró hondo.
—… Gracias.
Esta solo asintió y lo cogió de la mano para escapar.
— ¿Qué dem…?
Ambos se giraron para ver a Marik, mirándolos con asombro.
— ¡¿TÚ?! ¡Creí que estabas muer…-!
El sujeto con capa apuntó con su escopeta y disparó sin ningún miramiento. Jonouchi soltó un respingo al ver caer el cuerpo de Marik al suelo. No lo mató, solo le había dado en la pierna para impedirle seguirles.
Pero ya habían delatado movimiento sospechoso con el disparo.
— ¡Maldita zorra! ¡¿CÓMO TE ATREVES?!
Jonouchi ahora comprendió que se trataba de una mujer la persona que le había salvado. Bueno, era más pequeña que él, debió suponerlo.
La mujer lo cogió del brazo y comenzaron a correr por la casa. Al parecer, se sabía el hogar como la palma de su mano. Eso confundió al rubio aún más, pero prefirió no decir nada.
Cuando salieron, una lluvia de disparos los atacó.
— ¡Mierda! — Soltó el rubio.
La mujer lo siguió arrastrando, pero una repentina briza hizo que su máscara se cayera.
Jonouchi notó esto, pero como ella seguía con la vista al frente, seguía sin poder ver su rostro.
Sin embargo soltó un jadeo de sorpresa al ver como la parte superior de la capa, que cubría su cabeza, bajó por un brusco movimiento de ella, dejando ver su cabello.
Cabello rubio.
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Se detuvieron detrás de unas cercas de la hacienda. Jonouchi y la mujer cayeron sentados al suelo, mientras trataban de buscar una nueva forma de huir.
El rubio agarró a la mujer rápidamente de la muñeca, paralizándola.
Con suavidad, la obligó a voltearse.
Y sus ojos se encontraron.
Su cabello estaba un poco más desordenado de lo usual. Su piel estaba en algunas zonas de su rostro levemente sonrojadas, signos de quemaduras anteriores y una herida que recién estaba sanando en su frente. Pero lo que más lo sorprendió, fue encontrarse por primera vez en mucho tiempo con sus ojos violetas.
—… — Sus ojos se llenaron de lágrimas y contuvo un sollozo. — Mai…
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Seré breve. Este testamento está dirigido a la persona que más confío en este mundo, y esa persona es Atem Muto. Te concedo mis tierras, todos los terrenos de "El Reino", son tuyas. Lo hago porque sé que cuidarás bien de ellas. Las empresas de mis padres también quedarán a tu cargo. Aunque si lo deseas, puedes dejárselas a cargo a alguien más. Este documento ya es válido, solo necesitas mostrarlo y todo será oficialmente tuyo. Espero que seas feliz.
Esmeralda.
Dio un respingo al notar que los disparos se habían detenido de un segundo a otro.
Honestamente, estaba un poco desorientado. La información era mucha para él. Ahora, era dueño de El Nilo y El Reino, sin contar que también las empresas de los padres de Esmeralda. Entendía que la joven le tuviera muchísima confianza.
Pero, ¿él podría sacar adelante ambas haciendas? ¿Siquiera ganarían esta guerra?
Tenía que ser sincero consigo mismo, y tenía miedo.
Tenía miedo de perder a su familia, o lo poca que le quedaba. No quería estar solo, lo odiaba. No quería más peleas, estaba harto de esa batalla por el maldito petróleo que yacía bajo sus tierras.
No era justo.
Apretó los puños.
Se puso lentamente de pie y guardó los papeles donde mismo los encontró. Cerró el cajón con llave y se colocó el collar con la llave en él.
Agarró un revolver y salió con cuidado de la casa.
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—…— Lágrimas escaparon de sus ojos. — No puedo creer que seas tú…
La rubia sonrió un poco, pero volvió a tornarse seria.
— Escúchame bien, Katsuya. Y préstame MUCHA atención. — Exigió.
Jonouchi aún no salía de su asombro, pero asintió, aún maravillado de volver a ver a su esposa.
— Tengo pocos tiros para apuntar a Bakura. Sé que no ayudará a Marik y dejará que lo arresten.
—… ¿Arresten? Pero… Ellos controlan el pueblo, Mai…-
— Acabo de liberar a Yusei y a los demás. En este momento, él y la policía vendrán a ayudarnos. Se comunicó con gente especial. — Sonrió. — Así que estaremos bien.
—… Mai… ¿Q-Qué te pasó? Es decir… Atem me dijo que sufriste graves quemaduras…— Musitó cuando tocó su rostro herido. Mai desvió la mirada.
—… Lo sé. Bakura me llevó aquí y me mantuvo cautiva un tiempo, pero logré escaparme. Me escabullí en el bar del pueblo, allí me ayudaron a disfrazarme. Lo que me sorprendió fue verte a ti. — Apretó los puños. — ¿Qué hay de mi hermano? ¿Está bien? ¿Qué pasó con Atem?
— Él está bien. — Le sonrió. — Sano y salvo, gracias a una chica que conocimos.
— ¿Eh?
— Larga historia, pero se podría decir que esa chica es el pilar en la cordura de Atem.
Mai se le quedó mirando unos segundos, hasta que sonrió.
— Así que… Finalmente dejó ir a Esmeralda.
— Claro que sí. Desde que esa chica llegó a su vida, él se ha superado mucho, pero también ha dejado salir si peor lado como persona. — Se rio algo nervioso.
— ¿Cómo se llama ella?
— Mazaki Anzu. Te contaré la historia cuando esta mierda termine.
—… Mi bebé está…
— Bien. Esmeralda está bien. — le sonrió. Mai suspiró de alivio. — También gracias a Anzu.
— Esa chica es increíble.
— Sí. Ese es el problema.
—… ¿Por qué lo dices?
—…— Su sonrisa se tornó amarga. — Porque tengo miedo, Mai… Algo va a pasar, siento como la tierra tiembla en mis manos. Y sea lo que ocurra… Terminará con graves consecuencias. — Dirigió su vista hacia los hombres de Bakura buscándolos.
—…— Cargó su escopeta y apuntó al hombre.
—… Mai…-
— Tranquilo.
Y disparó, matando al hombre al instante.
Bakura, quien estuvo cerca, se giró para ver a uno de sus hombres caer al suelo. Apretó los dientes y gritó.
— ¡SALGAN DE UN PUTA VEZ! ¡MALDITOS! — Sacó un revolver y comenzó disparar a todos lados. — ¡USTEDES! — Miró al resto de los hombres. — ¡DISPAREN A TODO LO QUE SE MUEVA!
Mai tragó saliva.
Eso no había salido como se lo esperaba.
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Atem notó que Gozaburo Kaiba y su hombre de confianza, Tenma, caminaban cerca de la casa con una expresión de cautela. El jefe le murmuró algo a Tenma, quien asintió y desapareció en el lado contrario de la casa. El tricolor salió con pasos cautelosos.
Una vez lo suficientemente cerca, alzó el revólver.
— Entrégate, Kaiba.
El hombre no pareció asustarse con su presencia. Se giró de forma indiferente para mirarlo. Atem tensó la mandíbula. Odiaba a ese sujeto con todo su maldito ser.
— Entrégate, Kaiba. — Apretó con fuerza el arma. — ¡Entrégate o te mataré!
— Estás confiado de matarme solo porque mi hija no está aquí. — Sonrió con suficiencia. — Pero no sabes lo que te aguarda.
Reaccionó rápido.
Al escuchar a sus espaldas como un arma soltaba su seguro, se giró rápidamente para estar frente a Tenma, quien le apuntaba a unos cuantos metros de distancia.
Disparó, un poco sorprendido de no haberle oído.
La bala le llegó en pecho, haciendo que el hombre soltara una maldición, pero antes de caer, apuntó y disparó también.
Atem soltó un alarido de dolor al sentir un horrible dolor impactar contra su brazo derecho. Soltó el revólver y se arrodilló en el suelo, sujetándose la herida con su mano izquierda.
Miró de reojo el cadáver de Tenma. Al menos había logrado prevenir su muerte.
¡Pero joder, que dolía!
Aún arrodillado, alzó la vista para ver a Kaiba sacar de su traje elegante un revólver.
Mierda.
— Al fin me quitaré un peso de encima. — Le apuntó a la altura de la cabeza.
Atem respiraba agitado.
— Hasta aquí llegaste, Muto Atem. — Frunció el ceño y lo miró con desprecio. — Estoy cansado de verte siempre atravesado en mi camino.
El joven lentamente se puso de pie, aún con su mano izquierda presionando contra su herida del brazo derecho.
— Entonces… Mátame…— Con la respiración y los latidos de su corazón acelerados, sonrió. — Máteme. — Repitió. — Ya no me importa.
Y era cierto.
Si él tenía que morir para proteger a los suyos, para proteger a Anzu de su propio padre…
Lo haría.
Ya no se dejaría llevar por su resentimiento.
Sino por lo que realmente llevaba en su corazón.
— ¿Y sabes por qué? — Siguió sonriendo.
Gozaburo soltó un "Tsk", pero no dijo nada para callarle.
— Porque yo moriré con la consciencia tranquila. — Borró su sonrisa para dirigirle una mirada llena de agotamiento y rencor. — No como tú. — Gozaburó abrió más los ojos, sorprendido por sus palabras. — Tú seguirás viviendo, sabiendo que le hiciste la vida miserable a muchos… Y entre ellos… A tu hija.
Los ojos oscuros de Kaiba se incendiaron de ira.
— ¡No menciones a mi hija! ¡Ni siquiera te atrevas a mencionar…-!
— No te mereces a una hija como Anzu, Kaiba. — Su voz sonada increíblemente calmada, pero también dolida.
Y en verdad le dolía. Saber que Anzu tuvo que pasar por tanto dolor le desgarraba el alma. Ella no lo merecía.
— Ella necesitaba a un padre a quién respetar… A quien admirar…— Sentía que no solo hablaba por Anzu, sino también por él mismo. Después de todo, él también creció sin padre. Pero al menos el suyo fue un buen hombre. En cambio Gozaburo…— Pero tú…— Finalmente la desilusión opacó sus ojos violetas. — Tú simplemente la decepcionaste…-
— ¡C-CÁLLATE!
¡¿Por qué?!
¡¿Por qué lo negaba?!
Y explotó.
— ¡LA DECEPCIONASTE! — Le gritó. — ¡¿Y PARA QUÉ?! ¡¿PARA ROBARME MIS TIERRAS?! ¡PARA QUEDARTE CON El Nilo! Con esa hacienda que… La que trabajé toda mi vida…— Su cuerpo temblaba. Por primera vez, estaba soltando todo pensamiento y sentimiento que albergaba en su corazón. Necesitaba gritarlo, no podía más. — Esa hacienda en dónde encontré todo lo que necesitaba para vivir. — Sonrió con tristeza. — Porque, ¿sabes? La riqueza de El Nilo… No son sus tierras, tampoco su asqueroso petróleo… Sino la gente que vive en ella.
Porque era cierto.
Esa hacienda vivía con ellos, era como un integrante más de la familia, brillaban los alrededores gracias a la felicidad de las personas que la habitaban. Su madre, sus hermanos, sus amigos, Esmeralda…
Pero cuando fue habitada por Bakura, el sector pareció morir, en ese momento lo comprendió.
Eran más que simples tierras.
Era su hogar.
— Pues es una lástima. Tendrás que olvidarte de esas tierras porque no volverás a poner un pie allí. — Gozaburo no parecía interesado en sus palabras, y a Atem tampoco le importaba si las oía, solo necesitaba dejar salir lo que quería escapar de su cuerpo, nada más.
—… Mátame, entonces… Mátame, porque yo sé que regresaré. — Sonrió nuevamente. — Mi alma siempre regresará a estas tierras, Kaiba…— Apretó los dientes, sintiendo como la zona de su herida ardía más con el viento. — No como tú… Que te quedarás viviendo solo y miserable en esta vida o en la otra.
Lo último logró por despertar la cólera en Kaiba, quien quitó el seguro del arma.
— ¡MUERE, HIJO DE PUTA!
Ambos se miraban fijamente, cada uno absorto en la acción del otro.
Y por esa misma razón, no lograron prevenir lo siguiente que ocurrió.
Kaiba apuntó a la altura del pecho de Atem.
— ¡NOO! — Intervino una voz femenina.
Pero Gozaburo disparó.
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Atem no pudo reaccionar.
Simplemente no pudo.
Solo vio como Gozaburo le apuntaba. Él estaba preparado para recibir el impacto.
Pero al escuchar esa voz, su corazón pareció dejar de latir, ante el pánico de ver como una joven de cabellos castaños y cortos intervenía entre él y la bala.
Gozaburo abrió más los ojos, horrorizado por primera vez en mucho tiempo.
— ¡ANZU!
La castaña sintió todo su cuerpo dejar de responder y se dejó caer para caer en los brazos del tricolor, quien aún no procesaba lo sucedido.
La fuerza de Atem falló, por lo que tanto él como Anzu cayeron al suelo. El chico cayó arrodillado, pero la castaña se había dejado caer de lleno, sin fuerzas.
— ¡No…! ¡NO, ANZU NO! — Gozaburo siguió gritando, preso del pánico.
Atem no decía nada. Sus ojos estaban clavados en la blusa de la joven que había comenzado a teñirse de rojo.
Sangre.
¡Sangre!
¡Anzu había recibido el disparo!
Alzó rápidamente la vista para ver con espanto a Kaiba, quien tenía el mismo sentimiento que él escrito en todo su rostro.
Kaiba le había disparado a su propia hija.
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Jonouchi comenzó a toser con fuerza, sobresaltando a Mai.
— ¡Hey, Jou! ¿Estás bien?
El rubio siguió tosiendo unos segundos más hasta que comenzó a respirar con desesperación. La herida había dejado de sangrar, pero se sentía muy mareado.
— Ten. — Mai le tendió una pequeña cantimplora. Jonouchi la cogió casi con desesperación y bebió todo su contenido. — ¿Estás bien?
—… Sí… ¿Qué ha ocurrido…?
— Los hombres siguen disparando… Pero Bakura desapareció. — Frunció el ceño. — ¿Cuánto tiempo seguiremos aquí…?
— ¡KATSUYA, MAI!
Ambos giraron la cabeza al ver a Yusei, el alcalde el pueblo corriendo hacia ellos.
— ¡Fudo! ¡Estás bien! — Jonouchi sonrió, y ensanchó aún más su sonrisa al ver que el joven no venía solo.
Venía con una gran cantidad de oficiales que venían a arrestar a los hombres que invadían la hacienda de Atem.
Yusei les sonrió.
— Agradécele a tu mujer. Es la mejor. — Mai sonrió de vuelta. — Muy bien, tenemos todo bajo control, solo falta ubicar al jefe de la organización, pero creo que ya lo alcanzarán.
Jonouchi dejó de sonreír, llamando la atención de Yusei y de Mai.
—… ¿Jonouchi?
—… Estoy bien. — Musitó.
Apretó los puños.
Estaban ganando… NO, han ganado, corrigió mentalmente.
Pero, si era así…
¿Por qué sentía que algo no estaba bien?
—…— Miró a Yusei. — ¿Dónde está Atem?
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Anzu apenas podía respirar, le dolía. Su pecho el dolía mucho, no podía respirar, su garganta se cerraba. Nunca había sentido un dolor tan horrendo como ese. Sus ojos se llenaron de lágrimas y vio de reojo su herida. Luego alzó levemente la vista para toparse con los ojos llenos de desconcierto de Atem. Finalmente, los fijó en el hombre que le había disparado.
Su padre.
—… A-Anzu…— La aludida pareció desconocer a ese hombre. Con esa expresión tan quebrada, sus ojos llenos de lágrimas y so voz ahogada de llanto.
La única vez que lo había visto así fue en el funeral de su madre.
Gozaburo se arrodilló a la altura de ambos jóvenes. Atem no decía nada, observaba en silencio los movimientos del padre de la castaña.
—… Perdóname, hija…— Sollozó mientras tomaba la mano helada de la castaña.
Los ojos azules de la castaña brillaron aún más por las lágrimas.
—… P-Pa… Padre…— Susurró.
— No me dejes, hija… No me dejes, por favor… No me puedes dejar tú…-
— ¡ARRIBA LAS MANOS!
Atem dio un respingo al oír ese grito. Se giró levemente para ver los oficiales del pueblo acercarse a Kaiba.
— Kaiba, Gozaburo. Usted queda bajo arresto. — Lo agarró del brazo, obligándolo a levantarse.
El hombre aún seguía en shock mientras se lo llevaban, sin despegar los ojos de su hija.
— ¡Vamos, andando!
Anzu cerró los ojos con fuerza. Alzó nuevamente la vista y miró con ojos llorosos a Atem.
¿De verdad iba a morir?
—… A…— Se ahogó. — Atem…— Susurró.
— N-No digas nada, Anzu…— Tartamudeó, alterado. La castaña se estaba desangrando… ¡Y él no podía hacer nada! — Por favor… No hables, Anzu… Dolerá más…-— Se calló al oírla soltar un lamento de dolor, respirando agitada.
¡¿Qué podía hacer?!
— ¡OFICIAL! — Se giró para ver a los hombres que se llevaban a Gozaburo. Uno se giró. — ¡NECESITAMOS UN MÉDICO, AHORA!
El hombre asintió y salió corriendo con los demás.
Anzu se rio con cansancio.
—… Ya es… T-Ta-Tarde. — Cerró los ojos, inhalando y exhalando rápidamente.
— No, no, ¡no digas eso, Anzu! — Dios, la voz le comenzó a fallar. — Y-Yo te llevaré a un hospital… YO mismo haré que te atiendan si se niegan…-— Volvió a cerrar la boca.
No entendía… ¿Por qué?
Sus ojos se llenaron de lágrimas y la estrechó con fuerza.
—… Te he hecho tanto daño, Anzu… ¡¿Por qué me sigues salvando?!
—…— Abrió con esfuerzo los ojos y sonrió. — Para mí, lo más importante es salvar la vida de las personas. — Confesó la joven doctora. — Pero también… Es importante para mí, ver que mis pacientes alcancen la felicidad de estar vivos… Yo quería…
Ella quería que Atem estuviera feliz de seguir vivo, que agradeciera a todo lo sagrado por estarlo y nunca arrepentirse de ello. Era lo que más deseaba.
—…— Cerró nuevamente sus orbes sin dejar de sonreír. —… Todo se acabó para mí.
— ¡No, Anzu! ¡Claro que no! — Apretó su cuerpo contra el suyo para brindarle el calor que necesitaba. — Tú eres fuerte… Eres valiente… ¡Tú no te puedes morir, Anzu!
La castaña no pudo evitar mirarlo con tristeza. Atem se veía tan destrozado, viéndola a los ojos como si su propia vida se estuviera desvaneciendo con ella.
—… Ojalá… Que con mi muerte… Sirva para que mi padre cambie…-— Se atragantó con su propia saliva y comenzó a toser fuertemente mientras Atem acariciaba su espalda.
Una lágrima se escapó de su ojo derecho, deslizándose por su mejilla hasta caer en el rostro de Anzu, quien se había recuperado del ataque de tos, pero que había apretado los ojos con dolor.
— Anzu…— Susurró su nombre. — Anzu, por favor…
De repente, nada en su cuerpo dolió, salvo su corazón. Ignoró olímpicamente el dolor de su brazo herido con la bala de Tenma, ya no le importaba que se estuviera desangrando. Su corazón se estaba desquebrajando en cada respiración que se extinguía lenta y tortuosamente en Anzu, quien ya estaba llorando libremente de la angustia.
—… A… tem…— Dio un respingo cuando posó una mano en su herida. La miró con los ojos húmedos. Sus ojos azules se estaban apagando. — No me dejes sola… Por favor…— Más lágrimas cayeron de sus bellos orbes. — Te lo suplico… No me dejes sola…
Atem apretó los labios, intentando sostener el sollozo que quería escapar de su garganta. Se sorprendió al ver que Anzu presionaba su herida de tal forma que trataba de desacelerar la hemorragia.
—… Mírame.
Atem negó con la cabeza y cerró los ojos con fuerza. No, no podía.
— Atem… Por favor.
—…
—… Quiero que… Tu rostro sea lo último… Que vea antes de morir.
Abrió abruptamente los ojos ante esas palabras de la castaña y la miró. Sus ojos zafiros estaban entrecerrados, su respiración estaba un poco más tranquila.
—… Anzu… Anzu, yo… Yo nunca te olvidaré… Nunca olvidaré lo que hiciste por mí… Por toda mi familia…— Ella formó una suave sonrisa en sus labios mientras seguía cerrando los ojos. — Te… Te lo agradezco…— Su voz se quebró. —… Y te lo agradeceré toda mi vida…-— Notó que la castaña había apoyado completamente su cabeza en su pecho, con los ojos cerrados.
La sacudió un poco, pero ella no se movió.
—… ¿Anzu?
A castaña parecía dormida, a pesar de la sangre de su blusa, parecía solo estar durmiendo con una pequeña sonrisa en su rostro.
. . .
Finalmente, todas las lágrimas que había estado conteniendo las dejó caer sin preámbulos mientras abrazaba el cuerpo de la castaña con mayor fuerza. Posó sus labios en la frente de ella, tratando de suprimir el llanto que se quería desatar en su garganta. No podía quebrarse ahora…
No ahora…
Anzu se había sacrificado por él.
Él NO podía rendirse…
Pero le costaba muchísimo. Comenzó a oír las voces de los policías, a lo lejos también escuchaba las voces de Jonouchi y de Mai gritando su nombre.
Él los ignoró.
Siguió arrullando en sus brazos a la joven más valiente que había conocido en su vida.
Era lo mínimo que podía hacer después de causarle tanto sufrimiento.
Tanto tiempo acunándola de esa forma, terminó por dejarlo en un estado somnoliento.
Así que, sin más, se dejó caer al suelo, inconsciente, sin soltar a Anzu.
— ¡ATEM!
Continuará…
…
Wow… Solo… WOW.
Muy fuerte? Lo siento, tuve que ser cruel XD Les repito que me inspiré de una telenovela, la escena se remonta en mi mente y se me hace muy triste, y aún más cuando los personajes son estos.
En fin, les advierto que queda SOLO UN CAPÍTULO de este fic, espero que les haya gustado y roto el corazón
Ok, eso fue cruel…
Ignoren la parte de arruinarlos emocionalmente XD
Nos vemos en otros de mis fics
Rossana's Mind.
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